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Dueñas Delgado, Wilfredo

Contexto histórico

El momento que vive Colombia, de acercarse a la terminación negociada del conflicto armado
después de seis décadas de confrontación, es una oportunidad para que todas y todos los
colombianos avancemos en la construcción de una cultura de paz que garantice la convivencia
pacífica y la tramitación de las diferencias y conflictos por la vía del diálogo.

Este diplomado nos permitirá obtener información, análisis y herramientas para que cada una y cado
uno de nosotros, en nuestros espacios de trabajo y en nuestra vida cotidiana seamos constructores y
constructoras de paz. La paz es un valor de nivel superior y por tanto un asunto que compete a todas
y a todos, sin desconocer, por supuesto, la mayor responsabilidad que en ello tienen quienes han
sido causantes de la guerra y de las afectaciones generadas para las víctimas y la sociedad en
general.

Contexto histórico

Las teorías y aprendizajes de los proceso de negociación de conflictos armados, señalan que para el
logro de la paz estable y sostenible es importante que se parta de un reconocimiento profundo e
identificación de los factores que dieron origen al conflicto. De la precisión y caracterización
adecuada que se haga del conflicto, va a depender mucho las posibilidades de su transformación.

Aunque en Colombia hay una amplio repertorio de estudios sobre la violencia y el conflicto armado,
no ha sido fácil ponerse de acuerdo en las causas del mismo, algunos tienden a enfatizar las causas
económicas de desigualdad social, otros las causas eminentemente políticas de exclusión inherentes
al sistema político y de conformación del Estado colombiano, otras se centran en los actores del
conflicto.

Entendiendo que en todas estas tendencias hay elementos válidos, resulta también importante
entender el carácter multidimensional y de interrelacionamiento de los distitnos factores, que han
estado presentes en la evolución misma del conflicto colombiano.

Para ello les propongo la siguiente síntesis que intenta mostrar una caracterización integral del
conflicto.

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CARACTERIZACIÓN DEL CONFLICTO ARMADO COLOMBIANO[1]

Una mirada integral del conflicto armado colombiano, desde sus orígenes hasta su historia reciente,
permite identificar unos rasgos sobresalientes del mismo, que le otorgan características propias:

µ Es un conflicto complejo.

La complejidad hace alusión, de un lado, a realidades inmersas “(…) en una trama de


circunstancias y relaciones, difíciles de comprender”; y del otro, “(…) nos recuerda nuestras
limitaciones como humanos para poder comprender y explicarlo todo” (Muñoz, Herrera, Molina,
Sánchez, 2005, 41). Desde esta comprensión de la complejidad, se caracteriza el conflicto armado
colombiano como complejo.

La complejidad del conflicto en mención se evidencia de muchas maneras: representa una


modalidad de violencia que se interrelaciona y retroalimenta con otras violencias: la delincuencia
organizada, el narcotráfico, la intrafamiliar, y algunas expresiones de violencia estructural, entre
otras (Comisión de Estudios sobre la violencia, 1987, 17). También, porque es multicausal, al
encontrar su origen en diversas causas: cerramiento del sistema político, violencias estructurales
de pobreza, exclusión, y cultura autoritaria (Ibíd.), decisión subjetiva de quienes generan, integran
y dinamizan los movimientos armados, e incidencia del triunfo de la revolución cubana, entre otras
(Pizarro, 1996, 21 – 27); y porque involucra distintos actores armados: movimientos insurgentes de
primera y segunda generación, grupos de Autodefensa de los ochenta, la integración de buena
parte de los mismos en las Autodefensas Unidad de Colombia, y recientemente los grupos
emergentes autodenominados “Águilas doradas” o “águilas negras”, y las Bacrim, entre otros. En
igual forma, porque este conflicto genera un impacto múltiple; y porque ha alcanzado una duración
de más de medio siglo (Chernick, 2008, 19). Se agregarían además, como factores de complejidad:
la incidencia del narcotráfico dentro del mismo; los intereses económicos privados, nacionales e
internacionales que de diversas maneras se relacionan con él; y la imposibilidad de encontrar una
solución definitiva del mismo, ya sea por la vía militar o a través de las negociaciones de paz que se
han intentado, quedando en el limbo de no paz ni guerra del todo, ni solución pacífica ni derrota
del adversario.

µ Es un conflicto prolongado.

Desde los núcleos de autodefensa conocidos como guerrillas de los comunes y guerrillas de los
limpios de mediados del siglo XX, que luego en 1964, resistieron en Marquetalia y fundaron las
Farc, hasta hoy, ha transcurrido más de medio siglo (Pizarro, 1986, 387; Comisión de estudios
sobre la violencia, 1987, 45; Lozano, 2001, 19 – 25; Medina, 2008, 70 y 71; Ferro, Uribe, 2002;
Ferro, Uribe, 2002, 25 y 26; Chernick, 2008, 19); y desde la conformación formal de las
insurgencias de primera generación, en el primer quinquenio de los sesenta del mismo siglo, hasta

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el momento presenta, han pasado casi cincuenta años. Independientemente de la fecha de partida
que se asuma para esta estimación, lo cierto es que los testimonios de quienes integraron los
núcleos fundacionales de las insurgencias de primera generación y abundante evidencia histórica,
dan cuenta hoy, de un conflicto armado que se ha prolongado en el tiempo por casi cinco o seis
décadas, sin encontrar una solución, y representando, como en la actualidad, el conflicto armado
más antiguo del mundo (Chernick, 2008, 19; Nasi, 2010, 99; Fisas, 2011, 16).

La prolongación de los conflictos armados genera un efecto en cascada, dado que a mayor
prolongación, más degradación, mayores ciclos de escalamiento, más armamentismo, mayores
costos, un número mayor de víctimas, se alimenta aún más el ciclo de odios y deseos de venganza
que produce y reproduce la violencia, y se vuelven más esquivas las posibilidades de solución del
mismo, entre otros. Además, estimula el autoritarismo en los regímenes políticos, y agota la
capacidad de entidades estatales que cumplen una función relevante en la construcción de la paz
(Bejarano, 2010, 49). A su vez, torna más difíciles los procesos de reinserción de quienes se
desmovilizan y la reconciliación (Ibíd.); y representa uno de los factores que dificultan su
negociación (Ibíd.).

Esta característica del conflicto armado colombiano evidencia la incapacidad del Estado y de
los actores armados para gestionar y resolver el conflicto en mención, recogiendo enseñanzas de
los logros y de los errores del pasado. También el reto que impone la urgente necesidad de detener
su prolongación mediante una solución definitiva, que debe ser negociada por diversas razones:
para que puedan ser consideradas las causas que subyacen en sus orígenes, las partes
involucradas en el mismo puedan participen en su resolución y por ende, hacerlo más sólido y
duradero, y porque es la vía menos costosa. En igual forma, porque como dijera Gandhi: “No hay
camino para la paz, la paz es el camino”, es decir, no hay otra forma de construir la paz, que desde
medios pacíficos que son los únicos acordes a la paz. A su vez, esta característica del conflicto
armado cuestiona a la sociedad civil sobre su potencialidad y protagonismo para incidir con
mayores alcances y de manera más activa en la resolución y transformación de este conflicto.

µ Un conflicto de carácter social, político y armado

Coinciden diversos analistas (Pécaut, 2008; Chernick, 2008, 19; Bejarano, 2010, 45, 46; ), los
testimonios de fundadores, integrantes o ex integrantes de los movimientos insurgentes, y las
experiencias protagonistas de la investigación, al reconocer que el conflicto armado colombiano no
es sólo armado, sino que tiene un carácter social y político.

El carácter social del conflicto en mención se evidencia en tensiones, algunas veces largamente
acumuladas, generadas y/o relacionadas con diversas expresiones de violencia estructural: la
exclusión, la pobreza, las profundas desigualdades, la injusticia social, y el autoritarismo, entre
otros (Bejarano, 2010, 45); que no implica, como se ha afirmado en aparte anterior de este capítulo,
que exista siempre una relación de causalidad entre estas modalidades de violencia estructural y
conflictos armados, o que ellas por si solas tengan la capacidad para generarlos, dado que países
con similares manifestaciones de violencia estructural a las de Colombia no registran conflictos
armados (Pizarro, 1996, 17; Pécaut, 2008, 14). No obstante, en el caso particular del conflicto
armado de este país, su historia, el origen de los movimientos insurgentes, y los hallazgos de las

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investigaciones realizadas, indican que las modalidades de violencia estructural mencionadas,


aunadas a otros factores, han incidido en la emergencia de actores armados; y también, que desde
entonces ellas han contribuido al el desarrollo del conflicto en mención, nutriéndolo y
dinamizándolo (Bejarano, 2010, 45, 46; Nasi, 2010, 103 ,104).

Respecto del carácter político del conflicto armado, él hace alusión a la incidencia en el mismo de
la carencia o insuficiencia de participación política, el cerramiento del sistema político, y la
ausencia o insuficiencia de mecanismos que permitan profundizar la democracia; y también a
actores armados con una propuesta política que responde a las mimas (Arteta, 2008; Bejarano,
2010). Algunos analistas definen la naturaleza del conflicto armado como eminentemente política,
al encontrar su origen: “en una animadversión ideologico – política entre sus actores, quienes se
perciben mutuamente como enemigos (…) y que se expresa como una lucha entre élites y
contraélites” (Bejarano, 2010, 45)

Diversas evidencias históricas registran acontecimientos que materializan los factores políticos,
que se aduce, subyacen en el conflicto en mención: la violencia partidista de mediados del siglo
XX; el “frente nacional”; la recurrente represión del movimiento social, la protesta y la
movilización, percibidos no como expresiones democráticas, sino como amenaza al régimen; y el
aniquilamiento de partidos políticos como la UP, entre otros.

El carácter social y político de este conflicto se ha evidenciado desde las primeras plataformas de
lucha de los grupos insurgentes, recogidas en el caso de las Farc, en su programa agrario, y en el
caso del Eln, en el manifiesto de simacota, a los que ya se ha hecho referencia en aparte anterior
de este capítulo. También en las demandas de la insurgencia en los procesos de negociaciones de
paz, como la propuesta de realización de una Asamblea Nacional Constituyente con miras a la
ampliación de la democracia, planteada a comienzos de los noventa por el M – 19, el Epl y el Maql,
entre otros; y la agenda común recogida en el Acuerdo de la Machaca, suscrito durante las
negociaciones del Caguan, entre otros; y en los acuerdos de paz, respecto de las negociaciones en
los que estos se han alcanzado: la realización de una Asamblea Nacional Constituyente, pactada en
los acuerdos de paz suscritos entre el gobierno y el M -19, el Epl, el Maql, y el Prt; y en la
circunscripción nacional de paz y la reforma electoral acordadas en el acuerdo de paz con el M- 19,
entre otros.

En la actualidad, algunas opiniones han afirmado que el conflicto armado ha perdido su


carácter social y político, al considerar que los movimientos insurgentes han dejado atrás su
ideología para priorizar intereses económicos, asociados con el narcotráfico, y porque su accionar
se ha degradado (Arteta, 2010, 117)). Es evidente que los conflictos armados, y más los de larga
duración, no se mantienen estáticos, sino que van asimilando situaciones de carácter endógeno y
exógeno, coyuntural y estructural, que hacen visibles cambios en el accionar de los actores del
mismo, directamente relacionados con su sostenimiento y su proyección; y también, que una
consecuencia de su prolongación es su degradación. En esta perspectiva, en innegable que las
guerrillas colombianas, al igual que los restantes grupos armados, se han vinculado con
actividades del narcotráfico, que les ha permitido mantenerse, armarse, y fortalecerse; y que el
accionar de los mismos ha evidenciado en forma creciente señales de degradación

[2], especialmente registradas en el mayor impacto de su accionar sobre la población civil. No


obstante, estas realidades no permiten afirmar de manera categórica que los movimientos
insurgentes carezcan de propuesta política, y que el factor ideológico no esté presente en ellos.
Algunos analistas afirman que la vinculación de la insurgencia con actividades del narcotráfico, ha

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representado, en el caso de las Farc un medio más que un fin, y argumentan que si hubiese sido
un fin, ya se habrían desintegrado (Arteta, 2010, 117). Agregan también, que el escalamiento del
conflicto en mención ha llevado a algunos movimientos insurgentes a vincularse con actividades
del narcotráfico, en procura de medios económicos para armarse, fortalecerse y lograr una mayor
capacidad ofensiva (Ibíd., 120, 121); y que no existen guerras buenas, pues todas las
confrontaciones armadas llevan implícitas actuaciones degradadas (Ibíd., 41).

µ Un conflicto armado multipolar y con actores fuertes

Desde su emergencia, el conflicto armado de este país ha vinculado a diversos actores, y por este
motivo es un conflicto de multipolar (Bejarano, 2010, 50). Además, ha registrado actores armados
muy fuertes política y militarmente.

El carácter multipolar del conflicto en mención se ha evidenciado a lo largo de su historia, y ha


registrado momentos en los que ha vinculado a un amplio número de actores, como a finales de la
década de los ochenta, en los que registraron seis movimientos insurgentes[3] (Bejarano, 2010,
55), diversos grupos de Autodefensa[4] y la Fuerza Pública. Se destaca que muchas veces, como
ocurre en todos los conflictos de esta naturaleza, además de plurales actores en conflicto, se
registra también la fragmentación al interior de cada uno de ellos, factor que genera una mayor
complejidad (Ibíd.). En la actualidad se identifican en el conflicto armado de este país: dos
movimientos insurgentes, Autodefensas reagrupadas y 21 estructuras de la nueva generación de
autodefensas, conocida como Bacrim (Duncan, 2010, 408), y las FFAA por parte del Estado.

Las múltiples partes de este conflicto representan un factor no sólo de complejidad del mismo,
sino de dificultad a la hora de las negociaciones de paz (Chernik, 2008; Bejarano, 2010, 56). Como
tendencia generalizada, estos actores armados no han podido articularse en un frente único, con la
excepción, en el caso de la insurgencia, del intento realizado en ese sentido, en la segunda mitad
de los ochenta, con la Coordinadora Nacional Guerrillera y más tarde, con la Coordinadora
Guerrillera Simón Bolívar (Pizarro, 1986; Pécaut, 2008; Bejarano, 2010, 55, 56); y en el caso de las
Autodefensas, en la articulación de casi la mayoría de ellas en las Autodefensas Unidad de
Colombia –AUC- a comienzos de los noventa. A ello se agrega, que han registrado una tradición de
confrontaciones armadas entre actores de la misma naturaleza, es decir, entre guerrillas o entre
Autodefensas. Esta pluralidad de actores ha conducido a negociaciones parciales, que si bien han
aportado resultados concretos e importantes en su momento, como la desmovilización de 40.000
combatientes (Palacios, 1999; Bejarano, 2010, 61), no han podido avanzar hacia una resolución
definitiva de este conflicto.

La fortaleza de los actores del conflicto referido alude a diversos factores, no relacionados
únicamente con su pie de fuerza, sus instrumentos de guerra, y la correlación de fuerzas. Sin
desconocer la importancia de los factores señalados, se agregan a ellos: la trayectoria, el
acumulado de experiencia, su autonomía económica, su expansión, su vínculo territorial, y el apoyo
de bases sociales. En el caso del conflicto armado de este país, las guerrillas de primera
generación, cuentan con trayectoria, un acumulado de experiencia producto de cincuenta años de
lucha, autonomía económica que les ha permitido sostenerse sin depender de apoyos internos o

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externos, y aunque han perdido legitimidad ante amplios sectores de opinión, cuentan aún con
apoyo de algunos sectores sociales. Algunas de ellas han registrado estructuras militares de
grandes dimensiones, consolidadas, y con un numeroso pie de fuerza, siendo el caso del
movimiento insurgente de las Farc; aunque en los últimos 8 años, ha registrado una disminución
en número de sus combatientes, ha recibido importantes golpes por parte de las FFAA y ha
evidenciado síntomas de debilidad política y militar.

Respecto de la expansión de las guerrillas, se ha evidenciado en los siguientes estimativos: en


1978, los movimientos insurgentes registraban 17 frentes y operaban en contextos rurales y
marginados; en 1991, contaba ya con 80 frentes distribuidos en 358 municipios; y en 1994,
registraron 105 frentes en 560 municipios (Pécaud, 1997, 896; Nasi, 2010, 102).

Con relación a las Farc, entre 1991 y 1995, alcanzó a registrar 65 frentes[5] (Echandía, 1999,
108), y se estima que en algunos momentos, especialmente a finales de los noventa, cuando
evidencio su mayor capacidad militar y ofensiva, alcanzó a contar con más de 30.000 combatientes.
La expansión y el fortalecimiento político y militar que este movimiento insurgente alcanzó hasta el
2002, la convirtió en “(…) el ejército guerrillero mayor y mejor equipado de Latinoamérica”
(Chernik, 2008, 18). En la actualidad, por las políticas de Estado, la modernización de la Fuerza
Pública y los golpes militares que estas les han propinado, el número de combatientes de las Farc
ha descendido, ya sea por desmovilización o bajas en combate, estimándose en aproximadamente
10.000 efectivos (Pécaut, 2008, 67). No obstante, desde las lógicas de la guerra, sigue siendo un
estimativo relevante, que evidencia una capacidad ofensiva que no es posible desconocer o
minimizar.

En cuanto al Eln, su expansión se ubica a partir de 1983 (Echandía, 1999, 111). Para 1984
registraba dos frentes de guerra: el norte y el sur occidental; y para 1989 contaba con cinco
frentes de guerra, y a su vez estos vinculaban sus correspondientes regionales (Ibíd., 111 – 112).
Entre 1992 y 1995 este actor armado registró 11 nuevos frentes de guerra, y un notorio
incremento su pie de fuerza. Para 1999, el Eln contaba con cinco frentes de guerra: nororiental,
norte, noroccidental, suroccidental y central; y a su vez, estos agrupaban 35 “frentes” (Ibíd., 113,
114)

Al igual que las Farc, en lo que va corrido desde el 2000 hasta la fecha, este movimiento
insurgente ha registrado señales de debilitamiento, y se estima que cuenta con 2.500 combatientes
[6]. No obstante, en la actualidad esta guerrilla tiene presencia en 6 departamentos: Arauca, Cauca,
Nariño, Chocó, Norte de Santander y en el sur de Bolívar (Corporación Nuevo Arco Iris, 2010, 55).
Se destaca también, que a partir del 2009, el Comando Central –COCE-, realizó un acuerdo con el
Secretariado de las Farc para un cese de confrontaciones en los departamentos de Nariño, Cauca y
Arauca, aunque en este último departamento dicho acuerdo no se ha cumplido del todo (Ibíd., 58).

Respecto de las autodefensas o paramilitares, no puede desconocerse su rápida expansión y


fortalecimiento en las décadas de los ochenta y los noventa, evidenciado en los 272 municipios
donde registraron acciones entre 1985 y 1993 (Cubides, 1999, 188), y el incremento de su píe de
fuerza, estimado en 1999 en aproximadamente 10.000 combatientes (Hernández, Salazar, 1999).
Se estima que al momento de la desmovilización producto de las negociaciones efectuadas entre

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este actor armado y el gobierno, en tiempos de Uribe Vélez, este actor armado contaba con 16.000
combatientes (Rangel, 2008, 15). En la actualidad, es incierto lo que pueda ocurrir con los grupos
de Autodefensas que se han reagrupado y las nuevas estructuras que han emergido en el marco o
con posterioridad a las negociaciones de paz mencionadas. Por el momento cuentan con pequeñas
unidades, operan principalmente en sectores rurales y marginados, y están más vinculadas con
intereses mafiosos.

En materia de conflictos armados no es posible minimizar al oponente, su potencial ofensivo, y


menos aún su capacidad para adaptarse a los cambios, fortalecerse, y establecer alianzas,
independientemente de su estructura militar o su píe de fuerza, y de la correlación de fuerzas.
Evidencias históricas de ello las ofrece la recuperación de las insurgencias de primera generación
luego de los operativos militares que casi las diezmaron entre 1966 y 1974, comentados en aparte
anterior de este capítulo. También, el desarrollo pleno de la capacidad ofensiva de las Farc, a
comienzos de los noventa, como consecuencia del operativo militar a “casa verde”, durante el
gobierno de Cesar Gaviria, y de su declaratoria de “guerra integral” a la insurgencia (Arteta, 2008,
52). A nivel internacional, el caso de Vietnam de norte, donde guerrillas locales en una adversa
correlación de fuerzas enfrentaron entre 1964 y 1975 militarmente con éxito a un ejército con
superioridad militar y tecnológica, integrado por las fuerzas militares de Vietnam del Sur y de los
EEUU[7]. Estas evidencias históricas hacen visible la relación de causalidad que en algunas
ocasiones se genera entre represión aguda, resistencia y adaptación para una respuesta militar
con mayor capacidad ofensiva.

µ Un conflicto degradado.

La degradación del conflicto armado en mención, en parte es inherente a la naturaleza de las


confrontaciones armadas, dado que como señalan algunos analistas: “no hay guerras buenas, no
hay guerras limpias” (Arteta, 2008; 78), y “hay una naturaleza destructiva en toda guerra” (Fisas,
2004, 66). En el caso colombiano, también es producto de los niveles de escalamiento que por
momentos ha alcanzado la confrontación, y de su prolongación por más de medio siglo.

Un conflicto armado es degradado cuando los actores del mismo desconocen el principio de
distinción que separa al combatiente de la población civil, y la violencia empleada se aparta del
combate militar, siendo el caso de los asesinatos selectivos y las masacres (Botero, 2010, 49).
También, cuando se desborda la proporcionalidad en la agresión, en los medios y los fines, y las
prácticas de los actores en conflicto desconocen los mínimos humanitarios consagrados en el DIH,
respecto de prisioneros de guerra, bienes protegidos, misiones médicas, etc. No obstante, debe
advertirse que el DIH no contempla la categoría de “conflictos degradados”[8].

La degradación de los conflictos armados, además de dejar tras de sí un número creciente de


víctimas y de intenso dolor, genera los odios y deseos de venganza que alimentan el ciclo de
violencia, que muchas veces produce y reproduce este fenómeno social; dificultando una solución
negociada del mismo y contribuyendo de esa manera a su prolongación. Son expresiones de la
degradación del conflicto armado en este país: el desplazamiento forzado, la vinculación de niños y
niñas en las filas de los grupos armados, las masacres, los asesinatos selectivos, las desapariciones
forzadas, los campos minados, el trato inhumano a retenidos o prisioneros de guerra, los falsos
positivos, la utilización de armas no convencionales que implican riesgo a la población civil,
aunque los operativos no vayan dirigidos contra esta, y el fuego cruzado en medio de la población

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civil, entre otros.

µ Un conflicto dinámico, con capacidad de sus actores para adaptarse a los cambios,
recuperarse, resistir y responder.

Como se señala con acierto: “Nadie juega solo el juego de la guerra” (Rangel, 2008, 20), y con esta
expresión se ejemplifica el aspecto relacional del conflicto en mención, que vincula a los actores
del mismo, y remite a lógicas de causas y efectos, cambiantes correlaciones de fuerzas, y que
materializa principalmente, el carácter dinámico de estos actores, y su capacidad de adaptación y
recuperación.

En el conflicto armado colombiano se ha evidenciado en doble vía, tanto el cambio en la


correlación de fuerzas de los actores del mismo, como la capacidad de estos actores para
recuperarse, adaptarse a los cambios y desarrollar su capacidad ofensiva.

La correlación de fuerzas a favor de la insurgencia. Como se ha mencionado en apartes anteriores


de este capítulo, es evidente que en el periodo comprendido entre la década de los noventa y el
2002, la correlación de fuerzas en el conflicto armado se fue haciendo más favorable para la
insurgencia, específicamente para las Farc, frente a la Fuerza Pública.

Esta realidad se evidenció de diversas maneras: la expansión y consolidación de la insurgencia,


reflejada en la creación y desdoblamiento de Frentes, que para 1995 eran 105 (Echandía, 1999); su
creciente influencia en distintos municipios de Colombia, estimados en 560 en 1995 (Ibíd.); la
creación en ese mismo año de la estrategia de grandes contingentes de tropa, que hacia visible la
fortaleza de su pie de fuerza (Corporación Nuevo Arco Iris, 2010); operativos militares exitosos
contra la Fuerza Pública como: las Delicias, Patascoy, Miraflorez, Mitú, Careguaje y Teteyé, donde
las Farc tomo y atacó bases y unidades militares, retuvo a un número importante de miembros de
la Fuerza Pública, e hizo visibles las falencias de la Fuerza Pública; operativos en vías y carreteras
centrales, donde practicaba “pescas milagrosas”; contar con grandes recursos económicos
provenientes del secuestro y la extorsión, y actividades del narcotráfico, que les permitía
fortalecerme; y la creación de milicias y redes que estableció en grandes ciudades. A estos se
agregarían, los buenos logros de la diplomacia internacional realizada por las Farc, en términos de
una imagen favorable.

Durante este periodo, ante la mirada interna y externa, las Farc parecían invencibles e
incontenibles; y seguramente estos factores generaron en este actor armado la percepción de que
era posible el triunfo revolucionario por la vía militar, y que iban por buen camino.

La correlación de fuerzas a favor de la Fuerza Pública. En el periodo comprendido entre el 2002 y


el 2010, se evidenciar un impensable cambio en la correlación de fuerzas en el conflicto armado en
mención, y este es más favorable a la Fuerza Pública frente a la insurgencia. Los factores
dinamizadores del mismo fueron: la modernización o reingeniería de la Fuerzas Militares, que
había comenzado en los dos últimos años del gobierno Pastrana; y en el incremento del
presupuesto militar, que con tal propósito paso en 1990 de 10.521 millones de pesos a 22.309
millones de pesos en el 2010, aunque alcanzó su pico más alto en el 2007, con un presupuesto de
39.913 millones de pesos

[9].

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Los principales cambios se hicieron visibles en la unificación de las Fuerzas que integran las
Fuerzas Armadas, la cualificación de la inteligencia militar, la potenciación del combate y la
movilidad aérea, la adquisición de instrumentos para la guerra, la apropiación de tecnología de
guerra, cualificación en manejo de comunicaciones, la recuperación del control del territorio
mediante el establecimiento de batallones de alta montaña y unidades militares, incluso en
localidades donde desde hacía muchos años no existía presencia del aparato militar del Estado, y el
incremento de pie de fuerza, entre otros (Rangel, 2008, Pécaut, 2008, Corporación Nuevo Arco Iris,
2010). A estos factores de fortalecimiento de la Fuerza Pública se agregaron estrategias como las
redes de cooperantes, la infiltración de la insurgencia, las recompensas por delación, y el ataque
dirigido a los integrantes de las cúpulas militares de la insurgencia (Ibíd.).

Los resultados pronto se hicieron visibles: bombardeos a campamentos de la insurgencia con alta
precisión, limitación de su movilidad y su capacidad de concentración de tropas, delaciones y
desmovilizaciones, desarticulación de redes urbanas, los grandes contingentes de tropa de las Farc
se convirtieron en fáciles objetivos militares, duros golpes y debilitamiento del Bloque Oriental de
las Farc, el más grande de todos; y operativos militares exitosos como las operaciones: “Fenix”, en
la que fue abatido Raúl Reyes; “Jaque”, en la que fueron liberados 14 secuestrados o retenidos de
las Farc , incluyendo a Ingrid Betancur; “Sodoma”, en la que se bombardeo el campamento del
Mono Jojoy y se le propino la muerte; “Camaleón”, en el que fueron liberados militares
secuestrados o retenidos en la selva, dentro de ellos el General Mendieta, el de más alto rango; y
“Odiseo”, en el que fue abatido Alfonso Cano, jefe máximo de las Farc.

Los cambios y logros militares obtenidos por la Fuerza Pública no sólo lograron evidenciar que la
insurgencia, especialmente las Farc, no era invencible, sino que alentaron en el gobierno y en
amplios sectores de opinión pública, la convicción de que la derrota militar de la insurgencia y la
solución militar del conflicto armado eran posibles.

En cuanto a la capacidad de adaptación y recuperación de actores del conflicto armado. En


distintos momentos de la historia del conflicto armado, se ha evidenciado como una constante, la
capacidad de los actores del mismo para adaptarse a los cambios, recuperarse, y desplegar una
mayor capacidad ofensiva.

En el caso de la insurgencia, esta capacidad de adaptación y recuperación se evidenció en


“Marquetalia”, cuando un reducido número de hombres, resistió los operativos por aire y tierra de
la Fuerza Pública, y se convirtieron en el núcleo fundacional de las Farc. También, en el periodo
comprendido entre 1965 y 1974, cuando las guerrillas de primera generación, que casi fueron
diezmadas por golpes militares propinados por la Fuerza Pública, como Anorí en el caso del Eln,
los cercos al Epl en 1968, y el ataque en el Quindío a casi todas las unidades de las Farc en 1966,
lograron recuperarse, expandirse y fortalecerse (Pizarro, 1996, Pécaut, 2008, Medina, 2008).
También, cuando el ataque a “casa verde”, principal campamento de las Farc, ordenado durante el
gobierno de Gaviria, a comienzos de los noventa, se convirtió en el factor dinamizador de la mayor
capacidad ofensiva que haya registrado las Farc en toda su historia (Arteta, 2008).

En similar sentido, la capacidad de adaptación y recuperación de la insurgencia ha vuelto a


expresarse en la actualidad, en forma específica, en un periodo que va desde comienzos del 2007
hasta la fecha. En este caso, esa capacidad de adaptación se ha desplegado frente a la política de
seguridad democrática, vigente desde el 2002, y con la que este actor armado ha recibido
importantes golpes militares. El factor dinamizador de la misma ha sido el retorno a la estrategia
de “guerra de guerrillas”, que le ofrece la ventaja del factor sorpresa, la unidad de las tropas bajo
el mando de Alfonso Cano, y las pequeñas Unidades Tácticas de Combate que sustituyeron la
estrategia de los grandes contingentes de tropa, todos ellos comprendidos en el Plan 2010 de las

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Farc (Corporación Nuevo Arco Iris, 2010).

La capacidad de adaptación y recuperación de la insurgencia en el momento actual se ha


evidenciado, en el caso de las Farc en: el incremento de acciones bélicas, presencia en el 50% de
los municipios del país y acciones bélicas en 20% de ellos, reactivación de frentes, incremento de
campos minados, reacomodación en sectores rurales, alianzas con la guerrilla del Eln en algunas
regiones del país, y ataques a Unidades de la Fuerza Pública, entre otros (Corporación Nuevo Arco
Iris, 2010).

La capacidad de adaptación y recuperación de los actores del conflicto armado representa una
realidad que no es posible desconocer o minimizar. Ella puede generar cambios en la correlación
de fuerzas de un conflicto armado, y evidencia siempre, que a pesar de los momentos de crisis y
debilitamiento de los actores armados, su capacidad ofensiva siempre está latente, pudiendo
materializarse en cualquier momento, porque como afirmo Clausewitz: “La guerra es el reino de la
incertidumbre”. También advierte que no existen actores armados invencibles, porque todo es
dinámico y puede cambiar, y que por ende, los triunfos militares deben asumirse con prudencia y
sin triunfalismos.

Esta característica del conflicto armado coloca de presente la ventaja de la solución negociada de
los conflictos armados sobre la solución por vía militar de los mismos. Esta última vía implica altos
costos económicos, causa pérdidas humanas, ecológicas, y económicas, deja efectos invisibles
como odios y deseos de venganza, y muchas veces daños irreversibles, entre otros; y lo peor de
todo, es que a pesar de los mismos no puede garantizar la derrota total del adversario, porque esa
capacidad de adaptación y recuperación del “enemigo”, en las lógicas de la guerra, puede estar allí
latente, y materializarse escalando aun más el conflicto en mención, rearmando o generando el
armamentismo, y prolongándolo aún más.

[1] Apartes tomados del libro: Hernandez Delgado, Esperanza (2012) “Intervenir antes que anochezca”. Cap 2: una mirada
retrospectiva del conflicto armado en Colombia, p. 39-80 Bogota: La Bastilla.

[2] Dentro de ellas, prácticas como: reclutamiento de niñas y niñas en las filas de los actores armados, campos minados,
secuestro, masacres, falsos positivos, entre otras.

[3] Como las Farc, el Eln, el Epl, el Maql, Prt, Patria Libre, y Crs.

[4] Como las Aucc, las del Magdalena Medio, y el Bloque Central Bolívar, entre otras.

[5] De los 65 frentes de las Farc, 17 se ubican en el bloque oriental, 11 en el sur, 5 en el occidental, 6 en el noroccidental,
11 en el central, 9 en el Madalena Medio, y 6 en el norte.

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Dueñas Delgado, Wilfredo

[6] Estimativo registrado en el artículo “El Post Mórtem de Alfonso Cano”, publicado en El Espectador, el 9 de noviembre
de 2011.

[7] Tomado de la Web: es.wikipedia.org/wiki/guerra_de_vietnam

[8] Información suministrada por Álvaro Villarraga, experto en DIH.

[9] Información tomada de la página Web del Ministerio de Defensa.

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Dueñas Delgado, Wilfredo

Lectura de apoyo

Aportes sobre el origen del conflicto armado en Colombia, su persistencia y sus impactos
Javier Giraldo Moreno, S. J.
www.centrodememoriahistorica.gov.co/descargas/comisionPaz2015/GiraldoJavier.pdf

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