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domingo, 28 de septiembre de 2014

Ernesto Hartkopf: una presencia fundamental

A poco de mirar el río fantástico que forma la historia cultural de la ciudad de Gualeguay,
noté que algunos nombres comenzaban a titilar sobre las aguas. Aparecían acá y allá
uniendo distintas orillas, haciendo las veces de bisagras, de puentes entre las historias.
Nombres de personas, nombres de lugares, que jugaban como esquinas de encuentro, como
especialísimas encrucijadas bluseras donde la luz se juntaba con la luz. En este paisaje se
hizo presente un nombre -un faro de gran atractivo que señalaba el trazado de un
sustancioso mapa del tesoro: Ernesto Hartkopf.
La ciudad de Gualeguay, como se verá, y por diversas razones, le debe honores a este
señor. Debería haber una sala de exposiciones que llevara su nombre; una de las mesas de
la Biblioteca Popular debería llevar una placa de bronce con su nombre, descuento que
Carlos Mastronardi sonreiría gustoso; una calle debería ser su calle. Su nombre debería ser
memoria cotidiana.
¿Quién fue Hartkopf? ¿Cuántos gualeyos saben de su presencia?
Ernesto Hartkopf no era poeta, escritor, actor ni músico. Fue dueño de una librería, y dentro
de ella había un espacio de exposición para las artes plásticas. Hoy muchos tienen el dato
de que esta ciudad, además del famosísimo Quirós, vio nacer a artistas plásticos como
Roberto “Cachete” González, Antonio Castro, Derlis Maddonni, como para citar algunos.
Las primeras exposiciones de estos tres gualeyos notables se llevaron a cabo en el Rincón
Kopf: Cachete en 1955, Castro en 1959, Derlis en 1960.
Gracias al trabajo memorioso de Gustavo Gandini llegué a una nota: “El recordado Salón
de Libros Kopf” publicada en el diario “El Supremo” en el año del bicentenario de la
fundación de Gualeguay, es decir: 1983: “La librería de Ernesto Hartkopf, como muchos lo
recuerdan, fue mucho más que una simple librería, fue un verdadero bastión cultural para
nuestro medio, dando origen a la difusión del libro, por medio de la biblioteca circulante,
organizando conferencias, exposiciones de pintura, debates y charlas, todo impulsado por el
genial Hartkopf, a quien César Tiempo calificara de ‘sigiloso’, por su forma de actuar, con
humildad, sin ostentación y en silencio. Desde 1931 hasta 1961 funcionó el Rincón de Arte,
es difícil designarlo con un nombre en especial ya que las actividades que allí se
desarrollaron fueron múltiples. Lejos de aspirar a satisfacciones materiales, su propietario,
Ernesto Hartkopf, puso su vida a disposición de los libros, asesorando a los lectores,
cediéndolos en préstamo o comentándolos. Consultamos a Don Roberto Beracochea para
que nos contara algo de Hartkopf, y durante la exposición expresó que ‘No era el vendedor
habitual de libros, sino que era el consejero de todos los adolescentes en busca de una
buena lectura, conocedor profundo de todo lo referente a la literatura, valiéndose de los
caracteres psicológicos del autor para despertar cierto interés en la lectura, y siendo al
mismo tiempo asesor humano’.

Rincón Kopf.
No solo la literatura fue el móvil de Kopf, sino también la pintura. Muchos pintores como
Cachete González, Silva, etc., asistían a las reuniones, y Hartkopf les daba las telas y los
materiales para que pudieran trabajar, nunca les cobraba, por eso Beracochea dice que
‘fundó una librería y fundió varias’. También hubo exposiciones del fotógrafo Silva, un
notable artista de Gualeguay, y Bichilani y González realizaron sus primeras exposiciones
de pinturas en el Salón. Carlos Cúneo, Aída Rodi, Jesús Echeverría, Pilar Saizar, Enrique
Aguirrezabala, exhibieron sus primeros balbuceos, junto a las lacas de Valdéz Mujica, las
xilografías de Víctor Delhez, las fotografías expresionistas de Pedro Otero, las cerámicas de
Maites Desmaras, las máscaras de Samuel Teitelman y las muestras colectivas de Carlos
Castagnino, de Antonio Berni, de Demetrio Urruchúa, de Barragán, de Daltoé, de Pierre, de
Butler, las incomparables acuarelas de Puccinelli, las esculturas de José Alonso, los
grabados de Federico Scheppens. Era posible leer publicaciones europeas recién recibidas
como ‘Monde’ de Henri Barbusse, ‘La Revista de Occidente’ dirigida por Ortega y Gasset.
‘Lettres francaises’ de Louis Aragón, ‘La nouvelle Revue Francaise’ de Jean Paulhan,
‘Mercure de France’ de Juillard y las infaltables ‘Paris Match’ y ‘Vogue’. Era obligación en
esos tiempos saber francés en la gente ‘culta’, según Beracochea. También se reunían Juan
L. Ortiz, Carlos Mastronardi, Julio Pedrazzoli, el Dr. Pancho Crespo y muchos más que se
interesaban por la filosofía o la política. Las exposiciones y conferencias realizadas en
Kopf, que estuvo ubicada durante varios años donde hoy es la Joyería Lacorazza, en calle
Chacabuco, fueron innumerables, entre las cuales podemos citar algunas de afamados
artistas plásticos como Antonio Castro, Scolamieri, presentaciones de libros de Aristóbulo
Barroetaveña, grabados y dibujos de arte chino, acuarelas y pastel de Castagnino, e
infinidad de expresiones culturales que enriquecieron notoriamente a los hombres de esa
etapa de oro que tuvo nuestra ciudad. Al desaparecer el Salón Literario Kopf, ha quedado
un vacío inocultable, que hoy, por diversas causas, es difícil de llenar, fundamentalmente,
como manifestó Beracochea, por la falta de hombres como Ernesto Hartkopf”.

Rincón Kopf.
Esta nota que lamentablemente no lleva firma de su autor, iluminó la historia que se iba
formando en mi pensamiento. Supe así que mi imaginación se había quedado corta: sabía
que muchos plásticos gualeyos habían comenzado a exponer en la librería, pero nada sabía
que sobre sus paredes habían amanecido obras de firmas ilustres del arte argentino. Que el
lector vuelva a recorrer esos nombres. Estas manifestaciones del arte sucedían en aquella
Gualeguay, en la de ayer, a la que le canta Omar Morel.
Emma Barrandéguy retrata la esencia del librero en un pasaje de su novela “Crónica de
medio siglo”: “El que mejor se defendía de todos nosotros era Hartkopf, que tenía una
librería y luchaba porque la gente leyera, viera cosas diferentes, saliera del cascarón. No
que él fuera estrepitoso y agresivo, no; era un hombre suave, bajito, lleno de dulzura; sabía
lo que era la poesía, la pintura, la música y en aquel Gualeguay cerril de entonces quería
compartir lo que sabía. Trabajo le costaba al pobre. Muchos ataques, cantidad de disgustos.
Por él publiqué mis primeras poesías, el artículo sobre el frigorífico, esas cosas que Ud.
encontró buenas, positivas. En la librería de Hartkopf leíamos hasta cansarnos los libros
que nos prestaba, que siguió prestando a través de los años, hasta que la librería cerró. Por
él vimos las primeras exposiciones de pintura; a veces no iba nadie, pero él persistía como
no persistió nadie en este Gualeguay; aunque él sabía que era un poco al bardo”.
En el libro indispensable para conocer la historia del arte en la ciudad: “Formas y colores
de Gualeguay” de Nydia Rampoldi, Patricia Míguez Iñarra y Daniel A. Gabriel, se incluye
la figura de Hartkopf entre los artistas plásticos. Su presencia fue fundamental, como
fundamental fue la presencia del maestro Epele en el Hogar Escuela San Juan Bosco, para
muestra están los recuerdos de Cachete González y Antonio Castro.
Gracias a otro de mis cómplices, el médium gualeyo Federico Ántola, llegué a una
publicación de la Fundación Banco Mercantil Argentino (El Arca): “1996-Año de
homenaje a Juan L. Ortiz en el centenario de su nacimiento. Conversación con Emma
Barrandéguy”. Tres personas visitaron a Emma: Horacio y Tristán Bauer, y Carolina
Scaglione. Emma recordó un grupo de intelectuales de izquierda, especialmente
comunistas, del que formaba parte Juanele y ella. Le preguntaron por el referente del grupo:
“Sí, el que lo organizaba era Ernesto Hartkopf”. También preguntaron cómo conoció a
Juanele: “No recuerdo bien, pero creo que nos vinculamos por intermedio de la librería
Hartkopf, que era un semillero, convergíamos todos allí; era un tipo ejemplar”. ¿Todavía
existe la librería?: “No, no existe más. Él falleció y su casa fue donada a la Sociedad de
Escritores de Gualeguay”.
En la nota de “El Supremo”, se tilda al librero de “silencioso”. Recordé el nº 0 de la revista
“La Loca de al Lado” (junio 1981): “Querido ratón Hartkopf: En este número inicial fue
propósito de la revista convocar a alguien como vos, que mucho tuvo que ver con el
movimiento literario y artístico local. Tu proverbial humildad te hizo rechazar con firmeza
nuestro intento de un reportaje a fondo sobre la época en que tocó actuar. Es cierto que no
se puede forzar a nadie a revivir cosas que le fueron queridas o dolorosas, pero tu deseo de
borrarte hace que muchos se vean privados de conocer una época y disfrutar de una viva
recordación que pudo ser fructífera. No obstante, querido Hartkopf, tu figura ya tiene un
perfil indeleble en nuestra cultura. Hubiera sido lindo que te bancaras este reportaje”.
El cariñoso apodo de “ratoncito” fue ocurrencia de Derlis Maddonni, me cuenta Tuky
Carboni, que fue a la librería desde sus 6 años. Su relato confirma la palabra del periodista
anónimo. Recuerda Tuky un homenaje a Hartkopf en la planta alta de la Biblioteca Popular.
Posiblemente el orador fuera Beracochea. Estalló una tormenta y se abrieron de par en par
las ventanas con gran estrépito, quien hacía uso de la palabra dijo que Ernesto Hartkopf se
había hecho presente. La poeta también refiere, con gran dolor, que cuando se vencieron los
plazos del nicho donde descansaban los restos del librero, los inhumanos silencios que
viven en los pasillos de las administraciones se hicieron presentes, y nadie se comunicó con
SEGuay para así evitar que los huesos de don Ernesto Hartkopf terminaran en el osario.
Comprendo el sentimiento de Tuky, pero me digo en esta última línea, que quizá él hubiera
estado de acuerdo con este lugar en la multitud.

domingo, 5 de enero de 2014


Pinceladas sobre la ribera de Antonio Castro

Antonio Castro

Después de descubrir la pintura de Antonio Castro tuve una primera señal amiga: encontrarme con
el trabajo realizado por Sixto Miguel Argot (1934-2008), el video documental titulado: “Antonio
Castro. El Pintor de la Costa” (1995). La segunda señal fue escuchar lo dicho por el artista plástico
Vicente Cúneo. Y la tercera fue leer “Antonio Castro. Hombre de la costa” (2009) de Nidya
Rampoldi. Tres toques del destino recibidos de manos de hacedores y trabajadores de la cultura. El
descubrimiento fue total, por la información brindada sobre Castro, y por el mundo hallado en los
relatores: personas con el compromiso ético, vital, de contribuir a la memoria de Gualeguay y su
gente.

Sixto Miguel Argot

De manos de Marta Argot recibí una copia del documental de Sixto. Comienza con fotos fijas del
río. Botes sobre la arena de la costa mientras la poeta Teresita Cardeza de Valiero recita unas líneas
del poema “Alguien mirará…”, del libro “En el aura del sauce” (1954) de Juan L. Ortiz. Aparecen
cuadros de Castro, la foto fija de un rancho pobre, ropa colgada en una soga. Amanece la música de
la guitarra de Julio Faggiana. Tomas de detalle sobre más obras del pintor. Rostros de mujeres y
hombres, de gente pintada en colores vibrantes, invitados ellos a la eternidad del arte. Vuelve la
imagen del rancho pobre, pero ahora con movimiento. Dos nenes juegan, la ropa que cuelga de la
soga ahora es movida por el viento. Dicen presente las fotos y los nombres de algunos de los que
viven en el árbol de los notables: Carlos Mastronardi, Cesáreo Bernaldo de Quirós, Juan L. Ortiz,
Ernesto Hartkopf, Alfredo Veiravé, Roberto Cachete González, Roberto Epele. Veo a Castro en su
casita, hay dibujos hechos sobre las paredes; veo mesas repletas de objetos: de la cocina y de la
pintura. Una cama de una plaza, una cocina chiquita. La voz en off habla de la preocupación del
artista: “El hombre costero, el hombre del río, el hombre marginado”. Avisa también que en la obra
está presente: “El respeto por las mujeres, hermosas, sensuales y llenas de vida”. Una secuencia
mínima se guarda en mi memoria: Castro camina cerca del río. Una figura frágil, de andar inseguro,
que busca el lugar donde dar el siguiente paso. Lleva gorra, camisa y pantalón. Lo veo alejarse. Se
detiene junto a la orilla y mira un arbolito.

En el trabajo de Sixto Argot aparece una pequeña joyita: una entrevista al artista. Preguntas
concisas, respuestas directas, sin adorno. Castro comienza diciendo: “Vivir, amar lo que hago,
enamorarme de las cosas que empiezo a grafiar”. Contesta como si definiera su esencia en esta vida.
¿Siempre pintaste?: “Sí, desde muy chico en el Hogar Escuela, ahí empecé bajo la dirección de un
hombre extraordinario como fue Roberto Epele”. ¿Recordás alguna anécdota por la cual fuiste
motivado a pintar?: “Lo que a mí me motivó fue empezar a ver las reproducciones de los
renacentistas, en el Hogar Escuela, de los libros que había en la biblioteca, y empecé directamente a
copiar eso. Mis preferidos: Leonardo, Miguel Ángel, Giotto”. ¿Por qué tiene primacía en tu obra el
río, la gente de la costa?: “Es algo congénito, algo que vino prácticamente conmigo, desde que
conocí el río fue imposible despegarme de él, de su gente, de la naturaleza, de los hombres que
viven en su costa, de sus verdes, de lo natural”. Los colores, explicame: “Trato de usar los colores
primarios, trato de usarlos puros, y si se mezclan que no se ensucien”. Antonio Castro regala otra
definición: “Soy autodidacta y he tomado de todo maestro que me ha impresionado lo que he
podido, y lo que me ha impactado lo he incorporado a lo que yo realizo”. Afirma: “Mi pintura es
expresionista, es una forma figurativa de expresarme, de componer”. Da registro del arte en su
ciudad: “En Gualeguay hay muchos pintores, uno cuando es chico se impacta con la figura de
Quirós, me acuerdo que en esos tiempos se hablaba mucho de Bichilani, personajes que impactan y
se hacen inolvidables”. Consultado por los jóvenes dice: “Entre los jóvenes actuales hay varios que
están trabajando bien y que posiblemente lleguen a descollar en este métier, como Raúl Gastaldi,
Vicente Cúneo, Evangelina Gervasoni”. Sixto prosigue. ¿Sos creyente?: “Sí”. ¿Qué significa Cristo
en tu vida?: “Todo, mi guía, mi hermano mayor, el espíritu que me impulsa y en el que confío”.
¿Creés que haya otra vida después de la muerte?: “Creo que después de la muerte, después de
despojarnos de esta coraza que cubre el espíritu, seguimos palpitando en el universo, en la luz, en la
sombra, en las aguas, eternamente”. A la última consulta del entrevistador, Castro responde: “Los
temas bíblicos vienen desde mi iniciación en el dibujo y la pintura, desde el Hogar Escuela traigo
toda esa mística que transmitía Epele. Él iba adelante rezando el rosario y nosotros salíamos detrás
de él, todo eso se transmite y queda”.
Vicente Cúneo

Cuando entrevisté a Vicente Cúneo me regaló el siguiente recuerdo de Antonio Castro: “Castro fue
una persona jovial, alegre, vital, muy comprometida con lo que sentía. Lo expresaba hasta en la
conversación, ejercía la libertad de decirte lo que se le ocurriera. Vivió desatado del materialismo.
Llegó a pescar para sobrevivir, con eso apenas si seguía en pie. Tenía una fuerza, un impulso de
trabajo que es un ejemplo para nosotros. Castro era fiel todos los días de su vida a dibujar y pintar,
con lo que tuviera. Los amigos le llevaban material cuando no tenía, hubo sí otros que se
aprovecharon y se quedaron con su obra con modos cercanos al arrebato. Pero muchos se
conmovieron y lo ayudaron. Tenía muchos trabajos, porque pintaba todos los días. El día era para la
pintura. Derlis Maddonni decía que de todos los que andábamos en “eso”, él era el que dejaba
traslucir su riqueza pictórica, lo que él intuía estaba en su arte. Sus cuadros eran riquísimos en
imágenes, no es que pintaba un pescador, pintaba la casa, la canoa, el perro, las personas que lo
rodeaban, en donde fuera él seguía metiendo elementos. Y en la mayoría de sus papeles encontrás
pinturas de los dos lados. Qué bueno sería tenerlos dentro de dos vidrios y así ver ambos. Era su
necesidad de pintar, tendría que haber tenido dos veces el papel que tuvo. Nydia Rampoldi, que fue
profesora mía, y que ayudó mucho a Castro, me contaba que había llegado a pintar sábanas. Uno
quisiera a veces tener ese impulso. Cuando pasan días sin tocar nada, se sufre”.
Nidya Rampoldi

Efectivamente Nidya Rampoldi en su libro “Antonio Castro. Hombre de la costa” consigna lo


relativo a las sábanas, y además cuenta pequeñas imágenes de la vida y obra del pintor. Información
que fue recopilando a través de años, pero material que no es fruto de una investigación, sino de los
sucedidos cotidianos entre ella, Castro y aquellas personas que trataron a ambos. Por ejemplo,
Nidya menciona al señor Ricardo Pérez y cuenta: “Nos dijo que después de 1955 Antonio, junto
con Roberto (K.CH.T.) González y dos personas más, no recuerda quiénes, estuvieron presos en un
sótano de Villa Soldati por su militancia comunista. De alguna manera Antonio logró escapar y, ya
en Gualeguay, buscó la ayuda del Dr. Carlos ‘Cacho’ Gálligo, abogado. Al parecer éste recurrió a
un aviador de la Fuerza Aérea oriundo de Gualeguay, -por entonces había cuatro muy mencionados
de esas condiciones en la localidad- y por su intermedio fueron liberados los otros tres. Él cree que
fue durante la época del gobierno de facto del General Aramburu”. Rampoldi informa de unas
reuniones ocurridas entre mediados de los 50 y principio de los 60: “Por ese tiempo acostumbraba a
reunirse con varios artistas en una pequeña construcción de fines del siglo XIX, un ‘ranchito’ de
ladrillos asentados en barro con techo de paja, donde trabajaba el pintor Roberto (K.CH.T.)
González. Algunos de ellos eran los antiguos discípulos de Epele: el escultor Carlos Cúneo, el poeta
Alfredo Veiravé. A veces concurría el plástico Enrique Aguirrezabala, el médico Chuchi Mac Kay y
su esposa Nuri, Jorge Núñez Miñana, el poeta José Luis Morabes y otros. Ese ranchito, para suerte
de Gualeguay, todavía está en pie, los artistas se fueron detrás de sus destinos con el transcurso del
tiempo”.

Castro había ganado un concurso (1964) del Fondo Nacional de las Artes. El premio consistía en
elegir un maestro y recibir una beca de estudio por tres meses. Cuenta Nidya: “Antonio Castro tenía
la intención de estudiar tres meses con Castagnino. Lástima, pues Castagnino estaba haciendo un
mural en Italia. Tuvo que sustituirlo por otro maestro, Rubén Dalton. Como pintor no le gustaba,
pero según sus propias palabras ‘sabía muchísimo’ pues había estudiado en Francia con André
Lhote, quien era autor de un libro ‘Tratado del paisaje’ y maestro de cantidad de pintores argentinos
que estudiaron en Francia”. Rampoldi tuvo en sus manos los manuscritos de Antonio: “Castro
asimismo fue autor de poesías escritas en cuadernos de apuntes, que quizá pudieran editarse. Por
otra parte tenía una habilidad innata para encontrar fósiles y cacharros cerca de los ríos donde
habitaron los pueblos originarios, lo cual nos muestra una faceta más de su personalidad: su amor
por lo nativo. Juan L. Ortiz fue su amigo, pues conocía a su familia desde antes del nacimiento de
Antonio, y lo ayudó en curiosas circunstancias en Paraná”.

Nidya Rampoldi entrega en su libro una atenta mirada sobre el arte de Castro, aquí un detalle de la
misma: “Al principio usa sólo blanco y negro, luego tiene una segunda etapa de colores muy bajos.
Alrededor de 1976 su paleta se aclara logrando combinaciones y coloraturas seguras y definidas que
agradan tanto al ojo preparado como al profano; los últimos años enfatizó su expresión utilizando
simplemente los tres colores primarios planos junto al blanco y el negro en la mayor parte de sus
obras logrando así, con economía de recursos, una expresión rica y acabada. Sus composiciones son
siempre complejas y completas, aún cuando dejó trabajos inconclusos.

Acostumbraba a ‘manchar’ la tela para comenzar la tarea y luego, pasado un tiempo, entre líneas y
colores iba formando las figuras y argumentos. Logró así obras de gran fuerza expresiva, donde se
van descubriendo nuevas propuestas dentro de los temas; los fondos, cubiertos con formas y figuras,
acrecientan el argumento principal. Los detalles se van revelando cuando ya se cree conocer el
cuadro, conformando todavía nuevos motivos. Para el mismo Castro: ‘Es un trabajo que nunca se
termina de ver’”.

Antonio Castro nació un 25 de agosto de 1931 y falleció el 16 de diciembre de 2002. Puedo ver sus
cuadros en casas amigas, puedo ver el documental de Sixto Miguel Argot, puedo ver cómo Castro
camina hasta el arbolito de la costa, puedo volver a lo dicho por Vicente Cúneo, puedo volver a leer
a Nidya Rampoldi. Puedo ver que el notable pintor Antonio Castro sigue de ronda por su
Gualeguay.

Sobre cachete gonzalez escribe noe:


Luego de su muerte, el artista plástico Luis Felipe Noé, publicó un texto en un diario de
Buenos Aires: “Adiós al amigo. Despedida a Roberto ‘Cachete’ González”. Noé escribió
una carta: “Querido Cachete: Te pido disculpas por no haber ido el martes 27 a la mañana a
despedirte en la Chacarita. Me enteré esa misma tarde de tu fallecimiento que ocurrió según
me contaron en las primeras horas del 26. Cuando me relataron las circunstancias previas
recordé lo de la ‘muerte propia’ de la que hablaba Rilke. La tuya sucedió luego de un
domingo con tu familia en el Tigre. Seres queridos, emoción, sol, naturaleza, whisky y un
calmante para el dolor de cabeza, contraindicado para un hipertenso. Todo lo tuyo está allí
sintetizado, amores y debilidades, salvo la pintura (pintura y dibujo para vos la misma
cosa). Hacía tiempo que no te veía más en el ‘Bárbaro’, aunque habíamos hablado por
teléfono a fin de año. Pero el mostrador te extrañaba. Ya no estabas con tu eterno segundo
whisky, siempre el segundo. Te cuidabas de vos mismo.
‘Mi querido hermano’, me decías con tu ternura tan particular. ‘¿Trabajás?’ te preguntaba.
‘Sí, siempre –me respondías-, siempre pinto y dibujo, pero estoy muy aislado. Se han
olvidado de mí. Dame una mano. Me gustaría exponer’. Perdoname Cachete, estoy en
deuda con vos. Sin embargo sé que cuando los de mi generación mencionan a sus más
destacados dibujantes tu nombre siempre se asoció a los de Carlos Alonso y Martínez
Howard como ejemplo de una línea excelente iniciada aquí por el húngaro Lajos Szalay. Y
naturalmente se recuerda, entonces, la notable edición del ‘Martín Fierro’ con tus
ilustraciones. Lo particular de tu dibujo. La línea se convierte en mancha.
Escribiendo estas líneas busco libros y papeles. Aparece que en 1931 naciste en
Gualeguaychú. Amabas tanto ésa, tu ciudad, como a Paraná, la ‘más bella del mundo’
según tus palabras, la que conocí gracias a vos. Expusimos juntos en esta última. También
sabía que habías estudiado con Emilio Pettoruti. No recordaba que también con Cecilia
Marcovich. Según Córdoba Iturburu ‘no se advierten en su arte rastros de influencia de su
gran maestro’. Se refiere a Pettoruti. Pero es que tu verdadero gran maestro era un poeta,
Juan L. Ortiz, a quien tanto habías querido.
Se te clasificaba de expresionista. A vos, que creíste que ibas a hacer una carrera como
arquero. Cuando no se sabe decir algo de alguien que está allí presente con su fuerza
pictórica, viene la etiqueta de expresionista. Si una palabra te definía era ternura. Y tu obra
la reflejaba, calidad humana, calidad artística en vos era lo mismo. Te recordé siempre –era
difícil verte en el último tiempo- con intenso cariño y ahora te seguiré recordando de la
misma manera. Lo que desearía es que te recuerden también los que aún no conocen tu
obra. Hacerla conocer es nuestro deber”.
Abril de 2015