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AUTONOMÍA DEL DERECHO AMBIENTAL

Anteriormente existía la duda si el Derecho Ambiental debería de considerarse como


una rama autónoma del derecho o no. Pero se logró indicar que el Derecho
Ambiental si es considerado COMO UNA RAMA AUTÓNOMA del Derecho, debido a
que si cumple con los requisitos necesarios para considerar que una disciplina es
autónoma.

Todo esto es debido a que el Derecho Ambiental posee:

 Normas o leyes que lo regulen


 Teorías y doctrina acerca del Derecho Ambiental
 Se imparte como una cátedra en las Universidades
 Posee sus propios principios y características
 Tiene sus propias instituciones

¿Es autónomo el Derecho ambiental como rama del saber jurídico?

Ambas posiciones cuentan con partidarios y detractores. El objetivo de este trabajo


es intervenir en el debate y analizar el objeto de esta disciplina.

INTRODUCCION

Entre los juristas se acepta generalmente que una disciplina es autónoma de sus
afines cuando tiene un objeto propio, un campo de normas jurídicas diferenciadas de
las demás. El objeto del Derecho ambiental no puede ser otro que el ordenamiento
jurídico ambiental y, por lo tanto, conviene comenzar por la delimitación del concepto
de Derecho ambiental del que, ya de entrada, podemos proponer las dos definiciones
siguientes:

1. El Derecho ambiental es el conjunto de leyes que regulan los sistemas


ambientales, con el fin de alcanzar el libre desarrollo de la personalidad de los
hombres.

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2. El Derecho ambiental es el sistema de normas, principios, instituciones, prácticas
operativas e ideologías jurídicas que regulan las relaciones entre los sistemas
sociales y sus entornos naturales.

A nuestro juicio, la primera definición --que afortunadamente no ha escrito nadie--


concentra todos los errores posibles en la definición de esta rama del ordenamiento
jurídico, mientras que la segunda es correcta; y ello por cuatro razones que se
derivan precisamente de las cuatro diferencias principales entre ambas definiciones,
a saber:

- Primera diferencia: el Derecho ambiental no es un conjunto, sino un sistema. Se


dice que determinados elementos forman un conjunto cuando poseen un atributo
común. Se dice, en cambio, que un conjunto es un sistema cuando los elementos se
relacionan entre sí y con un entorno del que se diferencian y con el que se
comunican. Así, por ejemplo, los constituyen un conjunto, pero no un sistema, dado
que no interactúan necesariamente entre sí. Las normas jurídicas ambientales, por el
contrario, establecen relaciones constantes entre sí a partir de cada caso jurídico
ambiental y, por tanto, constituyen un subsistema diferenciado en el interior del
sistema jurídico, con el que se comunican y del que se diferencian.

- Segunda diferencia: el Derecho ambiental no regula los sistemas ambientales.


Primero, porque el medio ambiental no es un sistema, sino un entorno. Y segundo,
porque --aun admitiendo, lo cual no es lo mismo, que sí hay sistemas ecológicos o
ecosistemas en el entorno de los sistemas sociales-- lo que regula el Derecho no es
el transcurso de un río, ni los movimientos migratorios de las aves --todo eso se solo-
-, sino las conductas individuales, las prácticas sociales y las intervenciones públicas
relevantes para el transcurso de los ríos o los movimientos de las aves.

- Tercera diferencia: el Derecho no tiene fines, sino que es instrumento. El que sí


tiene fines es el Estado. En la teoría constitucional del Estado de Derecho, es el
pueblo el que fija los fines del Estado; lo que ocurre es que los fija en la Constitución
y en el resto del ordenamiento jurídico. De forma que el Derecho se convierte en una
suerte de idioma en el que los sistemas sociales se comunican con sus sistemas
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políticos. Esta visión instrumental del Derecho nos libera de las tendencias a
demonizarlo o canonizarlo. Alguien puede decir que el carácter de algo como
herramienta no lo libra de la responsabilidad de tener fines. Por ejemplo, un
destornillador tiene como fin único aflojar o apretar tornillo. Cierto, pero con el mismo
destornillador se puede ajustar el mecanismo explosivo de una bomba y reparar la
lámpara de un quirófano. Y ni los estragos de la bomba, ni el beneficio de la lámpara
son imputables a la herramienta. Todo depende de lo que se quiera hacer con ella.
De la misma forma, la normatividad ambiental es una herramienta --por cierto,
muchísimo más compleja que un destornillador-- en manos del Estado. Ni su uso
adecuado para la optimización del equilibrio sistema/entorno, ni su uso perverso en
forma de tolerancia de ilícitos o arbitrariedades son imputables al instrumento, sino a
los poderes públicos que lo programan (Legislativo), lo aplican (Judicial) y los
desarrollan y ejecutan (Ejecutivo).

- Cuarta y más importante diferencia: el Derecho ambiental no está compuesto


sólo por leyes, ni siquiera sólo por normas, sino por normas, principios, instituciones,
estructuras, procesos, relaciones, prácticas operativas, etc. Decir que el Derecho
ambiental es un conjunto de leyes puede esconder dos tipos de errores. El primero,
que ni siquiera merecería comentar si no fuese porque es más frecuente de lo que
parece, y que consiste en confundir la con una de sus posibles manifestaciones
formales, , olvidando que hay elementos que no son leyes y, sin embargo, poseen
carácter normativo (por ejemplo, la costumbre, los principios generales del Derecho o
los reglamentos). El otro error contenido en la definición del Derecho ambiental como
puede ser más grave metodológicamente. Y merece que nos detengamos algo más
en él, porque es más relevante a efecto de discernir la autonomía del Derecho
ambiental. En efecto, el uso de las expresiones o, en lugar de, puede indicar el
reduccionismo en virtud del cual sólo la validez sería un problema jurídico, mientras
que la eficacia y la justicia de las normas ambientales serían problemas . Con la
consiguiente afirmación de que los juristas ambientalistas deberían dedicarse a
estudiar normas, y problemas de validez de las normas, dejando el estudio de la
eficacia a la Sociología y el de la justicia a la Ética.

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ELEMENTOS

Frente a este reduccionismo, la definición del Derecho ambiental como sistema de


normas, principios, instituciones, prácticas e ideologías jurídicas, implica reconocer
dos factores. En primer lugar, que el sistema jurídico-ambiental tiene, al menos,
cuatro momentos susceptibles de ser analizados: el momento legislativo que
programa la decisión pública ambiental; el momento judicial que interpreta y aplica al
concreto caso ambiental los programas generales del Legislativo; el momento
ejecutivo, que desarrolla, gestiona y ejecuta los programas generales; y, finalmente,
el momento científico-doctrinal o dogmático --llamado también Derecho Ambiental,
ahora con mayúscula el adjetivo-- que analiza los tres momentos anteriores y que, al
proponer posibilidades de actuación para cada uno o posibilidades de relación entre
ellos, también resulta interactuante y, por tanto, parte del sistema jurídico-ambiental.

Y, además, en segundo lugar, la definición del Derecho ambiental como sistema de


normas, principios y prácticas operativas, implica la afirmación de que la principal
tarea contemporánea de los juristas ambientales no consiste en, sino precisamente
en establecer puentes que acerquen el plano de las normas al plano de la realidad. Y
ello sin perder de vista que tan ridículo es creer que un buen sistema normativo
ambiental es suficiente para alcanzar el fin ambiental del Estado, como por el
contrario, creer que el sistema jurídico ambiental es innecesario o que las normas no
sirven de nada sin prácticas. Creer lo primero es confundir la necesidad con la
suficiencia, un ejercicio de idealismo inútil. Creer, lo cual es más frecuente, lo
segundo es confundir la insuficiencia con la innecesariedad, un olvido del hecho
constatable de que el Estado, al menos el Estado de Derecho, no puede alcanzar
sus fines ambientales sin el concurso del sistema jurídico y de que nunca
alcanzaremos una situación ecológicamente aceptable, sin un cuerpo normativo
garantista, de la misma manera que nunca alcanzaremos libertad real sin libertades
formales, igualdad real sin igualdad formal o democracia real sin democracia formal.

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¿CUANDO ES AMBIENTAL UNA NORMA JURIDICA?

Establecido queda pues que el Derecho ambiental es el sistema de normas (no el


conjunto de leyes), principios, instituciones, prácticas operativas e ideologías
jurídicas que regulan (no los, sino) las relaciones entre los sistemas sociales y sus
entornos naturales. Pero queda por saber cuándo una norma jurídica (o un principio
o una institución) es además una norma jurídica ambiental. A esta pregunta se puede
responder de varias formas:

1. La primera diría que forman parte de la normativa ambiental sólo aquellas normas
promulgadas en los últimos 25 años que ya entienden el medio ambiente como
entorno complejo que interactúa con sistemas vivos, es decir sólo las normas
posteriores al diagnóstico de la crisis ecológica en virtud del cual hay límites al
intercambio metabólico entre el hombre y la naturaleza.

2. La segunda forma de responder a la pregunta añadiría a esta normativa --que


después denominaremos -- aquellas otras normas que regulan algunos bienes,
elementos o recursos naturales, tales como la atmósfera, el agua o el paisaje.

3. Una tercera forma de responder a la pregunta consistiría en impugnar la propia


pregunta, negando la posible delimitación de un subconjunto llamado, por entender
que no hay normas ambientales, sino sólo normas civiles, penales, comunitarias,
administrativas o tributarias.

4. Y, finalmente, una cuarta forma de responder que se contrapone a las otras tres y
que vamos a intentar defender en las páginas siguientes diría así: el Derecho
ambiental está compuesto por las normas de relevancia ambiental, y son normas de
relevancia ambiental aquellas que se seleccionan desde un caso jurídico ambiental, y
un caso jurídico es ambiental cuando al menos uno de los intereses concurrentes
responde en líneas generales al.

Al sostener esta última concepción partimos de la idea de que cuando hablamos de


Derecho ambiental delimitamos un subsistema en el interior del sistema jurídico. Y, al

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hacerlo, debemos incluir dentro del Derecho ambiental todas aquellas normas (ya
sean leyes o reglamentos, ya sean de conducta o de estructura, primarias o
secundarias) y principios relevantes (ya tengan relevancia positiva o negativa) para la
tutela del equilibrio de los sistemas sociales con sus entornos naturales.

No hay ningún problema en que la misma norma pertenezca a dos subsistemas


jurídicos y, por tanto, el Derecho ambiental no sólo está compuesto por las normas
recientes de naturaleza holística o ecológica, sino también por normas sectoriales de
relevancia ambiental y por normas que, dictadas sin ningún propósito ambiental,
adquieren relevancia de forma casual. El único criterio de que disponemos para
llamar ambiental a una norma es su relevancia en un determinado caso jurídico
ambiental. Será desde abajo, por selección a partir de cada caso (y sólo a partir de
cada caso), como podamos delimitar el conjunto al que llamamos Derecho ambiental.

Por lo tanto, entre las normas jurídicas de relevancia ambiental, siguiendo a Brañes
(1994), se pueden encontrar tres tipos: normativa de relevancia ambiental casual,
aquella expedida sin ningún propósito ambiental, pero que deviene útil para la tutela
del equilibrio ecológico en un caso determinado; normativa sectorial de relevancia
ambiental, expedida para la protección de ciertos elementos ambientales como el
agua, la atmósfera o el paisaje; normativa propiamente ambiental o ecológica,
expedida recientemente para la tutela de relaciones sistema/entorno y con
conciencia de la crisis ecológica.

Tan ridículo es creer que un buen sistema normativo ambiental es suficiente para
alcanzar el fin ambiental del Estado, como creer que el sistema jurídico ambiental es
innecesario o que las normas no sirven de nada sin prácticas

FORMACION DEL DERECHO AMBIENTAL

Si consideramos que las normas de relevancia ambiental casual forman parte del
conjunto del Derecho ambiental, entonces se puede afirmar que la normativa
ambiental es tan antigua como los propios sistemas jurídicos. En realidad, lo que se
debería afirmar es que muy antiguas instituciones jurídicas --no pocas provenientes

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del Derecho Romano-- son utilizables hoy en la resolución ecológica de conflictos
ambientales inimaginables por las sociedades en que nacieron.

Es, sin embargo, bien entrada la modernidad cuando se pueden encontrar normas
sectoriales de relevancia ambiental. Podrían citarse tempranas disposiciones
relativas a la emisión de humos de la legislación inglesa del siglo XVIII. Y ya del siglo
XIX, con su revolución industrial, emanarían dos grandes ríos de legislación que hoy
llamaríamos ambiental: por un lado, el relativo a las emisiones a la atmósfera o la
polución de las aguas; por otro, el relativo a la conservación del medio natural, de los
hábitats y de las especies de flora y fauna silvestres. Toda esta normativa está
atravesada por la idea central de la, presente ya en las primeras codificaciones,
constitucionalizada y no por ello menos discutible como en su momento tuvimos
oportunidad de exponer (Serrano, 1992). Esta normativa sectorial de relevancia
ambiental se ha incrementado notablemente en los últimos 50 años y, hoy día, es
aún el componente principal del Derecho ambiental. A este capítulo pertenecen
normas como el Reglamento de Actividades Molestas (1961), la Ley de Protección
del Ambiente Atmosférico (1972), la Ley de Aguas (1985) o la misma Ley de
Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestre (1987).

Sin embargo, desde el punto de vista de la normativa propiamente ambiental (9), no


debe haber duda en torno a la conveniencia de centrarse en la década de los años
70 y, más en concreto, en la promulgación de la United States National
Environmental Policy Act (Ley Nacional de la Política Ambiental de los Estados
Unidos) a la hora de determinar sus orígenes. En Europa, puestos a buscar fechas
de origen, nos aparecerá de nuevo el emblemático año de 1972: un poco antes, el 22
de julio de 1971, la Comisión elaboraba su primer informe sobre el ambiente, casi al
mismo tiempo que la NEPA entraba en vigor en los Estados Unidos; el Parlamento
Europeo, en Resolución de 18 de abril de 1972, también se manifestó al respecto; el
Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas, en distintos pronunciamientos de
aquella época, hizo constar su apoyo al desarrollo de la política ambiental; y,
finalmente, en noviembre de 1972 reunidos en París los jefes de Estado y gobierno

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de los (entonces nueve) Estados miembros adoptaron una Declaración que
subrayaba e invitaba, asimismo, a .

Suecia aprobó su Ley de Conservación de la Naturaleza en 1964 y su Ley de


Protección del Ambiente en 1976. La Ley japonesa para el control de la
contaminación ambiental data del año 1967. México promulgó su Ley Federal para
Prevenir y Controlar la Contaminación Ambiental el año 1971 y su Ley Federal de
Protección al Ambiente en 1982, sustituidas hoy por la terminológicamente impecable
Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección del Ambiente. La Control
Pollution Act del Reino Unido fue aprobada el año 1974. Francia promulgó sus dos
leyes propiamente ambientales en 1976: la Loi no 76-629 relative à la protection de la
nature y la Loi no 76-663 relative aux installations classées pour la protetion del
l'environnement. También de 1976 son el Código Nacional de Recursos Naturales
Renovables y de Protección al Medio Ambiente de Colombia, la Ley Orgánica del
Ambiente de Venezuela y la Ley para la Prevención y Control de la Contaminación
Ambiental de Ecuador. En 1981, Cuba promulgó la Ley n o 33 sobre Protección del
Medio Ambiente y del Uso Racional de los Recursos Naturales. También en 1981 se
aprobó en Brasil la Ley no 6.938, que dispone sobre Política Nacional del Medio
Ambiente, sus fines y mecanismos de formulación y aplicación y establece otras
providencias. La Ley guatemalteca para la Protección y Mejoramiento del Medio
Ambiente es del año 1986.

AUTONOMIA DEL DERECHO AMBIENTAL COMO DISCIPLINA JURIDICA

A partir de estos conjuntos de normas se ha ido dibujando el saber jurídico al que


denominamos. Se trata de una disciplina en formación, con apenas 25 años de edad
y sobre cuya autonomía y sobre cuyo contenido existe actualmente un debate
internacional e interdisciplinar. En efecto, la aparición del Derecho ambiental no ha
estado exenta de polémicas. La diferencia con relación a otras áreas del saber
jurídico --Derecho Urbanístico, Derecho Comparado, Derecho Económico...-- que, al
menos en España, llevan más años en la lista de espera del reconocimiento
académico, es que esas polémicas no se han formalizado aún en forma explícita

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pero, sin duda, como suele decirse: y están implícitas en lo que hasta ahora se ha
dicho y publicado sobre Derecho ambiental.

Como explica Brañes (1994), las posiciones a este respecto van desde la negación
de la existencia del Derecho ambiental como disciplina jurídica autónoma, pasando
por las afirmaciones que se hacen sobre su posible futura configuración como una
disciplina de esa naturaleza, hasta la aceptación de su existencia como una
disciplina jurídica autónoma, pero bajo concepciones que difieren entre sí no sólo en
lo que se refiere a lo que deba entenderse por , sino también sobre la manera como
debe enfocarse la asignatura de Derecho ambiental que, dicho sea de paso, ha
nacido antes y con más fuerza en las licenciaturas de Ciencias Ambientales que en
las de Derecho.

A modo de consuelo, cabe decir que la polémica entre partidarios y detractores de la


autonomía del Derecho ambiental no es universal, sino exclusiva de los países de
tradición romanista. Los juristas formados en estos países discutimos con toda
naturalidad este tipo de asuntos. Y como, muy certeramente señala Brañes (1994),
eso llama poderosamente la atención de nuestros colegas anglosajones. En esta
parte del mundo creemos con toda seriedad que existen tantas ciencias como áreas
de conocimiento existen en los catálogos administrativos del Consejo de
Universidades.

Contextualizar la polémica entre partidarios y detractores de la autonomía del


Derecho ambiental no nos libra de tener que entrar algo en ella. Sea como fuere esta
polémica es importante, porque las dudas sobre la existencia del Derecho ambiental
como una disciplina jurídica autónoma, son un obstáculo considerable a su
incorporación en la enseñanza jurídica.

Los detractores de la especificidad del Derecho ambiental pueden, a mi juicio,


agruparse en dos sectores. En primer lugar, estarían los que podríamos llamar.
Vienen a decir que las normas jurídicas ambientales están en cuerpos legales ya
atribuidos a otras disciplinas existentes.

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En segundo lugar, estarían los que, con mucha más inteligencia a mi juicio, sostienen
que debe distinguirse entre y, de forma que lo ambiental sería un problema común a
múltiples disciplinas jurídicas, pero en ningún caso una disciplina autónoma.

Los argumentos son fáciles de rebatir. Bastan dos contra argumentos: en primer
lugar, que hay una y, en segundo lugar --como ya sostuvimos cuando hablábamos
del concepto de Derecho ambiental--, que no hay desde el punto de vista
metodológico ningún obstáculo en que una misma norma jurídica pertenezca a
diversos subsistemas jurídicos. Es más, en el ordenamiento de un Estado
constitucional de Derecho como el nuestro, toda norma particular y concreta está
impregnada de elementos que provienen de diversos cuerpos normativos. Para
empezar, el juicio de constitucionalidad a que obliga el artículo 163 de la Constitución
impregna toda decisión jurídica de elementos de Derecho constitucional. Es evidente
también que toda decisión jurídica tiene elementos procesales y elementos
sustantivos. Y es claro, finalmente, que las normas no son que se puedan agrupar
por para contarlas después, como hacen los niños con las piezas de sus juguetes
desmontables, sino efectuadas por el aplicador en el interior del sistema jurídico,
pasando necesariamente por diversos de sus sectores.

Es algo más difícil, sin embargo, responder a aquellos que sin caer en un torpe
anexionismo corporativo sostienen la necesidad de distinguir entre y. Este argumento
de apariencia contundente está basado, sobre todo, en la penetración de la
problemática ambiental en ciertos sectores de los sistemas jurídicos, que a otras
disciplinas, como el Derecho administrativo, el civil o el penal. De forma que sus
sostenedores no llegan a decir que el Derecho ambiental es Derecho administrativo o
civil o comunitario o penal, sino que existe un Derecho administrativo ambiental, un
Derecho penal ambiental, etc. Creo que sólo hay una forma de responder a esta
argumentación: dándole la razón. Es cierto que lo ambiental no es una rama de la
ciencia, sino un problema de las sociedades y es cierto que lo ambiental impregna
todos los saberes jurídicos. Ahora bien, esta afirmación es predicable de cualquier
otra rama del saber jurídico. Se puede decir, por ejemplo, que el Derecho mercantil o
el Derecho Internacional Privado no son ramas autónomas de la ciencia jurídica, sino

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problemas específicos a abordar por los cultores del Derecho civil, del laboral o del
internacional público; se puede decir que el Derecho penal es Derecho constitucional
aplicado o que el Derecho financiero es sólo un problema más de los que afectan al
Derecho administrativo contemporáneo.

La polémica entre partidarios y detractores de la autonomía del Derecho ambiental


no es universal, sino exclusiva de los países de tradición romanista

Esta reducción al absurdo nos permite establecer con toda claridad que la forma en
que las disciplinas jurídicas se organizan, se diferencian de y se comunican con sus
afines tiene naturaleza histórica. Es decir, que la constitución de nuevas disciplinas
no se debe a una suerte de, sino a complejos procesos espacio temporales que
determinan no menos complejas estructuras de saber.

Es verdad, que la evolución de la configuración de las disciplinas jurídicas desde la


summa divisio hasta hoy, no ha sido vertiginosa. Así vistas las cosas, el que el
Derecho ambiental sea reconocido o no como disciplina autónoma dependerá, en
buena medida, de la presión de los protagonistas sociales y de su capacidad para
desmontar la visión mecanicista, atomista, analítica y unidimensional del Derecho,
propia de un positivismo jurídico mal entendido, que entiende los ordenamientos
jurídicos como un todo compuesto por unidades indivisibles llamadas normas. Hoy
sabemos --en parte gracias al propio paradigma ecológico-- que los ordenamientos
jurídicos no son un todo, sino un sistema complejo; que, por tanto, no tienen partes,
sino elementos que se relacionan entre sí; y que, en consecuencia, no se pueden
dividir en unidades indivisibles cuya suma sea igual al conjunto, porque los sistemas
jurídicos son la suma de las normas y algo más.

La modernidad jurídica y su paradigma han entendido al Derecho como un reloj


cuyas piezas se podían descomponer o recomponer analíticamente. El paradigma
ecológico sabe bien que para sistemas complejos --a partir de un grado de
complejidad relativamente pequeño-- ya no vale la metáfora del reloj. Un animal,
como un reloj, puede descomponerse en partes. Un reloj puede recomponerse
después, un animal no. Los que niegan la autonomía del Derecho ambiental piensan
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que no hay una parte del Derecho que pueda denominarse así: es como si alguien
sostuviera que el cuerpo humano se divide en cabeza, tronco y extremidades y que,
por tanto, éstas deben ser las tres únicas ramas de la medicina.

Por lo tanto, la novedad del Derecho ambiental no viene de lo nuevo de esa


normativa, sino de la necesidad histórica de afrontar la crisis ecológica también en
sede jurídica. No es que exista una penetración de lo ambiental en otros sectores
jurídicos, sino que más bien hay una lectura ambiental de diversos sectores jurídicos.
La especificidad del Derecho ambiental no viene tanto de la especificidad del objeto
(la norma) como de la especificidad de la lectura del objeto. Pongamos un ejemplo:
en España la institución de la evaluación ambiental es fruto de la recepción de una
directiva comunitaria que, a su vez, es importante desde el punto de vista de la
política ambiental comunitaria. Es evidente, por tanto, que esta institución requiere la
atención de los expertos en Derecho comunitario europeo. Pero la evaluación
ambiental es también un curioso procedimiento administrativo con dualidad de
competencias que, sin duda, requerirá la atención de los administrativistas. Y,
finalmente, también interesa a los ambientalistas, aunque a estos últimos no les
interesa tanto su dimensión de síntoma de una política comunitaria, ni su naturaleza
de procedimiento administrativo, sino más bien su función como instrumento que
tiene que ver con los procesos de interacciones entre los sistemas sociales y los
complejos ecológicos. No hay en este caso, por tanto, una disputa de pertenencia de
una norma jurídica entre tres disciplinas que se ocupan de ella de forma simultánea,
porque cada una hace de ella una lectura distinta. Dicho con otras palabras, el
Derecho ambiental lee ciertas normas jurídicas, que están comprendidas en el
campo de estudio de otras disciplinas, con gafas de ambientalista y con el fin de
formular otro tipo de juicios.

La novedad del Derecho ambiental no viene de lo nuevo de esa normativa, sino de la


necesidad histórica de afrontar la crisis ecológica también en sede jurídica

Es evidente que al decir esto afirmamos que no sólo hay una especificidad del objeto
del Derecho ambiental, sino también una especificidad de método. Demostrarlo nos

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llevaría lejos y exige un tratamiento aparte. Aquí sólo procede enunciar
telegráficamente lo siguiente: que la relación entre Ecología y Derecho es
bicondicional. De la misma forma que el Derecho ambiental es un importante
instrumento de intervención en las relaciones entre el sistema social y el entorno
natural, así también la Ecología, en cuanto paradigma, aporta a la ciencia jurídica los
instrumentos metodológicos por los que deberá pasar su refundación
contemporánea. Dicho más brevemente: de la misma forma que existe un Derecho
ambiental, existe también una Ecología jurídica. Lo que ocurre es que esta última no
es sólo el método del Derecho ambiental, sino una metodología compleja utilizable
por cualquier rama del ordenamiento jurídico.

Para terminar, diremos que lo que se ha planteado en este artículo no es un asunto


puramente académico que sólo nos concierna a los profesores universitarios en
nuestros debates corporativos. Los que argumentan contra la autonomía del Derecho
ambiental y los que le niegan importancia a la problemática epistemológica deberían
considerar el hecho de que, en los países que cuentan con sistemas estrictos de
delimitación de áreas académicas, su opinión obstaculiza la investigación y
enseñanza del Derecho ambiental.

Y no sólo eso: tal vez sea innecesario decir que precisamente la investigación
jurídica es, con toda seguridad, una de las vías más fecundas para generar nueva
normativa ambiental más eficaz y más adecuada y que, a su vez, este tipo de
normativa es uno de los instrumentos civilizatorios más fuertes con que contamos
para detener el ecocidio.

EL DERECHO AL MEDIO AMBIENTE EN BOLIVIA

En base a lo anterior, es necesario hacer notar que actualmente la Nueva


Constitución Boliviana pone de relieve la necesidad existente de protección y
preservación del medio ambiente, reconociendo expresamente en su texto, entre los
Derechos Sociales y Económicos, el Derecho al Medio Ambiente, que consiste
principalmente en que todas las personas, sin distinción alguna, tienen derecho a un
medio ambiente saludable, protegido y equilibrado, a cuyo efecto, el ejercicio de este
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derecho debe permitir a los individuos y colectividades de las presentes y futuras
generaciones, además de otros seres vivos, desarrollarse de manera normal y
permanente. Es por esta razón que cualquier persona, a título individual o en
representación de una colectividad, se encuentra plenamente facultada para ejercitar
las acciones legales en defensa del derecho al medio ambiente, sin perjuicio de la
obligación que tienen las autoridades e instituciones públicas, de actuar de oficio (sin
necesidad de requerimiento previo) frente a los atentados contra el medio ambiente,
todo ello al tenor combinado de lo previsto por los artículos 33 y 34 de la Nueva
Constitución Boliviana, considerando sobre todo que el Estado garantiza a todas las
personas y colectividades, sin discriminación alguna, el libre y eficaz ejercicio de los
derechos establecidos en la Constitución, las Leyes y los Tratados Internacionales de
Derechos Humanos (artículo 14, parágrafo III constitucional). En complemento de lo
anterior, todas las bolivianas y bolivianos, tenemos el deber ineludible de proteger y
defender un medio ambiente adecuado para el desarrollo de los seres vivos (artículo
108, numeral 16 constitucional). Del postulado constitucional expuesto
precedentemente, se pueden inferir las siguientes características del derecho al
medio ambiente:

a) La Concepción derecho‐deber de un ambiente sano en cuanto a su


exigibilidad y participación en la tarea de protección y preservación del mismo. De
ahí que, y por la naturaleza de la cuestión involucrada en el “contenido” de ese
derecho, el bien jurídico protegido y el correspondiente deber, convierte a los
ciudadanos y habitantes del país, en verdaderos “agentes” en el cuidado ambiental.
Sin embargo, las obligaciones, pesan también sobre el Estado, en toda su amplitud
de “autoridades” en cualquiera de los niveles de gobierno (central, departamental,
municipal, e indígena originario campesino), dado que ahora los mismos se hallan
involucrados no sólo en la obligación de “no dañar” sino también en la realización de
ejercicios positivos (acciones de oficio) de preservación ambiental, es decir, de evitar
que otros destruyan el medio ambiente, y exigir a los particulares cada deber
concreto en cada circunstancia que afecte el tema ambiental.

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b) Compromiso intergeneracional de preservación del medio ambiente, para las
generaciones presentes y futuras, dentro de un concepto de desarrollo que amplía la
gama de opciones para las personas, inspirado en las metas de largo plazo de una
sociedad; lo que significa que el consumo y/o producción actual no puede financiarse
incurriendo en deudas económicas que otros tendrían que reembolsar en el futuro, y
por ende, “los recursos naturales deben utilizarse de forma que no creen deudas al
sobreexplotar la capacidad de sostenimiento y producción de la tierra”.

c) Recepción de la noción de “desarrollo sustentable”16: lo cual comprende una


mejor comprensión de la diversidad de ecosistemas, solución localmente adoptada
para problemas ambientales y mejor control del impacto ambiental producido por las
actividades de desarrollo.

d) Apto para el desarrollo humano: concepto del cual la Argentina fue la primera
Constitución en incorporarlo, de acuerdo a la visión de Naciones Unidas en sus
Programas para el Desarrollo. Este organismo define al desarrollo humano como “el
proceso mediante el cual se amplían las oportunidades del ser humano” en donde se
anotan las de disfrutar de una vida prolongada y saludable y tener acceso a los
recursos necesarios para una vida decente, es decir que los beneficios sociales
deben verse y juzgarse en la medida que promueva el bienestar humano. Por lo que
el concepto de desarrollo humano es amplio e integral. No es simplemente un
llamado a la protección ambiental, sino que implica un nuevo concepto de
crecimiento económico, que provee justicia y oportunidades para toda la gente del
mundo. Este es el gran interrogante y el gran problema para los países en desarrollo,
donde el atraso económico muchas veces produce el equívoco de presentar a la
necesidad de “industrializarse” de elaborar productos con mayor valor agregado,
como contrapuesta a la preocupación ambiental.

e) Jerarquía constitucional de la obligación de resarcir el daño ambiental según lo


establezca la ley. El artículo 347 constitucional es claro en ese sentido, al establecer
que quienes realicen actividades de impacto sobre el medio ambiente deberán, en
todas las etapas de la producción, evitar, minimizar, mitigar, remediar, reparar y

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resarcir los daños que se ocasionen al medio ambiente y a la salud de las personas,
y establecerán las medidas de seguridad necesarias para neutralizar los efectos
posibles de los pasivos ambientales.

AUTONOMÍA DEL DERECHO AMBIENTAL EN BOLIVIA

El Derecho Ambiental al regular las conductas del hombre en su entorno natural,


norma hábitos que nos enfrentan a diversos fenómenos como el deterioro de la capa
de ozono, el calentamiento global del planeta, la desforestación, la contaminación
transfronteriza y la contaminación por desechos químicos, entre otros. Problemas
que al ser de trascendencia y afectación global, amenazan a toda la humanidad, y
que sin embargo se hallan consagrados en la Declaración de Estocolmo de 1972
sobre Entorno Humano, como el principio de cooperación.

El derecho Ambiental como parte del Derecho Internacional se ocupa del desarrollo
jurídico multilateral y bilateral, originado en Tratados y Convenios. Pero también tiene
una faz nacional que representa las particularidades propias de cada Estado.

El derecho Medio Ambiental es un derecho polémico de fuerte contenido político, de


ello deviene la necesidad de uniformar criterios y conceptos para lograr una relación
armónica social e internacional, unificando esfuerzos solidariamente generados por
la nueva dinámica internacional, como resultado de las necesidades en continua
evolución y como respuesta a los principios que al respecto se plantean, tales como
el llamado Derecho de Solidaridad que junto con el Derecho a la Paz, al Desarrollo, a
la libre Determinación de los Pueblos, a un Ambiente Sano y Ecológicamente
Equilibrado y el derecho a beneficiarse del Patrimonio Común de la Humanidad.

MARCO NORMATIVO

En 1988 se establece un marco normativo que permitió iniciar el desarrollo de una


capacidad institucional para regular, proteger y atender la conservación y protección
de ciertos recursos ambientales, concentrándose en la protección y manejo de fauna
silvestre y la administración de los recursos forestales; propio del inicio de cualquier

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proceso, las normas se iban desarrollando más aceleradamente que las
instituciones, es así que no existían autoridades competentes que velaran por el
cumplimiento de la nueva legislación, evidenciándose, además, limitaciones
presupuestarias y la escasa disponibilidad de capacidades técnicas para cumplir los
mandatos normativos.

El 13 de noviembre de 1990, la Cámara de Diputados aprueba la Ley de Defensa


Ecológica, cuyo objetivo era el de promover estudios y evaluaciones de todas las
actividades públicas y privadas que pudieran generar impactos ambientales
negativos, esta norma determinó que era necesario y obligatorio aplicar un estudio
de evaluación de impacto ambiental para toda actividad pública o privada que pueda
provocar daños al medio ambiente.

También en 1990 se promulga el Decreto Supremo 22884 que establece la Pausa


Ecológica Histórica de 5 años, lapso de tiempo en el que no se otorgarían nuevas
concesiones forestales, con el propósito de: a) promover la protección y manejo de
las especies y ecosistemas con fines productivos; b) promover el manejo adecuado
de bosques con el fin de expandir la actividad maderera; c) mantener la integridad de
los ríos y arroyos con fines de conservación; d) fortalecer las instituciones de
investigación y enseñanza y e) fomentar la conciencia ambiental.

En diciembre de 1990, la Comisión de Medio Ambiente de la Cámara de Diputados


convocó a un foro para analizar la problemática ambiental del país, las conclusiones
del mismo fueron: a) 38 por ciento del territorio nacional sufrirá erosión y no era apto
para la producción agrícola; b) el deterioro de los suelos cultivables estaba
impidiendo un crecimiento agropecuario sostenible y c) la explotación legal e ilegal
de los recursos naturales estaba contribuyendo al deterioro de los ecosistemas
bolivianos (Foro Ambiental 1990).

PROYECTO DE LEY

Producto de este foro se inicia el diseño del anteproyecto de ley de medio ambiente,
proceso que concluyó en 1992 con la aprobación de la Ley 1333. Esta norma fue

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elaborada en un proceso de amplia participación de los diferentes sectores y
organizaciones sociales.

El diseño y promulgación de esta norma fue un hito fundamental de la gestión


ambiental, puesto que marca un antes y un después en la institucionalidad ambiental
en Bolivia. Esta ley, coincide con las tendencias críticas al desarrollismo que
proponían un viraje hacia el nuevo paradigma denominado “Desarrollo Sostenible” y
encuentra en el país un ambiente propicio para su aplicación.

La aplicación de Ley 1333 permitió ordenar y desarrollar el marco institucional y


regulatorio, inicialmente, clarificó y estableció que la gestión ambiental integral
comprende los ámbitos de los recursos naturales renovables y la gestión de impactos
ambientales, ambos ámbitos de acción aplicables a todos los sectores económicos y
actividades humanas.

La aplicación de esta ley, en términos generales, comenzó con el establecimiento de


instituciones y regulaciones técnicas en ámbitos como: áreas protegidas,
ordenamiento territorial, definición y elaboración de los Planes de Uso de Suelo
municipales, sectores extractivos como minería e hidrocarburos. Luego fue el turno
del uso del suelo y del vuelo, es decir de la tierra, los bosques y cuerpos de aguas.

Los sectores en los que se desarrolló un mayor número de instrumentos de gestión y


una institucionalidad para atender los temas ambientales son los que han tenido
mayor importancia económica en el desarrollo del país, como son hidrocarburos y
minería, posteriormente se trabajó en los instrumentos para el sector industrial.

Otro de los sectores de mayor avance en su normativa e institucionalidad fue el


forestal, que cuenta con los instrumentos técnicos para aplicar un manejo sostenible
de los bosques, fue así que Bolivia en 2005 llegó a ser uno de los países con más
áreas forestales certificadas, llegando aproximadamente a 3 millones de hectáreas.

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LEY 1333

Una de las características de la ley 1333, es que tiene un carácter híbrido en


términos de instrumentos de política pública, puesto que incorpora instrumentos de
comando y control e introduce en la legislación boliviana los denominados incentivos
económicos, como mecanismos para modificar los comportamientos y expectativas
de los actores. Probablemente, esta característica fue la que facilitó la incorporación
de criterios ambientales en la dinámica microeconómica de los actores, haciendo que
tales incorporaciones sean vistas más como inversiones recuperables y menos como
gasto perdido.

Otro aspecto destacable de la aplicación de la Ley 1333 fue la descentralización de


la gestión ambiental integral hacia los ámbitos departamentales y municipales,
posiblemente por coincidencia con los procesos de Participación Popular y
Descentralización Administrativa Departamental, que se gestaban de manera
paralela, pero también por definición propia de los mismos actores que propendían a
una aplicación territorializada de la normativa ambiental.

Como todo proceso de innovación de política pública tiene debilidades. Posiblemente


la mayor de todas es la no incorporación del sector agrícola pecuario, a 20 años de la
modernización de la política pública en los aspectos ambientales, este sector no ha
modificado en mucho sus políticas, prácticas, métodos y formas de intervención del
suelo y los cuerpos de agua; mantiene su tendencia por el uso extensivo de la tierra
haciendo que sus inversiones sean cada vez menos eficientes, además de acelerar
el crecimiento de los niveles de deforestación para habilitar tierras para la agricultura
y pastoreo intensivo en áreas que no son aptas para esta actividad, como es la
Amazonia, provocando el deterioro de suelos y ecosistemas.

La década de los años 2000 se caracteriza por un avance en la incorporación en la


Constitución Política del Estado (CPE) los derechos ambientales y socio
ambientales, hecho también relevante en la gestión ambiental.

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Se elaboran una serie de leyes y normas para efectivizar la participación de los
pueblos indígenas en la gestión ambiental, especificando que cuando se trate de
proyectos productivos en sus territorios se procedía a la consulta previa libre e
informada antes de otorgar concesiones, en cumplimiento de la Constitución Política
del Estado, del Convenio 169 de la OIT y de los Derechos de los Pueblos Indígenas
de Naciones Unidades; sin embargo, en la práctica no se ha ejercido este derecho y
se han otorgado concesiones mineras e hidrocarburíferas al margen de lo
establecido en dichas normas.

DESAFÍOS DEL DERECHO AMBIENTAL EN EL SIGLO XXI

El principal desafío para el derecho ambiental en las próximas décadas será


desmitificar y separar lo jurídico y científico de lo “religioso o pseudoreligioso y
mágico de corte fetichista y politeísta” que invocan en forma permanente y
sistemática muchas sectas religiosas con fachada de ONG.

Creencias éstas que suelen confundir, por la prosecución de otros fines, a la


población en general haciendo creer que todo contamina y es perjudicial sin entender
conceptos como uso sustentable.

Revertir la tendencia que convierte sistema jurídico en un mero apéndice del status
quo jurídico-político, en campo singular de la inflación legal, apenas distinguible de
las otras ramas del derecho por los nuevos bienes jurídicos asignados a su tutela, las
nuevas técnicas periciales, algunos cambios procesales y la tipificación de nuevas
conductas delictivas.

En el presente y hacia el futuro inmediato, el derecho ambiental deberá reflexionar


sobre sus propios fundamentos teóricos y principios iusfilosóficos a fin de avanzar
hacia la formación de una cultura legal ambiental fundada en el ejercicio democrático
de los derechos ambientales, dependientes de los derechos fundamentales y,
especialmente, los derechos a la participación, a la información y al conocimiento, es
decir, del derecho a pensar.

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En esta agenda hay dos tareas sobresalientes: la primera, democratizar la justicia
ambiental; la segunda, identificar procedimientos judiciales y no judiciales para tratar
los conflictos ambientales.

CONCLUSIÓN

Bolivia tiene una normativa e institucionalidad para la gestión ambiental desarrollada


continuamente desde hace dos décadas, como en muchos casos, el país fue pionero
en establecer estructuras estatales para enfrentar -en esos momentos, fines de la
década de los ochenta- los desafíos que empezaba a imponer el orden mundial, los
que terminarían de clarificarse a partir de la llamada Cumbre de la Tierra o Río 92.

Es a partir de 1988 que el país instrumentó reformas y ajustes institucionales


enmarcados en las tendencias más vanguardistas de cada época, comenzó con
ajustes institucionales generales y de acción transversal (1988-1996), luego,
siguieron reformas sectoriales (1994- 2000), para continuar con la aplicación de las
anteriores, en el nivel local (1996-2002).

Producto de los procesos descritos de institucionalidad y aplicación de nuevas


políticas públicas para la gestión ambiental es que, se ha logrado conformar una
masa crítica operativa a nivel técnico y de opinión en la sociedad civil; hoy, a
diferencia de 20 años atrás, los bolivianos están más involucrados en la gestión
ambiental, debido a que tienen mayor acceso a información por diferentes medios y
son participes de los problemas ambientales que los viven cotidianamente. Sin
embargo, aún falta desarrollar una conciencia ambiental que permita a los
bolivianos(as) pasar a la fases de sostenibilidad en la gestión de sus recursos
naturales y de su medio ambiente.

La aplicabilidad y sostenibilidad del avance normativo e institucional depende de los


recursos que asigna el Estado para cumplir con dicha normativa. Si analizamos la
disponibilidad de recursos para la gestión ambiental, a partir de Rio 92 se ha
generado un importante flujo de recursos económicos para financiar la gestión
ambiental a través de programas de la cooperación internacional multilateral y

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bilateral, especialmente el sistema nacional de áreas protegidas, las instancias
encargadas de la gestión forestal en los ámbitos nacional y municipal, la temática de
aguas y, últimamente, el tema de cambio climático.

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