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BOLETÍN

DE LA
ACADEMIA
NACIONAL
DE LA
HISTORIA

Nº 386
TOMO XCVII
ABRIL-JUNIO
2014
Nº 386
comisióN DE PUBLICACIONES
Manuel Donís Ríos
ElÍas Pino Iturrieta
Pedro Cunill Grau
Inés Quintero
Germán Carrera Damas

ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA


BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
CARACAS-VENEZUELA
ABRIL-JUNIO 2014

DEPÓSITO LEGAL
19123DF132

issn
0254-7325
ÍNDICE

PÁG. 5 Presentación
............................

PÁG. 7 Discurso de Incorporación


..........................................................
PÁG. 9 DISCURSO DE INCORPORACIÓN A LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
UNA MIRADA AL DERECHO Y SU HISTORIA DESDE VENEZUELA
Rogelio Pérez Perdomo

PÁG. 39 CONTESTACIÓN DEL ACADÉMICO DON JOSÉ RAFAEL LOVERA

PÁG. 41 In Memoria Ramón J. Velásquez


................................................................
PÁG. 45 Velásquez, el historiador
Elías Pino Iturrieta

PÁG. 47 Ramón J. Velásquez, el gran samán de la Venezuela posible


José Alberto Olivar

PÁG. 51 Estudios
...................
PÁG. 53 El Deán de la Catedral de Mérida Francisco Javier De Irastorza
Propone la transformación del Seminario en Universidad
(1800-1806)
Alí Enrique López Bohórquez

PÁG. 65 El autonomismo municipal en los inicios


de la emancipación venezolana: Las ciudades fieles
a la Monarquía española (1810-1812)
Robinzon Meza

PÁG. 83 El delegado nacional: definiciones desde sus atribuciones


y actuación (1870-1903)
Francisco Soto Orá

PÁG. 105 Conquista y poblamiento de nuevos espacios en la Provincia


de Guayana, 1724-1777
William Roa Barraza

PÁG. 125 Documentos


...........................
PÁG. 127 Parte oficial de la batalla de la Victoria

PÁG. 139 Vida de la Academia


.........................................
PRESENTACIÓN

Abre este Boletín El discurso de Incorporación de nuestro nuevo académico Dr.


Rogelio Pérez Perdomo. Una mirada al derecho y su historia desde Venezuela se titula
esta importante reflexión sobre el derecho como objeto de estudio de la historia, de la
necesidad de trascender a la letra de las leyes para una comprensión cabal de la institu-
ción jurídica. Pero no solo plantea su reflexión en forma teorica el Dr. Pérez Perdomo,
sino que llama la atención sobre problemas y aspectos desatendidos de la historia del
derecho en Venezuela. Contesta el Discurso el Dr. José Rafael Lovera.

Lamentablemente debemos anunciar en el Boletín la muerte del Dr. Ramón J. Ve-


lázquez, uno de nuestros numerarios más antiguo. Miembro de la Academia desde
su incorporación en 1971, con un discurso dedicado en su totalidad a su antecesor
el, también ilustre, historiador Caraccilo Parra Pérez. Comprometido con esta cor-
poración en múltiples ocasiones ocupó puestos en la Junta Directiva. La partida del
Dr. Velásquez es un hecho lamentable para la cultura del país, no solo por su prolífica
obra escrita sino por los variados proyectos culturales que adelanto a lo largo de su
longeva vida. Pero su compromiso con el país no solo fue en el ámbito cultural sino
que también ocupó cargos políticos de importancia, el más relevante: ser Presidente
de la República en los complicados años de 1993-1994. Mucho es lo que le debe la
República a este venezolano ejemplar. Rinden tributo a la memoria del Dr. Velásquez
el numerario Elías Pino Iturrieta y el historiador José Alberto Olivar.

El Dr. Alí López Bohorquez, estudioso de la historia de la Universidad de los An-


des, se sumerge en la solicitud del Licenciado Francisco Javier de Irastorza de transfor-
mar el Seminario de San Buenaventura en Universidad Real y Pontificia. Analizando
a profundidad la solicitud y la respuesta del Rey Carlos V, para establecer de manera
fehaciente que no se tratan en ningún caso de la elevación del Seminario a Universi-
dad Real y Pontificia, como cierta parte de la historiografía sostiene.

El papel que desempeñaron los Cabildos de Coro, Maracaibo y Guayana durante


la primera parte de la guerra de independencia en la defensa de la monarquía es el
objetivo del trabajo de Robinzon Meza. Como articularon la defensa del régimen

5
español y también los beneficios que procuraron obtener por parte de la corona por
los servicios prestados. El autonomismo municipal en los inicios de la emancipación
venezolana: las ciudades fieles a la monarquía española (1810-1812) es un interesante
estudio sobre los cabildos durante la independencia, más aún cuando se centra en el
poco estudiado bando realista.

El delegado nacional: definiciones desde sus atribuciones y actuación (1870 - 1903)


se titula el trabajo de Francisco Soto Orá. De una figura jurídica que ya no existe, pero
que durante los regímenes del liberalismo tuvo una presencia constante y como lo de-
muestra el trabajo de Soto Orá un papel importante en el proceso de centralización de

Analizar las particularidades que tuvo la creación ocupación de la Provincia de


Guayana por parte de la corona española es el objetivo del trabajo Conquista y pobla-
miento de nuevos espacios en la Provincia de Guayana, 1724-1777, de William Roa
Barraza. Una ocupación en la que intervinieron los capuchinos y la propia corona,
a través de la Expedición de Límites, y en el que como lo demuestra Roa Barraza la
fundación de centros urbanos jugó un papel de alto relieve.
Discurso de Incorporación
DISCURSO DE INCORPORACIÓN A LA ACADEMIA
NACIONAL DE LA HISTORIA
UNA MIRADA AL DERECHO Y SU HISTORIA
DESDE VENEZUELA
Rogelio Pérez Perdomo

Homenaje a Simón Alberto Consalvi e introducción al tema


De la legislación a la cultura jurídica como objeto de la historia del derecho
De la adoración de los códigos a la muerte del legislador
Algunos problemas falsos o ignorados en la historia del derecho de Venezuela
Fortuna e infortunios del derecho en nuestra época
Derecho, historia y ética

Para mí es un alto honor la designación para integrarme a la Academia Nacional


de la Historia y haber sido llamado a suceder a Don Simón Alberto Consalvi (Santa
Cruz de Mora, 07-07-1927/ Caracas, 11-03-2013), historiador, periodista, político y
uno de los intelectuales más destacados de la Venezuela de la segunda mitad del siglo
xx y comienzos de este siglo xxi.

Conforme a las reglas de la Academia me corresponde comenzar por referir la


contribución que realizó a la disciplina de la historia y al país, en general. Es uno de
los modelos del intelectual venezolano, escritor riguroso y de muy buena prosa que
cultivó el género biográfico y el análisis histórico político. Sus trabajos están basados
en investigación seria y, sin duda, la alta calidad de sus trabajos llevó a su designación
como miembro de la Academia Nacional de la Historia en 1997.En su muy abundan-
te obra escrita destacan sus biografías de Alberto Adriani, Augusto Mijares, Armando
Reverón, Gonzalo Picón Febres, Rafael Seijas, Alejo Fortique, Santos Michelena,
Caracciolo Parra Pérez, Pedro Manuel Arcaya, George Washington, Juan Vicente
Gómez, José Rafael Pocaterra, Ramón J. Velásquez y, sobre todo, las muy admiradas
de Rómulo Gallegos y Mariano Picón Salas. Varios de los biografiados, especialmente
estos dos últimos, fueron intelectuales-políticos civilistas, especie híbrida con la cual

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BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Consalvi seguramente se identificaba. Su contribución con el género biográfico no


sólo fue como autor sino como promotor de la Biblioteca Biográfica Venezolana pa-
trocinada por diario El Nacional, donde fue director asociado, y el Banco del Caribe.

Como político activo sufrió persecuciones, prisión y destierro durante la dicta-


dura de Pérez Jiménez, pero también le tocó desempeñar los más altos cargos de la
República o la representación diplomática de ella: Ministro de Relaciones Exteriores
en dos ocasiones, Ministro de Relaciones Interiores, Ministro de la Secretaría de la
Presidencia, Embajador de Venezuela ante Yugoslavia, las Naciones Unidas y los Esta-
dos Unidos. Todos estos cargos fueron ejercidos en el período de la democracia repre-
sentativa. Volvió al periodismo combativo durante el régimen de Chávez.

Profesionalmente se inició como periodista, área en la cual hizo sus estudios uni-
versitarios, y ocupacionalmente se concentró en las relaciones internacionales, mate-
ria en la cual hizo una maestría en la Universidad de Columbia mientras se desempe-
ñaba como embajador.

Fue un lector omnívoro y escribió un número impresionante de ensayos sobre po-


lítica y arte. Escribió también narrativa. En resumen, fue un intelectual y escritor con
una vasta gama de intereses, pero esa variedad estaba bien integrada, comocorrespon-
de a un intelecto bien organizada como fue la de Consalvi. Su vocación intelectual y
su acción política también estaban integradas, pues desde los altos cargos políticos
que le correspondió desempeñar promovió las artes, la literatura y la investigación his-
tórica. Nunca se ha olvidado que estuvo entre los primeros presidentes del Instituto
Nacional de Cultura y Bellas Artes donde desarrolló una labor admirable apoyando y
promoviendo escritores y artistas de calidad sin que importara su ideología o posición
política. Su respeto por los adversarios políticos, su capacidad de diálogo y de disten-
ción política fue ciertamente una de sus virtudes, pero esto no fue incompatible con
una muy firme posición de defensa de la democracia. Otra virtud a destacar es que no
usó sus altos cargos para enriquecerse. Su gestión de dineros públicos estuvo exenta
de escándalos y de sombras. Su honestidad y amplitud son virtudes especialmente
apreciables pues no siempre han estado presentes entre nuestros dirigentes y lamenta-
blemente parecen escasear más en nuestra historia más reciente.

Las personas cercanas a Consalvi que he entrevistado y la documentada biografía


de María Teresa Romero1 destacan dos rasgos que parece contradictorios: su cultivo
de la amistad y de la conversación que lleva aparejada, con su carácter reservado y


1
M.T. Romero: El enigma SAC. Travesía vital de Simón Alberto Consalvi. Editorial Alfa. Caracas, 2013.

10
Discurso de Incorporación

hasta enigmático. Pero tal vez esto nos muestra que el buen conversador no es quien
habla mucho sino el más reflexivo y el que sabe escuchar. En definitiva, quien aprecia
el silencio, pero que no vacila en decir lo que corresponde decir en defensa de sus
principios y opiniones, como lo hizo Consalvi.

Ocupar ahora el sillón C de la Academia Nacional de la Historia que ocupó un


intelectual tan admirable es un alto honor y un compromiso, sobre todo para alguien
como yo que soy un profesor e investigador universitario y no un intelectual al estilo
de Consalvi, quien sin duda fue uno de nuestros grandes intelectuales. Mi disciplina
de origen es el derecho y supongo que los distinguidos miembros de esta corporación
han apreciado los trabajos que he realizado en el campo de la historia del derecho,
lo cual agradezco profundamente. Por mi origen disciplinario he creído apropiado
ofrecer en este discurso de incorporación una reflexión sobre las maneras de abordar
al derecho y las consecuencias que tiene en cómo historiarlo.

La historia y el derecho son disciplinas de larga tradición. Ambas vienen de la An-


tigüedad y es comprensible que haya varias maneras de entender la historia y de en-
tender el derecho, y varias maneras de interrelacionar esas disciplinas. Mi intención
hoy es presentar y explicar una que orienta mis investigaciones, pero no debe verse en
ello que descalifico otras maneras de hacer historia del derecho. Al contrario, sabemos
que el conocimiento académico es una obra colectiva, y la manera de construirlo es
a través del diálogo. Sabemos que el diálogo requiere el respeto del otro y también
explicar los enfoques diferentes. El diálogo entre personas que se descalifiquen no es
posible y entre personas en total acuerdo tendría poco interés. Mi respeto por otras
formas de hacer historia del derecho y por quienes las practican no implica que las
considere a todas igualmente válidas. Si he optado por una es por una escogencia re-
flexiva y en este discurso trataré de explicarla.

Comencemos por señalar que tanto el derecho como la historia tienen que ver con
el tiempo, pero de una manera muy diferente.2La historia mira al pasado, el derecho
–o al menos uno de sus instrumentos fundamentales que es la ley- intenta regular
la conducta futura. Tendría muy poco sentido tratar de regular el pasado. Tratar
de hacerlo se denomina efecto retroactivo y es considerado una violación grave de
nuestros derechos fundamentales. Sin embargo, esta oposición en la manera de lidiar
con el tiempo en el derecho y en la historia está construida sobre la identificación del
derecho con la ley y en realidad no es tan radical como parece si se mira al derecho


2
Un análisis general de la relación derecho y tiempo en M.Bretone: Diritto e tempo nella tradizione europea. Lat-
erza. Bari, 1994

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BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

en su conjunto. En la interpretación de una regulación existe el llamado argumento


histórico, es decir, el echar mano al pasado para la adecuada comprensión de una reg-
ulación jurídica específica.

En nuestra época hay una situación que ha replanteado la relación entre la his-
toria y el derecho de la manera más dramática. Es la llamada justicia transicional, o
cambio de un régimen en el cual se han cometido atrocidades, por uno que se plantea
como un estado de derecho. El problema es qué hacer con los responsables de esas
atrocidades quienes generalmente constituyen un grupo relativamente numeroso y
se han creído justificados por el proyecto político autoritario o totalitario que sirvi-
eron. Por una parte, el sistema jurídico está para castigar esas gruesas violaciones de los
derechos humanos y de sus reglas fundamentales y debe buscar los elementos de con-
vicción que permitan decidir con justicia en casos individuales. Pero como se trata de
regímenes políticos, los violadores de los derechos fundamentales son generalmente
muy numerosos y el aparato del derecho no tendrá capacidad para castigarlos a to-
dos. Por otra parte quienes ejecutaron acciones violatorias de los derechos humanos
generalmente pueden invocar decisiones enmarcadas en la legislación o las decisiones
judiciales del propio régimen. Por eso el problema del derecho es cómo escoger entre
aquellas acciones y personas que serán documentadas para castigar a los culpables y
aquellas otras que se perdonan o se olvidan. Los historiadores generalmente están más
interesados en el establecimiento de los hechos y la interpretación de lo ocurrido sin
juicios de culpabilidad individual.3Es bueno advertir que los usos de la historia como
auxiliar del derecho o como rival de éste no será parte de esa reflexión.

En este discurso me propongo presentar una concepción del derecho distinta al


normativismo y estatismo que creo sólo observa una parte muy limitada y limitante
del derecho. En la perspectiva que comparto el derecho es una forma de regulación de
la vida en sociedad que ocurre en el tiempo y en el espacio, es parte de la sociedad y,
en consecuencia, es parte de la historia. Este es el punto fundamental de partida que
me exime de presentar una definición esencialista del derecho. La falta de definición
esencialista no implica que cualquier manera de definirlo sea válida y que no haya una
manera de historiarlo que sea preferible a otra. Al contrario, al destacar la estrecha co-
nexión entre el derecho y la sociedad y la cultura, podemos sostener que hay maneras
de estudiar e historiar el derecho preferibles a otras.


3
Para un análisis de este tema ver P. Ricoeur: La memoire, l’histoire, l’oubli. Editions du Seuil. Paris, 2000. C.S. Nino:
Absolute evil on trial. Yale University Press. New Haven, 1996. V. Popovski & M. Serrano (eds): After oppresion:
transitional justice in Latin American and Eastern Europe. United Nations University Press. New York, 2012. N.
Aiken: Identity, reconciliation and transitional justice: overcoming intractability. Routledge. London, 2013

12
Discurso de Incorporación

De la legislación a la cultura jurídica como objeto


de la historia del derecho

Comencemos por una definición corriente del derecho, que puede considerarse
dominante en el sentido que es todavía la enseñada en casi todas las escuelas de de-
recho. Según esta definición el derecho sería un conjunto de normas obligatorias y
coercibles. Generalmente se atribuye al estado la capacidad de definir esas normas y
de usar su aparato de coerción para que opere como amenaza de sanción. En otras pa-
labras, el derecho se identifica con las leyes y se identifica también con el estado nacio-
nal. El derecho es venezolano, colombiano, francés, etc.Esta concepción del derecho
se materializó en los siglos xix y xx en los cuales los distintos estados nacionales se
dotaron de sistemas jurídicos de claro alcance nacional. Hoy se ha generalizado tanto
que muchos creen que no se puede pensar al derecho de otra manera.

Esta manera de ver al derecho conduce al planteamiento de la historia del derecho


como historia de la legislación nacional. Como la legislación ha sido muy importante
en el derecho desde el siglo xix hasta el presente, parece legítimo tomar la historia
de la legislación como historia del derecho y viceversa, pero la propia historia del
derecho debería hacernos dudar de esa identificación. El derecho romano se tomó
por mucho tiempo como el gran modelo del derecho y dentro del milenio de dura-
ción de la civilización romana, el período considerado fundamental es el denominado
derecho romano clásico, el cual va desde el siglo i aC hasta mediados del siglo iii dC.
En ese período la legislación no tuvo importancia. El derecho fue fundamentalmente
el producto de las opiniones de los jurisconsultos, hombres de gran auctoritas, pero
que no fueron legisladores ni funcionarios oficiales. Es decir, no eran voceros de un
órgano político ni ejercían ningún poder público cuando escribían sobre el derecho.
No tenían ninguna capacidad para hacer coercibles sus opiniones. Para entender su
figura, lo más cercano en nuestra época sería la de un prestigioso profesor universita-
rio de derecho. Las decisiones de los jueces eran más parecidas a los laudos arbitrales
que a la resolución judicial en el derecho moderno. La Roma de esa época no fue un
estado y no había la posibilidad de una coerción de las decisiones jurídicas por la fuer-
za pública. En resumen, el derecho romano clásico, seguramente la etapa más creativa
del pensamiento jurídico, no se corresponde con la definición corriente de derecho.

A partir del siglo iii, la producción del derecho por los jurisconsultos decae y el
Emperador tomó un papel importante en la materia a través de edictos y rescriptos.
Generalmente se considera que esta fue la etapa de decadencia del derecho romano.
Es por esto que los romanistas no pueden usar la definición del derecho como con-
junto de normas coercibles, promulgadas o apoyadas por el poder público.

13
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

En el pensamiento filosófico la propuesta de identificar el derecho con la volun-


tad del poder político es antigua. En la Atenas clásica Trasímaco la sostuvo. En la
República de Platón, Trasímaco aparece como personaje que explica el argumento y
Sócrates muestra la debilidad del razonamiento4. En la Edad Media la propuesta re-
gresa. El Tratado de la Justicia de la Suma Teológica comienza por analizar los sentidos
de la palabra derecho y descarta que podamos identificar al derecho con la ley. La ley,
nos dice Tomás de Aquino5, es el objeto de la prudencia; mientras que el derecho es el
objeto de la justicia. La ley es una medida del derecho, o un instrumento del derecho,
pero no el derecho mismo.

Desde la Edad Media hasta el siglo xviii, el derecho estudiado en las universi-
dades fue el romano. Se lo estudiaba en una compilación que ordenó el Emperador
Justiniano en el siglo VI, el Corpus Iuris Civilis6. En este cuerpo las opiniones de los
jurisconsultos clásicos compiladas en el Digesto tuvieron un lugar de privilegio. Justi-
niano actuó como legislador, le dio sanción oficial a su compilación y estableció que
ella contenía todo el derecho, con prohibición de incorporar otras fuentes. El corpus
justinianeo no tuvo un impacto directo e importante en su época, pero seis siglos
después fue rescatada y se puso en el centro de los nacientes estudios universitarios de
derecho. Por supuesto Justiniano no tenían ningún poder político en la Europa me-
dieval y moderna y no había manera de hacer coercible el Corpus Iuris Civilis. El de-
recho no era pensado como nacional ni asociado con el poder político. Al contrario,
se habla del ius commune o derecho común europeo aunque Europa carecía de unidad
política, pero el derecho fue asociado con un texto escrito.

Los propios historiadores del derecho de América Latina no escucharon la lección


de Aquino ni pusieron atención a la historia del derecho romano. En no pocas obras
sobre el derecho colonial hispanoamericano se toma como el derecho de la época el
contenido en la Recopilación de las Leyes de Indias de 1680. Esto es claramente un
error generado por la identificación entre derecho y leyes. Esa recopilación no era es-
tudiada en las universidades, y se la conoció poco, lo que significa que la mayor parte
de los abogados y de los jueces de la época no la consultaban. De allí que los indianis-
tas contemporáneos7 critiquen el sobreuso de la Recopilación.


4
República 338c ss.

5
Suma Teológica IIaIIae, q. 57, a.1
Peter Stein: Roman law in the European history. Cambridge University Press, 1999. P. Koschaker: Europa y el
6

derecho romano. Editorial Revista de Occidente. Madrid, 1955.



7
Víctor Tau Anzoátegui: La ley en la América Hispana/ Del descubrimiento a la emancipación. Academia Nacional
de la Historia. Buenos Aires. 1992. Del mismo autor: Nuevos horizontes en el estudio histórico del derecho indiano.
Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho. Buenos Aires, 1997.

14
Discurso de Incorporación

Para la época más cercana a nosotros ¿tendría más sentido la referencia a la ley, es
decir, historiar la legislación como vicaria del derecho? En Venezuela tenemos agu-
da conciencia de que las leyes, incluida la constitución, tienen poca relación con las
prácticas sociales y políticas, que los poderes públicos prestan poca atención a esas
regulaciones aunque sean ellos mismos quienes las produzcan. Aunque tengamos un
completo cuerpo de leyes y un aparato estatal supuesto a cumplirlo y hacerlo cumplir,
no ocurre así. La identificación entre ley y derecho es así problemática. La compren-
sión del derecho realmente existente requiere la referencia a las prácticas sociales y a la
producción intelectual referida al derecho, pero entonces debemos tomar conciencia
que estamos usando una manera distinta de pensar al derecho y se requiere también
una forma distinta de historiarlo. De allí que cobre importancia historiar la actividad
y las decisiones de los jueces, el quehacer de los abogados, el pensamiento de los ju-
ristas académicos, la conducta desviada de las personas y las consecuencias que acar-
reaba, el funcionamiento de las policías y las prisiones.

En esta concepción del derecho la legislación no deja de ser importante pero ya


no confundida con el derecho sino como una imagen de la sociedad que se trata de
imponer desde el poder público. La forma de estudiar la legislación se acercaría así a
historia de las ideas8. No hay duda que historiar las idea jurídicas es importante y que
la legislación es una fuente esencial para conocerlas, pero la legislación no es la única
fuente para la historia de las ideas jurídicas. La obra de los juristas académicos es tam-
bién muy importante.

Esto plantea también el tema del método. Hubo una cierta historia del derecho
que se limitó al comentario de los cambios en la legislación. El punto que estoy haci-
endo aquí es que si entendemos a la historia de la legislación como historia de las ideas
estamos obligados a ir más lejos, a atender la discusión metodológica en historia de las
ideas, a reconstruir el clima intelectual que produjo la legislación a estudiar. Mi apre-
ciado colega y amigo Luis Castro Leiva, lamentablemente fallecido en el momento en
que apenas fructificaban sus investigaciones, enfatizaba con sus alumnos el rigor con
el cual debía emprenderse la historia intelectual. La historia de las ideas jurídicas debe
atender a esas preocupaciones.


8
Un análisis de la legislación en perspectiva social y de historia de las ideas en R.Pérez Perdomo:“Teoría y práctica de
la legislación en la temprana República (Venezuela 1821-1870)”. En L’ educazione giuridica. Modelli di legislatore
e scienza del la legislazione. Edizione Scientifiche Italiane. Perugia 1987. Pp. 405-466. Una primera versión con el
mismo nombre publicada en Politeia nº 11. Caracas, 1982 (1987).

15
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Más allá del método está el tema de los actores del derecho. En el enfoque que
privilegia la legislación, los juristas pasan a un segundo plano. La doctrina (que es la
producción de los juristas académicos) no es fuente del derecho o es apenas una fuen-
te auxiliar o secundaria. Ergo, los juristas no son un tema de la historia del derecho. Se
los puede biografiar como personas importantes que fueron y tenemos estudios sobre
sus ideas políticas, pero se los ignora dentro de la historia del derecho. Algunos, como
Miguel José Sanz, Juan Germán Roscio y Andrés Bello se los ha puesto en los altares
de la patria, pero no se estudia su pensamiento en materia de derecho y el impacto que
tuvieron sus ideas en la configuración del orden jurídico. En el proyecto de análisis
cultural del derecho los juristas-intelectuales tienen un papel central. Ellos son los
autores de constituciones y códigos, y los articulan con los proyectos políticos de su
época. Ellos explican las dificultades que encuentran. Ignorarlos es un grave pecado
de la historia del derecho.

También conviene destacar que la historia de las ideas no puede limitarse a los au-
tores nacionales. Por ejemplo, el primer libro de texto, que se usó por décadas en Vene-
zuela y otros países de América Latina, en derecho constitucional o derecho político,
como se denominaba en la época, fue el Curso de política constitucional de Benjamin
Constant9. Se lo usó también en Europa. Aquí lo hemos ignorado. Naturalmente tie-
ne el defecto de no ser venezolano para ser estudiado como parte de las ideas jurídicas
en Venezuela a pesar que los juristas venezolanos aprendieron derecho constitucional
con esa obra al menos por tres décadas, desde el final de la década de 1820 hasta la de
1860. A final del siglo xix el derecho constitucional se estudió por la obra de Floren-
tino González10, un autor colombiano que escribió y enseñó por un tiempo en Buenos
Aires. Por supuesto, también lo ignoramos. Este es el defecto del cuadro nacional.
Más cerca de nosotros tenemos juristas como Roberto Goldschmidt, importante en
la promoción del derecho comparado y del moderno derecho mercantil en Venezuela
y proyectista legislativo muy importante en la segunda mitad de la década de 1950 y
primera de la de 1960. No conozco trabajos sobre la muy importante contribución
de Goldschmidt al derecho venezolano. El punto que deseo destacar es que no tiene
sentido poner fronteras nacionales a la historia del derecho y de las ideas jurídicas.

He citado estos ejemplos para mostrar la estrechez de confundir el derecho con la


legislación nacional. El derecho está penetrado por ideas y sabemos que las ideas no
tienen fronteras. No es fácil detenerlas en las aduanas nacionales. Las ideas jurídicas


9
Benjamín Constant: Curso de política constitucional. Taurus. Madrid 1968. Primera edición en español. Sigüenza y
Vera. Madrid 1820.
10
Florentino González: Lecciones de derecho constitucional. 2a ed. Rosa et Bouret. Paris 1871

16
Discurso de Incorporación

son parte de la cultura que se manifiesta en el pensamiento de las elites, pero que
se manifiesta bajo otras formas en las ideas, actitudes y conductas de los ciudadanos
en general. Esto se ha denominado cultura jurídica. La cultura jurídica tanto de los
profesionales del derecho como de la población en general es un objeto muy apro-
piado para la historia del derecho. En esta perspectiva tiene relevancia para la historia
del derecho los estudios que se ha considerado provincia de los historiadores, como
los relacionados con los conflictos de honor (o de pareja)11, o juicios como el de los
conspiradores del caso llamado de Gual y España12, o el de María Antonia Bolívar y el
fabricante de peinetas13. O los estudios sobre los abogados eventualmente en espacios
más reducidos. Por ejemplo, sería deseable contar con una historia de los abogados en
Boconó que sospecho nos depararía sorpresas, pues mi hipótesis es que el quehacer de
un abogado y su rol social pueden ser bastante específicos al lugar y tiempo. Hay estu-
dios magníficos sobre los litigios en Sevilla en los siglos xvi y xvii que han sido muy
importantes para entender la importancia del derecho en el siglo de oro español14.
Podríamos y deberíamos hacer esos estudios en Venezuela. Debo decir que como bo-
conés me siento en falta por no haber emprendido ese estudio sobre los abogados y
cómo se vive y se ha vivido el derecho en Boconó. Más allá de esta confesión de algo
que desearía hacer y no he hecho, lo que planteo es que el estudio del derecho enfo-
cado en la cultura jurídica no tiene por qué ser nacional. Puede usar un cuadro más
amplio o más reducido, y que tal vez es buen tiempo que nos ocupemos del derecho
menos como legislación nacional y más como expresión de cultura.

Quienes tratan de imponer un proyecto político con una legislación determinada


no siempre tienen éxito, o tal vez debería decirse que frecuentemente no tienen éxito.
Las razones pueden ser diversas: un mal diseño de la legislación misma, incoherencia
en las políticas públicas, resistencia activa o pasiva, o corrupción de los funcionarios
a cargo de implementar o ejecutar. La población misma puede ignorar o resistir los
mandatos legales o negarse a seguir los caminos que éstos trazan para su compor-
tamiento. Todos estos son temas que pueden agruparse bajo el nombre de cultura

E. Pino Iturrieta: Quimeras de amor, honor y pecado en el siglo XVIII venezolano. Planeta. Caracas 1994. Ventaneras
11

y casta, diabólicas y honestas. Planeta. Caracas 1993. Contra lujuria, castidad: historias de pecado en el siglo XVIII
venezolano. Alfadil. Caracas 1992. E. Moreno: La ruina de las familias, del estado y la religion: divorcio y conflictos
maritales en Venezuela 1700-1829. Fundación Centro Nacional de Historia. Caracas, 2009. R. Di Mieli Milano: El
divorcio en siglo XIX venezolano: tradición y liberalismo, 1830-1900. Fondo de Cultura Urbana. Caracas, 2006.
R. Pérez Perdomo: “La justicia penal en Venezuela a final del período colonial: El caso de Gual y España”. En Anales
12

de la Universidad Metropolitana. Vol 6 nº 1. Caracas, 2006. También “La represión de la conspiración de Gual y
España” En J.C.Rey, R.Pérez Perdomo, R.Aizpurua Aguirre & A.Hernández: Gual y España, la independencia
frustrada. Caracas. Fundación Empresas Polar, 2008.
I. Quintero: El fabricante de peinetas: último romance de María Antonia Bolívar. Alfa. Caracas 2011
13

R. Kagan: Lawsuits and litigants in Castille 1500-1700. University of North Carolina Press. Chapel Hill, 1981
14

17
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

jurídica y los historiadores del derecho o los estudiosos del derecho en general no
deberíamos ignorarlos.

Antes de desarrollar la idea del derecho como cultura y sus implicaciones para la
investigación histórica y para la política es bueno explicar cómo fue que la legislación
nacional se convirtió en el centro del derecho y de la historia del derecho, y cómo en
nuestra época está dejando de serlo.

De la adoración de los códigos a la muerte


del legislador

La idea de legislar es muy antigua. Conocemos el llamado Código de Hammurabi


(1800 aC), el Cilindro de Ciro (540 aC), y muchos otros documentos que hoy iden-
tificamos como leyes. Una muy temprana en la civilización romana, es la llamada Ley
de las Doce Tablas (451 aC). Pero esa identificación es analógica y un poco abusiva.
Las Doce Tablas fueron redactadas por los miembros de una magistratura temporal y
fue más bien una redacción y clarificación de costumbres15. No había un cuerpo legis-
lativo que pudiera modificarlas y por debajo de ella no había un aparato de coerción.
Roma, es decir la Monarquía, la República o el Imperio Romano, no fueron estados
en el sentido que entendemos esa figura y la idea moderna de legislación requiere la
configuración de un estado.

Otro gran monumento de la historia del derecho, las Siete Partidas (1265) que
frecuentemente se identifican como legislación por haber sido promulgada por el Rey
Alfonso El Sabio, no fue tampoco una pieza legislativa en sentido estricto. Esta llena
de relatos históricos y de preceptos que no tienen una sanción específica. En general,
los reyes medievales y los papas produjeron una vasta literatura jurídica, pero es abusi-
vo entender su producción como legislación. No se suponía que los reyes y papas pu-
dieran cambiar el derecho16. Sólo podían fijarlo. Era pues una actividad más cercana
a lo que nosotros llamamos jurisdicción, que consideramos propia de los jueces, salvo
que no se limitaba a lo que hoy consideramos el ámbito de lo jurídico.

Peter Stein: El derecho romano cit.


15

Peter Stein: “Legislation in English law” En A.Giuliani & N.Picardi (eds): Modelli di legistori e scienza della legis-
16

lazione. Edizione Scientifiche Italiane. Perugia. 1988

18
Discurso de Incorporación

Debemos a Hobbes, en el siglo xvii, el haber expresado con claridad que una de
las atribuciones importantes del soberano era legislar en sentido propio, establecer las
reglas de derecho. Lo justo pasó a ser lo establecido en la ley, lo legal, y ésta la voluntad
del soberano17. Pero en su época el pensamiento de Hobbes se consideró una mons-
truosidad. Ser hobbesiano pasó a ser un insulto que descalificaba a cualquiera. Era
sinónimo de ser impío, inmoral, crudo. Locke y Rousseau lograron hacer digeribles la
idea del contrato social y de que la ley, si cumplía el requisito de ser general y dirigida
a regular la conducta futura, podía ser expresión de lo justo18. Rousseau la planteó
como expresión de la voluntad general y gracias a cierta alquimia verbal, la voluntad
general también es racional19.

Paralelamente la llamada Escuela del Derecho Natural y de Gentes desarrolló la


idea de que el derecho podía construirse como un sistema racional derivado de unos
pocos principios o axiomas evidentes. Grocio, Puffendorf, Wolff, Heineccius y otros,
formularon ese sistema. Vinnius, un modesto profesor holandés, preparó una edi-
ción de las Instituciones de Justiniano, un libro sencillo escrito para la enseñanza del
derecho, en algo cercano a una obra de derecho natural, usando libremente textos de
Grocio. Esa obra se convirtió en el libro introductorio más común para estudiar dere-
cho usado en Europa y la América española, con lo cual las ideas del derecho natural
se incorporaron a las escuelas de derecho.

La Revolución Francesa emprendió la tarea de componer un libro sencillo y cla-


ro que recogiera lo fundamental del derecho que hoy llamamos privado (propiedad,
contratos, personas, familia, sucesiones). Ese libro fue publicado en 1804 como Códi-
go Civil de los Franceses y como el entonces Primer Cónsul Napoleón Bonaparte aupó
a los proyectistas, el código fue también conocido como Código Napoleón20. André-
Jean Arnaud en una obra ejemplar de historia de las ideas21, mostró cómo la estructura
del código y muchas de sus reglas fundamentales vienen en línea directa del derecho
natural, especialmente de la obra de Puffendorf.

Thomas Hobbes: El Ciudadano. Universidad Central de Venezuela. Caracas. 1966. Leviathan. Cambridge Univer-
17

sity Press, 1991.A dialogue between a philosopher and a student of the common laws of England. Oxford University
Press 2005 (1681?)
John Locke: Two treatises on civil government. Cambridge University Press. 1967.
18

Jean Jacques Rousseau: Du contrat social. Union Général d’Editions. Paris 1963.
19

J.L.Halperin: L’impossible Code Civil. Presses Universitaires de France. Paris 1992


20

A.J. Arnaud: Les origines doctrinales du Code Civil. Libraire Générale de Droit et Jurisprudence, Paris, 1969.
21

19
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

En resumen, el código civil y por extensión los otros códigos que siguieron su mode-
lo, se convirtieron así en obras supuestamente acordes con la razón, hechas obligatorias
por el poder público, y vinculantes en un territorio nacional. Por primera vez el derecho
se hizo nacional y racional, sin que se viera ninguna tensión entre esos dos términos.
Como el código se presenta como sistemático, nova todo el derecho, es decir deroga
todas las leyes y todo el derecho anterior. Tan poderoso instrumento pasó a ocupar el
lugar central del derecho. Se convirtió en el tema de estudio en las escuelas de derecho y
en los libros de cabecera de jueces y abogados. La nueva tarea de los profesores fue expli-
car y comentar los códigos, y la de los jueces, aplicarlos lo más mecánicamente posible.

Es notable lo mucho que se esperó de los códigos. Como son textos supuestamente
sencillos y claros, racionales, todos podemos entenderlos y se convertirían en guar-
dianes de los derechos de todos22. Obviamente no ocurrió así. Ya a final del siglo xix
se comenzó a descreer de su racionalidad. Las mujeres no estaban convencidas que
era conforme a la razón que los maridos dominaran la sociedad conyugal y que se
las sometiera a una considerable incapacidad negocial. Los obreros reclamaban una
legislación más protectora y el derecho del trabajo tuvo que ser desgajado del dere-
cho civil. Los arrendamientos urbanos también se sacaron del código para someterlos
a una legislación especial. Los gobiernos y jueces consideraron razonable introducir
limitaciones importantes a la propiedad. Natalino Irti llamó al siglo xx la época de la
descodificación, l’etá de la decodificazione23.

Pero el asunto es más grave. Los jueces han tomado conciencia que tienen capa-
cidad de interpretar las leyes y que, en definitiva, la ley o la constitución no dicen lo
que creemos que dicen, sino lo que los jueces dicen que dice. Más grave aún, tenemos
conciencia que las leyes son instrumentos de políticas públicas, no expresión de la ra-
zón o la voluntad general. Como las políticas, son cambiantes y no nos merecen más
respeto que las políticas mismas.

Tomo prestada la expresión de Fernando de Trazegnies24: estamos presenciando la


muerte del legislador. Por supuesto, no se trata que se haya dejado de producir leyes y
decretos leyes. Por lo contrario, se producen en demasía. Pero ya no suponemos que

Luis Sanojo lo dice de manera muy elocuente: “El Derecho, pues, es condición indispensable del progreso y aun de
22

la vida de los pueblos: verdad vulgar en el día, pues todos saben y comprenden que el Derecho es un grande escudo
que a todos debe defender, que debe rechazar las invasiones de todos.” Instituciones de derecho civil. Tomo I. pág
viii. Imprenta Nacional. Caracas, 1873.
N. Irti: L’etá de la decodificazione. Giuffrè. Milano 1979.
23

F. de Trazegnies Granda: Pensando insolentemente/ Tres perspectivas académicas sobre el derecho. Pontificia Univer-
24

sidad Católica del Perú. Lima, 2001.

20
Discurso de Incorporación

son expresión de la razón o de la voluntad general, no se puede construir con ellas un


sistema racional. No son un objeto digno para estar en el centro de los estudios de de-
recho. Este fenómeno ha ocurrido en todas partes. Tiene relación con la mayor com-
plejidad del mundo moderno y con el hecho que no hemos encontrado una manera
sencilla de manejar esa complejidad. En definitiva, no tiene sentido que el derecho sea
lo que se le ocurra a un poder político cambiante, que en algunos países también es
frecuentemente disparatado o arbitrario. Tenemos que buscar otra manera de definir
el derecho y necesariamente otra manera de historiarlo.

Algunos problemas falsos o ignorados en la historia


del derecho de Venezuela

La adoración de los códigos tuvo importantes consecuencias para la historia del


derecho en Venezuela. Creó falsos problemas para los juristas que asumieron la tarea
de historiar su campo y no permitió ver otros problemas de enorme interés. A mi
juicio, el falso problema es la demora en codificar el derecho patrio. Formulemos el
problema. Si se disponían de buenos modelos de código desde la primera década del
siglo xix ¿por qué no se codificó el derecho a raíz de la independencia y se continuó
usando el derecho español hasta 1873, a pesar de que éste estaba contenido en una
legislación desordenada, anticuada, propia del antiguo régimen absolutista, desiguali-
tario y teocrático del que nos liberamos con la independencia?

Tenemos excelentes estudios que documentan las comisiones que se constituyeron


para elaborar los códigos, los proyectos logrados, pero lo inexplicable, en esa perspec-
tiva, es que los códigos no se aprobaran25. Páez, actuando como Jefe Supremo de la
República en 1862, promulgó el conjunto de códigos pero Falcón los anuló todos, ex-
cepto el de comercio. La conducta de Falcón aparece como irracionalmente mezquina
a los ojos de los historiadores del derecho. En 1867 se promulgó el Código Civil en
una versión bastante conservadora y en 1873 Guzmán Blanco puso a los juristas a
trabajar a marchas forzadas para lograr en poco tiempo una codificación completa del
derecho. Para marcar la importancia de su obra, Guzmán ordenó también publicar
toda la legislación republicana anterior que justamente había perdido cualquier im-
portancia práctica con la codificación, pero se excluyó de esa compilación los códigos

G. Parra Aranguren: “Los antecedentes de la codificación civil y del derecho internacional privado venezolano
25

(1810-1862)”. Revista de la Facultad de Derecho. Universidad Católica Andrés Bello. # 2. 1966. “Nuevos anteceden-
tes sobre la codificación civil venezolana (1810-1862)”. Academia Nacional de la Historia: La codificación de Páez.
Academia Nacional de la Historia. Caracas, 1974.

21
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

de Páez, tal vez para la mayor gloria de Guzmán. Los presidentes Crespo y Castro
sucumbieron también a la tentación napoleónica de ordenar nuevas codificaciones
para dejar su marca en el derecho. Juan Vicente Gómez dejó la revisión de los códigos
a los doctores a quienes permitió trabajar sin excesiva presión. Los códigos del gome-
cismo, incluyendo el penal, fueron bastante liberales y modernos y pudieron sobrevi-
vir largamente a su régimen. El caso del código penal es notable porque sigue vigente
con reformas relativamente secundarias que le han hecho los gobiernos posteriores,
incluyendo los democráticos y revolucionarios, para hacerlo más represivo.

Estos avatares políticos de los códigos deberían haber puesto en guardia a los his-
toriadores del derecho sobre el punto que el problema no era técnico o que la princi-
pal preocupación de la época fuera lograr un sistema racional y nacional de derecho.
La explicación avanzada para explicar la “demora” era que se requería la estabilidad
política para emprender la tarea delicada de codificar26. Pero esta explicación es in-
satisfactoria, pues había modelos prêt-à-porter y los códigos se redactaron siempre
con premura y en época de gran inestabilidad y conflicto. El argumento que deseo
avanzar es que tampoco había una necesidad práctica social realmente importante. En
Venezuela del siglo xix los abogados nunca pasaron de ser unos pocos centenares27 y
el entero aparato jurídico del estado era muy pequeño28. La desordenada legislación
castellana no era un obstáculo porque no se conocía ni utilizaba. Los abogados usaban
una obra, la muy popular de Juan de Sala: Ilustraciones del derecho español (que el pú-
blico identificaba como el Sala)29 o prontuarios, que eran obras que podemos llamar
de cocina jurídica. El punto era que las ideas de la ilustración habían hecho mella y
había quienes deseaban una racionalización del derecho a través de la legislación.

Pero la tarea no era sencilla. El gran modelo de la codificación francesa era laici-
zante y no era fácil de aplicar a una sociedad con enorme peso de la Iglesia Católica y
con esclavos. Por ejemplo, el carácter absoluto de la propiedad unido a la libertad de
contratos, era contrario a la separación de los atributos de la propiedad que existía en
la práctica porque buena parte de las propiedades más importantes eran de la Igle-
sia y eran de manos muertas, estaban fuera del comercio. El Código Civil también

G. Parra Aranguren: obras citadas.


26

R. Pérez Perdomo:Los abogados en Venezuela, estudio de una élite intelectual y política 1780-1980. Monte Ávila.
27

Caracas, 1981.
R. Pérez Perdomo: “La organización del estado en el siglo XIX (1830-1899)”. Politeia, nº 14, 1990.
28

Juan de Sala: Sala hispano venezolano, o Ilustración del derecho español. Librería de Vicente Sardá, Paris; Almacén
29

Rojas Hermanos, Caracas, 1845. La obra inicialmente publicada en 1803 en España con el nombre de Ilustraciones
del derecho real de España conoció muchísimas ediciones en el siglo xix.

22
Discurso de Incorporación

sacaría del dominio de la Iglesia la regulación de la familia y las sucesiones. Al unificar


el derecho de propiedad y prohibir la institución de manos muertas afectó también su
poder económico. En definitiva, mi hipótesis es que probablemente había tres posicio-
nes que podemos llamar los tradicionalistas, contrarios a cualquier cambio, los mod-
ernizadores conservadores que deseaban la racionalización del derecho pero sin afec-
tar demasiado a la Iglesia, y los modernizadores liberales que deseaban una sociedad
moderna en la cual la Iglesia fuera limitada en su poder y privada de la intervención en
la sociedad fuera del campo estrictamente religioso.

Para entender este tema considero fundamental un artículo de Andrés Bello en


el cual destacaba la importancia de distinguir la codificación de la reforma del dere-
cho30. Bello sostenía que era posible codificar el derecho sin cambiar sus reglas. Bas-
taba mantener las antiguas reglas, pero ponerlas en la forma de código. Esto lo hizo
también Teixeira de Freitas en Brasil y llamó a su obra Consolidação das leis civis31. Si
uno analiza el Código Civil chileno, obra de Bello, tiene fundamentalmente el mis-
mo propósito consolidador. Lo que Bello no dijo es que codificando se cambiaba la
concepción del derecho y que se lograba que se pusieran los códigos en el centro del
derecho. Por eso Andrés Bello no puede ser considerado un tradicionalista en el dere-
cho sino un modernizador conservador.

Visto el tema en esa perspectiva, el problema no es explicar por qué se demoró


la elaboración de los códigos, a pesar de que éstos se vieran como un gran avance en
el derecho. En realidad no es un tema de demora sino de disputa jurídico-político-
ideológica. El acto de anular la codificación de Páez, que siguió al Código Civil de
Bello, tuvo sentido en el contexto político de la época: los liberales no deseaban la
modernización conservadora y Falcón hacía un gesto probablemente apreciado tam-
bién por los tradicionalistas. De la misma manera esto explica que Guzmán Blanco y
los liberales adoptaran los códigos más modernos y liberales de Europa a pesar que el
país era rural y atrasado, cosa que en una perspectiva socio-jurídica no puede dejar de
llamar la atención. Creo que si no vemos los códigos en la perspectiva de la historia
de las ideas realmente no entenderemos el sentido de la codificación y de los cambios
en los códigos.

Andrés Bello: “Codificación en el derecho civil” (artículo en El Araucano 1833). En Obras Completas de Don An-
30

drés Bello. Vol IX. Consejo de Instrucción Pública. Santiago de Chile.


Augusto Teixeira de Freitas: Consolidação das leis civis. 1857
31

23
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Es por estos motivos que llamo el problema de explicar la demora en la codifica-


ción un falso problema que oculta el mucho más interesante de la batalla de ideas y
de análisis ideológico en torno a la codificación. Hay otro problema que considero
absolutamente fundamental y que ha merecido escasa atención de los juristas e his-
toriadores del derecho: ¿Para qué sirvieron estos modernos códigos e instituciones
adoptados en la época de Guzmán Blanco? Si efectivamente eran tan avanzados para
la época y la sociedad venezolana era tan atrasada, algo tenía que haber pasado en ella.

Los juristas del siglo xix comprometidos con la codificación tenían claro el efecto
transformador del derecho. Sanojo dice que el derecho “se ha hecho para triunfar de
los hábitos e inclinaciones de los hombres, para corregir las sociedades y ejercer sobre
ellas su poderosa influencia”32. En esta perspectiva, la transformación de la sociedad
necesariamente va a producirse porque el derecho es de obligatorio cumplimiento. Y
en definitiva los códigos o leyes moldearían la sociedad. Es cierto que mucha normas
jurídicas no son realmente obligatorias sino facilitadoras de las relaciones entre las
personas. Las reglas sobre la compra-venta no nos obliga a vender o comprar nada, o
las reglas sobre el matrimonio o el divorcio no nos obligan a casarnos o divorciarnos.
Lo que hacen estas reglas es que establecen canales y si deseamos que nuestros actos
produzcan ciertos efectos vamos a seguir esos canales. Como se supone que somos
seres racionales, es eso lo que haremos y la ley produciría los efectos esperados.

Lamentablemente la vida social es compleja. Puede ocurrir que los ciudadanos no


lleguen a conocer las reglas, no entiendan los designios y diseños del legislador o que las
reglas estén mal diseñadas, o que haya otros obstáculos que vengan del sistema econó-
mico o social. La experiencia en Venezuela y muchos otros países es que frecuentemen-
te las conductas sociales no resultan las esperadas y que los fines de la ley no se cumplan
o que el proyecto político-social subyacente no avance conforme a lo esperado.

Este es el tema de los efectos sociales de la legislación. Los legisladores no lo consi-


deraban de su interés porque creían cumplida su labor con la legislación misma y a los
juristas no les interesaba pues su dominio era entender y explicar las reglas, no analizar
las consecuencias sociales de éstas. Esto arrastraba a los historiadores del derecho que
tampoco se ocuparon del tema, aunque hay que advertir que hubo excepciones muy
importantes.

Es verdad que Sanojo llama a la prudencia: “Nunca se puede desatender en todo punto los hábitos e inclinaciones de
32

los habitantes en todo esto debe procederse con gran mesura y prudencia para evitar en lo posible las perturbaciones
que acompañan siempre a todo cambiamento” (Luis Sanojo: Instituciones de derecho civil venezolano. Tomo 1, pág.
vi. Imprenta Nacional. Caracas, 1873)

24
Discurso de Incorporación

Desearía referirme a una de esas excepciones, el estudio de Pedro Manuel Arcaya33


que muestra un efecto seguramente no querido del Código Civil de 1873.

Arcaya muestra que se sustrajo de los sacerdotes la facultad de celebrar matrimo-


nios para convertir a éstos en un acto civil, todo conforme a los principios de sepa-
ración entre estado e iglesia y de libertad de cultos tan caros a los liberales. Las reglas
adoptadas tienen sentido dentro del proyecto liberal de la época. Además se quiso
dotar al acto de solemnidad y se confirió la competencia a funcionarios importantes
en el nivel estatal. La implantación del estado era limitada en la época y las vías de
comunicación pésimas. La consecuencia práctica fue hacer más difícil la celebración
de los matrimonios. Consiguientemente se celebraron menos matrimonios y se gene-
ralizó el concubinato, con un aumento impresionante de las personas con status de
hijos naturales. A la vez el Código Civil le negaba a los hijos naturales los derechos
hereditarios. Este es un excelente ejemplo de cómo la legislación puede tener efectos
sociales, pero no necesariamente los que el legislador se propuso, como claramente lo
percibió Arcaya. Una hipótesis plausible es que las consecuencias sociales y económi-
cas no fueron peores porque se ignoró al Código Civil y las herencias seguramente
se siguieron distribuyendo conforme a las reglas tradicionales, especialmente en las
zonas rurales, las más afectadas por la generalización del concubinato.

Si analizamos la modernización del derecho en Venezuela en el siglo xix no puede


dejar de impresionarnos el esfuerzo del pequeño número de juristas que existía en
la época. No se trata sólo de la codificación, sino también de obras importantes que
muestran que los juristas estaban bien al día en las discusiones que ocurrían en Eu-
ropa y que trataban de trasplantar a nuestra tierra lo que ellos consideraban semillas
de civilización. Cecilio Acosta, Ricardo Ovidio Limardo, Francisco Ochoa, Ramón
Feo y José Gil Fortoul escribieron obras importantes. Luis Sanojo y Aníbal Dominici
descuellan porque sus obras pasaron a ser de constante consulta de los abogados por
varias décadas. Se renovaron los estudios jurídicos. Se crearon instituciones como la
casación. Dicho en palabras de economistas, la inversión en modernización del dere-
cho fue notable. Seguramente, esto contribuyó a que el gobierno de Guzmán Blanco
ganara una medalla al progreso en una exposición universal.

Sin embargo, cuando miramos los resultados de la inversiónno podemos dejar de


constatar la disyunción. El análisis no es fácil porque ese esfuerzo se produce en una
época en que la información sobre la marcha de la sociedad se empobrece. Sólo para

Pedro Manuel Arcaya: Estudios de sociología venezolana. Editorial América. Madrid, 1917?
33

25
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

los últimos años del siglo xix volvemos a tener datos. Si comparamos los esos datos
con los de la década de 1840, vemos que el sistema jurídico había decaído. El número
de abogados disminuyó en términos relativos a la población34, y el número de juicios
tanto civiles como criminales también bajó35. Estos son los pocos indicadores que
tenemos, pero sugieren un decremento de la importancia del sistema jurídico y esto es
probablemente atribuible a la desorganización social y la reconfiguración del país en
una especie de confederación de estados en guerra. En otras palabras, el orden jurídico
existió en el papel, en la retórica de los gobernantes, en la enseñanza universitaria y en
obras notables. En la práctica el derecho es menos importante y no es generador de
orden en la sociedad36.

La constatación de disyunción no es afirmación de afuncionalidad del sistema for-


mal. Requiere que busquemos esa función en el ámbito de los símbolos. Sabemos que
esa fue época de caudillos, pero cuando los caudillos se bajaban de los caballos para
gobernar necesitaban del derecho para revestir sus actos de legitimidad. De allí la
importancia de congresos, leyes, sentencias, contratos y actos de administración, que
requerían el uso de los conocimientos y la inteligencia de juristas, pero que realmente
no estaban sometidos a la regularidad del derecho. Mientras más moderna y liberal
es la legislación, mejor para el efecto pantalla. Para que caudillos voluntariosos, sin
noción del derecho y de las formalidades del ejercicio del poder público, pudieran
aparecer como presidente de la República, o como presidente del estado tal o cual, el
jurista tenía que revestirlo con el manto de la legalidad.Para que su voluntad produje-
ra efectos tenía que traducirse en leyes, decretos, contratos, actos de administración.
De allí la importancia de los juristas, de los códigos y de toda la parafernalia legal en
esta época dominada por caudillos arbitrarios.

He estado hablando del siglo xix, no del siglo xx ni del xxi. Cualquier parecido
parcial con nuestra época es pura coincidencia. El análisis de nuestra época la haremos
en la sección siguiente de este discurso que hemos llamado fortuna e infortunios de la
constitución y del derecho.

El número de abogados en 1840 era de 120 y en 1894 de 246, pero el número por 100.000 habitantes cayó de 12 a
34

10.1. R. Pérez Perdomo: Los abogados en Venezuela. pág. 144.


Ver R. Pérez Perdomo: Justicia e injusticias en Venezuela. Academia Nacional de la Historia y Universidad Metro-
35

politana. Caracas, 2011.


R. Pérez Perdomo: Justicia e injusticias cit.
36

26
Discurso de Incorporación

Fortuna e infortunios de la constitución y del derecho

Nuestra época es diferente. El derecho ha cobrado una importancia como nunca


antes se había conocido. El estado de derecho se considera la única forma concebible
de organización estatal, con ramas del poder público que se controlen entre sí,con
mecanismos para que la conducta de los gobernantes se ajuste a la normativa legal y
constitucional, y con garantías para que los derechos de los ciudadanos sean respeta-
dos. Los gobiernos deben provenir de elecciones. Las rebeliones y golpes de estado no
se consideran ya métodos aceptables. Los fraudes electoraleso el uso del poder público
como palanca electoral tampoco, pues deslegitiman a los gobernantes. Derecho, o
estado de derecho y democracia, se consideran dos aspectos complementarios de los
sistemas políticos de la civilización occidental contemporánea37.

Los derechos humanos están declarados internacionalmente y existen institucio-


nes de todo tipo que evalúan cuál es el estado de los derechos humanos en cada país
del mundo. Distintas organizaciones mundiales evalúan la calidad del estado de dere-
cho también en cada país. Se han constituido tribunales supranacionales que pueden
condenar la conducta de los estados. Son todavía organizaciones sin dientes que sólo
cuentan con su prestigio para que sus decisiones sean respetadas y sabemos que hay
gobernantes recalcitrantes que quieren hacerlas desaparecer. Es un camino largo, con
paradas y retrocesos, pero si vemos el conjunto percibimos el largo trecho andado.

Vivimos pues una época iuriscéntrica, una época de esplendor para el derecho.
Notemos cuán atractivo es la carrera de derecho para los jóvenes. El número de estu-
diantes de derecho y de abogados ha crecido aceleradamente en el último medio siglo
en prácticamente todos los países del mundo. Por ejemplo, en Brasil había 30.000
abogados en 1960. En 2011 tenía 679.000.En Venezuela en 1961 teníamos 4.256
abogados. En 2012, si calculamos que sólo los abogados graduados en los últimos
treinta años están vivos y activos, tendríamos alrededor de 167.200 abogados. En ci-
fras relativas son 577 por 100.000 habitantes, uno de los indicadores más altos del
mundo. Tal vez podríamos ganar una nueva medalla al progreso o recibir un diploma
por superar las metas del milenio.

Es verdad que un alto número de abogados no es necesariamente una bendición, al


contrario, “entre abogados te vea” es una manera de desearle mal a otra persona. Por
otra parte, está el asunto de la calidad de los abogados. Pero en desagravio a la profesión

R. Dahl: On democracy. Yale University Press, 1998.


37

27
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

en cuya disciplina me he formado, una sociedad sin abogados no puede ser un estado
de derecho. Si no hay nadie preparado cuyo apoyo buscar para que defienda mis dere-
chos, alguien que me aconseje sobre el camino legal a seguir, el estado de derecho no es
posible. En Venezuela no sólo hay comparativamente más abogados que en el pasado
sino que hay un número de abogados muy bien preparados, con postgrados, con publi-
caciones en cantidad y calidad que no se conocían en nuestra historia.

¿Cómo explicar esto si venimos de afirmar que los códigos han descaecido, que el
legislador ha muerto? Exactamente es este punto que hemos subrayado de no con-
fundir la legislación con el derecho. La legislación ha descaecido, pero el derecho ha
florecido. El estado de derecho es hoy más importante como desiderátum político que
como lo fue en el pasado. Los derechos humanos son ahora centrales al derecho. El
crecimiento de la profesión es parte de ese florecimiento.

Si miramos a los documentos escritos, el fortalecimiento del derecho se ha produ-


cido por su constitucionalización.Así como el código, la constitución es un artefacto
cultural, pero tiene un sentido distinto al de los códigos tradicionales. La constitución
es un documento que define al estado, distribuye el poder público entre distintas ra-
mas estableciendo controles recíprocos y declara los derechos fundamentales que el
estado garantiza a sus ciudadanos.

La constitución supone que el estado se construye voluntariamente. La constitu-


ción es la expresión escrita del pacto fundacional, del contrato social, mediante el
cual se decide construir la sociedad política. Tras los textos constitucionales está el
pensamiento filosófico de Locke, Montesquieu y de tantos otros que son los teóricos
del estado constitucional, pero es sólo a finales del siglo xviii que se escribieron las
primeras constituciones. La primera fue la de Estados Unidos de América y, es bueno
decirlo, la venezolana de 1811 es una de las primeras, ciertamente la primera escrita en
castellano. Hoy sólo dos estados nacionales que no tienen constitución escrita, el Rei-
no Unido e Israel, pero las constituciones son tan necesarias que las cortes supremas
de esos dos países se las han inventado.

Hace 250 años ningún país en el mundo disponía de una constitución escrita. Por
esto puede decirse con seguridad que las constituciones corresponden a un cambio de
mentalidad sobre el derecho y la política. Son un artefacto cultural y tienen que ser
entendidas en ese sentido.

A mediados del siglo xix el Decano Meneses de la Universidad de Chile propuso


una orientación puramente profesional para la carrera de derecho con la cual debían

28
Discurso de Incorporación

suprimirse varias asignaturas, entre ellas el derecho constitucional.38 Hoy el derecho


constitucional es una de las asignaturas centrales de cualquier plan de estudios de
derecho y la afirmación del Decano Meneses se ve como un disparate gigantesco. Su
propuesta no pasó, pero en realidad no era tan disparatada. Entre el siglo xii y el
xviii se estudiaba derecho sin estudiar derecho constitucional porque no existía. Las
constituciones usualmente declaran la igualdad de los ciudadanos, ponen límites al
ejercicio del poder público y declaran derechos de los ciudadanos. Hacia 1850 esto
era explosivo para los tradicionalistas. Diría que todavía hoy seguramente no faltan
gobernantes que quieran suprimir el derecho constitucional y, si pudieran, la cons-
titución misma. Hace pocos años la Presidente del Tribunal Supremo de Venezuela
María Estela Morales sostuvo que la separación de poderes era un resabio burguésy
tenía que ser abolida para fortalecer la conducción de la revolución. En realidad, sin
una cierta separación de poderes y un cierto balance entre ellos, sin una garantía real
de las libertades ciudadanas, no hay una constitución verdaderamente funcional, no
hay estado de derecho. La declaración de Morales seguramente será recordada como
recordamos hoy la del decano Meneses.

Como artefacto cultural, la constitución misma ha ido cambiando de sentido y no


solamente de texto. En el siglo xix se la leía como un documento político. Era una
guía de conducta para los gobernantes, pero no había remedios jurídicos para las con-
ductas que se desviaran de su cauce. Los mismos derechos declarados en ella debían to-
marse como propósitos programáticos, enunciados para orientar las políticas públicas,
no como obligaciones legales. Era una obligación ética de los gobernantes y también
una obligación política. El castigo estaría en las elecciones o, más frecuentemente en el
siglo xix, en las rebeliones. En la segunda mitad del siglo xx la constitución comenzó
a leerse de manera distinta, como un documento jurídico, como el documento jurídico
más importante. Las normas legislativas y otros actos del poder público opuestos a la
constitución debían ser declarados inconstitucionales y anulados.

Aquí un pequeño excursus porque los juristas que me oyen seguramente dirán que
esto ocurrió mucho antes. Hay una decisión de 1804 de la Corte Suprema de los Es-
tados Unidos que afirmó el poder de ese tribunal para anular actos contrarios a la
constitución, pero durante el siglo xix esa facultad fue escasamente ejercida. A finales
de ese siglo y comienzos del xx, las cortes supremas de los estados y luego la Corte
Suprema de los Estados Unidos empezaron a ejercer con frecuencia esa facultad para
anular la incipiente regulación legal a favor de los trabajadores. El debate rápidamente

Sol Serrano: Universidad y nación. Chile en el siglo XIX. Santiago. Editorial Universitaria. Pag 171.
38

29
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

se trasladó a Europa donde los juristas lo debatieron y una opinión probablemente


dominante consideró lo que hoy llamamos control de constitucionalidad como anti-
democrático. Era el peligro de un gobierno de los jueces39. Un jurista austríaco de gran
prestigio en la época, Hans Kelsen, argumentó a favor de ese control. La constitución
austríaca y la republicana española establecieron cortes constitucionales, originaria-
mente pensados más como cuerpos políticos y, como las llamó Kelsen, “legisladores
negativos”40. La historia posterior es bien conocida. Las dictaduras europeas de me-
diados de siglo produjeron leyes monstruosas. Las constituciones democráticas de la
postguerra establecieron tribunales o cortes constitucionales y reconocieron amplia-
mente el control de la constitucionalidad. Hoy en día un buen número de cortes su-
premas se han convertido en cortes de constitucionalidad o se han establecido cortes
constitucionales paralelas a las cortes supremas. Estamos viviendo la constitucionali-
zación de todo el derecho41.

La transformación de la constitución en un documento jurídico fue pues un proce-


so lento y que en los países de tradición romanista ocurrió en el siglo xx. En Venezue-
la el control de constitucionalidad está presente en la constitución de 1936, pero no
sabemos cuánto se usó en el período. Al dar preferencia a la historia de la legislación
se descuidó historiar la acción de la antigua Corte Federal. La hipótesis que puede
formularse es de un uso escaso. Tampoco se ha estudiado el control constitucional
efectivo realizado por la Corte Suprema de Justicia (que sustituyó a la Corte Federal
y de Casación) a partir de 1961, cuando esta corte fue instituida. Puedo formular la
hipótesis fundada de que se usó poco en la década de 1960 y que lentamente se fue
incrementando su uso. En la década de 1990 la Corte Suprema no se daba abasto para
atender a la demanda y esto llevó a que la Constitución de 1999 previera la Sala Cons-
titucional dentro del Tribunal Supremo de Justicia (de nuevo un cambio de nombre)42.

Edouard Lambert: Le gouvernement des juges et la lutte contre la législation sociale aux États Unis. Giard. Paris, 1921
39

Hans Kelsen: La garantie constitutionnelle de la constitution (la justice constitutionnelle). Revue de Droit Public et
40

Science Politique. Vol 35. 1928. Judicial review of the constitution : a comparative study of the Austrian and Ameri-
can constitutions. The Journal of Politics. Vol 4 # 2. 1942
G. Helmke & J. Rios-Figueroa: Courts in Latin America. Cambridge University Press. 2011. J.P. Calderón Villegas,:
41

La constituticionalización del derecho privado. Temis & Universidad de los Andes. Bogotá 2011. C. Ayala Corao:
Del diálogo jurisprudencial al control de la convecionalidad. Editorial Jurídica Venezolana. 2012.
La hipótesis de la escasa demanda de control constitucional en las décadas de 1960 y 1970 se basa en una in-
42

formación informal que me proveyó el Dr. Sánchez Risso, quien fue por mucho tiempo el secretario de la Corte
Suprema (Conversación informal en 1996). La enorme carga de trabajo de casos de control constitucional en la
segunda mitad de la década de 1990 la pude constatar como parte del equipo del IESA que estudió el accionar de la
Corte y por conversaciones con la Dra. Cecilia Sosa, Presidente de la Corte en la época.

30
Discurso de Incorporación

La historia del derecho es así historia de ideas y de instituciones, pero el funciona-


miento de éstas como, en general, el funcionamiento del sistema jurídico, no se puede
explicar sin estudiar a la gente, o para usar el lenguaje de los sociólogos del derecho,
los actores del sistema jurídico. Y la conducta de esos actores. Las ideas e instituciones
no se mueven por sí mismas, la constitución no se moviliza por sí misma para declarar
nula a una ley o cualquier otro acto del poder público. Hace falta que haya abogados
que demanden la inconstitucionalidad y jueces que la declaren. De allí la distancia en-
tre el momento en que el control de constitucionalidad aparezca en la constitución y
el momento en que efectivamente se ejerza. O como con una constitución que prevea
el recurso de inconstitucionalidad progresivamente deje de usarse. De allí la impor-
tancia de estudiar los portadores de las ideas, sus acciones y sus escritos. Estudiar la
cultura jurídica, es decir cómo esas ideas van calando en los ambientes profesionales
y también la sociedad, en general. Y también estudiar la interacción entre el sistema
jurídico y el sistema político.

Cuando analizamos las acciones de la gente, inmediatamente entendemos la com-


plejidad de la cultura jurídica. Nadie discute la importancia de que los asuntos públi-
cos se conduzcan conforme al derecho. En Venezuela la constitución nos define como
un estado social de derecho y de justicia y no creo que en ningún país los gobernantes
acepten que no se conducen conforme a derecho, o que no son democráticos. Los
gobernantes que son los mejores candidatos a que se les eche en cara su carácter poco
democrático, ripostan que son ellos los verdaderos demócratas, que protegen los de-
rechos más fundamentales.

¿Estamos recomenzando el juego de contarnos mentiras, como en la época de


Guzmán Blanco? No lo creo. Vivimos la cultura de los derechos humanos, como bien
lo ha destacado Lawrence Friedman43. Esto no hace que se los respete por igual en
todas las latitudes. Pero hay dos diferencias importantes con el pasado que debemos
en parte a la tan criticada globalización. Por una parte hay organismos de todo tipo
que analizan el comportamiento de los estados y los evalúan con los estándares de los
derechos humanos. Hay organizaciones internacionales y estados que evalúan cómo
lo están haciendo los otros, con todos los defectos que pueda tener esa evaluación
interesada. Los organismos internacionales y las ONGs internacionales no tienen di-
entes para aplicar sanciones pero sus calificaciones preocupan a los estados. No sólo
se evalúa la materia de derechos humanos, sino la corrupción, otra distorsión impor-
tante del estado de derecho. También hay organizaciones que evalúan el respeto al

L. Friedman: The human rights culture: A study in history and context. Quid pro Books. New Orleans, 2011,
43

31
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

derecho de propiedad, a la libertad de expresión, a la libertad de prensa. Otras evalúan


el apego a la democracia, el aprecio que merecen los jueces, el parlamento, las policías
y otros organismos vinculados con el derecho y, en líneas generales, evalúan la cultura
cívica de los países. No todos tienen el mismo crédito intelectual. Un número de esos
estudios son considerados para graduar el riesgo que significa invertir en ese país o
comprar los bonos de deuda pública. En otras palabras las violaciones al estado de
derecho se reflejan en el costo del dinero para ese país. No estamos hablando de asun-
tos puramente intelectuales.

Todos estos estudios muestran también que el respeto a los derechos y al derecho,
la transparencia y la buena conducta de los gobiernos son proyectos en los que falta
mucho camino. En unos países mucho más que en otros. También es cierto que en
algunos países se retrocede en determinados períodos. Estos son los infortunios del
derecho, pero podemos ver el vaso medio lleno o medio vacío. En la época de Guzmán
no había esa cantidad de entidades haciendo evaluaciones. Ni siquiera se pensaba que
tenía sentido hacerlas. Se daba también por descontado que los gobernantes tenían
garantizada la impunidad. Los recientes casos de Pinochet y Fujimori, entre muchos
otros gobernantes o ex gobernantes en apuros, muestra que la impunidad no está ga-
rantizada en el mundo de hoy.

Volvamos al análisis de Venezuela, pero no nos vamos a detener en lo que es bien


conocido por una audiencia tan educada como ésta. La mayor parte de la legislación
venezolana ha sido renovada en los últimos quince años, pero sospecho que no será
fácil encontrar juristas venezolanos que hagan el elogio de esa legislación y que digan
que tal producción constituye el derecho en Venezuela. La Asamblea Nacional tam-
poco se distingue por su capacidad de elaborar legislación o de discutir con serenidad
las políticas públicas. Dos magistrados del Tribunal Supremo son ahora prófugos de
la justicia y han hecho revelaciones sobre lo que ocurre en la trastienda de la justicia
venezolana. El número de asuntos que los abogados llevan a la Sala Constitucional
y a la Sala Político-Administrativa ha caído substancialmente, pues no tiene mucho
sentido recurrir a tribunales que carecen de imparcialidad, excepto para poder ir a in-
stancias internacionales o para dejar un testimonio para la historia del país. También
respecto al número de abogados hay motivos de alarma: se puede estimar que cerca de
un tercio de los abogados activos se han graduado en los últimos tres años y de éstos el
40 por ciento lo han hecho en la Universidad Bolivariana cuya calidad mueve a preo-
cupación a quienes han prestado atención al estado de la educación jurídica y de la
profesión. No es este el lugar para detenernos a analizar estas dificultades y hasta diría
feas llagas del derecho y la justicia en Venezuela, pero no creo que deba hacer gran
esfuerzo para argumentar que la situación del sistema jurídico es muy infortunada.

32
Discurso de Incorporación

Y sin embargo, hay motivos para notar un cambio importante. En regímenes au-
toritarios del pasado, como el de Gómez y Pérez Jiménez, juristas de primer rango se
pusieron completamente al servicio del régimen. Hubo también quienes se opusieron
y sufrieron diversos represalias, entre ellas la prisión o el exilio, pero fueron los menos.
Y, especialmente en la época de Pérez Jiménez, hubo quienes se mantuvieron al mar-
gen. En el presente, son escasos los juristas de prestigio que se han puesto al servicio
del régimen o que se han dedicado a lucrar obscenamente aprovechando su conexión
con el régimen. Un número grande se ha mostrado crítico tanto en opiniones en la
prensa como en escritos académicos. Por supuesto, muchos han permanecido al mar-
gen y es comprensible su temor. La oposición o disidencia tiene un costo elevado. No
puede negarse que hay represalias. Esto da más valor a quienes expresan su disidencia.

La gran pregunta es ¿Por qué oponerse si tiene un costo especialmente alto para los
juristas porque el estado ha exagerado su papel regulador y porque él es el propietario
o accionista mayoritario de buena parte de las empresas importantes? ¿Por qué los
juristas del pasado tendían a ponerse al servicio de regímenes autoritarios y la mayor
parte de los de hoy guardan distancia o se oponen frontalmente? Las explicaciones
pueden destacar distintos aspectos. Uno importante es que los regímenes autorita-
rios del pasado buscaron la pacificación del país y generaron un orden, aun cuando
marginando al derecho. La revolución que vivimos le dio prioridad a destruir el or-
den anterior sin tener una idea clara de la alternativa. Ha destruido el estado creando
aparatos paralelos y, en el caso de la seguridad, sin reparar que la manera de buscar la
permanencia del régimen con aparatos armados paralelos y sin control era contraria a
la paz social. Otra dimensión es la material. En la época de Gómez no había muchas
alternativas laborales para un abogado fuera del servicio al régimen. En tiempos de
Pérez Jiménez estas alternativas eran mejores, pues ya había un movimiento econó-
mico que permitía el ejercicio del derecho como profesión liberal. En nuestra época
existe una profesión de abogado activa. Las empresas privadas están haciendo pocas
inversiones y algunas están desinvirtiendo. Otras han sido expropiadas frecuentemen-
te sin compensación. Pero todo esto genera trabajo para los abogados. Por esto varias
firmas jurídicas importantes han reducido su tamaño, pero otras han surgido. Las uni-
versidades han bajado los salarios reales de los profesores, pero los profesores pueden
sobrevivir sin tener que identificarse con el gobierno. En otras palabras, es cierto que
la disidencia está penalizada, pero no es necesariamente mortal.

33
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Derecho, civilización, ética

En este discurso he ofrecido una manera de abordar o concebir el derecho y en de-


finitiva la historia del derecho. Pensar el sistema jurídico como parte de la sociedad y
no solamente como un conjunto de normas coercibles sancionadas por el estado tiene
consecuencia sobre el objeto a ser estudiado cuando estudiamos el derecho y sobre la
metodología para hacerlo. En esta parte conclusiva analizaremos los valores en juego.

He hablado del derecho como artefacto cultural, como instrumento civilizatorio.


No es una idea original44, pero creo que ha sido poco explotada por los juristas. Si es
un artefacto cultural tenemos que entenderlo en su contexto. Si leemos hoy la consti-
tución, los códigos y los tratados internacionales de una manera distinta a como se los
leía cien años atrás, no es porque sus textos sean muy diferentes. Es porque ha habido
cambios en la sociedad y en las ideas que nos permiten apreciar otras cosas. Por eso el
estudio del derecho no puede ser sólo de los textos, sino también del contexto y de allí
la importancia de la historia y de las demás ciencias sociales. De eso se trata cuando
hablamos de la importancia del estudio interdisciplinario del derecho.

La referencia a la civilización es más complicada, porque es una palabra cargada


de valores. La civilización se opone a la barbarie que asociamos con la violencia desa-
tada. Para los venezolanos esa oposición entre barbarie y civilización la tenemos muy
presente por la novela de Gallegos que creo todos hemos leído desde nuestros días de
escolares. En ella quien se opone a la barbarie es Santos Luzardo, un llanero de larga
estancia en Caracas donde se ha graduado de abogado. Regresa al llano y se esfuerza
en llevar el respeto a las personas, al derecho y a la inteligencia. Combate a la gente
de El Miedo, a los supersticiosos y violentos. Y triunfa. Es un triunfo parcial, pues
Doña Bárbara sigue su camino. La novela queda abierta. Y esto es muy certero porque
barbarie y civilización no son etapas en una especie de progresión de la humanidad.
Doña Bárbara puede reaparecer en cualquier parte y en cualquier momento. En nues-
tra época reapareció en Caracas y tiene una presencia avasallante en todo el país.

Kant en una gran visión general de la historia humana veía que el incremento del
comercio y la producción, y la formación de unidades políticas más complejas, se sus-
tentaban sobre el derecho y llevarían a la paz perpetua. Vivió en el siglo xviii y había

Por ejemplo, ver Joachim Lege: “El derecho como bien de la cultura. Por qué es estéril el debate entre el positiv-
44

ismo y iusnaturalismo” En Problema/ Anuario de Filosofía y Teoría del Derecho # 3, 2009 (Universidad Nacional
Autónoma de México).

34
Discurso de Incorporación

razones para ser optimista45. La intuición de Kant era probablemente certera, el co-
mercio, el incremento de la riqueza y de la educación, para lo cual el derecho es tan im-
portante, son constitutivos de la civilización, llevan a la paz y a la civilidad. Pero ahora
sabemos que no es mecánico. Que los instrumentos civilizatorios pueden ser usados
con otros fines. Andrés Bello, en un artículo muy poco citado, hace un análisis muy
apropiado del tema, usando lo que hoy llamamos sociología comparada del derecho46.
Los logros tecnológicos y organizativos tienen usos para la violencia. La inversión de
armas cada vez más mortíferas e inhumanas nos lo revela. Los campos de concentra-
ción y de exterminio funcionaron como organizaciones formidables, lo que revela el
talento organizativo de unos funcionarios. Un avión es un instrumento muy caracte-
rístico de nuestra civilización que aprecia la movilidad y la comunicación, pero puede
ser usado como un arma para generar una catástrofe. El derecho no es muy diferente.

Cuando miramos al derecho como parte de la sociedad vemos a la gente, a perso-


nas que mueven u operan el aparato de justicia y a quienes lo sufren o se benefician de
él. Todos somos actores del sistema jurídico, todos somos sujetos de derecho, pero hay
personas más vinculadas al funcionamiento del sistema: los jueces, los legisladores,
los abogados, los profesores de derecho, los notarios, los policías y otros. Operan un
aparato poderoso cuyo sentido es garantizar la convivencia pacífica protegiendo los
derechos de todos, facilitando las interacciones y eventualmente también castigan-
do en aquellos casos de desviaciones más graves. Sanojo ya lo había dicho, como lo
citamos antes. Pero sabemos que ese aparato poderoso también puede ser usado para
oprimir, para despojar a la gente de sus libertades o sus propiedades. ¿Qué determina
que se lo use de una manera o de otra?

No hay una respuesta sencilla pero sabemos que hay factores importantes. La edu-
cación de quienes van a operar el sistema jurídico y si ha logrado que los valores del
derecho hayan sido internalizado son seguramente a tener en cuenta. Es por esto que
la educación de estas personas excede el interés académico o de las instituciones re-
spectivas y nos concierne a todos.

También sabemos que las organizaciones del aparato estatal son reactivas. Quienes
las manejan responden a la conducta de los ciudadanos. De allí que la educación en
general y en especial la educación cívica, la educación para la ciudadanía y la civilidad,
son tan importantes.


45
Kant, Immanuel: Sobre la paz perpetua (1795). Tecnos. Madrid 2008.

46
Bello, Andrés: Influjo de la civilización en la moralidad (artículo en El Araucano, 1831). Obras Completas de Don
Andrés Bello. Vol XV. Consejo de Instrucción Pública. Santiago de Chile. 1885.

35
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Si volvemos de nuevo al estudio del derecho y a la historia del derecho vemos por
qué la atención a las conductas, creencias y valoraciones de las personas es tan im-
portante y por qué la procedencia, educación y papel social de los profesionales del
derecho son temas que se convierten en relevantes para el estudio del derecho y la
historia del derecho.

Esto no implica que las normas establecidas por el estado salen del campo de lo
jurídico. Siguen siendo importantes pero ya no se las verá como los únicos objetos de
estudio del derecho, y no se dará por supuesto que al ser aprobadas van a ser determi-
nantes de la conducta social. Se puede enriquecer su estudio al verlas en la perspectiva
de historia de las ideas, de los proyectos sociales y políticos que se tratan de imponer
desde el estado. Lo que deseamos rescatar con vigor es que la visión propuesta no
parte del estado, sino de la gente, de sus derechos y conductas.

Esta manera de concebir al derecho tiene importantes consecuencias en relación


con la metodología de estudio. Si vemos al derecho reintegrado en la sociedad de-
bemos usar los métodos adecuados para el estudio de la sociedad. En definitiva, el
derecho es una ciencia social, como lo es la historia, la sociología, la antropología,
etc. Dependerá del problema a ser analizado la escogencia de método. Si se trata de
interpretar reglas jurídicas, los juristas y los demás científicos sociales, tienen que usar
los métodos de interpretación usuales entre los juristas. Pero si se analizan conductas
o ideas del presente o del pasado corresponde usar los métodos respectivos. En ese
sentido, no hay diferencias. Hay, por supuesto, metodologías que los practicantes de
una disciplina prefieren pero más por condicionantes de la tradición de esa disciplina
y por las exigencias del objeto de estudio que por una necesidad gnoseológica. El his-
toriador del derecho no puede ser menos riguroso que los demás historiadores.

Aquí conviene detenerse sobre el conocimiento que podemos lograr en el dere-


cho y en las otras ciencias sociales. Es un conocimiento argumentativo, problemático.
Requiere del investigador un esfuerzo de objetividad e imparcialidad, un respeto por
los hechos y por representar adecuadamente los argumentos de los otros investigado-
res que han tratado el problema. El derecho como disciplina no es diferente, pero se
producen algunos ruidos porque el derecho es también una técnica o práctica social.
Uno de los roles en esa práctica social es la del abogado que debe defender los dere-
chos de una parte, su cliente. Uno de los imperativos éticos del abogado es que sólo
puede escuchar a la parte que defiende. Es contrario a la ética de la ocupación que el
abogado busque la otra parte para escucharla o para comprometerse con ella. Corres-
ponde al juez escuchar a las dos partes y decidir por aquella que a su juicio tenga una
mejor representación de los hechos y de las reglas pertinentes. El rol del investigador

36
Discurso de Incorporación

o académico del derecho no debe confundirse con el del abogado. Es más similar a la
función del juez, pero a diferencia de éste, no está limitado por los planteamientos y
argumentos de las partes. No trabaja con esos constreñimientos. Lo mismo ocurre
con el historiador y los demás científicos sociales: tampoco pueden convertirse en
abogados de una causa. Están obligados al análisis más imparcial posible, a considerar
todos los hechos y todos los argumentos relevantes.

La complejidad de lo social y el carácter problemático y argumentativo del conoci-


miento nos lleva a la conciencia que la verdad es elusiva, y que la objetividad también
lo es porque no podemos evitar mirar desde una cultura, desde un conjunto de valo-
res. Pero, insisto esto no puede llevar a convertir a los investigadores en los abogados
de una causa, no los debe llevar a no mirar con atención a hechos y argumentos. Esa
no puede ser la actitud académica o científica.

Hace unos años atrás el Dr. Delgado Ocando me atribuyó tener una visión socio-
logizante del derecho47. Tengo reserva respecto a las etiquetas. Creo con Wallerstein48
que las fronteras entre las distintas ciencias sociales no tienen demasiado sentido. De-
pendiendo del problema y de los propósitos de una investigación debemos usar los
métodos de la sociología, la historia, la antropología, el análisis económico. Es esto lo
que se llama el estudio interdisciplinario. La propuesta que hago no es exactamente
sociologizante, sino interdisciplinaria.

Quienes trabajamos con el derecho debemos estar conscientes que es parte de la


civilización y que, en consecuencia, incorpora valores. El derecho está asociado con
la paz o al menos con el control de la violencia. Con la limitación del poder público y
el respeto de los derechos fundamentales de las personas. Son valores que no pueden
ser sacrificados a ningún proyecto político aunque éste nos prometa el paraíso o la
felicidad social.Fuller los llamó la moralidad del derecho49. Quienes tienen una visión
del derecho como una pura técnica de control social y lo desean separar de sus valores
pueden pensar que es al sistema político al que le toca asumir los valores como la segu-
ridad, la igualdad, el progreso material, la solidaridad, y que al derecho le corresponde

La afirmación está en un breve trabajo publicado en francés años atrás. El trabajo da cuenta del pensamiento ju-
47

rídico en Venezuela. Lamentablemente no he podido localizarlo para citarlo adecuadamente.


ImmanuelWallerstein: The end of the world as we know it: social sciences for the twenty-first century. University of
48

Minnesota Press. Minneapolis. 1999. El legado de la sociología, la promesa de la ciencia social. En Wallerstein,
Briceño-León & Sonntag (eds): El legado de la sociología, la promesa de la ciencia social. Nueva Sociedad. Caracas,
1999
Lon L. Fuller: The morality of law. Yale University Press. New Haven, 1979.
49

37
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

estar al servicio del sistema político. Esta es una concepción instrumental del derecho
que puede llevarlos a ponerlo al servicio de cualquier proyecto político que ellos crean
más cercano a sus valoraciones. Esto es lo que explica que algunos grandes juristas,
venezolanos o de otras latitudes, se hayan puesto al servicio de dictaduras o gobiernos
autoritarios que han desconocido al derecho y sus valores. Pero siempre es bueno re-
cordar que en todas las épocas los gobernantes autoritarios también han encontrado
juristas importantes que los han resistido y no subordinaron su saber a esos proyectos
políticos.

La importancia de la identificación de los juristas con los valores del derecho es


así fundamental. No lo estoy descubriendo yo ni lo estoy descubriendo hoy. En este
discurso he invocado a grandes autores, incluyendo a Tomás de Aquino. Entre los ve-
nezolanos que han señalado estos temas están Miguel José Sanz, Juan Germán Roscio,
Francisco Javier Yanes, Luis Sanojo, Julio César Salas, entre muchos otros, incluyen-
do la mayor parte de los juristas académicos de hoy. Por esto les pido que permitan
concluir mi discurso con una cita de Salas, escrita bajo el régimen de Juan Vicente
Gómez, que destaca los valores del derecho y su identificación con la civilización:

“La civilización de los pueblos se gradúa o está en relación directa con la cantidad
de libertad de que gozan los individuos, en virtud de las leyes, cuando éstas son
cumplidas u obligan igualmente a mandatarios y gobernados; por de contado, no
existe tal civilización donde los gobernantes mandan a su capricho y convierten el
poder en beneficio propio, dedicados a acumular dinero por cuanto medio opresivo
encuentran”50.

Muchas gracias.

Julio César Salas: Civilización y barbarie. Ediciones Centauro, Caracas, 1977. Pag 195.
50

38
CONTESTACIÓN DEL ACADÉMICO
DON JOSÉ RAFAEL LOVERA

Hoy es un día que para quienes integramos la Academia Nacional de la Historia,


suscita sentimientos contradictorios. Por un lado hemos de recordar como despedida
a un ilustre colega recientemente fallecido, Simón Alberto Consalvi y por el otro de-
bemos regocijarnos de recibir a un destacado historiador del Derecho que ha disertado
elocuentemente sobre la historia de esa disciplina, el Doctor Rogelio Pérez Perdomo.
Me cupo la suerte de tener durante varios años de vecino en nuestra larga mesa aca-
démica, a Don Simón Alberto Consalvi y ser testigo por ende de sus intervenciones
mesuradas y a la vez firmes y de su buen talante adornado con un fino humor. Su larga
trayectoria en los avatares de la política le dieron siempre a sus equilibradas interven-
ciones el peso de la experiencia. Amigo consecuente, siempre dispuesto a colaborar,
preocupado en todo momento por la responsabilidad de nuestra corporación ante el
País, su desaparición deja un vacío que no será fácil llenar. No obstante, conociendo
desde hace mucho tiempo al Doctor Pérez Perdomo, sabedor de su amplio conoci-
miento de materia tan importante como la Historia del Derecho, sus hondas convic-
ciones personales y su exitosa dedicación a la docencia y a la investigación, hacen que
su incorporación a nuestra Academia constituya motivo de muy sincera complacencia
para nosotros y al mismo tiempo nos permiten adelantar que sabrá muy bien llenar el
espacio que hoy viene a ocupar, enriqueciendo con sus aportes la labor que correspon-
de a nuestra Corporación.

Culminó, el recipiendario, sus estudios de Derecho en la Universidad Central de


Venezuela, graduándose de Abogado en 1964. Siguió luego estudios doctorales en Fi-
losofía y Sociología del Derecho en la Universidad de París, 1964-1966. Posteriormen-
te obtuvo el título de Magistri in Legibus en la Universidad de Harvard, 1972 y el Doc-
torado en Ciencias, mención Derecho, en la Universidad Central de Venezuela, 1975.

La obra que el nuevo académico viene llevando a cabo constituye modelo de una
moderna investigación llevada adelante con rigor y reflexión, y ejemplo para las jóve-
nes generaciones. Sus trabajos históricos, lejos de ser simples cronologías o compila-
ciones de legislación antigua, pertenecen al ámbito de la Historia social del Derecho,

39
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

campo escasamente cultivado en nuestro país. En su discurso ha trazado magistral-


mente su concepción del estudio científico del Derecho en su dimensión histórica y
su gran preocupación por la contemporaneidad.

Allí están trabajos salidos de su pluma como: El formalismo jurídico y sus funcio-
nes sociales en el siglo XIX venezolano (Caracas, Monte Ávila, 1978); Los abogados
en Venezuela, estudio de una élite intelectual y política 1780-1980 (Caracas, Monte
Ávila, 1981); Los abogados de América Latina. Una Introducción histórica (Bogotá,
Universidad de Externado de Colombia, 2004) y Justicia e injusticias en Venezuela.
Estudios de historia social del derecho (Caracas, Academia Nacional de la Historia y
Universidad Metropolitana, 2011), por citar algunos títulos. Obras estas que junto
con sus muy numerosos ensayos y artículos en revista, capítulos en obras colectivas,
gran parte de ellos dedicados a la Historia del Derecho en Venezuela, dan testimonio
de su constante dedicación a la pesquisa en un ámbito en el cual ha sabido incursionar
con maestría aportando numerosas ideas y realizar muy importantes contribuciones
que permiten catalogarlo como innovador en su especialidad. Adornan merecida-
mente sus desvelos las distinciones honorificas que ha recibido, no solamente por el
contenido de sus obras sino también por la creatividad de ellas y la índole de su prosa
como lo atestiguan: el galardón de Mejor libro en Ciencias Sociales, conferido a su
libro Los abogados en Venezuela, por el Consejo Nacional de Investigaciones Cientí-
ficas y Humanísticas (1981); el Premio Municipal de Prosa, otorgado por el Consejo
Municipal de Caracas (1981) a esa misma obra, o el Premio a la Investigación y Crea-
ción Intelectual que le fue concedido por la Universidad Metropolitana (2005-2006).

La labor docente e investigativa desempeñada por el Doctor Rogelio Pérez Perdo-


mo no solo la realizó en su Alma Mater, en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políti-
cas, sino también en la Universidad Simón Bolívar y en la Universidad Metropolita-
na. Así mismo ha ejercido como Profesor o investigador, en la Florida International
University College of Law; en la Universidad de Stanford y en la Universidad Nacio-
nal Autónoma de México, así como en otras instituciones nacionales y extranjeras.

Únase a lo dicho la alta calidad moral del recipiendario, su decidida vocación


venezolanista y su constancia y rigurosidad en el trabajo.

Es para mí un honor y un placer el que me toque contestar su valioso discurso de


incorporación y darle, como lo hago mediante estas palabras en mi nombre y en el de
los demás Individuos de Número de nuestra Academia, una calurosa bienvenida.

40
In Memoria Ramón J. Velásquez
ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

CONSIDERANDO

Que en la mañana del 24 de este mes de junio de 2014 falleció en Caracas don
RAMÓN J. VELASQUEZ, Individuo de Número de la Academia Nacional de la
Historia, que ocupó el Sillón Letra “T”.

CONSIDERANDO

Que con la desaparición de don RAMÓN J. VELASQUEZ se pierde a destacado


historiador, periodista, cronista y académico, de larga trayectoria como testigo del
acontecer político venezolano del siglo XX y estudioso de etapas decisivas en la for-
mación del Estado moderno..

ACUERDA

1.- Unirse al duelo que aflige a familiares y amigos, de don RAMÓN J. VELASQUEZ
y declarar en la Academia Nacional de la Historia durante ocho días con motivo de tan
irreparable pérdida;

2.- Manifestar públicamente nuestras más sinceras palabras de condolencias por


este lamentablemente hecho que enluta a toda nuestra comunidad académica;

3.- Enlutar el sillón que ocupara don RAMÓN J. VELASQUEZ en señal de duelo;

4.- Entregar a sus familiares copia protocolar del presente Acuerdo.

Caracas, 24 de junio de 2014

ILDEFONSO LEAL EDGARDO MONDOLFI GUDAT


Director Vicedirector Secretaria

43
Velásquez, el historiador*
Elias Pino Iturrieta**

En la editorial Planeta, cuando publicaron La caída del liberalismo amarillo, me


pidieron que escribiera la contraportada. Afirmé allí:

“No parece casual que los venezolanos hayan fijado los ojos en el autor, Ramón
J. Velásquez, hasta el punto de designarlo Presidente de la República en un pe-
ríodo tan descompuesto como el que estudia. La designación otorga una relevan-
cia inusual a su obra, pero también le ofrece una esperanza a nuestro atolladero.
Gracias a la solvencia del intelectual en el conocimiento de los sucesos que una vez
condujeron a Venezuela hasta el borde del abismo, se puede esperar una gestión de
resultados plausibles. Mejor ocasión no se había presentado de saber para qué sirve
la historia”.

Entonces, y ahora, considero que los aciertos del ciudadano Velásquez dependie-
ron de la obra del historiador que en esencia fue. En consecuencia, trataré de mostrar
hoy algunas de sus contribuciones como indagador del pasado.

Fue trascendental lo que hizo en materia de custodia y divulgación de fuentes pri-


marias. En especial, la organización de un precioso repositorio para el entendimiento
de la contemporaneidad, el Archivo Histórico de Miraflores, cuya oferta de materiales
inéditos resulta esencial para el análisis de la política en el siglo XX. No solo se ocupó
de encontrar los presupuestos del caso, sino también de la redacción de los epígrafes
de las secciones de 150 volúmenes publicados partiendo de los documentos guarda-
dos en su seno. Luego emprendió otra relevante faena, la Fundación para el Rescate
Documental de Venezuela, para entregar a los estudiosos los informes de los diplomá-
ticos extranjeros sobre la vida doméstica en general. La incorporación de las observa-
ciones foráneas ha permitido estudios de una profundidad inusual, desde luego.

*
Artículo publicado en El Nacional, Caracas, cuerpo “7 día”, 29 de junio de 2014.
**
Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, Sillón Letra “J”.

45
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Pero también le debemos ediciones monumentales de documentos, la mayoría


desconocidos o de ardua localización, sin los cuales no hubiéramos salido de las ver-
siones simples o planas del estado nacional a través del tiempo. Me refiero a la serie
Pensamiento político venezolano del siglo XIX, compuesta por quince volúmenes
cuidadosamente apuntados por los recopiladores, de cuyas páginas se han nutrido
con provecho los especialistas y los simples curiosos. Las versiones del comienzo de
la autonomía republicana, de las hegemonías personalistas, de las guerras civiles y de
los esfuerzos del antiguo civismo son otras, después de la edición de esta colección
imprescindible. Pero no detiene el esfuerzo, hasta adelantar una titánica edición de
130 volúmenes sobre el Pensamiento político venezolano del siglo XX. Un fatigoso
rastreo, una búsqueda que parece interminable, el movimiento que insufla a un en-
jambre de historiadores jóvenes desembocan en un legado de extraordinaria entidad
para el análisis de nuestros días. Si se agrega la colección de Fuentes para la historia
republicana, que coordinó para la Academia de la Historia, y la colección Venezuela
peregrina, que recoge títulos de venezolanos en el exilio, estamos frente a un trabajo
sin parangón.

Si el lector se pregunta cómo pudo hacer tanto sin abandonar sus obligaciones
políticas, se sorprenderá al saber que su bibliografía individual está compuesta por 38
títulos, algunos tan importantes como La caída del liberalismo amarillo, Confidencias
imaginarias de Juan Vicente Gómez, El proceso político venezolano del siglo XIX y La
obra histórica de Caracciolo Parra Pérez. Es evidente que el compromiso de Ramón J.
Velásquez con el bien común, de todos conocido, remite a un vínculo con el republi-
canismo que determinó su conducta desde la juventud, pero la comprensión cabal de
su tránsito obliga a juzgarlo como historiador. En nuestros días, pero también en días
ajenos y remotos, fue el político mejor informado de los antecedentes de la sociedad
porque los estudió con método y sin impaciencia. Cultor empecinado de la memoria
colectiva y ciudadano legítimo de la república de Clío, gracias a su íntima relación
con la obra de los antepasados, con los antiguos y no pocas veces torcidos pasos de los
antecesores, le podemos atribuir un quehacer de entidad que no pueden llevar a cabo
los políticos que a duras penas se interesan por lo que sucede en su presente.

46
Ramón J. Velásquez, el gran samán
de la Venezuela posible
José Alberto Olivar

Una de las virtudes que caracterizó a Ramón J. Velásquez a lo largo de su recorrido


vital fue esa capacidad de escuchar con atención a quienes dispensaba el tiempo sufi-
ciente para intercambiar impresiones sobre algún tópico de interés. Y no sólo lo hacía
por respeto sacrosanto a las buenas costumbres, sino por una habilidad casi intuitiva
– de la que dicen los andinos son expertos en cultivar – para descifrar los verdaderos
propósitos de su interlocutor.

Dada la importancia del personaje, no es de extrañar la marejada de “felicitado-


res” y “buscapuestos” que casi a diario se le acercaban para solicitarle una audiencia o
entregarle un “papelito”. A todos sabía cómo tratar y sobre todo, sortear, sin generar
enconos irreconciliables. No en balde, se ganó la fama de “hombre de consenso”.

Pero más allá de su extenso desempeño en funciones públicas, siempre resaltó en


Ramón J., esa irrefrenable pasión por las letras y la historia. Varias distinciones refren-
daron su vasta obra en ese sentido, en 1971 fue designado numerario de la Academia
Nacional de la Historia y en 2002 de la Academia Venezolana de la Lengua. Además
recibió el Premio Nacional de Historia en 1980 y su homónimo en Humanidades en
1998, y por si fuera poco, cuatro Doctorados Honoris Causa, en las menciones de
Educación e Historia, respectivamente.

Muy lejos de envanecerse ante el reconocimiento de propios y extraños, Ramón


J., hubo de convertirse en un Maestro, un guía, un patrocinador. Casi incontables,
fueron las visitas que atendió con admirable paciencia en sus oficinas, tanto como
Director de El Nacional, como en el Capitolio Federal dada su condición de Senador
por estado Táchira y luego en la sobriedad de su acogedora casa ubicada en Altamira.

Allí acudieron, escritores o aspirantes del oficio, en busca de consejo o el apoyo


generoso para publicar sus creaciones. Para todos nunca regateó la bondad de sus pa-
labras y la promesa de una ayuda oportuna. Cuantas tesis de doctorado, trabajos de

47
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

grado, ensayos y otros, desfilaron por la mirada crítica del sabio andino, encontrando
el oportuno comentario y las correcciones precisas.

Pocas veces el visitante, se marchaba con las manos vacías literalmente. Siempre ha-
bía un libro, una revista, un folleto que obsequiar, ya sea de autoría propia o de algún
otro historiador conocido. Quienes tuvieron el privilegio de ver sus obras prologadas
por la fina prosa de Ramón J., recibían una lección de desprendimiento sin par. Tales
prólogos, eran profundos ensayos de comprensión histórica en torno al pasado y el
presente de la temática abordada, y en ocasiones opacaba sin proponérselo las líneas
que le proseguían.

Nunca Ramón J., propició la creación de círculos de aduladores. Muy por el con-
trario, formó casi sin proponérselo, una escuela en la que no se rendía culto al “ser
superior”. Allí reinaba el respeto hacia el trabajo del otro, la igualdad de condiciones
si se trataba de practicantes del oficio. Los equipos intelectuales que dirigió para el
levantamiento de las voluminosas colecciones Pensamiento Político Venezolano del si-
glo XIX (15 volúmenes), Venezuela Peregrina (10 volúmenes), Biblioteca de Autores y
Temas Tachirenses (180 volúmenes), Fuentes para la historia republicana de Venezuela
y Pensamiento Político Venezolano del siglo XX (130 volúmenes), dan cuenta de una
labor sostenida y fructífera.

Siguiendo el ejemplo de don Arístides Rojas y Manuel Landaeta Rosales, nuestro


encomiable documentalista del siglo XX, adquiere conciencia en torno a la impor-
tancia de preservar la memoria histórica del país. Pero no se conforma con recopilar
documentos en forma aislada, gracias a sus estrechos vínculos con el poder, Ramón
J., logra constituir dos grandes repositorios de valor insoslayable: el Archivo Históri-
co de Miraflores y la Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano
(FUNRES).

No conforme con ello, estima conveniente dar a conocer al público parte de los
documentos inéditos allí atesorados, y es así como surge gracias a su vocación de pe-
riodista nato, dos publicaciones que hoy por hoy son de obligada consulta para los
investigadores de aquí y más allá de nuestras fronteras por los temas tratados en sus
páginas: El Boletín del Archivo Histórico de Miraflores y el Boletín de FUNRES.

Siempre vio con buenos ojos la calidad de las nuevas generaciones de historiadores
que egresaban de las dos Escuelas de Historia del país, (UCV y ULA), además del
viejo Pedagógico Nacional, donde su padre había dictado clases de latín y griego. Es-
pecial atención brindaba a los investigadores extranjeros que venían hasta estas tierras

48
In Memoria Ramón J. Velásquez

a realizar sus pesquisas académicas. Por eso siempre insistía, a sus colaboradores en el
Archivo Histórico de Miraflores, atender con el mayor esmero a los visitantes y sobre
todo asegurar la correcta organización de las hojas sueltas, telegramas, cartas, memo-
randos, entre otros. Tal era la impresión que se llevaban los visitantes, que lejos de ser
una simple formalidad, siempre en las notas introductorias de sus libros o tesis de
grado, aparecían unas líneas de especial agradecimiento a la gestión del Dr. Ramón J.
Velásquez en favor de la consecución de sus proyectos.

Y no era para menos, a medida que su longevidad corporal se prolongaba, Ramón


J., se iba convirtiendo en un libro viviente a donde todos acudían para tratar de en-
contrar respuestas a sus inquietudes. Erase ya un hombre situado más allá del bien y
del mal, que prefirió no escribir sus memorias, pero si relatar con prodigiosa lucidez
el lento tránsito de una Venezuela palúdica y analfabeta a una Venezuela urbana y
petrolera.

Sus últimos años los vivió convencido de la capacidad de “aguante, resistencia y


mucha constancia” de los venezolanos de a pie. Y lo que es mejor, guardaba sus es-
peranzas en el potencial de las nuevas generaciones para superar las dificultades del
presente y construir un futuro promisorio.

49
ESTUDIOS
EL DEÁN DE LA CATEDRAL DE MÉRIDA FRANCISCO JAVIER
DE IRASTORZA PROPONE LA TRANSFORMACIÓN DEL
SEMINARIO EN UNIVERSIDAD (1800-1806)
Alí Enrique López Bohórquez*

Desde hace cierto tiempo se viene debatiendo dentro y fuera de la Univer-


sidad de Los Andes lo referente a su fecha de fundación. Por un lado, los autores
que sostienen que esta institución universitaria la estableció el 29 de marzo de 1785
el primer obispo de la Diócesis de Mérida de Maracaibo, Fray Juan Ramos de Lora.
Por el otro, los que consideramos que el Alma Mater andina fue creada por la Jun-
ta Superior Gubernativa de la Provincia de Mérida el 21 de septiembre de 1810, al
iniciarse el proceso emancipador de esta ciudad. Sin dejar de mencionar los que más
absurdamente atribuyen el origen de la ULA en la supuesta educación impartida en
los Conventos de Dominicos y Agustinos instaurados en el siglo xvi o encontrar en
germen de la misma en el Colegio Jesuita que funcionó entre 1628 y 1767. Además de
esas interpretaciones historiográficas existe una que ha buscado, ante la imposibilidad
demostrativa de las mencionadas, identificar el hecho fundacional de la universidad
merideña en la Real Cédula de Carlos IV del 18 de junio de 1806, como consecuencia
de la propuesta del Deán de la Catedral de Mérida, Lic. Francisco Javier de Irastorza,
de conversión del Seminario de San Buenaventura en Real y Pontificia Universidad.
Analizar esa propuesta, en el contexto del proceso de creación y desarrollo de ese insti-
tuto eclesiástico, y consideras el expediente formado al efecto que dio origen a la Real
Cédula del 18 de junio de 1806, es el propósito de este artículo para seguir insistien-
do en lo errores y distorsiones introducidas por quienes encuentran una continuidad
directa entre el Seminario y la Universidad, instituciones que guardan una relación
histórica pero que en ningún caso puede atribuírsele a la primera la fundación de la
segunda.

*
Socio Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia por el Estado Mérida. Coordinador de la Cátedra
Libre de Historia de la ULA. Autor de un número considerable de libros, ponencias y artículos referidos aspectos
del proceso histórico colonial y republicano de Hispanoamérica y Venezuela. Este artículo forma parte del proyecto
de investigación “El Real Colegio Seminario Conciliar de San Buenaventura de Mérida” financiado por el CD-
CHT bajo el Código H-1366-11-06-B, bajo su coordinación.

53
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

El Deán de la Catedral de Mérida, Lic. Francisco Javier


de Irastorza, se pronuncia por la conversión
del Seminario en Universidad

Erróneamente se le ha atribuido al primer Obispo de la Diócesis de Mérida, Fray


Juan Ramos de Lora la idea del establecimiento de una Universidad en Mérida. Mas
falsa aún es la consideración de que la misma fue establecida por esta autoridad ecle-
siástica el 29 de marzo de 1785, cuando dictó unas Constituciones para una Casa de
Educación orientada a la formación de jóvenes inclinados a lo eclesiástico. Esta fue
convertida en el Real Colegio Seminario de San Buenaventura, a petición del propio
obispo y decisión de Carlos III por Real Cédula del 9 de junio de 1787. Aunque se co-
noce bien que aquella idea surgió del Deán de la Catedral de Mérida Francisco Javier
de Irastorza, sin embargo se le ha relegado de la propiedad intelectual de la misma.
Tres razones podrían explicar ello: en primer lugar, para no opacar la supuesta pater-
nidad de la fundación de la Universidad a favor de Ramos de Lora; en segundo lugar,
a partir de esta razón, la fecha ya no estaría vinculada a 1785 o 1787, sino a 1800,
cuando el Deán hizo la propuesta de conversión del Seminario; y en tercer lugar, su
actuación contraria al movimiento emancipador merideño y venezolano, así como el
traslado que hizo a Maracaibo de la Catedral, el Convento de Santa Clara y el Colegio
Seminario.

Antes de entrar a analizar las gestiones de Francisco Javier de Irastorza a favor de la


conversión del Seminario, veamos rápidamente quien fue este importante personaje
de la iglesia merideña. Irastorza nació en Subijana de Morillas (Provincia de Álava, Es-
paña) el 1 de diciembre de 1758.1 Licenciado en Sagrados Cánones de la Universidad
de Oñate y Miembro de la Real Academia Isidoriana Histórico Canónica Matritense
a partir del 17 de julio de 1783. El Rey Carlos IV le designó como primer Deán de la
Catedral de Mérida, arribando a la ciudad el 20 de enero de 1792. Para entonces el go-
bierno eclesiástico estaba en manos del Presbítero Doctor Luis Dionisio Villamizar,
como Gobernador del Obispado en Sede Vacante, ante la muerte el 9 de noviembre


1
Estos son otros datos de su origen que registra Eloi Chalbaud Cardona, Francisco Javier de Irastorza, hombre de
lealtad, Mérida, Talleres Gráficos Universitarios, 1965, p. 2 y en Historia de la Universidad de Los Andes, Mérida,
Ediciones del Rectorado - Universidad de Los Andes, 1965, Tomo I, pp. 230-237, 312-325 y Tomo II, pp. 48-107 y
157-242: “Era hijo de don Ignacio de Irastorza y doña Manuela de Hereña; su padre, natural de la Villa de Anzuela;
y su progenitora, de la dicha Subijana. Fueron sus abuelos paternos don Agustín de Irastorza y doña María Angela de
Urizaz, ambos nativos de la Villa de Anzuela; y los maternos, don Juan Antonio de Hereña, oriundo de Sobijana, y
doña Manuela Bentura de Lasarte y Bela, nativa de la Villa de Bilbao. Fue bautizado al día siguiente, 2 de diciembre,
por el presbítero don Ventura de Hereña, con el poder que le fue conferido por el cura en propiedad don Felipe de Aguaio.
Fueron sus padrinos don José de Salazar, cura y beneficiado en la Villa de Morillas y doña Micaela de Hereña. En el
acto de bautismo figuran además como testigos don Fernando de Sobrevilla, don Santos Ribas y el nombrado don Felipe
de Aguaio.”

54
ESTUDIOS

de 1790 de Fray Juan Ramos de Lora, y en espera de la llegada del nuevo Obispo,
Fray Manuel Cándido de Torrijos, quien había sido designado el 19 de diciembre de
1791. Villamizar, el 25 de enero de 1792 le dio posesión del Deanato. Aunque fue
recibido con “refresco, cena y brindis”, parece que su llegada a Mérida no cayó bien en
la clase criolla que, económica y políticamente, controlaba la ciudad “que preferían los
sacerdotes de genio amabilísimo, espíritu campechano y carácter humilde”2. La reseña
que de Irastorza hizo el Teniente de Justicia Antonio Ignacio Rodríguez Picón en su
diario probablemente expresa la animadversión que generó desde entonces en dicha
clase: “Una observación, y no se tome a mal. Es cuestión, desde el principio, de natural
antipatía. El Licenciado Yrastorza, no me gusta. Me parece orgullosillo, habla áspero,
gasta en tono. Perdóneme Dios si estoy equivocado”3. Esa valoración del Deán la comple-
mentará el Teniente el 16 de septiembre de 1802: “De orden de Monseñor Hernández
Milanés, se encargó del Obispado el Señor Deán Yrastorza. ¿Lo diré? Insisto en que este
sujeto no me gusta. Me parece doble y enemigo de Mérida. ¿Le hemos daño aquí?”4 Dice
Eloi Chalbaud que “[…] este juicio del señor Rodríguez Picón encarnaba el sentir de la
ciudad, ya que Don Antonio Ignacio era uno de sus hombres más notables y sobre sus
apreciaciones, tan sostenidas, debía haber platicado con sus allegados y amigos.”5

Lo cierto es que el Licenciado Francisco Javier de Irastorza tendría una gran in-
fluencia y poder en el gobierno eclesiástico merideño. Además de su cargo de Deán de
la Catedral, el cual desempeñó durante veinticuatro años, el 30 de noviembre de 1794
fue designado Vicario Capitular, al fallecer el 16 de agosto de ese año el Obispo Fray
Manuel Cándido de Torrijos, hasta la llegada del nuevo titular de la Diócesis, y poste-
riormente en julio de 1799. Entre 1796 y 1810 fue miembro y presidente del Cabildo
Eclesiástico. Hacia 1800 se le encuentra cumpliendo, entre otras funciones, las de Juez
General de Diezmos, Comisario Diocesano de la Santa Cruzada, Subcolector Nato
de Medias Anatas y Mesadas Eclesiásticas, y Gobernador de la Diócesis. En 1808 el
Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela Juan de Casas le nombró
para ejercer de Asistente Regio del Colegio Seminario para los actos de conferimiento
de los primeros grados que se otorgarían en ese año. Con la muerte del Obispo Santia-
go Hernández Milanés, como consecuencia del terremoto del 26 de marzo de 1812,

Carlos Chalbaud Zerpa, Compendio Histórico de la Universidad de Los Andes de Mérida de Venezuela, Mérida,
2

Universidad de Los Andes - Vicerrectorado Académico, 2000, p. 58.



3
Antonio Ignacio Rodríguez Picón, “Apuntamientos Diarios (Históricos)”, El Apellido Picón en Venezuela, Ca-
racas, Impreso por Primitivo Quero Martínez, 1922, p. 49.

4
Antonio Ignacio Rodríguez Picón, “Apuntamientos Diarios (Históricos)”, p. 51.
Eloi Chalbaud Cardona, Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo I, p. 230.
5

55
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

nuevamente Vicario Capitular, por decisión del cabildo catedralicio el 29 de marzo.


El Obispo Rafael Lasso de la Vega, el 3 de mayo de 1815, le otorgó el poder de ejercer
en su nombre el gobierno de la Diócesis de Mérida de Maracaibo, en tanto arribaba a
esta ciudad para tomar posesión del obispado6.

Veamos ahora lo que ocurre con la historia del Colegio Seminario entre 1800 y
1806, a partir de las gestiones del Licenciado Francisco Javier de Irastorza para con-
vertir este instituto eclesiástico en Universidad y la decisión que al respecto tomó el
rey Carlos IV. En efecto, el 9 de enero de 1800, Irastorza –entonces Deán de la Santa
Iglesia Catedral de Mérida y Vicario General Gobernador del Obispado en Sede Va-
cante– se propuso convertir al Real Colegio Seminario de San Buenaventura en Real
y Pontificia Universidad al plantear el Cabildo Eclesiástico de Mérida, que si bien
el Rey Carlos IV había ordenado por Real Cédula del 20 de marzo de 1789 que en
el Colegio Seminario por vía de agregación o filiación a la Universidad de Caracas
se admitieran los cursos para obtener los grados correspondientes por parte de los
estudiantes que serían destinados a los curatos del Obispado. Ello no era suficiente
para conseguir los fines que se había propuesto Fray Juan Ramos de Lora, en razón
del corto número de cursantes, las dificultades para obtener los grados incidían en la
búsqueda de otras Universidades, los problemas de distancia y manutención que im-
pedían la venida de otros alumnos. Tales consideraciones le llevaron a proponer como
remedio la erección de una Universidad en Mérida con las facultades de Pontificia y
Real, a fin de que se representara al monarca solicitando el otorgamiento de la gracia
para conferir grados mayores y menores, con la consecuente confirmación papal.

De igual manera, el Deán Francisco Javier de Irastorza proponía que el Claustro


de la nueva institución de educación superior debía conformarse con los doctores y
licenciados de la Santa Iglesia Catedral y de los demás doctores residentes en la ciudad
de Mérida. Señalaba, de igual manera, la necesidad de que entre tanto se formaran las
Constituciones correspondientes se seguirían las de la Universidad de Caracas, que-
dando la universidad que se proponía bajo la responsabilidad del gobierno del Obis-
pado. Para esa solicitud Irastorza consideraba fundamental informar al Rey sobre el
estado de los estudios y cátedras en el Real Colegio Seminario Conciliar, de manera
que todas esas noticias apoyaran la necesidad y utilidad que surgiría de semejante es-
tablecimiento educativo. Estas consideraciones fueron comunicadas el 25 de enero al

Eloi Chalbaud Cardona, Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo II, pp. 51-52 y 54; y Héctor García
6

Chuecos, “Presbítero Licenciado Francisco Javier de Irastorza”, Historia Colonial de Venezuela, Caracas, Tipografía
Americana, 1937, Tomo I pp. 219-220 y El Real Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida, Caracas, Edi-
torial Arte, 1963, pp. 54-56.

56
ESTUDIOS

Cabildo Eclesiástico, por el Secretario de la Curia Juan José Mendoza, quien entonces
era el Rector del Seminario de San Buenaventura. Llama la atención que fuera el Go-
bernador de la Diócesis el que planteara la conversión del Seminario en Universidad,
sin la participación de las autoridades del Seminario, lo cual pudiera entenderse por el
poder que Irastorza tenía dentro de la organización eclesiástica merideña, ya que ade-
más de los cargos indicados era Juez General de Diezmos, Comisario de la Santa Cru-
zada, Juez Exactor Nato de Medias Anatas y Mesadas Eclesiásticas y Juez Provisor. En
la misma fecha, el Secretario de la Curia remitió el auto de Francisco Javier de Irastorza
al Gobernador de Maracaibo, Fernando Miyares, siguiendo instrucciones del Deán.

El respaldo del Cabildo Eclesiástico y la solicitud de apoyo


al Gobernador Fernando Miyares

El Cabildo Eclesiástico trató el referido auto de Irastorza el 28 de enero,7 inser-


tándose en el Acta correspondiente que se había considerado el oficio del Provisor y
Vicario General en el que pedía se suplicara “[...] a Su Majestad el establecimiento de
Universidad en esta capital del Obispado, en atención de la necesidad, beneficio y utili-
dad que resulta para su mayor ilustración[...] [informando al monarca] sobre todos los
particulares que comprende el citado auto[...]”, para lo cual era indispensable extenderse
en el informe en los términos más enérgicos para lograr semejante proyecto8. Dicho
documento fue culminado dos días después, bajo la redacción del Dr. Luis Dionisio
Villamizar. El mismo lo remitían el Deán de la Catedral y el Cabildo Eclesiástico, re-
pitiéndose los argumentos expuestos anteriormente, e insistiéndose en que Carlos IV
dispensara la gracia de Universidad para que

“[...] tengan las ciencias el mayor incremento con que se logren los más sujetos ins-
truidos que necesita, no sólo para el ministerio de Curas, sino también para opo-
sición a las Canonjías de oficio, Regencia de las Cátedras y recta inteligencia de
Vuestras Leyes en la administración de justicia, y que se verán en todo cumplidas
las Reales piadosas intenciones de Vuestra Majestad a favor de vuestros leales vasa-
llos en esta Diócesis”9.


7
Integraban el Cabildo Eclesiástico, además del Lic. Francisco Javier de Irastorza, el Sr. Canónigo Dr. Luis Dionisio
de Villamizar, el Canónigo Br. Juan Marimón y Enríquez, el Sr. Canónigo Br. Mateo Más y Rubí, estando ausente
el Dr. Hipólito Elías González. El Secretario lo era Domingo Pacheco.

8
“Acta del Cabildo Eclesiástico de Mérida” (Mérida, 28 de enero de 1800), Historia de la Universidad de Los Andes,
Tomo I, pp. 317-318.
9 “Informe del Cabildo Eclesiástico de Mérida a su Majestad el Rey Carlos IV” (Mérida, 31 de enero de 1800),
Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo I, pp. 319-320.

57
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Con el referido informe del Cabildo Eclesiástico merideño, el Licenciado Francis-


co Javier de Irastorza precisó aún más el asunto de los estudios superiores en Mérida
dirigiéndose a Carlos IV, el 31 de enero, exponiendo que los logros del Colegio Semi-
nario no habían sido suficientes para alcanzar los propósitos de Ramos de Lora, por lo
que consideraba que el único remedio a la situación existente era el establecimiento de
una Universidad en Mérida y que a tal efecto le remitía el expediente en el que precisa-
ba las causas de su necesidad y su utilidad, apoyadas con los informes del Gobernador
de la Provincia de Maracaibo, del Deán y del Cabildo Eclesiástico, “[...] esperando que
Vuestra Majestad se digne acceder en cuanto en él se contiene, expidiendo Vuestra Real
Cédula de Erección de Universidad con todas las preeminencias, privilegios, prerrogati-
vas y exenciones que disfrutan todas las demás Universidades de estos vuestros Reinos y
Dominios”10. Se engañaba Irastorza al pensar que recibiría el apoyo del Gobernador
de la Provincia de Maracaibo Fernando Miyares y González en la solicitud de enero
de 1800 creación de una Universidad para Mérida.

Las opiniones de los gobernadores de Maracaibo


y de Venezuela, del Ayuntamiento de Mérida,
del Fiscal de la Audiencia y del Claustro Pleno
de la Universidad de Caracas

El Gobernador Miyares respondió señalando que propendería, “[...] en cuanto pen-


da de mis facultades, a la útil erección de Universidad en esa ciudad, que V. S. se sirve
promover [...] Evacuando por mi parte el informe que [...] excita [...]”11 Posteriormen-
te redactó un informe que debió influir en la futura decisión del monarca español.
En efecto, el 18 de marzo de 1800 se dirigió a Carlos IV haciendo consideraciones
diversas sobre la situación del Colegio Seminario y de la Diócesis en general para
inclinarse “[...] a considerar como muy conveniente la erección de Universidad en esta
Provincia[...]”; pero planteaba la duda si esta debía establecerse en Mérida o Maracai-
bo. Para apoyar la idea de que fuera en la ciudad lacustre, el Gobernador decía que,
aunque reconocía la labor del Seminario, su mayor volumen de población y la necesi-
dad “[...] de proporcionar estudios a un crecido número de jóvenes de la mejor disposición,
que no solo carecen de facultades para subsistir en Mérida, sino que temen contraer la

“Carta enviada al Rey Carlos IV por el Licenciado Don Francisco Xavier de Irastorza”, Historia de la Universidad de
10

Los Andes, Tomo I, pp. 320-321.


“Contestación del Gobernador Miyares al Licenciado Irastorza”, Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo I,
11

pp. 322-323.

58
ESTUDIOS

enfermedad de Coto o Papera a que es muy propenso aquel clima y causa principal de
que muchos no se determinen a pasar a ella [...]”, razones que determinaban la solici-
tud de conferimiento de tal gracia para Maracaibo12. Así, el informe de Miyares, que
retomaba las argumentaciones suscitadas entre Mérida y Maracaibo sobre la disputa
de la capitalidad del Obispado, se convertiría inmediatamente en un obstáculo para
la propuesta de Irastorza.

Correspondía ahora al Real y Supremo Consejo de Indias tratar el asunto. El 21 de


marzo de 1801, el Secretario del Rey Silvestre Collar envió sendas notas al Goberna-
dor de la Provincia de Venezuela, Manuel de Guevara y Vasconcelos y al Gobernador
de la Diócesis de Mérida, Licenciado Hipólito Elías González, solicitándoles infor-
mes sobre las peticiones de Mérida y de Maracaibo, en razón de no estar satisfechos
los consejeros con las noticias comunicadas por Irastorza y por Miyares13. El 14 de
agosto de 1801, González remitió a Guevara y Vasconcelos el informe solicitado por
el Consejo de Indias, pero el Gobernador de Venezuela sólo respondió que lo tendría
en cuenta para la elaboración del que él debía rendir acerca de la conveniencia o no
de establecer una Universidad en Mérida14. Se desconocen los destinos de ambos in-
formes, pues historiadores que han tratado el asunto con anterioridad no pudieron
localizarlos, existiendo solamente referencia de ellos en otros documentos. A lo que
pueden haber informado González y Guevara debe agregarse la opinión que contra el
proyecto de Universidad para Mérida emitió el Claustro Pleno de la Real y Pontificia
Universidad de Caracas15. Antes de esa fecha, el 4 de agosto del mismo año, el gober-
nador Guevara y Vasconcelos se dirigió a estas autoridades universitarias para que
dieran su parecer en lo relativo al establecimiento de la universidad merideña. En la
sesión del 17 de noviembre, el Claustro de Caracas analizó las noticias que al respecto
le había suministrado el Gobernador, llegando a la conclusión de que no le era posible
emitir entonces una opinión definitiva.

“Informe del Gobernador, Don Fernando Miyares, a su Majestad el Rey Carlos IV”, Historia de la Universidad de
12

Los Andes, Tomo I, pp. 323-325.


“Nota del Secretario de su Majestad, Don Silvestre Collar, al Presidente de la Real Audiencia de Caracas, Don Ma-
13

nuel de Guevara y Vasconcelos” (Madrid, 21 de marzo de 1801), ”, Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo I,
p. 337.
“El Presidente de la Real Audiencia acusa recibo al Gobernador del Obispado del envío del informe que aquel le ha
14

exigido” (Caracas, 6 de septiembre de 1801), Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo I, p. 339.
De manera más amplia hemos tratado este aspecto en nuestro artículo “Oposición del Claustro Pleno de Caracas a
15

la creación de una Universidad en Mérida”, “Oposición del Claustro Pleno de Caracas a la creación de una univer-
sidad en Mérida”, Ensayos Históricos. Anuario del Instituto de Estudios Hispanoamericanos, 20 (Caracas, 2008), pp.
99-121.

59
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Los argumentos para tal determinación de los Doctores de Caracas eran: que no
existían en el expediente formado documentos demostrativos de “la necesidad de es-
tablecer Universidad” en Mérida, dado que existía un Seminario afiliado a la Universi-
dad de Caracas; que faltaban los testimonios acerca de los fondos para la dotación de
Cátedras y pago de autoridades; que no se indicaban las becas conferidas en beneficio
de la juventud; que no se hacía saber si existía el necesario número de estudiantes y los
libros suficientes para la enseñanza de las artes y ciencias; que no se dejaba constancia
en los documentos revisados sobre la disposición –vale decir, cualidad– de los cuerpos
eclesiásticos, religiosos y políticos de Mérida para la creación de una Universidad en
aquella ciudad, ya que estos influirían “en el decoro y esplendor de la institución y en la
emulación de la buena literatura”; y, finalmente, que los señalamientos del Goberna-
dor Miyares sobre la “enfermedad de papera y calenturas pestilentes de los caminos” que
conducían a Mérida, no estaban suficientemente demostrados. El asunto se trató nue-
vamente el 12 de marzo de 1802 oponiéndose definitivamente el Claustro Pleno de la
Universidad de Caracas a las aspiraciones del Deán Irastorza y del Cabildo Eclesiás-
tico merideño. Esta vez los argumentos fueron contundentes: la ausencia en Mérida
de una autoridad política con jurisdicción real de alto rango, Virrey o Gobernador y
Capitán General, a la cual el Rey había encargado la protección de las Universidades
en Indias; por esto el Claustro se inclinaba más por el fomento del Seminario y al
aumento de las becas a sus estudiantes, lo cual “traería afluencia de cursantes, concu-
rrencia de maestros hábiles y aumento de rentas; con cuyas bases se establecería al fin una
Universidad de acuerdo con las juiciosas Leyes del Reino”16. Estas consideraciones, y las
actas de las anteriores sesiones del Claustro de Caracas fueron remitidas inmediata-
mente al Gobernador Guevara y Vasconcelos para su conocimiento y parecer.

Mientras tanto, en Mérida el 17 de noviembre de 1801 se tenía conocimiento de


las opiniones dadas por dicho Claustro, en razón de que Guevara había informado
al Cabildo Eclesiástico de Mérida sobre lo acordado entonces por los catedráticos de
Caracas. Por ello, el Licenciado Francisco Javier de Irastorza, el 17 de marzo de 1802,
se dirigió al mencionado Gobernador para comunicarle que, debido a los reparos he-
chos por el Claustro de la Universidad de Caracas contra el establecimiento de una
Universidad en Mérida, estaba dispuesto a satisfacer cualquier otra información que
favoreciera la gracia real tan anhelada por él y por quienes respaldaban la propuesta
de convertir el Colegio Seminario en una institución con rango universitario, como
era el caso de su rector, el Dr. Juan José Mendoza, quien viajaba a Caracas para tratar

16 Los extractos de las referidas sesiones del Claustro de Caracas fueron tomados de los realizados por Eloi Chal-
baud Cardona, Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo I, pp. 347-349.

60
ESTUDIOS

otros asuntos, y que sería un informante de primera, pues era de su confianza, “de bas-
tante capacidad e instrucción e impuesto en todo lo concerniente al caso”17. Por su parte,
el Ayuntamiento de Mérida dejó sentir también su opinión sobre las apreciaciones
referidas a la erección de una Universidad para la ciudad, realizadas en Maracaibo
y Caracas. Así, el 15 de febrero de 1802, a solicitud del entonces Provisor y Vicario
General de la Diócesis de Mérida, Dr. Juan Marimón y Enriquez, los cabildantes me-
rideños representaron al Rey y al Gobernador de la Provincia de Venezuela a favor de
un instituto de tanta necesidad para ampliar los estudios que se hacían en el Colegio
Seminario. No fue hasta el 24 de abril de 1804 cuando el Gobernador Guevara y
Vasconcelos enviara el informe solicitado por el Secretario del Consejo de Indias en
1801, con los documentos que había recogido desde que se le había exigido la forma-
ción del expediente correspondiente.

La decisión real: no habrá Universidad en Mérida

Habían transcurrido cinco años desde que el Deán Francisco Javier de Irastorza
hiciera la propuesta de la creación de una Universidad para Mérida. La inconsisten-
cia de sus planteamientos y los de las autoridades eclesiásticas y civiles merideñas, la
interferencia del Gobernador de Maracaibo y, sobre todo, el dictamen del Claustro
Pleno de la Universidad de Caracas fueron determinantes para la decisión final del
asunto de la creación de una Universidad para Mérida, por parte del Rey Carlos IV en
1806. Era el corolario de un proceso que ponía fin a esta primera etapa de la historia
del Seminario y de las aspiraciones de la Iglesia y de la ciudad porque se transformara
en Universidad. Como veremos más adelante, la decisión del monarca español fue
muy clara; sin embargo, la misma ha sido utilizada, tergiversándose su contenido, por
intereses claramente vinculados a la idea de una continuidad directa del Colegio Se-
minario con respecto de la Universidad de Los Andes. Demostrar la inconsistencia
histórica de esta idea es parte de nuestro actual trabajo de reconstrucción de la histo-
ria universitaria merideña.

Por Real Cédula del 18 de junio de 1806, Carlos IV decidió conferir al Seminario
de San Buenaventura de Mérida la prerrogativa de otorgar Grados Mayores y Meno-
res en Filosofía, Teología y Cánones, afiliando esos estudios para los demás grados a la
Real Pontificia Universidad de Santa Fe, como ya lo estaban a la de Caracas. Después
de hacer señalamientos sobre el Colegio Seminario creado por Fray Juan Ramos de

17 “La Carta dirigida al Capitán General de Caracas por el Licenciado Francisco Don Francisco Xavier de Irastorza”
(Mérida, 17 de marzo de 1802), Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo I, pp. 350-351.

61
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Lora en 1785, el monarca hizo referencia a la solicitud hecha por el Deán Francisco
Javier de Irastorza para la conversión del Seminario en Universidad, así como de la
propuesta del Gobernador Fernando Miyares para que se estableciera en Maracaibo y
no en Mérida y de las demás diligencias hechas por otras instituciones y funcionarios
al respecto. Visto el expediente formado al efecto en el Consejo de Indias y la opinión
de su Fiscal, Carlos IV determinó que no accedía “[...] al establecimiento una Univer-
sidad en esa ciudad como solicitan en representación de treinta uno de mayo de 1803,
ni en Maracaibo, como propuso el Gobernador Intendente [...]”, por lo que resolvía que

“[...] se fomente ese Seminario e inviertan sus rentas en el aumento de Becas; se


provean, y doten las Cátedras con Profesores hábiles e idóneos para la enseñanza
de sus ciencias, y se pongan bajo el plan y gobierno conveniente para llenar los fines
del Concilio y surtir el Obispado de Curas, y Ministros Eclesiásticos instruidos, y
virtuosos de que carece[...]”.

A ello agregaba el Rey que para que los colegiales y cursantes del Seminario no
tuvieran que pasar a recibir los grados en las Universidades de Santa Fe, y Caracas se
confirieran “[...] los grados mayores y menores en Filosofía, Teología, y Cánones, y no en
Derecho Civil, teniendo su valor como si fueran recibidos en las referidas universidades
[...]” 18

La disposición real era muy clara, el Seminario no sería Universidad, con un ele-
mento no tomado en cuenta hasta ahora: el conferimiento de grados mayores y meno-
res se hacía en los cursos particularmente referidos a lo eclesiástico y no a lo temporal,
expresado en el Derecho Civil. El desconocimiento de las normativas sobre el fun-
cionamiento de las Universidades y los Seminarios, entre otros asuntos, ha determi-
nado la idea de que la decisión del monarca fue la creación de una Universidad, que
en efecto no ocurrió19. Nada hubiera costado al Rey decidir sobre el establecimiento
de una institución universitaria en Mérida, pero los argumentos expuestos por los
solicitantes y la situación misma del Seminario fueron insuficientes para que así lo
determinara. Todavía quedan otros aspectos de dicha Real Cédula que no han sido
considerados, cuando no silenciados intencionalmente, por quienes defienden la tesis

“Real Cédula por la cual el Rey Carlos IV concede al Colegio Seminario la gracia de Estudios Generales” (Aran-
18

juez, 18 de junio de 1806), Historia de la Universidad de Los Andes, Tomo I, pp. 390-392.
Al respecto véase Recopilación de las Leyes de Indias de 1680, Libro I, Título XXII: “De las Universidades y Estudios
19

Generales y Particulares de las Indias” y Título XXIII: “De los Colegios y Seminarios”. Eloi Chalbaud Cardona,
por ejemplo, habla de que el Rey confería la gracia de Estudios Generales, al redactar el epígrafe de la citada
Real Cédula del 18 de junio de 1806, lo cual no aparece en ninguna parte del documento. En efecto los Estudios
Generales están identificados directamente con la idea de Universidad.

62
ESTUDIOS

de que la Universidad de Mérida fue establecida en el momento en que Fray Juan


Ramos de Lora creara la Casa de Educación en 1785, o por los que han pretendido
también identificar la resolución de Carlos IV como el origen de esta universidad20.

Nos referimos a la disposición del monarca de que se fomentara el Seminario y se


invirtieran sus rentas en el otorgamiento de “[...] becas; se provean y doten las Cátedras
con profesores hábiles e idóneos para la enseñanza de sus ciencias, y se pongan bajo el plan
y gobierno conveniente para llenar los fines del Concilio y surtir el Obispado de Curas, y
Ministros Eclesiásticos instruidos, y virtuosos de que carece [...]”; así como para proveer
las cátedras “[...] en sujetos, instruidos, y aptos, para hacer progresar las ciencias, y que
forméis las oportunas constituciones, que no consta haya para el gobierno del Seminario
y régimen de sus estudios[...]” ¿Por qué esos aspectos han sido excluidos del análisis e
interpretación del asunto? La respuesta es obvia: ello, además de la expresa decisión
del Rey de no establecer una Universidad ni Mérida ni en Maracaibo, evidencia el es-
tado en que se encontraba el Colegio Seminario para 1806 y su carácter estrictamente
eclesiástico, lo cual pone en duda la afirmación que se hace desde hace tiempo de que
este instituto tuvo una significativa trascendencia en la educación de los merideños.
Aunque existen algunos libros, artículos y discursos que se refieren al Seminario en
tiempos de Fray Juan Ramos de Lora, se carece de una obra que abarque de manera
integral su proceso histórico21.

Este es el caso de Jesús Rondón Nucete, “Cuando el Seminario se convirtió en Universidad”, Cambio de Siglo,
20

Mérida, martes 9 y 11 de mayo de 2006, p. 10. Luego publicado con el mismo título Mérida, Vicerrectorado
Académico - Universidad de Los Andes, 2007.
La obra que hace una mayor contribución a ese proceso histórico es la de Eloi Chalbaud Cardona, pues en
21

los Tomos I y II de la citada Historia de la Universidad de Los Andes incluye un notable número de documentos
y comentarios que pueden dar una idea preliminar del funcionamiento de la Casa de Educación y del Colegio
Seminario de San Buenaventura entre 1785 y 1830. La carencia de una obra sobre esas instituciones eclesiásticas
ha motivado la idea de un proyecto colectivo titulado “El Real Colegio Seminario Conciliar de San Buenaven-
tura de Mérida (1785-1832)”, con la participación de los investigadores Alí Enrique López Bohórquez, María
Sobeira Nieto Ardila, Carlos Villalobos León, Yuleida Artigas, Alicia Morales Peña, Robinzon Meza, Zoraima
Guédez Yépez, Pedro Molina Márquez y Mariano Navas, que dará origen un un libro con el mismo título.

63
EL AUTONOMISMO MUNICIPAL EN LOS INICIOS
DE LA EMANCIPACIÓN VENEZOLANA:
Las ciudades fieles a la Monarquía española (1810-1812)*
Robinzon Meza**

Una vez conformada en Caracas la Junta Suprema Conservadora de los Derechos


de Fernando VII, el 19 de abril de 1810, pretendió su reconocimiento por las ciuda-
des y provincias que constituían la Capitanía General de Venezuela. Compromisos de
alianza, con manifestaciones de autogobierno, se produjeron desde las Juntas erigidas
en Cumaná, Barcelona, Margarita y Barinas. Por el contrario, claras posturas disiden-
tes, con reafirmación autonómica, se suscitaron en Coro, Maracaibo y Guayana y sus
distritos de jurisdicción e influencia, sosteniéndose la fidelidad a la Monarquía, con
sujeción al Consejo de Regencia. Más tarde, y como producto de una política audaz
y firme desde Caracas, sobre la región andina, bajo la jurisdicción de la provincia de
Maracaibo, consiguió la adhesión de todos sus distritos capitulares, con la erección de
Juntas y provincias en Mérida y Trujillo, entre septiembre y octubre de 18101.

En este estudio, nos dedicamos a las actitudes de fidelidad a la Monarquía de las


élites de Maracaibo, Coro y Guayana, que enfrentaron la propuesta emancipadora,
pero también plantearon una mayor autonomía y solicitaron de nuevo reformas que
desde el último cuarto del siglo xviii consideraron indispensables para la consolida-
ción de sus espacios socio-económicos y político-administrativos. Fundamental fue el

*
Estudio elaborado para el proyecto Reformismo borbónico en Venezuela. Planteamientos en lo político adminis-
trativo. Realizaciones y limitaciones, 1776-1810. Financiado por el CDCHTA de la Universidad de los Andes bajo
el código H-1507-15-06-B.
**
Licenciado en Historia por la ULA y Magister en Historia de Venezuela por la UCAB. Profesor de la Escuela de
Historia de la ULA. Autor de: Historiografía del Cabildo colonial venezolano, La lucha por el poder en Venezuela du-
rante el siglo XVIII, Política y gobierno en el Estado Los Andes (1881-1899) y Las políticas del Trienio Liberal Español
y la Independencia de Venezuela (1820-1823).
1
Visiones de conjunto son las de Caracciolo Parra Pérez, Historia de la Primera República de Venezuela, Caracas,
Biblioteca Ayacucho, 1992, pp. 227-228; Ángel Grisanti, Repercusiones del 19 de abril de 1810 en las provincias,
ciudades y aldeas venezolanas, Caracas, Editorial Ávila Gráfica, 1949; Arlene Urdaneta y Germán Cardozo
Galué, “El federalismo durante la Independencia de Venezuela: Rivalidades regionales y negociación política”,
Colectivos sociales y participación popular en la Independencia Hispanoamericana, Maracaibo, Universidad del Zulia/
Instituto Nacional de Antropología e Historia/El Colegio de Michoacán, 2005, pp. 127-146; Ángel Almarza, 19
de abril de 1810, último acto de fidelidad al Rey de España, Caracas, Editorial Libros Marcados, 2010, pp. 114-132
e Inés Quintero, “Juntismo, fidelidad y autonomismo”, en http//www.analitica.com/biblioteca/independen-
cia/8100509.esp.

65
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

papel de los Cabildos para reorganizar al gobierno, informar a las autoridades penin-
sulares, plantear las necesidades de sus distritos, tomar medidas extraordinarias, repri-
mir manifestaciones emancipadoras y enfrentar las acciones militares, por las cuales
se intentó reducir a esas ciudades a la obediencia de la Junta Suprema de Caracas. Se
trató de situaciones condicionadas por las estructuras de los Cabildos, las posiciones
de las elites locales respecto de sus vinculaciones con Caracas y España, el impacto
de las noticias peninsulares relacionadas con el destino de la Monarquía y el propio
estado de las corrientes regionales de lealtad y/o emancipación.

Declaratorias de fidelidad y reafirmación autonómica

La manera de comunicarse a esas ciudades los sucesos caraqueños del 19 de abril de


1810, aunado a las interpretaciones iniciales de los mismos por las elites locales, jugó
un papel relevante en las primeras decisiones de los Cabildos. Coro, que formaba par-
te de la provincia de Venezuela, fue la primera de las tres en tener noticias, que no fue-
ron transmitidas por comunicación oficial, sino simplemente a través de un oficio, de
esa misma fecha, por el cual los alcaldes ordinarios, gobernadores de Caracas, Martín
Tovar y Ponte y José de las Llamozas, ordenaban al comandante militar de Coro, José
Ceballos, vigilase la entrada y salida de buques por el puerto de La Vela. El Cabildo,
ante la novedad, se reunió cuatro días continuos, valorando los acontecimientos de la
capital provincial y adoptando la decisión de mantenerse fiel a la Regencia2.

En la reunión capitular del 1 de mayo, con presencia del comandante militar José
Ceballos y con citación del abogado Ignacio Garcés, para que actuase de asesor, se
consideró que todo indicaba un cambio radical del gobierno y era necesaria infor-
mación que lo justificase, acordándose enviar personas a Puerto Cabello y a Mara-
caibo para participar lo ocurrido e investigar más sobre el asunto3. La informalidad
y la falta de noticias oficiales se suplieron al día siguiente cuando llegaron a Coro los
comisionados por la Junta Suprema de Caracas, Vicente Tejera, Diego Jugo y An-
drés Moreno, pero ésto no incidió en la actitud fidelista de los capitulares corianos,
pues los comisionados fueron detenidos e incautada la documentación remitida por
la Junta, además se tomaron medidas político-militares tendientes a evitar el arribo


2
Testimonio de las actas capitulares de la ciudad de Coro con motivo de las novedades ocurridas en Caracas, Archivo
General de Indias (En adelante AGI), Caracas, 181, Coro, 1810.

3
Testimonio de las actas capitulares de la ciudad de Coro con motivo de las novedades ocurridas en Caracas, AGI,
Caracas, 181, Folios 1-2, Coro, 1810.

66
ESTUDIOS

de conspiradores, decidiéndose la convocatoria a Cabildo abierto4. Éste se realizó el 3


de mayo con presencia de los sectores más representativos de la elite local, el clero, la
milicia, los agricultores y los comerciantes. Sin profundas argumentaciones teóricas
ni regionalistas, se respaldó al Consejo de Regencia y se rechazó a la Junta de Caracas
por considerarse como una insurrección desde hacía mucho tiempo preparada5. El
4 de mayo, se reorganizó el gobierno, decidiéndose completar los doce regimientos
del Cabildo con cargos provisionales y que reasumiese todas las jurisdicciones, con
conocimiento de los caudales públicos, prohibiéndose además la comunicación con
las autoridades caraqueñas6.

Maracaibo, capital de la provincia homónima, recibió la información directamen-


te desde Coro, sobre todo porque a la ciudad fueron remitidos los tres diputados de
la Junta de Caracas, quienes luego fueron enviados a Puerto Rico. El cuerpo capitular,
en Cabildo abierto, reunido los días 10 y 11 de mayo, con participación de autorida-
des eclesiásticas, militares y hacendísticas, proclamaron su fidelidad a la Monarquía.
El día 14 el gobernador de la provincia, Fernando Miyares, propuso al Cabildo la
creación de una Junta para que conociese de las apelaciones, lo cual fue rechazado,
acordándose que el propio instituto municipal asumiese las funciones de tribunal de
apelaciones; además, los capitulares recomendaron al gobernador que la provincia de-
bía reasumir el mando de la Capitanía General de Venezuela, la Superintendencia y
demás tribunales superiores que tuvieron residencia en Caracas7. Se demostraba así,
no sólo las rivalidades entre las provincias de Caracas y Maracaibo y que la integración
territorial implementada, desde el último cuarto del siglo xviii, carecía de un proyec-
to común, sino que además era la respuesta desde el centro principal de un espacio
histórico, mayor al de la propia provincia administrativa, que tenía como cabeza el
puerto de la ciudad, y que pretendía su propia autonomía8.

Distintas fueron las decisiones tomadas en la ciudad de Angostura, capital de la pro-


vincia de Guayana, pues inicialmente allí se reconoció a la Junta de Caracas, formán-
dose otra Junta, que a pesar de titularse superior, se decía subalterna de la capitalina. La


4
Testimonio de las actas capitulares de la ciudad de Coro con motivo de las novedades ocurridas en Caracas, AGI,
Caracas, 181, Folios 2v.-5v., Coro, 1810.

5
Testimonio de las actas capitulares de la ciudad de Coro con motivo de las novedades ocurridas en Caracas, AGI,
Caracas, 181, Folios 5-22, Coro, 1810.

6
Testimonio de las actas capitulares de la ciudad de Coro con motivo de las novedades ocurridas en Caracas, AGI,
Caracas, 181, Folios 22v., Coro, 1810.

7
Actas del Cabildo, AGI, Caracas, 149, Maracaibo, 10 y 11 de mayo de 1810.
Belín Vásquez de Ferrer, “Maracaibo y su espacio histórico (siglo XVIII)”, Tierra Firme, Caracas, abril-junio de
8

1985, No 10, pp. 215-236.

67
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

iniciativa, antes que del Cabildo, parte del gobernador José Felipe Inciarte, quien el día
9 de mayo citó a los miembros de mayor rango de las instituciones políticas, militares,
religiosas y económicas, entre quienes estaban los cabildantes, que en la ciudad apenas
eran dos regidores de oficio más los dos alcaldes ordinarios y su síndico procurador. Lo
más importante de la reunión fue imponerse de lo ocurrido en Caracas a través de los
alcaldes ordinarios José de Heres y Juan Crisóstomo Roscio, pues a ellos fueron entre-
gados, por dos comisionados, los documentos de la Junta de Caracas9.

Al día siguiente, Inciarte, que estaba promovido para el gobierno de la Florida,


presentó la dimisión de su mando y convocó a un Cabildo extraordinario con partici-
pación de los cuerpos, clases y gremios10. En la sesión se reconoció de nuevo a la Junta
de Caracas, admitiendo la renuncia del gobernador y determinándose que las perso-
nas de la primera Junta y las del Ayuntamiento reasumiesen en sí todas las autoridades
para formar una nueva instancia de gobierno. Sobre la reorganización de los mandos
más relevantes se tomaron las decisiones de elegir gobernador militar y comandante
general de las armas al capitán de infantería Matías Farreras, confiriéndole el grado de
coronel de ejército, para evitar competencias con otros oficiales de mayor graduación;
designar a los alcaldes ordinarios para ejercer el mando político y nombrar para inten-
dente a Félix Farreras, todos con subordinación a la Junta de Guayana, la cual se com-
pondría del Ayuntamiento y por los diputados que nombraron los cuerpos presentes,
ésta, a su vez, designó un diputado para que la representase en la Junta de Caracas11.

En la reunión de la Junta, del 14 de mayo, se advirtió que ella conservaba en sí


toda autoridad sobre la designación de empleos, sin intervención de las autoridades
de Caracas, pero que ésto no era incompatible con la lealtad manifestada pues de-
bían cumplir todas sus disposiciones12. Posteriormente, la Junta tomó las medidas que
consideró más urgentes para sostener el orden y administración de la provincia13, y
también las de carácter económico como garantizar el abastecimiento, por lo cual se
prohibió la extracción de frutos de primera necesidad y se les suprimió el derecho de


9
Testimonios de los acuerdos de la Junta Superior erigida en esta capital en nombre del Rey Don Fernando VII, desde
su creación en 11 de mayo de 1810, AGI, Caracas, 139, Folios 1-18, Guayana, 11 de mayo al 11 de julio de 1810.
10
Testimonios de los acuerdos de la Junta Superior erigida en esta capital en nombre del Rey Don Fernando VII, desde
su creación en 11 de mayo de 1810, AGI, Caracas, 139, Folios 18-22, Guayana, 11 de mayo al 11 de julio de 1810.
11
Testimonios de los acuerdos de la Junta Superior erigida en esta capital en nombre del Rey Don Fernando VII, desde
su creación en 11 de mayo de 1810, AGI, Caracas, 139, Folios 22-28, Guayana, 11 de mayo al 11 de julio de 1810.
12
Testimonios de los acuerdos de la Junta Superior erigida en esta capital en nombre del Rey Don Fernando VII desde
su creación en 11 de mayo de 1810, AGI, Caracas, 139, Folios 31-33, Guayana, 11 de mayo al 11 de julio de 1810.
13
Testimonios de los acuerdos de la Junta Superior erigida en esta capital en nombre del Rey Don Fernando VII, desde
su creación en 11 de mayo de 1810, AGI, Caracas, 139, Folios 37v.-38v, Guayana, 11 de mayo al 11 de julio de 1810.

68
ESTUDIOS

alcabala14, y las que consideraba necesarias para fomentar la economía como la aboli-
ción del estanco del tabaco, tantas veces solicitado a la Monarquía en el último cuarto
del siglo xviii15.

La Junta de Guayana, se desmarcó de la caraqueña, ya abiertamente emancipadora,


cuando el 13 de junio de 1810, en vista de las noticias de la península16, advirtió que
ahora daba

“…un testimonio, el más ilustre de su amor, y acendrada fidelidad de V.C.R.P., y al


mundo entero un ejemplo de lealtad y de prudencia, acreditando con esta conduc-
ta, la que sabe aprovecharse de las borrascas, turbaciones y angustias políticas para
erguir la cerviz y sacudir el suave yugo que ella misma se impuso”17.

Además justificaba todas las disposiciones de la Junta:

“…Atender a la seguridad y conservación de esta provincia, mantener el orden, so-


siego y reposo entre sus habitantes, y promover los medios de hacerla feliz, ha sido el
principal cuidado de esta junta. Para conseguirlo no se ha detenido en pequeñeces o
nimias escrupulosidades del derecho que en circunstancias como las presentes deben
despreciarse, y obedecer sólo a la imperiosa ley de la necesidad. Bajo estos principios,
y en vuestro real nombre ha concedido indultos y dispensado gracias, honores y em-
pleos a los que por su miserable situación o por sus distinguidos méritos y servicios a
V.M. y a la patria, se han hecho acreedores a ello: ha suprimido algunos gastos que
consideró absolutamente inútiles y gravosos al erario…ha separado de sus empleos a
algunos individuos, que por su inmoralidad, ineptitud y depravadas costumbres se
hicieron indignos de continuar depositando las confianzas de un pueblo fiel y hon-
rado como el de Guayana y en fin ha tomado todas aquellas medidas de seguridad,
de utilidad y de conveniencia pública que ha dictado a vuestra Junta provisional el
patriotismo y fidelidad de sus vocales…”18.

Testimonios de los acuerdos de la Junta Superior erigida en esta capital en nombre del Rey Don Fernando VII, desde
14

su creación en 11 de mayo de 1810, AGI, Caracas, 139, Folios 52-52v, Guayana, 11 de mayo al 11 de julio de 1810.
Testimonios de los acuerdos de la Junta Superior erigida en esta capital en nombre del Rey Don Fernando VII, desde
15

su creación en 11 de mayo de 1810, AGI, Caracas, 139, Folios 128-131, Guayana, 11 de mayo al 11 de julio de 1810.
Testimonios de los acuerdos de la Junta Superior erigida en esta capital en nombre del Rey Don Fernando VII, desde
16

su creación en 11 de mayo de 1810, AGI, Caracas, 139, Folios 102, Guayana, 11 de mayo al 11 de julio de 1810.
Carta de varios miembros de la Junta Gubernativa de Guayana al Rey, AGI, Caracas, 139, Guayana, 12 de julio de
17

1810.
Carta de varios miembros de la Junta Gubernativa de Guayana al Rey, AGI, Caracas, 139, Guayana, 12 de julio de
18

1810.

69
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

A pesar de ello se negaron a la recepción del gobernador Miguel Úngaro promovi-


do de la provincia de Barinas a la de Guayana, por lo que éste acusó a un determinado
partido de Guayana de insurgente19. Este cambio de actitud de Guayana ha sido in-
terpretado por la historiografía regional como una reacción a las noticias del rumbo
favorable de las fuerzas españolas en la península y por el fidelismo de los dos sectores
más influyentes económica y socialmente de la provincia, como eran los misioneros y
los comerciantes españoles20.

Luchas contra la insurrección

Actuaciones decididas de Coro, Maracaibo y Guayana para mantener su fidelidad


a la Monarquía, pronto debieron enfrentar las manifestaciones, tanto internas como
externas, que buscaban respaldar las iniciativas de la Junta Suprema de Caracas. Coro
y Guayana trataron de ser reducidas militarmente, pero resistieron con éxito; por su
parte, las autoridades marabinas reprimieron eficazmente las conspiraciones internas,
aunque a partir de septiembre de 1810, las ciudades andinas, luego de una muy eficaz
política de persuasión e instigación de la Junta Suprema de Caracas, se segregaron de
la jurisdicción de Maracaibo e iniciaron su emancipación.

El Ayuntamiento de Coro, pronto hizo ver que una de sus razones para no formar
parte de la Junta caraqueña era debido a que ésta se arrogaba una supremacía que
desconocía el derecho de las demás ciudades a decidir por sí solas, más cuando Coro
había sido la primera capital de Venezuela y una vez sesadas las autoridades colonia-
les ningún Cabildo tenía supremacía sobre otro. Posición que ha sido asumida por
la historiografía para explicar la reacción de Coro, en contra de Caracas, como una
ancestral rivalidad, sobre todo desde las aseveraciones, a principios del siglo xx, de
Pedro Manuel Arcaya, uno de los más conocidos historiadores corianos:

“Nunca se conformaron, durante la época colonial los prohombres de Coro con la


traslación del Gobierno a Caracas. Protestó nuestro Ayuntamiento cuando los Go-
bernadores efectuaron esa traslación en el siglo XVI. Después se hizo aquí la más
obstinada resistencia a la mudanza del Obispado en el siglo XVII. Todavía en el

19
Carta del gobernador electo de Guayana Miguel Úngaro al Rey, AGI, Caracas, 139, Guayana, 13 de agosto de
1810.
Bartolomé Tavera Acosta, Anales de Guayana, Caracas, Publicaciones Auyantepuy, 1954, pp. 183-188.
20

70
ESTUDIOS

XVIII en los documentos públicos que se otorgaban en Coro se apellidaba a esta


ciudad ‘Cabeza de la Gobernación de Venezuela’”21.
“Aún estaba vivo ese sentimiento a principios del siglo XIX. De modo que cuando
estalló en Caracas la Revolución del 19 de abril vieron los prohombres corianos
la oportunidad de que volviese su ciudad a tener el rango perdido. De allí que se
tomase la mayor energía en la defensa de la causa española. Fue un acto de patrio-
tismo local aunque mal entendido”22.

Más recientemente, aunque continua sosteniéndose esa tesis, es estudiada dentro


del largo período, explicándose como un autonomismo gestado desde los orígenes
coloniales, que también demostraba, además de la rivalidad entre ambas ciudades, la
importancia adquirida por una región histórica involucrada en un circuito económi-
co con Barquisimeto, El Tocuyo, Carora y San Felipe, articulado desde el puerto de
Coro, lo cual explicaría la invitación a estos distritos al desconocimiento de la Junta
Suprema de Caracas23.

La Junta respondió advirtiendo a los habitantes y Cabildos de los distritos comar-


canos de Coro que no respaldasen ese ofrecimiento y suspendiesen toda comunica-
ción con ella, pues la posición de Coro era subversiva a la paz interior y contraria a los
vínculos de “…Nación, Religión, Fraternidad y comunidad de intereses que les une con
los otros distritos de Venezuela…”24.

Pronto, las comunicaciones entre las autoridades caraqueñas y corianas, evidenció


que las posiciones eran irreconciliables. El Ayuntamiento de Coro expuso sus motivos
ante el marqués del Toro, comisionado para el asedio militar y toma de la ciudad. Basó
su posición en la legitimidad del Consejo de Regencia, por haber sido reconocido
por toda la península, observando que con ello no agraviaba a Caracas. Cuestionó,
entonces, la soberanía reasumida por la Junta Suprema de Caracas, considerándola
una innovación del orden político sin autoridad del soberano o de quien gobernase
en su nombre, más cuando los hechos peninsulares no eran tan dramáticos como se
exponían desde la capital, interpretándose todo como un desconocimiento de los

Pedro M. Arcaya, La guerra de Independencia en Coro y Paraguaná, Caracas, Talleres Cromotip, 1974, p. 5.
21

Inicialmente publicado en la prensa coriana entre 1906 y 1907.


Pedro M. Arcaya, La guerra de Independencia en Coro y Paraguaná, p. 5.
22

Ver de Elina Lovera Reyes, “Autonomismo y realismo en la provincia de Coro durante la Independencia”, en
23

Anuario de Estudios Bolivarianos, Caracas, 1990, Número I, pp. 151-213 y De leales monárquicos a ciudadanos
republicanos: Coro 1810-1858, Caracas, Academia Nacional de la Historia, 2007.
“La Suprema Junta de Venezuela a los Habitantes de los distritos comarcanos de Coro”, Gaceta de Caracas, Caracas,
24

2 de junio de 1810.

71
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

derechos de Fernando VII, antes que su conservación. No se aceptaba la autoridad


del Cabildo de Caracas, sobre otro de la provincia, más aún cuando fueron cesadas
todas las autoridades representantes de la Monarquía y que le daban tal característica
de capital y, en todo caso, considerándose críticas las circunstancias, era un privilegio
que correspondía a Coro por ser la ciudad más antigua y fundadora de la provincia.
También criticaba la manera como fue constituida la Junta de Caracas, pues antes de
invitar a los habitantes de la provincia para establecer un nuevo gobierno, sólo se les
convocaba a concurrir a una institución ya constituida, que no comunicaba los suce-
sos, sino expedía órdenes25.

La posición de la Junta caraqueña se reflejó en la campaña política publicada por


la Gaceta de Caracas, a partir del 10 de agosto, cuando apareció la “Refutación a los
delirios políticos en que ha incurrido el Cabildo de Coro”. Se buscaba demostrar la
legitimidad de la Junta y sus actos, destacándose que las discrepancias de Coro eran
motivadas por la ambición del comandante de permanecer en el puesto; partiendo de
la idea que Coro reconociendo a la Regencia lo hacía con el fin de “…ver si puede conse-
guir por este medio subversivo saciar el prurito de capital de Venezuela que la devora hace
tanto tiempo…”. Otro argumento, era el que no se había desestimado la consideración
de todas las ciudades, pues Coro recibió la documentación invitándola a participar.
Y, finalmente, que la decisión de Caracas estaba basaba en la ausencia del Monarca y
de un gobierno que le representase por el voto general de españoles y americanos26.

Discrepancias y falta de entendimiento entre las autoridades, de ambas ciudades,


conllevó al enfrentamiento bélico, cuando el 28 de noviembre el marqués del Toro
pretendió, a la cabeza de un ejército mandado por la Junta de Caracas, la toma de la
ciudad. Sin embargo, Coro con escasez de recursos y hombres resistió, haciendo fra-
casar el intento de unidad caraqueña27.

El cambio de opinión de la Junta de Guayana, manifestando fidelidad absoluta a


la Monarquía y a España, también causó reacciones de intentar someterles por la vía
militar. De febrero de 1811 a abril de 1812, se planificó desde Caracas y con amplia
participación de las provincias de Barinas, Cumaná y Barcelona diversas incursiones

“Respuestas del Ilustre Ayuntamiento de la ciudad de Coro al Marqués del Toro”, en José Félix Blanco y Ramón
25

Azpurúa, Documentos para la historia de la vida pública del Libertador, Caracas, Ediciones de la Presidencia de la
República, 1979, Tomo II, pp. 490-504.
“Refutación a los delirios políticos en que ha incurrido el Cabildo de Coro”, Gaceta de Caracas, Caracas, 10, 17, 24
26

y 31 de agosto y 7 de septiembre de 1810, Números 112, 113, 114, 115 y 116.


Pedro M. Arcaya, La guerra de Independencia en Coro y Paraguaná, pp. 6-7.
27

72
ESTUDIOS

terrestres y fluviales para asediar y tomar a Angostura28, las cuales no tuvieron éxi-
to por las efectivas acciones de defensa emprendidas en Guayana, con una amplia
colaboración de sus comerciantes y con participación organizativa desde el Ayunta-
miento, que lograron victorias militares sucesivas el 5 de septiembre de 1811, el 26
de marzo y el 11 de abril de 181229. No obstante, se mantuvo un constante asedio a la
provincia, aún después de recuperado momentáneamente en casi todo el territorio de
la Capitanía General de Venezuela, el poder realista, por ello ofició a las instituciones
peninsulares solicitando recursos y parque militar30.

Desde la península, poca atención se prestó a los requerimientos de Guayana, obli-


gando a los grupos locales a resolver las necesidades más urgentes, contando con sus
propios medios a través de donativos, empréstitos y los escasos depósitos de las arcas
del gobierno, como la única manera de sostener la fidelidad provincial. A mediados
de 1813, el Ayuntamiento Constitucional consideraba insostenible la situación para
mantener a las tropas y asegurar estabilidad y lealtad, más cuando se tenían noticias
de incursiones militares patriotas por las provincias orientales, de manera que hubo
de establecer, extraordinariamente, toda clase de impuestos, entre otros, al comercio
de exportación e importación, a las tiendas y pulperías, a los dueños de esclavos, a los
alquileres de fincas, a los destiladores de aguardiente y a los cultivadores de tabaco31.
Como no había distinción de privilegios, pronto algunos grupos protestaron como
los eclesiásticos32, y los antiguos vecinos de Guayana emigrados a la Angostura y que
gozaban de la especial exención de impuestos33.

En Maracaibo, las reacciones para seguir la opción caraqueña de Independencia


se produjeron en la propia ciudad, por algunos miembros de la élite criolla e incluso
con participación de los grupos sociales menos favorecidos a través de tres intentos

Tomás Surroca y de Montó, La provincia de Guayana en la Independencia de Venezuela, Caracas, Academia


28

Nacional de la Historia, 2003.


Cartas del Ayuntamiento Constitucional al Rey, AGI, Caracas, 136, Guayana, 22 y 29 de marzo de 1813.
29

30
Expediente sobre el estado de la provincia de Guayana de acuerdo con las representaciones del Ayuntamiento
Constitucional, AGI, Caracas, 177, Guayana, 6 de julio de 1813 y Carta del intendente de la provincia de
Guayana al Rey, sobre el mal estado de la provincia para defenderse, AGI, Caracas, 825, Guayana, 23 de octubre
de 1813.
Expediente sobre la recaudación de derechos en Guayana, estipulados por el Ayuntamiento, Guayana, AGI,
31

Caracas, 824, 12 de noviembre de 1813 .


Acta de la Junta Eclesiástica, AGI, Caracas, 824, Folios. 16-22, Guayana, 13 de septiembre de 1813.
32

Expediente sobre la queja de los vecinos de la antigua Guayana por las contribuciones impuestas por la Junta del
33

intendente, el Cabildo y el ministro contador de Hacienda Pública, AGI, Caracas, 825, Madrid, 3 de diciembre
de1814.

73
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

de insurrección entre 1810 y 1812. Las rápidas acciones de las autoridades coloniales,
especialmente los gobernadores Fernando Miyares y Pedro Ruiz de Porras, fueron
claves para develarlas antes que tuviesen efecto las pretensiones de crear una Junta a
semejanza de la caraqueña, de manera que no llegaron más allá de la conspiración34.
El Cabildo tuvo una participación destacable, sólo como colaborador de los goberna-
dores y por ello los méritos de algunos de sus miembros fueron recomendados. Sin
embargo, también es de resaltar que no había total consenso dentro de la institución
municipal, pues algunos capitulares se hallaron incursos en procesos y detenciones
seguidos a los principales cabecillas.

Las incitaciones con pasquines, desde septiembre de 1810, invitando a la forma-


ción de una Junta, alertaron al gobernador Fernando Miyares para desconfiar de parte
de la sociedad marabina y la necesidad de que los conspiradores fuesen delatados.
A sus instancias se reunió un gran concurso de personas de los diversos estamentos
sociales en la plaza mayor el 1 de octubre de 1810, que pugnaron ante el Ayuntamien-
to para la ratificación del juramento de reconocimiento de la Regencia. También se
solicitó la expulsión de todos los que resultasen comprometidos35, lo cual parece que
así se hizo, cuando menos Manuel Suárez, quien remitió una relación al Rey sobre los
hechos, pretendiendo disminuir la importancia de los levantamientos marabinos, res-
ponsabilizando de ellos al mal gobierno de las autoridades, señaló la detención, entre
otros, de Pablo Lezama y la huida de Juan Antonio Antunez y Losada y de Domingo
Briceño, todos miembros de la elite criolla36. El segundo de los intentos de conspira-
ción, fue descubierto por Pedro Ruiz de Porras, gobernador sustituto de Fernando
Miyares, el 4 de octubre de 1811, deteniendo a un grupo de personas, especialmente
criollos, que habían sido inculpados, a los cuales poco tiempo después puso en liber-
tad. El Cabildo fue colaborador importante de las actuaciones del gobernador, pero
también varios miembros del instituto como Diego de Melo, José Antonio Almarza y
José Ignacio Baralt se vieron involucrados en la conjura37.

El intento de subversión más importante fue reprimido por el gobernador Ruiz


de Porras del 13 al 15 de febrero de 1812, llevado a cabo con destacada participación
de la élite comerciante, terrateniente, eclesiástica, militar y burocrática, integrados en

Agustín Millares Carlo, Maracaibo en la Independencia de Venezuela, Caracas, Archivo General de la Nación,
34

1977.
Acta del Cabildo, AGI, Caracas, 149, Maracaibo, 1 de octubre de 1810,
35

Representación de Manuel Suárez al Rey sobre las conspiraciones de Maracaibo, AGI, Caracas, 385, Maracaibo, 21
36

de mayo de 1812, Folio 4v.


Agustín Millares Carlo, Maracaibo y la Independencia…, pp. 161-186.
37

74
ESTUDIOS

una hermandad religiosa denominada la Escuela de Cristo, que les servía de encubri-
miento para sus reuniones y desde la cual tenían la pretensión de unirse a Caracas;
élite que involucró y contó con el apoyo de otros sectores sociales, que participaban
del pequeño comercio, la milicia y los oficios artesanales. De nuevo los capitulares
Melo, Baralt y Almarza aparecen involucrados. Para el gobernador Ruiz de Porras, el
descontento de parte de la sociedad se debía a: la falta de apoyo del Cabildo Eclesiás-
tico y del obispo Santiago Hernández Milanés; la introducción de papeles sediciosos
y antirreligiosos; la falta de caudales para dar de comer a las tropas y a la suavidad con
la cual fueron tratados los perturbadores del orden.38

Manuel Suárez, quien culpaba al gobernador de exagerar los sucesos, pretendiendo


la exculpación de los implicados en las causas levantadas, atribuyó el descontento a la
mala gestión del gobernador a quien acusaba de afrancesado, de crear divisiones entre
europeos y americanos, armar corsarios para vigilar el comercio ilícito con el sólo ob-
jeto de proteger a dos barcos que lo hacían de manera exclusiva con su permiso, cau-
sando grave daño a los piragüeros que comerciaban en el lago, eran a su entender “…
las causas que tuvieron algunos para querer juntarse y procurar ser atendidos por medio
del tumulto; pero sin idea alguna de faltar a la fidelidad y obediencia al legítimo superior
Gobierno”39, agregando que el pueblo estaba disgustado y no había otra manera de
remediar la situación que la sustitución del gobernador, y que si el Ayuntamiento no
lo representaba así era porque

“… la mayor parte de este Cabildo que se ha prostituido inicuamente a la adula-


ción del déspota su presidente de quien adquirieron el apoyo para sus fines parti-
culares, firmando representaciones los unos por voluntad, y otros forzados por el
miedo, con las que elevan al conocimiento del Superior Gobierno como grandes
méritos los mayores absurdos”40.

Esto último, seguramente, porque el Ayuntamiento en carta a las autoridades me-


tropolitanas, sí vinculaba a la conspiración con las pretensiones independentistas de
Caracas

Carta del gobernador de Maracaibo, Pedro Ruiz de Porras, al Secretario del Despacho de Gracia y Justicia, AGI,
38

Caracas, 62, Maracaibo, 27 de abril de 1812.


Representación de Manuel Suárez al Rey sobre las conspiraciones de Maracaibo, AGI, Caracas, 385, Folios 9v.-10,
39

Maracaibo, 21 de mayo de 1812,.


Representación de Manuel Suárez al Rey sobre las conspiraciones de Maracaibo, AGI, Caracas, 385, Folio 15,
40

Maracaibo, 21 de mayo de 1812.

75
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

“…que sus habitantes siempre fieles y leales a la gran nación española de que son
parte a su legítimo soberano el señor Don Fernando séptimo y autoridades que en
su nombre nos gobiernan tan dignamente, jamás han mostrado mejor estos sen-
timientos y adhesión a la santa causa […] como en medio de las agitaciones que
consternaron esta ciudad desde el 14 hasta el 23 de febrero último. Sí Señor en
Maracaibo se experimentaron sucesos desagradables, se intentó siguiendo el crimi-
nalísimo ejemplo de los escandalosos de Caracas, poner en ejecución su sistema,
tan inicuo, como absurdo y quimérico. En Maracaibo existían acaso a favor de
una confianza perjudicial, unos cuantos hombres poseídos del espíritu de rebelión
y sedición que en vano procuraron minar el de fidelidad y patriotismo de sus con-
ciudadanos; pero Maracaibo eludió sus infames seducciones, frustró sus designios
funestos y todas las clases que le componen se prepararon y arrearon contra estos
viles y cobardes rebeldes…”.41

En todo caso, la participación del Ayuntamiento, al parecer no fue tan decisiva,


primero porque en la referida comunicación no se hacen referencias a actuaciones es-
peciales de sus individuos y, segundo, porque sólo cuatro de los nueve miembros que
la firmaron fueron recomendados, por haberse desempeñado en comisiones, como
meritorios ante las autoridades españolas por el gobernador, que fueron: José Simón
Baralt, Francisco Lezama, Felipe Quintana y Juan Francisco Perozo42. Por otra parte,
es de destacar que el Regidor José Ignacio Baralt, firmó esta carta, pero había sido
señalado, junto con otros miembros de su familia, como uno de los conspiradores.

Precario premio de la fidelidad

Maracaibo, Coro y Guayana, anhelaron desde 1810, una representación efectiva en


las Cortes de Cádiz. Sólo Maracaibo tuvo un diputado, pues el gobierno español de en-
tonces no accedió a las peticiones de los otros dos Cabildos, que debieron conformarse
con manifestar sus aspiraciones, ante diversas instituciones, a través de apoderados43.

Carta del Cabildo de Maracaibo a las autoridades metropolitanas, AGI, Caracas, 385, Maracaibo, 27 de abril de
41

1812.
Relación de individuos que se distinguieron por su fidelidad, patriotismo y adhesión a la santa causa de la Nación
42

en la rebelión intentada el 14 de febrero de 1812, AGI, Caracas, 149, Maracaibo, 27 de abril de 1812.
La participación americana en las Cortes de Cádiz es un tema ampliamente tratado en la historiografía, visiones de
43

conjunto son las de María Teresa Berruezo León, La participación americana en las Cortes de Cádiz, 1810-1814,
Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1986; Laure Marie Rieu-Millán, Los diputados americanos en las
Cortes de Cádiz (igualdad o independencia), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1990; Manuel
Chust Calero, La cuestión nacional americana en las Cortes de Cádiz (1810-1814), Valencia, UNEDED/
UNAM, 1999; José Antonio Escudero, (dirección), Cortes y Constitución de Cádiz, 200 años, Madrid, Espasa,
2011 y Heraclio Bonilla, (editor), La Consitución de 1812 en Hispanoamérica y España, Bogotá, Alcaldía Mayor
de Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2012.

76
ESTUDIOS

Debido al avance de las actitudes emancipadoras en las principales ciudades de la pro-


vincia de Maracaibo, a la dificultad de elegir un diputado con aceptación por toda la
provincia, al claro distanciamiento de la Junta de Caracas con las Cortes y a la poca re-
lación con los diputados suplentes designados para Venezuela; el Cabildo de Maracaibo
actuó estratégicamente, sin mayores dilaciones o explicaciones eligiendo, el 18 de febre-
ro de 1811, al abogado y fiscal de Real Hacienda José Domingo Rus, como diputado,
quien se incorporó el 5 de marzo de 1812 a las deliberaciones de las Cortes44. Antes, des-
de el 10 de enero de 1811, el Cabildo de Coro, atendiendo a la insurrección y a que los
diputados suplentes de Venezuela eran naturales de Caracas, comunicó al comisionado
regio para la pacificación, Antonio Ignacio de Cortabarría, la aspiración de designar a
un diputado en Corte que le representase, debiendo considerarse que Coro, pese a estar
en el distrito de la provincia de Venezuela, había sido la primera capital y defensora de
los derechos del Rey y la nación. Esto no lo recomendó positivamente el comisionado,
pues era de esperar igual aspiración de Guayana, con lo cual podía resultar un número
de diputados poco acorde, advirtiendo que debía tenerse tacto en comunicar la negati-
va, para no provocar desigualdades odiosas45. Sin embargo, los hermanos José Ignacio y
Juan Antonio Zavala, miembros de la élite local, desde el 1 de abril de 1812, con pode-
res del Cabildo de Coro, hicieron importantes solicitudes ante la Regencia del reino46.
Las autoridades de Guayana, también observaron tempranamente, en julio de 1810 y
septiembre de 1811, la importancia de ser representados en las Cortes, pese a reconocer
las dificultades de encontrar entre sus vecinos un hombre de intelecto suficiente, de no
tener recursos para las expensas de los gastos y estar poco poblada47, pero no admitían
que se les representase por ningún diputado de las otras provincias y menos por los de

Actas del Cabildo de Maracaibo de 1810 y 1811, AGI, Caracas, 149. Antes de Rus, la provincia había elegido como
44

diputado a Cortes a Luis Ignacio de Mendoza, canónigo doctoral de la Catedral de Mérida, pero este renunció ante
el Cabildo de Maracaibo el 8 de octubre de 1810, seguramente por la actitud emancipadora que había asumido
Mérida; igualmente el 19 de enero de 1811, en un Cabildo ampliado se eligió al presbítero José Vicente Rodríguez,
quien también renunció. La actuación del diputado está ampliamente tratada en los estudios de Fredérique
Langue, “La representación venezolana en las Cortes de Cádiz: José Domingo Rus”, en Boletín Americanista,
Número 45, Barcelona, 1995, pp. 221-246 y Zulimar Maldonado Viloria y Germán Cardozo Galué, “José
Domingo Rus: su actuación como diputado por la provincia de Maracaibo en las Cortes de Cádiz (1812-1814)”, en
Ágora, Número 4, Trujillo, enero, 2000, pp. 185-204.
Oficio del Comisionado Regio en Puerto Rico a las Cortes, AGI, Caracas, 437-A, Puerto Rico, 4 de abril de 1811
45

y Carta de Antonio Ignacio Cortabarría al Secretario interino de Estado, AGI, Indiferente General, 1524, Puerto
Rico, 24 de abril de 1811.
Solicitud de gracias por los apoderados del Cabildo de Coro José Ignacio Zavala y Juan Antonio Zavala, AGI,
46

Caracas, 181, Cádiz, 1 de abril de 1812.


Carta de la Junta Gubernativa de Guayana, AGI, Caracas, 13, Guayana, 12 de julio de 1810 e Informe del
47

Intendente de la provincia de Guayana Feliz Farreras sobre el Estado de la provincia, AGI, Caracas, 136, Guayana,
20 de septiembre de 1811.

77
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Caracas, todo no fue aceptado por la Comisión de Poderes de las Cortes48. No obstante,
desde julio de 1812, el comerciante de Guayana Felipe Pérez y el capitán del ejército José
de Olazarra, comisionados por el Cabildo y Gobierno de Guayana en las Cortes, pedían
gracias administrativas y económicas para la provincia49. Finalmente, en marzo de 1813,
el alcalde y el síndico del Cabildo de Guayana, comunicaron a José María Aurrecochea,
vasco con 16 años de residencia en Venezuela, la designación de que fue objeto por la
provincia como diputado en Corte. Éste manifestó a las mismas Cortes que se había
mantenido pasivo, pero realmente actuó como un comisionado ante las instituciones
del gobierno50.

Las principales aspiraciones de las élites de las tres ciudades indicadas, comuni-
cadas ante las Cortes y otras autoridades, eran: el reconocimiento con honores de la
defensa que habían hecho de la Monarquía, no sólo con las clásicas manifestaciones
de fidelidad, sino también con las resistencias ante las conspiraciones internas y los
asedios militares de Caracas; la autonomía administrativa respecto de Caracas y el
otorgamiento de privilegios para un efectivo desarrollo económico.

Maracaibo aspiraba a la consolidación de la capitalidad provincial y a tener mayor


influencia sobre sus espacios geohistóricos, lo cual revela las pretensiones de una élite
local, política y económica, preocupada por afirmar el poder en una amplia región,
incluso más allá de los límites administrativos. No se trataba de algo totalmente no-
vedoso, pues replanteaba las preocupaciones fundamentales del Ayuntamiento que,
desde el último cuarto del siglo xviii, gestionó con poco éxito ante la Monarquía, una
mayor autonomía frente a la Capitanía General de Venezuela, la sede del Obispado, la
anexión de territorios de otras provincias y gracias para el fomento de la economía51. El
diputado José Domingo Rus, retomó la rivalidad de Maracaibo con Mérida por la sede
del Obispado, por ello pidió y logró en 1813, su traslado, pero sólo de manera tem-
poral, junto con el Colegio Seminario y el convento de las clarisas. La argumentación

Cartas del Cabildo de Guayana al Rey, AGI, Indiferente General, 1524, Guayana, 19 de septiembre de 1811 y 1 de
48

junio de 1812.
Expediente de las solicitudes de los comisionados de Guayana, AGI, Caracas, 18, Cádiz, 26 de abril de 1813.
49

Carta de José María Aurrecochea al Congreso Nacional, AGI,, Caracas, 177, Cádiz, 25 de enero de 1814.
50

Belín Vásquez de Ferrer, El puerto de Maracaibo: elemento estructurante del espacio social marabino (siglo XVIII),
51

Maracaibo, Universidad del Zulia, 1986 y “Maracaibo y su espacio histórico (siglo XVIII)”, en Tierra Firme, Ca-
racas, abril-junio de 1985, número 10, pp. 215-236; Ligia Berbesí de Salazar, Los lazos del poder en el gobierno
local de Maracaibo, 1787-1812, Caracas, Fundación Centro Nacional de Historia, 2009 y Robinzon Meza, Cara-
cas, Maracaibo y Guayana: reformismo borbónico, gobierno local y autonomía (1776-1810), Sevilla, Universidad de
Sevilla, 2003, Trabajo presentado para obtener la suficiencia investigadora del Doctorado Historia y Sociedad en las
Américas, Inédito.

78
ESTUDIOS

fue la insurrección en Mérida, aunada a la devastación ocasionada por el terremoto de


1812. Así, Maracaibo, se hizo acreedora de tales instituciones eclesiásticas por su fide-
lidad y condición de capitalidad política y la tenencia de un puerto que garantizaba co-
municaciones y progreso socioeconómico. Rus representó con particular insistencia la
total separación administrativa de Maracaibo respecto de Caracas, especialmente con
la creación de una Capitanía, una Intendencia de Provincia y un Tribunal Mercantil
y agregación de territorios de la provincia de Venezuela y virreinato de Santa Fe. Era
una posición autonomista dentro de la fidelidad a la Monarquía, a través de la cual la
élite local quería manejar sus propios asuntos, pero poco de ello le fue concedido, salvo
designaciones temporales de funcionarios. Numerosas fueron las peticiones de Rus
para el fomento económico, destacan de la larga lista: libertades comerciales, rebaja de
derechos, consolidación de la hacienda pública, mejora del puerto y vías de comuni-
cación y establecimiento de nuevas actividades; casi todo se dilata en el tiempo con las
solicitudes de informes, incluso en los asuntos que tenían vinculación con la defensa
de la provincia. Las gestiones de Rus, tuvieron como fundamento los méritos contraí-
dos por los habitantes de la ciudad de Maracaibo en clara manifestación de fidelidad a
la Monarquía, lo que las Cortes reconocieron con el conferimiento en 1813 del título
de “muy noble y leal” a la ciudad y de “Constancia de Maracaibo” a los miembros del
Ayuntamiento52. El diputado por Maracaibo insistió, una vez abolidas las Cortes, en
manifestar las necesidades de la ciudad y el pedir tratamientos honoríficos, pero con
poco éxito53.

Coro, por intermedio de sus apoderados, los hermanos Zavala, planteó las aspi-
raciones que revelaban las concepciones de la elite en la consolidación de un espacio
regional, económico y administrativo, con independencia de Caracas54. La exposición
de la fidelidad durante la sublevación de los negros en 1795, la invasión de Miranda

52
La documentación de la participación ante las Cortes de José Domingo Rus fue publicada por él mismo en 1814 y
reeditada en 1959: Maracaibo representado en todos sus ramos, por su hijo Diputado a Cortes Don José Domingo Rus,
Maracaibo, Publicaciones de la Junta Cultural de la Universidad del Zulia, 1959.
Consulta del Consejo de Indias en virtud de representación del ex diputado por Maracaibo José Domingo Rus del 29
53

de septiembre de 1814, AGI, Caracas, 19, Madrid, 11 de septiembre de 1815. En resumen Rus pidió: 1) El tratamiento
de excelencia para el Ayuntamiento de Maracaibo; 2) El tratamiento de señoría para el Cabildo eclesiástico; 3) el título
de ciudad a las villas de Perijá y San Cristóbal, y el de villa a los pueblos de Altagracia, Santa Rita y Cabimas, San Carlos
del Zulia y San Antonio del Táchira; 4) Aprobación de dos compañías de voluntarios distinguidos y cuatro milicias
urbanas de blancos y castas; 5) la gracia de tres cruces de la orden de Carlos III con dispensa de pruebas para tres
naturales de Maracaibo con notoria fidelidad. Todo lo cual no recomendó el Consejo de Indias.
54
AGI, Estado, 71, Número, 4, El reconocimiento de una mayor jerarquía administrativa para Coro ya lo había
planteado Andrés Boggiero, comandante político y militar de Coro, quien proponía el restablecimiento de la
silla episcopal con Barquisimeto, El Tocuyo, Carora y Araure y la erección de un Gobierno provincial para poder
administrarse mejor sin las disputas que con frecuencia se causaban con Caracas, Expediente sobre la conspiración
de Curazao, 1799-1804.

79
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

en 1806 y sobre todo ante la insurrección de Caracas a partir de 1810, eran méritos
que los corianos argumentaban para hacerse acreedores de determinadas gracias. Des-
tacan las solicitudes siguientes: un título de honor especial a la ciudad y al Cabildo;
la erección de Coro en provincia con agregación de los partidos capitulares de San
Felipe, Barquisimeto, El Tocuyo y Carora; la restitución, con la traslación desde Ca-
racas, de la sede de la Catedral y del Episcopado; la habilitación de varios puertos con
la categoría de menores y dispensa de derechos durante diez años para estimular el
comercio con España y las colonias americanas y, la que consideraban más urgente, la
construcción de un acueducto55. Como era natural en estos casos, Coro se hizo acree-
dora del título de “muy noble y leal”, del uso de un escudo y del lema “Constancia de
Coro”. Los otros asuntos, no fueron concedidos por el gobierno liberal, sino durante
la restauración monárquica de Fernando VII, pues no fue hasta el 25 de septiembre
de 1815, cuando el puerto de La Vela es habilitado con la clase de menor y el 19 de
diciembre del mismo año se ordena establecer la provincia de Coro, haciéndose efec-
tivo esto último en 181856. También en 20 de marzo de 1815, la Monarquía concedió
el cobro de los impuestos necesarios para la construcción del acueducto, sin embargo
los mismos no se pudieron recaudar57.

Guayana, tuvo como principales preocupaciones la asistencia militar para su de-


fensa; la independencia de las instituciones de Caracas, con la constitución de un gran
distrito junto a la provincia de Barinas, reconociendo las relaciones económicas muy
interdependientes entre ambos distritos; y la libertad de realizar comercio sin limita-
ciones con todas las provincias de la Capitanía General de Venezuela. Nada de ello
tuvo pronta respuesta pues, como era natural en esos casos, se solicitaron los informes
respectivos, que casi siempre tardaban años en producirse58. Las Cortes sí accederían
en 1813, a la declaración honorífica de “muy noble y leal de Guayana”, además del uso
de varias insignias en el escudo de armas. Desde mayo de 1813, José de Olazarra, había
pedido a favor de Guayana medidas de fomento económico y de fortalecimiento de
su capacidad defensiva, ya que había sido instruido para que hiciese presente el estado
decadente de la agricultura, el comercio, la industria y la población; además del des-

Solicitud de gracias por los apoderados del Cabildo de Coro, José Ignacio Zavala y Juan Antonio Zavala, AGI,
55

Caracas, 181, Cádiz, 1 de abril de 1812.


Expediente sobre las gracias concedidas a Coro y sus individuos por su fidelidad y servicios, AGI, Caracas, 19, 1811-
56

1818.
Informe del Contador General de Indias sobre la construcción del acueducto de Coro, AGI, Caracas, 829, Madrid,
57

19 de mayo de 1818.
Representaciones de Felipe Pérez y José de Olazarra, comisionados por el Ayuntamiento y gobierno de Guayana
58

ante las Cortes, AGI, Caracas, 18, Cádiz, 18 de julio de 1812.

80
ESTUDIOS

cuido de la educación, los asuntos indígenas, la pronta administración de justicia y los


establecimientos de caridad. Todo ello, según el representante, faltaba, a pesar de que
Guayana tenía grandes potencialidades y riquezas debido a su ubicación geográfica,
pero que siempre había sido muy mal asistida de “…las madrastras a que ha estado
dependiente”, refiriéndose esto lógicamente a la centralización de la administración
de todos los ramos en Caracas. De las solicitudes en materia económica destacan: el
hacer efectivo el donativo de 12.000 reses ofrecidas por los misioneros capuchinos
catalanes, lo cual había sido aprobado desde 1780, pero que sin que se llegase a reali-
zar; utilizar el producto de los diezmos de caballos, ganados, algodón y otros frutos,
ascendente a 60.000 pesos y que dichos artículos estuviesen libres de derecho para la
exportación; que el comercio de la provincia fuese enteramente libre con las del virrei-
nato de Santa Fe; que se invirtiese en los asuntos de la provincia los derechos de avería
cobrados por el Consulado y que habían favorecido mayormente a Caracas. En los
asuntos de defensa, los guayaneses aspiraban a la protección autónoma del territorio
y a una mayor vigilancia del contrabando, debido a ser Guayana una frontera impor-
tante con otras colonias de naciones europeas, lo que no se podía atender bien desde
Caracas ni de Santa Fe de Bogotá, por ello pedían la declaración de Comandancia Ge-
neral independiente y la colonización de la parte oriental del territorio de Guayana59.

***

De acuerdo con la concepción pactista, en ausencia del Rey, la soberanía revertía


al pueblo. Éste era entendido no como la totalidad social, sino en un sentido corpo-
rativo, es decir que se remitía a cada comunidad particular. Por ello, las Juntas ame-
ricanas, desconocedoras de la Regencia, se consideraron las verdaderas depositarias
de la soberanía, sustentando su representación en las estructuras territoriales, polí-
ticas, estamentales y gremiales. Como varios Cabildos juzgaron, que una vez rotos
los vínculos con la Monarquía, nada les obligaba a sujetarse a las nuevas autoridades
o permanecer bajo las órdenes de los funcionarios representantes de las institucio-
nes españolas, pronto las ciudades capitales, cabezas de provincias y otros distritos
superiores, pretendieron su reconocimiento, para evitar el resquebrajamiento de las

Consulta del Consejo de Indias sobre las peticiones del comisionado por Guayana, AGI, Caracas, 826, Madrid,
59

25 de noviembre de 1816 y Expediente de las instrucciones y peticiones del comisionado por Guayana José de
Olazarra a la Regencia del reino, AGI, Caracas, 385, Madrid, 18 de marzo de 1813, Posteriormente en 1814 se unió
a los expedientes señalados otro motivado de la representación de José de Heres en nombre de los comerciantes y
hacendados de Guayana en el cual se pedía: activar mayores planes de colonización; eliminar el estanco del tabaco;
disminución de derechos a los comerciantes; permiso para comerciar con colonias extranjeras; comercio libre entre
Guayana y el Nuevo Reino de Granada y la introducción de negros esclavos.

81
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

unidades de gobierno, pero no hubo consenso y se desataron luchas políticas, las cua-
les retomaron las rivalidades coloniales, producto de las relaciones de dependencias
o por competencias económicas. Así, la autonomía, concebida como la posibilidad
de no depender de otros pueblos, resguardada desde los Cabildos coloniales, es clave
para analizar las diversas posturas de las élites locales, bien apoyando la independencia
o rechazando la misma.

A partir de los Cabildos de Coro, Maracaibo y Guayana, con un lenguaje de pri-


vilegios, propio de la sociedad constituida y de pensamiento tradicional, las élites de-
fendieron su derecho de autogobierno, para desconocer las pretensiones de la Junta
caraqueña. Pero también, utilizaron un discurso nuevo, frente al naciente liberalismo
español, para exponer deseos de participación, además de todo un reformismo eco-
nómico, solicitado desde el último cuarto del siglo xviii, pero precariamente con-
siderado. El resultado, fue desalentador, apenas se les concedió representación y sus
aspiraciones dentro del mundo hispánico, fueron atendidas de forma parcial, tempo-
ral y limitada; en tanto, el enorme esfuerzo de resistencia militar cedería al final de la
guerra de independencia y se les incorporaría al gobierno republicano, que entonces
tendía más al centralismo, distinto al federalismo de 1811, tan rechazado por los lea-
les a España y su Monarquía.

82
EL DELEGADO NACIONAL: DEFINICIONES DESDE SUS
ATRIBUCIONES Y ACTUACIÓN (1870-1903)
Francisco Soto Oráa*

Los delegados nacionales fueron, durante el último cuarto del siglo xix, las piezas
claves del control del gobierno centralista sobre los estados. Estos funcionarios conta-
ban con un conjunto de atribuciones que les permitían gozar de un poder sumamente
amplio dentro de la administración de Estado, teniendo dominio de diversas áreas
del mando político, civil y militar, estando por encima de casi todos los funcionarios
del Ejecutivo Nacional. Creados durante el guzmancismo como un mecanismo de
intervención y control, su vigencia se prolongó hasta la llegada de los andinos al poder
en los albores siglo xx. Pese a la importancia señalada, es escaso el conocimiento que
tenemos sobre este funcionario, existe un vacío desde el punto de vista historiográfico,
que mucho ha profundizado en el estudio de este período, pero sin embargo no ha
abordado a los delegados nacionales. De igual manera, desconocemos las potestades
inherentes a su cargo, pues es poca la legislación que los consideró, por ello pretende-
mos acercarnos a sus atribuciones mediante el análisis de sus actuaciones en las dis-
tintas contiendas políticas entre el gobierno y las regiones. Asimismo, examinaremos
las diferentes contradicciones que generaba el desempeño de sus funciones con la le-
gislación vigente, con lo cual se violaban los preceptos autonómicos plasmados en las
diferentes constituciones de la época. Con ello, ahondaremos en el estudio sobre las
tensiones entre centralismo y federalismo de las últimas décadas del siglo xix.

Pacificación y vigilancia de las regiones

Los delegados nacionales fueron funcionarios designados por la Presidencia de la


República a través del Ministerio de Relaciones Interiores, una de sus atribuciones
e instrucciones más importantes se basó en la pacificación y control ante cualquier

*
Profesor de la Escuela de Historia de la Universidad de Los Andes. Licenciado y Magister en Historia de Venezuela
por esa misma Universidad. Miembro del Grupo de Investigación sobre Historiografía de Venezuela. Forma parte
del Programa de Estímulo a la Innovación e Investigación-ONCTI desde el 2011.

83
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

alzamiento armado en los estados, denotando una de sus principales funciones, la de


jefe militar. Para tales efectos, tenían a su disposición las tropas de las fuerzas nacio-
nales o, en su defecto, podían hacer uso de las existentes en las zonas en conflicto, las
cuales se debían subordinar a su mando. Es fundamental recalcar cómo su autoridad
estaba por encima de cualquier jefe o caudillo local, quienes tenían que sometérsele y
prestar toda su colaboración durante su permanencia en la entidad1.

Facultados para organizar las tropas y aumentar el número de éstas por medio de
reclutamientos, los delegados nacionales podían, entre otras cosas, otorgar ascensos,
emprender operaciones militares de envergadura y firmar tratados de paz. Sin duda,
una de las atribuciones castrenses más notables era recolectar, inventariar y redistri-
buir el armamento diseminado en las regiones. Éste, en buena medida, era uno de los
aspectos más determinantes dentro de las instrucciones dadas a los delegados nacio-
nales, ya que debían asegurarse de desarmar a los bandos en pugna para prevenir futu-
ros levantamientos, no sólo contra las autoridades locales sino también las nacionales.
Si esta medida no tenía éxito, la posibilidad de nuevos enfrentamientos era latente y
ante cualquier impase político implicaría la reanudación de las hostilidades2.

1
Sobre las atribuciones militares de los delegados nacionales pueden observarse en: “Oficio del ciudadano general
presidente del estado Barcelona poniendo en cuenta al gobierno de la situación de aquel estado”, Gaceta Oficial
de los Estados Unidos de Venezuela, Caracas, N° 1168, 14 de Julio de 1877; “Acuerdo aprobando la conducta del
Ejecutivo Nacional respecto de su intervención en las disidencias locales en el estado Los Andes”, Gaceta Oficial de
los Estados Unidos de Venezuela, Caracas, 20 de marzo de 1885, p. 1; Delegación Nacional en el Estado Los Andes,
Archivo General de la Nación (En adelante AGN). Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvi, fols. 89-91,
San Cristóbal, 30 de junio de 1886; Comisión a cargo del ciudadano Pedro Vallenilla al estado Los Andes, AGN,
Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvii, fols. 269-277, Caracas, 20 de julio de 1886; Nombramiento del
general Pedro Vallenilla de delegado nacional en el estado Los Andes, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo
mcxxviii, fols. 145-149, Caracas, 9 de agosto de 1886; “Documentos oficiales”, El Eco de Bermúdez. Barcelona,
28 de enero de 1888, pp. 2-3; “Resolución por la que se nombra al Gral. Alejandro Ibarra, comisionado especial y
representante del Ejecutivo Nacional en el estado Zulia”, Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela, Caracas,
N° 7739, 30 de septiembre de 1899; “El Mensaje”, El Carácter, Caracas, 11 de marzo de 1891, pp. 1-2; Manuel
Caballero, Gómez, el tirano liberal (Anatomía del poder), Caracas, Alfadil Ediciones, 2007, p. 63 y “Juan Vicente
Gómez Comandante en Jefe del Ejército Expedicionario y Delegado Nacional en el Oriente de la República. A los
habitantes del Estado Bolívar”, La Voz del Estado, Cumaná, 8 de agosto de 1903, p. 2.

2
Entre las instrucciones de carácter militar dadas a los delegados nacionales revísese: Comunicación del delegado
nacional en el estado Falcón, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxv, fols. 281-287, Coro, 25 de
diciembre de 1876; Se nombra al ciudadano Gral. Julio Sarría Representante del Gobierno Nacional en el esta-
do Nueva Esparta, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxviii, fols. 171-174, La Asunción, 29 de
diciembre de 1876; Nombramiento del ciudadano Simón Bolívar O’Leary para delegado Nacional en el estado
Los Andes, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvi, fols. 147-150, Caracas, 12 de junio de 1886;
Delegación Nacional en el estado Los Andes, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvi, fols. 89-91,
San Cristóbal, 30 de junio de 1886; O’Leary participa al ministro de Relaciones Interiores que ha escrito al General
Araujo y al ciudadano consejero encargado de la Presidencia del estado Los Andes que debe retirarse la guarnición
que quedó en San Cristóbal, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvii, fols. 51v.-53, San Cristóbal,
10 y 11 de julio de 1886; “La reorganización del estado Bermúdez”, La Unidad Liberal. Aragua de Barcelona,
6 de noviembre de 1888, pp. 1-2; “Crónica”, La Buena Causa, Barcelona, 27 de junio de 1889, p. 2; Resolución
nombrando delegados del gobierno nacional en los estados Los Andes y Zamora a los generales José María García
Gómez y Francisco Batalla respectivamente, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-0103, sf.. Caracas,

84
ESTUDIOS

Después de la llegada de Antonio Guzmán Blanco al poder en 1870, se intentó


centralizar un país prácticamente disgregado, por lo que su proyecto pretendió sentar
las bases del Estado-Nación; esto se hizo viable por medio del reparto de cuotas de
poder con el resto de caudillos regionales, teniendo cierto éxito mientras ocupó la
Presidencia de la República. Sin embargo, de este reparto, numerosos jefes militares
quedaron relegados o no obtuvieron de forma inmediata el mando, lo cual generó
constantes alzamientos en los estados. Conflictos entre bandos locales por el poder y
el derrocamiento de presidentes de estados fueron rasgos característicos de este perío-
do. Por tal motivo, el delegado nacional se convirtió en una de las estrategias para res-
tituir el orden y reponer a las autoridades legítimamente constituidas, autorizándose-
le desmantelar e inhabilitar a quienes hubieran obtenido el poder por un movimiento
bélico, no otorgando su reconocimiento hasta que se restablecieran legalmente a los
máximos jefes de los estados.

Por otra parte, el rechazo a las medidas y proyectos reformadores de la Consti-


tución emanados desde Caracas, implicaron la alteración del orden público de las
regiones. La negativa de los estados se centraba en la defensa de los preceptos cons-
titucionales y su apoyo a un determinado caudillo de relevancia a nivel nacional. En
búsqueda de mantener pacificadas las entidades administrativas y lograr su rápida ad-
hesión a los propósitos de trasformación de las estructuras políticas como la reforma
constitucional e institucional del país, se emplearon a los delegados nacionales para
que consiguieran tales objetivos, entrando lógicamente en conflictos con los grupos
de poder estadal, generando violencia en las regiones que se declararon en abierta
rebeldía hacia el Ejecutivo Nacional, los cuales sólo se resolvían con la reducción total
de los comprometidos en los combates3.

25 de abril de 1892; Tratado de paz en Los Andes AGN, Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-0102, sf.,
San Mateo, 30 de mayo de 1892 y “Juan Vicente Gómez Comandante en Jefe del Ejército Expedicionario y Dele-
gado Nacional en el Oriente de la República. A los habitantes del Estado Bolívar”, La Voz del Estado, Cumaná, 8 de
agosto de 1903, p. 2.

3
“El Delegado Nacional”, El Cronista, Aragua de Barcelona, 5 de septiembre de 1888, pp. 1-2; “La reorganización
del estado Bermúdez”, La Unidad Libera, Aragua de Barcelona, 6 de noviembre de 1888, pp. 1-2; Legajo que con-
tiene lo relativo al movimiento revolucionario del estado Bermúdez sucedido el 14 de noviembre, AGN, Secretaría
del Interior y Justicia, legajo 02-05-0050, fols. 285-288, Barcelona, 20 de noviembre de 1888; “El General Gil”, El
Diario, Valencia, 10 de enero de 1889, p. 2; “Crónica”, La Buena Causa, Barcelona, 27 de junio de 1889, p. 2; “El
General F. Batalla”, La Esperanza, Guanare, 14 de febrero de 1891, p. 2; “Ecos de la Legislatura”, La Época, Valencia,
19 de diciembre de 1891, p. 2; “Actualidad”, La Época, Valencia, 2 de enero de 1892, p. 2 y Resolución nombrando
delegados del gobierno nacional en los estados Los Andes y Zamora a los generales José María García Gómez y
Francisco Batalla respectivamente, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-0103, sf., Caracas, 25 de
abril de 1892.

85
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Durante el primer período de gobierno de Antonio Guzmán Blanco, un foco cons-


tante de violencia y alzamientos armados fue el estado Zulia, desde 1874 hasta 1877,
se mantuvo la delegación nacional permanente en esa entidad. Dos aspectos destacan
para explicar esta situación, el primero, el cierre de la Aduana de Maracaibo y su tras-
lado a Puerto Cabello, lo cual generó protestas no sólo de los políticos locales sino
de la sociedad marabina, ante lo que consideraban un atropello del gobierno central.
La segunda, se vincula a la deposición del presidente del estado Venancio Pulgar en
1874 y su amenaza junto a otros caudillos por retomar el poder y derrocar a Guzmán
Blanco. Hechos que motivaron las designaciones de Jacinto Gutiérrez, quien fue el
primer delegado nacional enviado por el Ejecutivo a las regiones, Vicente Amengual
y Vicente Coronado para preservar el orden y someter cualquier alzamiento que se
pretendiera realizar en el estado o desde Colombia y las Antillas4.

Derrocamiento de autoridades en Guzmán (Mérida) y Nueva Esparta, en 1876,


marcaron otro frente de conflicto, produjo el establecimiento de gobiernos de facto y
el desconocimiento del Ejecutivo Nacional y el envío de los delegados nacionales Jesús
Muñoz Tébar y Juan Bautista Arismendi respectivamente, para que restablecieran el
orden constitucional de esas entidades. Estos funcionarios debían arrestar a los prin-
cipales cabecillas de los movimientos militares y recolectar el armamento diseminado,
debiendo permanecer en esas plazas hasta cumplir con sus objetivos.5

Con la salida de Guzmán Blanco del poder y la asunción de Francisco Linares


Alcántara a la Presidencia de la República, se suscitarían hechos armados que oca-
sionaron la designación de delegados nacionales a los estados. Desconocimientos de
las autoridades del estado Yaracuy, en 1877, motivaron la intervención del gobierno
central a través de estos funcionarios para pacificar la región6. Asimismo, un año más
tarde, sucesos similares implicaron la designación de los generales Eladio Lara y Anto-
nio Palacio, para los estados Zamora y Portuguesa, para que restituyeran al presidente

Sobre el caso puntual del estado Zulia las fuentes que aportan mayor información son: Juan Besson, Historia
4

del Estado Zulia…, Maracaibo, Hermanos Belloso-Rossell, 1949, tomo III, pp. 289-290; Nombramiento de re-
presentante del Gobierno Nacional en el estado Zulia al Gral. Vicente Amengual en reemplazo del Gral. Jacinto
Gutiérrez, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxv, fols. 261-264, Caracas, 30 de mayo de 1876 y
Nombramiento de Vicente Coronado como comisionado del Gobierno Nacional en el Zulia, AGN, Secretaría del
Interior y Justicia, tomo cmxxxiii, fols. 247-257, Caracas, 20 de septiembre de 1876.

5
Nombramiento del delegado nacional en el estado Guzmán, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxx-
viii, fols. 204-281, Caracas, 22 de agosto de 1876 y Nombramiento de delegado nacional en el estado Nueva Es-
parta, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxi, fols. 96-100v, La Asunción, 22 de agosto de 1876.

6
“Nota del Representante del Ejecutivo Nacional en el estado Yaracuy, acusando recibo de la comunicación en que
se le participa el nombramiento de delegado nacional en los estados Barquisimeto y Yaracuy”, Gaceta Oficial de los
Estados Unidos de Venezuela, Caracas, 9 de julio de 1877, N° 1164, 9 de julio de 1877.

86
ESTUDIOS

depuesto7. Sin embargo, durante este período el hecho militar más resaltante fue la
invasión de los ejércitos del estado Maturín a Barcelona, lo que produjo el nombra-
miento de Joaquín Díaz como delegado nacional para que detuviera los avances de las
tropas y encarcelara a los autores principales de tales sucesos8. El retorno del Ilustre
Americano significó la vuelta a la estabilidad política y militar del país, durante el
Quinquenio sólo dos hechos armados ameritaron el envío de Venancio Pulgar y Juan
Bautista Arismendi como delegados nacionales al Zulia y Maturín, se habían produci-
do levantamientos por problemas políticos y económicos, los cuales fueron resueltos
rápidamente con la intervención de estos funcionarios9.

La presencia del caudillo fuerte garantizaba la permanencia de la paz por medio


de alianzas con jefes militares locales y regionales, así como la instauración de una
nueva división político-territorial de 1881, que buscaba asegurar su permanencia en
el poder. Su salida momentánea de la primera magistratura demostró que algunos
estados no estaban dispuestos a mantener los pactos acordados. El estado Los Andes,
de 1884 hasta 1887, se convirtió en el epicentro de conflictos, debido a los antagonis-
mos entre liberales tachirenses y conservadores trujillanos, lo cual causó inestabilidad,
deposición y encarcelamiento de autoridades, violentos combates en todo el estado,
con un gran número de bajas y, desde luego, el nombramiento de cinco delegados na-
cionales, recayendo estas designaciones en Eladio Lara, José Victorio Guevara, Simón
Bolívar O’Leary, Pedro Vallenilla y Jesús María Aristiguieta, quienes debían pacificar
por completo la región, teniendo que solicitar tropas de otras entidades para lograr
este objetivo, aunado a la amenaza del propio presidente de la República de sofocar
personalmente la revuelta. Con la pacificación momentánea de Los Andes se puso
término a la inestabilidad en las regiones. Sin embargo, la atención de Antonio Guz-
mán Blanco ya no se centraba en los asuntos nacionales, apartándose definitivamente
de la Presidencia de la República en 188710.


7
Se nombra al ciudadano Antonio Palacio delegado nacional en el estado Zamora, AGN, Secretaría del Interior y
Justicia, tomo cmlix, fols. 111-119, Caracas, 9 de noviembre de 1877.

8
Se nombra delegado representante del Gobierno Nacional en el estado Barcelona al general Joaquín Díaz, AGN,
Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmli, fols. 69-73, Caracas, 20 de junio de 1877.
Juan Besson, Historia del Estado Zulia. Maracaibo, Hermanos Belloso Rossell, 1951, tomo IV, pp. 28-29 y J. Aceve-
9

do participa al presidente del estado Bermúdez, que por disposición del presidente de la República, el ciudadano Juan
Bautista Arismendi pasa a Maturín con el carácter de delegado del Gobierno Nacional, AGN, Secretaría del Interior
y Justicia, tomo mlxxxix, fol. 289, Caracas, 30 de agosto de 1883.
10
Se participa a los Estados Falcón, Los Andes y a los gobernadores de las secciones Zulia y Trujillo, el nombramiento
de delegado nacional hecho en el general Eladio Lara, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcx, fols.
281-285, Caracas, 22 de diciembre de 1884; Relacionado con la comisión confiada al general José V. Guevara
en el estado Los Andes, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxvii, fols. 87-98, Caracas, 8 de julio de
1885; Nombramiento del ciudadano Simón Bolívar O’Leary, para delegado nacional en el estado Los Andes, AGN,
Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvi, fols. 147-150, Caracas, 12 de junio de 1886; Nombramiento del

87
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Conflictos nacionales de envergadura, particularmente los que se originaron de


las pretensiones de reformas Constitucionales para alargar los períodos presidencia-
les se evidenciaron también en inestabilidad en las distintas regiones. Los gobiernos
de Juan Pablo Rojas Paúl y Raimundo Andueza Palacio trataron que las Legislaturas
aprobaran rápidamente sus proyectos de reforma, imposición que fue protestada, sus-
citándose acciones armadas que requirieron la designación de delegados nacionales
para aplacar la revuelta y lograr el apoyo hacia el continuismo. Los hechos armados
de mayor envergadura ocurrieron en los estados Carabobo, Los Andes y Zamora, que
se declararon en rebeldía contra Andueza Palacio. No obstante, fueron sometidos
por los delegados nacionales. En Carabobo la intervención de Fernando Burguillos y
Manuel Modestos Gallegos pacificaron la entidad ante los hechos armados11; en Los
Andes y Zamora, victorias similares lograron los delegados José María García Gómez
y Francisco Batalla, quienes sometieron a los grupos alzados, pero no sería hasta el
triunfo legalista cuando se restableció la paz en esas entidades12.

La victoria de Joaquín Crespo en 1892, instauró un período de estabilidad política


y militar en todo el territorio nacional. La asunción al poder de un nuevo caudillo
fuerte representó el equilibrio en las relaciones entre el poder central y las regiones, las
cuales dieron su apoyo al nuevo presidente y con la concreción de nuevos pactos se es-
tableció un período de apaciguamiento de los distintos jefes militares, manteniéndose
hasta la llegada de Ignacio Andrade al poder en 1898. Período de gobierno marcado
por el fraude electoral con el que llegó a la Presidencia y los continuos movimientos
armados que buscarían su deposición, la cual se consiguió con el triunfo de Cipriano
Castro con la Revolución Liberal Restauradora en 1899.

Por su parte, el gobierno de Cipriano Castro, tuvo que enfrentar una de las rebe-
liones de mayor trascendencia de la época: caudillos regionales financiados por po-
tencias extranjeras se alzaron en contra de su gobierno, abriendo frentes armados en
casi todos los estados, lo cual llevó al Ejecutivo Nacional a nombrar, en 1902, a Juan
Vicente Gómez como delegado nacional en Falcón, Lara, Yaracuy, Zulia, Táchira,
Mérida y Trujillo para que derrotara a los jefes militares alzados en el occidente del

general Pedro Vallenilla de delegado nacional en el estado Los Andes, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo
mcxxviii, fols. 145-149, Caracas, 9 de agosto de 1886 y Nombramiento del ciudadano general J. M. Aristiguieta
de delegado nacional en el estado Los Andes, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxxii, fol. 160,
Caracas, 20 de agosto de 1887.
“Ecos de la Legislatura”, La Época, Valencia, 19 de diciembre de 1891, p. 2; “Sucesos en Carabobo”, Los Ecos del
11

Zulia, Maracaibo, 27 de enero de 1892, p. 2 y “Actualidad”, La Época, Valencia, 21 de diciembre de 1891, p. 3.


Resolución nombrando delegados del gobierno nacional en los estados Los Andes y Zamora a los generales José
12

María García Gómez y Francisco Batalla respectivamente, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-
0103, sf., Caracas, 25 de abril de 1892.

88
ESTUDIOS

país, venciéndolos en cada una de las confrontaciones13. En 1903, se le designó con el


mismo cargo para que acabara con los restos de la Revolución Libertadora, que des-
de Guayana pretendía mantener la lucha, siendo igualmente aplastados y finalizando
con ellos los levantamientos armados del último cuarto del siglo xix14.

Si bien la pacificación de los estados era una de las preocupaciones principales del
Ejecutivo Nacional, la prevención y vigilancia de los mismos era igualmente impor-
tante. Por ello, la presencia de delegados nacionales en regiones conflictivas fue una
de las políticas empleadas desde los gobiernos de Antonio Guzmán Blanco hasta Ci-
priano Castro. Fundamentalmente, sus atribuciones se basaron en fiscalizar todas las
actividades que realizaran los presidentes de los estados, manteniendo informado al
gobierno nacional sobre sus acciones. Debemos tomar en cuenta que el delegado na-
cional era la representación del presidente de la República en los estados, por tanto
estaba facultado para ejecutar órdenes que creyese convenientes al ser considerado
como la propia figura del primer mandatario nacional15.

La administración guzmancista utilizó en distintas ocasiones a los delegados nacio-


nales para controlar política y militarmente las regiones. A finales del Septenio la desig-
nación de estos funcionarios con jurisdicción sobre varios estados, buscó inspeccionar
las actividades que allí se realizaban. Para tales efectos se nombró a finales de 1876 y
principios de 1877 a Diego Bautista Urbaneja a Cumaná, Maturín, Barcelona y Nueva
Esparta; Julio F. Sarría a Nueva Esparta y Jacinto Gutiérrez a Falcón, para mantener
una presencia del gobierno de Guzmán Blanco en esas entidades16. Sin embargo, sería

Manuel Caballero, Gómez, el tirano liberal (Anatomía del poder, p. 63.


13

“Juan Vicente Gómez Comandante en Jefe del Ejército Expedicionario y Delegado Nacional en el Oriente de la
14

República. A los habitantes del Estado Bolívar”, La Voz del Estado, Cumaná, 8 de agosto de 1903, p. 2.
En varios nombramientos de delegados nacionales se establecía que se les debía considerar la persona misma del
15

presidente de la Unión. Véase: Nombramiento del Dr. Diego Bautista Urbaneja delegado representante del Gobier-
no Nacional en los estados Cumaná, Maturín, Barcelona y Nueva Esparta, AGN. Secretaría del Interior y Justicia,
tomo cmxxxvi, fols. 182-192, Caracas, 28 de noviembre de 1876; Se nombra al ciudadano Gral. Julio Sarría
representante del Gobierno Nacional en el estado Nueva Esparta, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo
cmxxxviii, fols. 162-170, Caracas, 17 de diciembre de 1876 y Se nombra al ciudadano Gral. Vicente Amengual
representante del Gobierno Nacional en los estados Zulia y Falcón, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo
cmliv, fols. 176-180, Caracas, 7 de marzo de 1877; Se nombra al General José Eusebio Acosta representante del
Gobierno Nacional en los estados Guayana, Maturín, Nueva Esparta y Cumaná, AGN, Secretaría del Interior y
Justicia, tomo cmxlv, fols. 325-332, Caracas, 19 de marzo de 1877.
Nombramiento del Dr. Diego Bautista Urbaneja delegado representante del Gobierno Nacional en los estados Cu-
16

maná, Maturín, Barcelona y Nueva Esparta, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxvi, fols. 182-192,
Caracas, 28 de noviembre de 1876; Se nombra al ciudadano Gral. Julio Sarría representante del Gobierno Nacional
en el estado Nueva Esparta, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxviii, fols. 162-170, Caracas, 17 de
diciembre de 1876 y Resolución nombrando al Gral. Jacinto Gutiérrez representante del Gobierno Nacional en el
estado Falcón, en reemplazo del Gral. Vicente Amengual, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxix,
fols. 347-351, Caracas, 19 de enero de 1877.

89
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

en el gobierno de Linares Alcántara cuando se envió, a casi todas las entidades, dele-
gados nacionales para que las mantuvieran vigiladas e hicieran presencia del gobierno
nacional. En buena medida esto se debía, a que en su mayoría, los presidentes de los
estados eran seguidores de Guzmán Blanco y podían ejercer oposición a las reformas
que se intentaron implementar. Los nombramientos de José Eusebio Acosta a los esta-
dos orientales, Diego Bustillos a Trujillo, Ángel Delfín Ramos a Zamora y Portugue-
sa y Laurencio Silva a Carabobo, en 1877, tuvieron como característica principal la
presencia del Ejecutivo Nacional en esas entidades, así como la vigilancia externa del
funcionamiento y actividades de sus primeros mandatarios17.

Los gobiernos que sucedieron a Guzmán Blanco después del bienio no hicieron
uso de los delegados nacionales para tales funciones, aunque esporádicamente se en-
viaron a observar el desempeño de los presidentes de los estados y prevenir cualquier
movimiento armado que intentara deponer a las autoridades legítimamente consti-
tuidas. Sólo dos delegados nacionales nombró el gobierno crespista para la vigilancia
del territorio, designándose para tal caso a Bartolomé Ferrer a Nueva Esparta y Tomás
María Martínez a la sección Apure18. Con el gobierno de Ignacio Andrade, a finales
del siglo xix, se reformó la división político territorial del país, retornándose a las
veinte entidades existentes antes de 1881; con ello, logró apartar posibles intentos de
derrocamiento, alejando lo más posible a caudillos rivales. Para ello empleó la desig-
nación de delegados nacionales para la vigilancia y presencia del gobierno a distintos
estados, con lo cual pretendía separar cualquier amenaza cercana o las que se pudieran
producir en las regiones, nombró en 1898 a Francisco Díaz Grafe a Guárico, reempla-
zándolo después por Ramón Guerra; Francisco Batalla a Zamora; Diego Bautista Fe-
rrer a Lara y Antonio Fernández a Aragua19. Una vez depuesto Andrade por Cipriano

17
Se nombra al general José Eusebio Acosta representante del Gobierno Nacional en los estados Guayana, Maturín,
Nueva Esparta y Cumaná, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxlv, fols. 325-332, Caracas, 19 de
marzo de 1877; Delegados del Gobierno Nacional en los estados AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo
cmxlviii, fols. 15-21v, 21 de junio de 1877; Se nombra delegado Nacional en los estado Portuguesa y Zamora al
ciudadano Dr. Ángel Delfín Ramos, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxlix, fols. 249-251, Caracas,
24 de mayo de 1877; Se nombra delegado nacional en el estado Trujillo al ciudadano Dr. Diego Bustillos, AGN,
Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxlix, fols. 253-255, Caracas, 24 de mayo de 1877; “Oficio al ciudadano
doctor Ángel Delfín Ramos participándole su nombramiento como delegado nacional en los Estados Zamora y
Portuguesa”, Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela, Caracas, N° 1135, 1 de junio de 1877 y “Oficio al
ciudadano doctor Diego Bustillos participándole su nombramiento como delegado nacional en el Estado Trujillo”,
Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela, Caracas, N° 1135, 1 de junio de 1877 y Semanario de Anuncios,
Mérida, 19 de julio de 1877, p. 2.
“El Gral. B. Ferrer”, El Ojo. Juan Griego, 13 de abril de 1894, p. 3 y “Regreso”, en La Opinión de Apure. San Fernando
18

de Apure, 15 de julio de 1896, p. 1.


“Resolución por la que se nombra al Dr. y Gral. Francisco Díaz Grafe, comisionado especial y representante del
19

Ejecutivo Nacional en la sección Guárico del estado Miranda”, Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela,
Caracas, N° 7486, 10 de junio de 1898; “Resolución por la que se nombra al Gral. Ramón Guerra, comisionado es-
pecial y representante del Ejecutivo Nacional en la sección Guárico del estado Miranda”, Gaceta Oficial de los Estados

90
ESTUDIOS

Castro, se enviaron funcionarios, en amplias áreas de jurisdicción, para fiscalizar las


actividades en las regiones y prevenir levantamientos en contra del nuevo gobierno,
nombrándose a Ramón Guerra a los estados Aragua, Guárico y Apure; Juan Vicente
Gómez a Táchira, Mérida y Trujillo; José Antonio Velutini a Barcelona, Cumaná,
Maturín y Margarita, siendo sustituido en el cargo por Juan Francisco Castillo y al
cual se le agregó el estado Guayana20.

La mayor parte de los nombramientos de delegados nacionales tuvieron como


principal objetivo la pacificación de las regiones y la presencia del gobierno nacio-
nal para vigilar a los mandatarios locales. Más de un setenta y ocho por ciento de las
designaciones tuvieron estas características, por lo cual el peso militar de sus funcio-
nes era mucho mayor que las atribuciones de gobierno y autoridad electoral, para
estos últimos asuntos era más común que el gobierno central interviniese con otro
funcionarios: el presidente provisional, como está claramente documentado para el
caso andino. Lógicamente, en un país donde abundaban las luchas caudillistas por
el poder, imperaba la necesidad del gobierno nacional para someterlos, buscando así
neutralizar cualquier intento por resquebrajar el proyecto centralizador y mantener
gobiernos leales en cada una de las entidades político-administrativas.

Fundamental para el análisis de los delegados nacionales es su origen, éstos en su


mayoría fueron militares surgidos en el fragor de la Guerra Federal, que luego se con-
vertirían en un grupo de caudillos que hacían valer su poderío y que muchas veces
gozaron del favor o la enemistad del gobernante de turno. Su cercanía y confianza
con los mandatarios de la República los ubicó en un lugar privilegiado dentro de
la administración del gobierno. Estos individuos se desempeñarían como ministros
del despacho, presidentes de estados, presidentes provisionales, delegados nacionales,

Unidos de Venezuela. Caracas, N° 7491, 3 de diciembre de 1898; “Resolución por la que se nombra al Gral. Antonio
Fernández, comisionado especial y representante del Ejecutivo Nacional en la sección Aragua del estado Miranda”,
Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela, Caracas, N° 7341, 4 de diciembre de 1898; “Resolución por la
que se nombra al Gral. Francisco Batalla, comisionado especial y representante del Ejecutivo Nacional en el estado
Zamora”, Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela. Caracas, 14 de junio de 1898 y “Saludo”, El Trabajo.
Barquisimeto, 14 de septiembre de 1898, p. 2.
“Resolución nombrando Delegado Nacional y Representante del Jefe Supremo de la República al Gral. Ramón Gue-
20

rra, en los Estados Aragua, Guárico y Apure”, Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela, Caracas, 7 de diciembre
de 1899, p. ¿?; “Gral. Juan Vicente Gómez”, El Colaborador Andino. Mérida, 7 de septiembre de 1900, p. 2 y “Cartas
inéditas de Juan Vicente Gómez”, Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, 8 (Caracas, septiembre-octubre de 1960),
pp. 69-90; “Resolución nombrando Delegado Nacional y Representante del Jefe Supremo de la República al Gral.
José Antonio Velutini, en los Estados Barcelona, Cumaná, Maturín y Margarita”, Gaceta Oficial de los Estados Unidos
de Venezuela, Caracas, N° 7796, 7 de diciembre de 1899 y “El Gral. Velutini”, El Correo de Carúpano. Carúpano, 13 de
diciembre de 1899, p. 2; “Resolución de 21 de marzo de 1900, por la cual se nombra Ministro en comisión, delegado
nacional y representante del jefe supremo de la República en los estados Barcelona, Cumaná, Maturín, Margarita y
Guayana al ciudadano doctor Juan Francisco Castillo”, Leyes y Decretos de Venezuela 1900, Caracas, Biblioteca de la
Academia Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, 1989, tomo 23 (Serie República de Venezuela), pp. 47-48.

91
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

entre otros; lo cual los convirtió en un círculo cercano a la Presidencia de la Repúbli-


ca desde donde se manejarían los hilos del control del poder político en Venezuela
durante en el último cuarto del siglo xix. Esto lo representan claramente con la par-
ticipación de los generales Eleazar Urdaneta, Eladio Lara, Joaquín Díaz, José María
García Gómez, León Colina, Vicente Amengual, entre otros, quienes tuvieron una
destacada intervención en la Guerra Federal.

Garante de la imparcialidad. Autoridad electoral

Conjuntamente con las atribuciones de carácter militar, los delegados nacionales


estaban facultados para servir como autoridades electorales en los estados. En buena
medida, la mayoría de los levantamientos ocurrían por irregularidades o fraudes sus-
citados en comicios, los cuales condujeron al desconocimiento de los presidentes de
los estados y demás funcionarios, así como constantes enfrentamientos armados. Por
tales motivos, el Ejecutivo Nacional buscó solucionar estas disputas enviando a sus
representantes para que pacificaran las regiones en conflicto, y una vez restablecidas
todas las garantías y derechos se realizaran elecciones para que esas entidades legiti-
maran a sus gobernantes. Los distintos mandatarios nacionales tenían como política
no reconocer a ningún gobierno regional originado de un alzamiento militar, ya que
esto implicaba permitir la recurrencia de estas acciones y que en muchos casos eran
llevadas a cabo por caudillos rivales, lo cual no sólo ponía en riesgo su preponderancia
en una determinada entidad, sino también la de todo su gobierno.

Los delegados nacionales tenían entre sus funciones principales como árbitro elec-
toral: organizar los circuitos electorales de todo el estado; mantener una irrestricta
imparcialidad durante el proceso; otorgar plenas garantías a los ciudadanos para el
ejercicio de los comicios; recoger todo el armamento antes de la realización de las
elecciones; permanecer en las regiones hasta el ejercicio pacifico de los comicios y por
último, enviar todos los registros de las elecciones a Caracas.21

Sobre las funciones como autoridad electoral de los delegados nacionales revísese: Nombramiento de delegado
21

nacional en el estado Nueva Esparta, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxi, Fols. 120-122, Cara-
cas, 28 de agosto de 1876; Nombramiento de Vicente Coronado como comisionado del Gobierno Nacional en el
Zulia, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxiii, fols. 247-257, Caracas, 20 de septiembre de 1876;
Se nombra al Dr. Canuto García representante del Gobierno Nacional en el estado Carabobo y se le comisiona
para recibir los registros eleccionarios de la Junta General del mismo estado, AGN, Secretaría del Interior y Justicia,
tomo cmxxxiii, fols. 300-304, Caracas, 23 de septiembre de 1876; “Hechos-Maracaibo”, El Republico, La Victoria,
7 de junio de 1880, p. 2; Comunicado del delegado nacional José María García Gómez a los empleados y jefes civiles
del estado Bermúdez y la sección Nueva Esparta, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-0046, sf., Bar-
celona, 29 de marzo de 1889; “Al Partido Liberal Independiente del estado”, La Autonomía, Coro, 25 de septiembre
de 1889, p. 4. “Elecciones en Carabobo”, La Patria, Caracas, 21 de octubre de 1889, p. 2.

92
ESTUDIOS

Durante el Septenio y la administración de Linares Alcántara la designación de


delegados nacionales, con atribuciones de autoridad electoral, se efectuó en los esta-
dos Zulia, Guzmán (Mérida) y Nueva Esparta, entidades donde se derrocaron a los
presidentes, por lo que la forma de garantizar la estabilidad y legalidad era realizar
a la brevedad comicios para que se lograra su organización constitucional. De igual
manera, hay que destacar que el Ejecutivo Nacional al no reconocer gobiernos de fac-
to, suspendía el envío del situado. Por ello, el desempeño de los delegados Jacinto
Gutiérrez, León Colina, Jesús Muñoz Tébar y Juan de Dios Monzón, en las entidades
señaladas, se basó en crear las condiciones necesarias para la elección de autoridades
que restituyeran la legalidad22.

Sin embargo, el panorama electoral del país cambió drásticamente con la promul-
gación de la Constitución de 1881, en la que se estableció en el numeral 22, del artí-
culo 13, que las elecciones debían ser directas y públicas, siendo ejercido el voto de
manera plena, en sesión de la junta respectiva, quedando registrado en los libros co-
rrespondientes, los cuales no podían sustituirse23. En este sentido, este artículo trans-
formó el desenvolvimiento normal de los procesos electorales, ya que los grupos de
poder local presionaron sobre la población por ser el voto público, coaccionándose
para que no se ejercieran acciones en contra del caudillo de peso en la región.

Los procesos electorales llevados a cabo en Venezuela a partir de 1881, contribu-


yeron a incrementar los conflictos por el poder en las regiones. Los comicios se orga-
nizaban por Comités Electorales, que en muchos casos estaban controlados por los
votantes registrados y por votos acomodados de los residentes locales. De acuerdo a
la legislación vigente, el Comité Electoral se constituía en la plaza principal de cada
localidad la mañana del día del registro, con la selección de doce personas que se re-
unieran en ese lugar. Por ello, evitar la presencia de la oposición en los comités elec-
torales se convirtió en la forma de obtener el triunfo en las elecciones, más que en la
verificación del cómputo final de los votos24.

Juan Besson, Historia del Estado Zulia..., tomo III, pp. 291-292 y pp. 329- 331; “Elecciones”, en La Regeneración,
22

Mérida, 3 de noviembre de 1876, p. 2; Nombramiento de delegado nacional en el estado Nueva Esparta, AGN,
Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxxxi, fols. 165-170, Caracas, 28 de septiembre de 1876; “Margarita”, El
Porvenir, San Cristóbal, 11 de octubre de 1876, p. 805 y Delegados del Gobierno Nacional en los estados, AGN,
Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxlviii, fols. 12-15, Coro, 9 de junio de 1877 y “Título”, Semanario de
Anuncios. Mérida, 5 de julio de 1877, p. 2.
“Constitución de los Estados Unidos de Venezuela (1881)”, Leyes y decretos de Venezuela 1880-1882, Caracas, Aca-
23

demia de Ciencias Políticas, 1989, tomo 9 (Serie República de Venezuela), p. 219.


Arturo Guillermo Muñoz, El Táchira fronterizo. El aislamiento regional y la integración nacional en el caso de Los
24

Andes, (1881-1899), Caracas, Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1988, pp. 218-220.

93
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

En muchos casos, antes que se llevara a cabo el registro electoral, grupos armados
patrullaban las calles para controlar a los adversarios y bloquear los accesos a las pla-
zas, terminando en algunos casos con violentas batallas callejeras. En ocasiones para
evitar que los rivales ingresaran a los pueblos, se intimidaba a los campesinos para
que no asistieran a los comicios, con desfiles, fuegos artificiales, bandas musicales y
encendidos discursos que arengaban las agrupaciones políticas, lo cual terminaba en
combates entre las facciones en pugna25.

Ejemplos palpables de esta situación lo observamos en el estado Los Andes, des-


de 1884 a 1887, cuando después de serias desavenencias entre caudillos regionales
se produjeron conflictos armados y desconocimientos de las autoridades, imposibi-
litando la realización de elecciones que pudieran finiquitar los combates. Aún con la
presencia de los delegados nacionales José Victorio Guevara, Simón Bolívar O’Leary,
Pedro Vallenilla y Jesús María Aristiguieta, como árbitros electorales, los bandos en
pugna desconfiaban de la realización de comicios por la posibilidad de procedimien-
tos fraudulentos, los cuales sólo se efectuaron cuando la intervención del gobierno
central fue más eficaz y bajo la amenaza de ocupación militar del estado26.

Años más tarde, en 1889, la pretensión de imponer una reforma constitucional


por parte del Ejecutivo Nacional, llevó a que se enviaran delegados nacionales a los
estados que podían hacer oposición al gobierno, para que influyeran en las elecciones
de las Legislaturas, empleando tácticas de presión, como las arriba señaladas, sobre los
círculos políticos locales. Para cumplir con estos objetivos se nombró para Bermúdez
a Froilán Anzola, José Tomás Pérez, Fernando Arvelo y José María García Gómez;
para Carabobo Nicolás M. Gil y Laureano Villanueva; para Lara o Norte de Occiden-
te a Nicolás M. Gil, Fernando Arvelo y Ramón Jiménez Gómez y para Falcón-Zulia a
Eleazar Urdaneta y Jacinto Regino Pachano27. Esto produjo el rechazo de los estados,

Arturo Guillermo Muñoz, El Táchira fronterizo..., pp. 218-220.


25

Relacionado con la comisión confiada al general José V. Guevara en el estado Los Andes, AGN, Secretaría del
26

Interior y Justicia, tomo mcxvii, fols.87-98, Caracas, 8 de julio de 1885; Informe que suministra el ciudadano
Simón Bolívar O’Leary, sobre la conducta observada por los empleados de aquel estado durante los últimos acon-
tecimientos políticos AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvii, fols. 405–406, Cúcuta, 30 de julio de
1886; Nombramiento del general Pedro Vallenilla de delegado nacional en el estado Los Andes, AGN, Secretaría
del Interior y Justicia, tomo mcxxviii, fols. 170- 179, Trujillo, 22 de agosto de 1886 y Telegrama enviado al general
J. M. Aristiguieta, manifestándole que han recibido su telegrama del 21 del corriente y que el presidente de la Re-
pública se ha impuesto con satisfacción de que reine la paz en este importante estado, practicándose las elecciones
con entera regularidad, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxlviii, fol. 201, Caracas, 24 de octubre de
1887.
“El general Froilán Anzola”, El Óbolo, Aragua de Barcelona, 2 de febrero de 1888, p. 1; “El Delegado Nacional”, El
27

Cronista, Aragua de Barcelona, 5 de septiembre de 1888, pp. 1-2; “Manifestaciones”, La Causa de abril, Caracas,
29 de octubre de 1888, p. 2; Comunicado del delegado nacional José María García Gómez a los empleados y jefes
civiles del estado Bermúdez y la sección Nueva Esparta, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-0046,

94
ESTUDIOS

que se negaban a aceptar una transformación constitucional que ampliara el período


presidencial. Finalmente, con elecciones o sin ellas, lograron que los estados se adhi-
rieran al proyecto reformista, dejando claro que las garantías y derechos electorales no
eran tomados en cuenta durante este período, así como la actuación de los delegados
nacionales sirvió como un elemento de coacción frente los derechos autonómicos de
las regiones.

La Constitución de 1893, estableció el voto directo y secreto, con lo cual se tra-


tó de ampliar las garantías para ejercer el sufragio. En tal sentido, los conflictos por
irregularidades en comicios tendieron a desaparecer, en tanto que, sólo se requirió
la presencia de un delegado nacional en 1897, para la organización de las elecciones
en Zamora28. Abriéndose, durante este período, el espacio para campañas electorales
de alcance nacional, donde en apariencia se respetaban los derechos ciudadanos. Sin
embargo, en 1897, las elecciones presidenciales estuvieron signadas por el fraude y
la reanudación de la violencia armada en distintas partes del territorio. El triunfo de
Ignacio Andrade se llevó a cabo a través de la trampa, lo que motivó el alzamiento de
José Manuel “el mocho” Hernández y a un nuevo período de inestabilidad, que no se
solucionaría hasta la llegada de Cipriano Castro al poder en 1899.

Es preciso puntualizar que la realización de elecciones en la Venezuela de finales


del siglo xix, no era un asunto de carisma popular o de la presentación organizada
y sistemática de un programa político, sino del manejo de la maquinaria partidista y
electoral, la cual se estructuraba en un eficiente aparato militar y en el apoyo de los
caudillos leales que lograran ratificar o cambiar las decisiones de los sufragantes29. En
tal sentido, los delegados nacionales se convirtieron en una pieza fundamental para
alcanzar, primero la estabilidad y adhesión de los estados e incidir en los resultados
que arrojaran las elecciones de carácter local y nacional.

sf., Barcelona, 29 de marzo de 1889; “El General Gil”, El Diario, Valencia, 10 de enero de 1889, p. 2; “El Doctor
Laureano Villanueva”, La Libertad, Caracas, 2 de diciembre de 1889, p. 2; Carabobo y Villanueva”, La Reforma,
Puerto Cabello, 11 de febrero de 1890, p. 2; “El General Nicolás M. Gil”, El Constitucional, Barquisimeto, 9 de
febrero de 1889, p. 3; “Solución política”, El Pabellón Amarillo, Barquisimeto, 20 de febrero de 1889, p. 2; “Plan
armónico celebrado entre los ciudadanos generales Aquilino Juárez y León Colina, Jefes de los dos partidos que
se disputan el triunfo en el actual proceso electoral del estado”, El Criterio Liberal, Barquisimeto, 5 de octubre de
1889, p. 4; “Sueltos”, La Escofina, Carora, 20 de enero de 1890, pp. 2-3; Eleazar Urdaneta”, El Derecho, Coro, 12
de septiembre de 1889, p. 2; “Delegado Nacional”, El Derecho, Coro, 8 de agosto de 1889, p. 2 y El Gral. Jacinto R.
Pachano”, La Autonomía, Coro, 25 de septiembre de 1889, p. 2.
“Lo prudente y necesario”, El Voto de Cojedes, Tinaco, 11 de mayo de 1897, p. 3.
28

David Ruiz Chataing, Un Gentilhombre entre Caudillos (Ignacio Andrade y las luchas por el poder en la Venezuela
29

de finales del Siglo XIX).Trabajo presentado para optar al grado de Doctor en Historia, Caracas, Universidad Cen-
tral de Venezuela – Facultad de Humanidades y Educación, 2005 [Trabajo Inédito], p. 107.

95
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Gobierno provisional de los estados

Inestabilidad militar en los estados y desconocimientos de sus autoridades implica-


ron la designación de delegados nacionales que pacificaran y legalizaran los gobiernos
de las entidades en conflicto. En tal sentido, el poder Ejecutivo, en varias ocasiones, que-
daba bajo la responsabilidad de estos funcionarios, asumiendo todas las atribuciones de
un presidente estadal. Éste, sin duda, es un aspecto de gran importancia dentro de las
facultades otorgadas a los delegados nacionales, ya que ante una situación de revuelta o
rebeldía contra el Ejecutivo Nacional, el gobierno civil recaía en estos caudillos o jefes
militares enviados desde Caracas, lo cual incrementó el poder que podían ejercer en las
regiones, que a su vez perdían su capacidad de gestión y sus derechos autonómicos.

Entre sus atribuciones principales como máxima autoridad estadal se encontra-


ban: nombrar funcionarios a todos los niveles de la administración pública regional;
proyectar y ejecutar obras de infraestructura y urbanismo; reunirse con los círculos
políticos locales para establecer pactos y alianzas que permitieran la realización de
procesos electorales y la deposición de las armas en las continuas rebeliones suscita-
das; representar al Ejecutivo Nacional en negociaciones con compañías o entidades
bancarias; inspeccionar las dependencias del gobierno nacional en los estados (Adua-
nas, puertos, castillos, fortificaciones militares, entre otras) y, sin duda, una de las más
conflictivas, establecer impuestos y solicitar empréstitos30. Esta última medida, generó
el rechazo de la población, ya que debían contribuir para cubrir los gastos en que se
incurría durante los levantamientos, así como en el mantenimiento de las tropas que
estaban a cargo del delegado nacional y en muchas ocasiones sufragar el déficit de la
administración del gobierno ejercido por estos funcionarios. Acciones que condu-
jeron a que los escasos recursos de las recaudaciones de los estados se dilapidaran y
provocaran la desaprobación a las intervenciones desde el gobierno central31.

30
“Oficio del ciudadano general presidente del estado Barcelona poniendo en cuenta al gobierno de la situación de
aquel Estado”, Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela, Caracas, N° 1168, 14 de Julio de 1877; J. Acevedo
participa al presidente del estado Bermúdez, que por disposición del presidente de la República, el ciudadano Juan
Bautista Arismendi pasa a Maturín con el carácter de delegado del gobierno nacional, AGN, Secretaría del Interior
y Justicia, tomo mlxxxix, fol. 289, Caracas, 30 de agosto de 1883; Se participa a los estados Falcón, Los Andes y a
los gobernadores de las secciones Zulia y Trujillo, el nombramiento de delegado nacional hecho en el general Eladio
Lara, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcx, fols. 281-285, Caracas, 22 de diciembre de 1884; Nombra-
miento del ciudadano Simón Bolívar O’Leary, para delegado nacional en el estado Los Andes, AGN, Secretaría del
Interior y Justicia, tomo mcxxvi, fols. 147-150, Caracas, 12 de junio de 1886; Nombramiento del general Pedro
Vallenilla de delegado nacional en el estado Los Andes. AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxviii,
fols. 145-149, Caracas, 9 de agosto de 1886, y Resolución nombrando delegados del Gobierno Nacional en los
estados Los Andes y Zamora a los generales José María García Gómez y Francisco Batalla respectivamente, AGN,
Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-0103, sf., Caracas, 25 de abril de 1892.
Se transcribe del ministro de Guerra y Marina, la nota del delegado nacional en los estados Falcón y Zulia, sobre el
31

gasto ocasionado por la conducción del parque aprehendido en el territorio Goajira, procedente de Nueva Colombia,

96
ESTUDIOS

Un aspecto relevante para el análisis de este proceso, es que el presidente estadal


tiende a desaparecer mientras se encontraba en funciones el delegado nacional, no se
halla en la documentación referencias a la actuación, órdenes y gestión de los jefes de
los estados durante la presencia de estos funcionarios. Aún cuando legítimamente se-
guían siendo las máximas autoridades, su rango de acción se redujo o en algunos casos
se aparta por completo del gobierno. Ejemplos notorios los observamos en el estado
Zulia en 1874, después del derrocamiento de Venancio Pulgar, el poder ejecutivo re-
cayó en el delegado Jacinto Gutiérrez, mando del cual no se separó hasta la elección
de un nuevo presidente32.

En el estado Los Andes, desde 1884 hasta 1887, una serie de delegados nacionales
fueron enviados a esa región para sofocar la rebelión surgida entre liberales y conserva-
dores; en los dos períodos más relevantes de este conflicto, los presidentes en ejercicio
desaparecen de la política local, no tenemos documentación que dé cuenta de las man-
datos y órdenes realizadas por Rosendo Medina ni por el gobierno de facto que se ins-
tauró tras el derrocamiento de Francisco Alvarado, mientras que las gestiones de la ad-
ministración pública, organización electoral, patrullaje y fiscalización, estructuración
militar y pacificación fueron ejercidas por los delegados nacionales Eladio Lara, José
Victorio Guevara, Simón Bolívar O’Leary, Pedro Vallenilla y Jesús María Aristiguieta33.

Circunstancias distintas, años más tarde, ameritaron la intervención de los dele-


gados nacionales en los asuntos de gobierno local. En Bermúdez, Carabobo y Norte
de Occidente, la necesidad de que estas entidades se sumaran al proyecto continuista
emprendido por Juan Pablo Rojas Paúl, en 1889, trajo como consecuencia el envío de
los delegados Fernando Arvelo, José María García Gómez, Nicolás M. Gil y Laureano
Villanueva, que dan cuenta de las acciones que se tomaron para presionar en las reso-
luciones de los presidentes y las respectivas Legislaturas; en tales casos, se influyó para

AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmlix, fols. 102-104, Maracaibo, 25 de agosto de 1877; Se nombra
delegado nacional en los estados Zamora y Portuguesa, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmlix, fol. 128,
Barcelona, 6 de diciembre de 1877; Informe que suministra el ciudadano Simón Bolívar O’Leary, sobre la conducta
observada por los empleados de aquel estado durante los últimos acontecimientos políticos, AGN, Secretaría del
Interior y Justicia, tomo mcxxvii, fols. 407-408, Cúcuta, 30 de julio de 1886.
Juan Besson, Historia del Estado…, tomo III, pp. 291-292.
32

Se participa a los estados Falcón, Los Andes y a los gobernadores de las secciones Zulia y Trujillo, el nombramiento
33

de delegado nacional hecho en el general Eladio Lara, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcx, fols.
281-285, Caracas, 22 de diciembre de 1884; Expediente relacionado con los asuntos de Mérida. Estado Los Andes,
AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvi, fols. 114-122. Mérida, 8 y 9 de junio de 1886; Expediente
relacionado con los asuntos de Mérida. Estado Los Andes, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvi,
fols. 107-113, Tovar, 10 de junio de 1886 y Ignacio Baralt, Gral. Ignacio Baralt Consejero encargado de la Presiden-
cia del Estado.Biblioteca Nacional – Biblioteca Febres Cordero, Colección de Hojas Sueltas, Mérida, 10 de junio de
1886. Imprenta Juan de Dios Picón Grillet.

97
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

que los jefes de los estados aprobaran con celeridad la reforma, utilizando la persua-
sión o apartando a los caudillos rivales del poder para conseguir el objetivo34.

Otro aspecto para destacar sobre los delegados nacionales es su presencia en territo-
rios federales dependientes del gobierno central, estos se establecieron con la división
político-administrativa de 1881, y a pesar estar bajo el control del Ejecutivo Nacional,
igualmente se enviaron funcionarios con amplias atribuciones para que representasen
al gobierno. El primero de ellos fue Felipe Añez, en 1886, quien por disposición del
presidente de la República se le nombró agente y representante del gobierno nacional
en el territorio Goajira, con instrucciones de defender de los derechos fiscales que co-
rrespondían al gobierno federal en el contrato celebrado con el ciudadano Luis Mar-
cucci, para la explotación de los recursos de ese territorio35.

En 1889, el presidente Rojas Paúl designó al doctor José Ignacio Arnal como co-
misionado especial del gobierno nacional en el Territorio Yuruary, para que hiciera un
estudio práctico de las necesidades políticas, económicas, administrativas, judiciales
y de orden público en ese territorio. Del que debía presentar un informe indicando
cuáles eran las medidas a dictarse a la brevedad36.

Como podemos apreciar, las facultades de gobierno que ejercieron los delegados
nacionales les permitió detentar un poder amplio en los estados, ya que tenían bajo su
dominio el mando militar, el gobierno civil y la máxima autoridad electoral, por tan-
to, su rango de acción sobrepasaba las atribuciones que constitucionalmente estaban
establecidas para los presidentes estadales. El control ejercido por estos funcionarios
menoscababa los fueros autonómicos de las regiones y generó el rechazo de los cau-
dillos locales, agrupaciones políticas y la población en general que protestaba ante las
continuas intromisiones del Ejecutivo Nacional.


34
“Respetuoso saludo”, La Unidad Liberal, Aragua de Barcelona, 1 de septiembre de 1888, p. 1; “El Delegado Nacio-
nal”, El Cronista, Aragua de Barcelona, 5 de septiembre de 1888, pp. 1-2; “El General García Gómez”, Un Periódico,
Carúpano, 17 de octubre de 1889, p. 4.; “Crónica”, El Ojo, Juan Griego, 13 de diciembre de 1889, p. 1; “El General
Gil”, El Diario, Valencia, 10 de enero de 1889, p. 2; “Carabobo”, El Partido Democrático, Caracas, 30 de julio de
1889, p. 2; “El Doctor Laureano Villanueva”, El Sur de Occidente, Guanare, 12 de octubre de 1889, p. 2; El General
Nicolás M. Gil”, El Constitucional, Barquisimeto, 9 de febrero de 1889, p. 3; “El Nuevo Rumbo”, El Constitucional,
Valencia, 27 de febrero de 1889, p. 2; “El Indulto”, El Criterio Liberal, Barquisimeto, 5 de octubre de 1889, p. 3 y
“El Mensajero de la Ley”, La Palabra, Yaritagua, 19 de noviembre de 1889, p. 2.

35
Se nombra al ciudadano Felipe Añez, agente y representante nacional en el Territorio Goajira, AGN, Secretaría del
Interior y Justicia, tomo mcxxi, fols. 308-312, Caracas, 13 de enero de 1886.

36
Se nombra al Dr. José Ignacio Arnal comisionado especial del gobierno nacional en el territorio Yuruary, AGN,
Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-0045, sf., Caracas, 24 de febrero de 1889.

98
ESTUDIOS

Excesos y contradicciones con la legislación venezolana

La concentración de poder que lograron alcanzar los delegados nacionales en los


estados, los convirtió en una especie de burocracia militar y de gobierno que apartó o
limitó la capacidad administrativa de las autoridades regionales. Este poder también
hizo que los delegados nacionales incurrieran en excesos y acciones autoritarias, no
sólo en contra de los caudillos y políticos locales, sino de la misma población que
protestó en más de una oportunidad su designación. Medidas arbitrarias, que en mu-
chos casos generaban más problemas y conflictos que soluciones, con lo cual se incre-
mentaron las tensiones y aumentaron los hechos armados en las entidades que debían
pacificar y organizar constitucionalmente. La usurpación de funciones fue una causa
recurrente de protesta en contra de los delegados nacionales, señalándose como por-
tadores de órdenes emanadas desde la capital.

La presencia de los delegados nacionales en los estados, causó serias desavenencias


entre los caudillos locales, los cuales veían estas operaciones como una intromisión
en sus espacios de poder; también fue motivo de conflictos por las alianzas que es-
tablecían con jefes militares rivales, quienes pretendían la deposición de la máxima
autoridad estadal. Casos como los del estado Zulia en 1874, Zamora en 1877 y Ca-
rabobo en 1889, con los derrocamientos de Venancio Pulgar, Juan Navarrete Romero
y Hermógenes López, respectivamente, evidencian cómo los delegados nacionales
pactaron con los grupos alzados, los cuales buscaban la separación de sus presidentes
por medio de hechos armados37. Acciones que sin duda demostraban que estos fun-
cionarios actuaban con parcialidad, contraviniendo sus instrucciones donde se hacía
hincapié en mantenerse al margen de las disputas locales. De igual manera, se resistió
desde los estados, la imposición de medidas surgidas del centro del poder, lo cual con-
llevó al envío de delegados nacionales para lograr esos objetivos, quienes se valieron
de cualquier medio para conseguirlo. En el estado Carabobo, en 1891, por orden del
delegado nacional Fernando Burguillos, se encarceló a buena parte de los represen-
tantes de la Legislatura, por oponerse al proyecto continuista de Andueza Palacio,
generándose sucesivos conflictos en toda la entidad, ya que se interfería en la política
local para obtener la aprobación al proyecto reformista38.

Decreto del Presidente de la República. Caracas, 22 de agosto de 1874, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo
37

dccclxxxvi, fols. 94-95; Juan Besson, Historia del Estado…, tomo III, pp. 291-292; Se nombra al ciudadano
Antonio Palacios delegado nacional en el estado Zamora, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmlix, fol.
136, Barinas, 23 de diciembre de 1877; “Elecciones en Carabobo”, La Patria, Caracas, 21 de octubre de 1889, p. 2;
“Saludo”, La Patria, Caracas, 2 de diciembre de 1889, p. 2 y “El Doctor Laureano Villanueva”, La Libertad, Caracas,
2 de diciembre de 1889, p. 2.
“Sucesos en Carabobo”, Los Ecos del Zulia, Maracaibo, 27 de enero de 1892, p. 2.
38

99
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Los habitantes de los estados también alzaban su voz en rechazo ante el desem-
peño de los delegados nacionales, quienes se excedían en sus funciones al establecer
impuestos o préstamos forzosos con los cuales la población debía contribuir para el
mantenimiento de los ejércitos emplazados en las distintas regiones; aspectos que des-
embocaron en protestas al señalarse a estas tropas como fuerzas de ocupación que
poco favorecían al mantenimiento de la paz. De igual manera, las expropiaciones de
tierras y ganados de particulares causaron una sostenida desaprobación, las cuales se
denunciaban como una violación al derecho a la propiedad plasmado en todas las
constituciones de finales del siglo xix39.

Sin embargo, las medidas tomadas por los delegados nacionales se mantuvieron a
pesar de las refutaciones presentadas. En tanto que, la disidencia ejercida por los cau-
dillos, agrupaciones políticas y la población en general, eran aplacadas con el encar-
celamiento de sus principales dirigentes; fueron frecuentes el cierre de periódicos y el
arresto de sus directores, así como el sometimiento de políticos locales que se negaran
a cumplir con los mandatos del delegado nacional40. Acciones que hicieron mucho
más conflictivas las relaciones entre el Ejecutivo Nacional y las entidades político-
administrativas, incrementándose el rechazo hacia estos funcionarios y solicitándose
al gobierno central no enviarlos más para la resolución de los problemas41.

Después de haber analizado de los aspectos que caracterizaron las atribuciones para
las que estaban facultados los delegados nacionales, pudiera sorprender que cada una
de ellas estaban prohibidas en los textos constitucionales del último cuarto del siglo
xix. Las funciones de los delegados nacionales contradecían diversos artículos en los
que se establecían los derechos autonómicos de los estados y los cuales no permitían
la ejecución de las medidas para las que estaban instruidos. A pesar de su generalizado
uso en todo el territorio nacional, éstos eran incompatibles con varios artículos de las
constituciones de 1874, 1881, 1891 y 1893.

El delegado nacional en el estado Bermúdez remite presos a esta ciudad al Gral. Crispín Aranguren y al Dr. Eliodoro
39

Ríos Salazar, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, legajo 02-05-0036, sf., Caracas, 20 de septiembre de 1888 y “El
Obrero”, La Dinamita, Barcelona, 27 de abril de 1890, p. 2.
Reporte del delegado nacional sobre los presos políticos en el estado Bermúdez, AGN, Secretaría del Interior y
40

Justicia, legajo 02-05-0032-0033, fols. 299-300, Barcelona, 24 de noviembre de 1888; “Periodistas presos”, La Au-
tonomía, El Callao, 10 de marzo de 1890, p. 1 y “Escandaloso atentado”, Ecos de Benítez, El Pilar (Carúpano), 19 de
septiembre de 1889, p. 1.
“Delegados Nacionales”, El Venezolano, Valencia, 7 de julio de 1877, pp. 2-3; Carta confidencial. Firmada por Juan
41

Bautista Araujo, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo mcxxvii, fols. 120-122, Mérida, 10 de agosto de
1886; “Es grave”, La Legalidad. Caracas, 15 de enero de 1890, p. 3; “Delegaciones”, La Autonomía, Maracaibo, 15
de febrero de 1890, p. 3; “El General Pachano”, El Noticioso, Maracaibo, 24 de febrero de 1890, p. 2; “Boletín”, La
Voz de Montalbán, Montalbán, 2 de enero de 1892, p. 2 y “Lo prudente y necesario”, El Voto de Cojedes, Tinaco, 11
de mayo de 1897, p. 3.

100
ESTUDIOS

En cuatro artículos de estas cartas magnas quedaban fijadas y delimitadas las po-
sibilidades de intervención del gobierno central en los estados. Se estipulaba que las
autoridades civil y militar no podían ser ejercidas por la misma persona; quedaba es-
tablecido que el gobierno federal no tendría en los estados otros empleados residentes
con jurisdicción y autoridad, exceptuando los de Hacienda, los que defendieran for-
talezas, parques, apostaderos y puertos habilitados, teniendo jurisdicción sólo en los
lugares mencionados y que aún por estas funciones no dejaban de estar sometidos a
las leyes del estado en el que residían; se señalaba que el gobierno nacional no podría
situar en un estado a jefes militares con mando, aunque fuese de la misma entidad, sin
el permiso del gobierno del estado en que debían apostar las fuerzas; por último, se ex-
presaba claramente que ni el Ejecutivo Nacional, ni los estados podrían intervenir de
forma armada en las contiendas domésticas de cada entidad, sólo les estaba permitido
ofrecer sus buenos oficios para conseguir una solución pacífica42.

Se desprende que las atribuciones de los delegados nacionales contravenían prin-


cipios básicos del gobierno autonómico de los estados, ya que dentro de sus instruc-
ciones se establecían órdenes que iban en contra de los artículos arriba mencionados.
Aún cuando desde los estados se reclamaban las constantes violaciones a la Cons-
titución se proseguían enviando a estos funcionarios. Acciones que demostraban la
incapacidad para la conservación de la estabilidad política y militar en todo el terri-
torio nacional y las marcadas posturas contrarias a la federación y la búsqueda de los
sucesivos gobiernos por centralizar el país.

Por ello, la pacificación general de Venezuela, a principios del siglo xx, no se efec-
tuó reconociendo las autonomías, sino con la concentración del poder en el Ejecutivo
Nacional. En tanto que, con la promulgación de la Constitución de 1901, desapareció
el artículo 134 de la Carta Magna de 1893, en el que se prohibía la presencia de jefes
militares del gobierno nacional en los estados, sin el permiso de los mandatarios re-
gionales donde debía situarse las fuerzas. Con ello, Cipriano Castro logró sin ningún
tipo de obstáculo constitucional, movilizar sus ejércitos ante cualquier levantamiento
en el país, quedando instituida la posibilidad de intervención sin objeción alguna43.

“Constitución de los Estados Unidos de Venezuela, de 27 de mayo de 1874, que reforma la de 1864”, Leyes y Decre-
42

tos de Venezuela 1870-1874, Caracas, Biblioteca de la Academia Ciencias Políticas y Sociales, 198, tomo 8, 1989, p.
52; “Constitución de los Estados Unidos de Venezuela (1881)”, Leyes y Decretos de Venezuela 1870-1874, tomo 9,
1989, p. 228; “Constitución de los Estados Unidos de Venezuela de 16 de abril de 1891”, Leyes y Decretos de Vene-
zuela 1870-1874, tomo 15, 1990, pp. 264-265 y “Constitución de los Estados Unidos de Venezuela de 21 de junio
de 1893”, Leyes y Decretos de Venezuela 1870-1874, tomo 17, 1990, pp. 21-23.
Inés Quintero, El Ocaso de una estirpe (La centralización restauradora y el fin de los caudillos históricos). Caracas,
43

Alfadil / Trópicos, 2000, p. 74.

101
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Un aspecto de relevancia, sobre la actuación de los delegados nacionales, es que en


treinta y tres años de su vigencia, sólo una discusión en el Congreso tocó el tema de la
pertinencia de estos funcionarios. En 1875, los representantes del poder legislativo se-
ñalaron que, basados en el artículo 13, en la Carta Magna vigente para ese momento,
los estados estaban comprometidos a cumplir con la Constitución, leyes y decretos de
la Unión, por lo cual el Ejecutivo Nacional podría tener funcionarios residentes con
jurisdicción y autoridad en las entidades federales, quienes harían cumplir todas las
leyes de la República. Se dejaba claro, que con esta disposición se establecía el respeto
al principio autonómico, pero también se reconocía la necesidad de la acción admi-
nistrativa del Estado en toda la República. Por tanto, los diputados decretaron que
entre las atribuciones del presidente de la Unión, se encontraba la de nombrar em-
pleados en todos los estados, en cualquier ramo de la administración pública, siendo
notificados los presidentes de cada entidad. Asimismo, el primer mandatario podría
dirigirse a éstos sin necesidad de comunicación previa a las autoridades regionales44.

Con estos señalamientos, se establecía que el Ejecutivo Nacional podía intervenir


en cualquier entidad con el objeto de mantener el orden y el acatamiento efectivo de
los preceptos constitucionales, que prohibían estas acciones porque violaba los dere-
chos autonómicos de los estados y restaba capacidad de gestión de gobierno a las au-
toridades locales; sin embargo, esta estrategia de dominio de las regiones por el poder
central se mantuvo intacta durante el último cuarto del siglo xix.

A pesar del rechazo y protestas de los estados por los nombramientos de delegados
nacionales, éstos eran los representantes del Ejecutivo Nacional, tenían instrucciones
precisas otorgadas por el presidente de la República, y en muchos casos, se establecía
en sus designaciones que eran la figura del primer mandatario personificado en este
cargo, por lo que su presencia fue requerida en distintas entidades para la resolución
de problemas locales. Ejemplos de ello lo observamos en la petición que hicieron los
vecinos del departamento Betijoque del estado Trujillo, en 1879, quienes buscando
hacer valer sus derechos y confiados en las garantías que ofrecían el gobierno, solicita-
ron al Ejecutivo Nacional el envío de un delegado nacional y un presidente de estado,
que fuera de la confianza de la localidad, que no permitieran ningún atropello o frau-
de para los comicios que se realizarían el 20 de febrero de 1880, para la elección de los
representantes del estado en el Congreso de la República45.

Proyecto de Ley sobre agentes nacionales en los estados, Archivo Histórico de la Asamblea Nacional, Tomos Histó-
44

ricos, tomo 405, fols. 284-290, Caracas, 26 de junio de 1875.



45
Representación de los vecinos del departamento Betijoque para el doctor Diego Bautista Urbaneja. Denuncian los
manejos practicados para evitar la libertad del sufragio y piden un delegado nacional y un presidente de estado para

102
ESTUDIOS

Desmanes hechos por los gobiernos locales hicieron que los habitantes del Territo-
rio Federal Amazonas solicitaran el envío de un delegado nacional. En su petición ex-
ponían la necesidad del nombramiento de un funcionario que viniera de la capital para
que recorriera la región y estudiara todo lo concerniente a la marcha administrativa, su
progreso moral y material y que luego presentara un informe al gobierno nacional de
todas sus investigaciones. Sobre todo, que examinara la actuación del gobernador del
territorio, que en su criterio, realizaba una gestión deficiente, ya que se encargaba más
al comercio que al gobierno, obligando a los indígenas del Casiquiare a extraer goma
para venderlas a Brasil. Igualmente, los impuestos que establecía a los comerciantes
eran sumamente altos, violando las leyes y malbaratando los fondos para carreteras,
instrucción pública, artesanos para que enseñaran a los indígenas, empleados públicos,
jueces departamentales y de distrito. Por ello, solicitaban la presencia de un funciona-
rio que representara al gobierno nacional y la remoción inmediata del gobernador46.

Finalmente, la imposibilidad de resolución de los problemas locales, la mala ges-


tión de los gobernantes de los estados y las deficientes garantías para la realización
de comicios generaron la necesidad de intervención del Ejecutivo Nacional que res-
pondiera e hiciera cumplir con las leyes, motivando solicitudes para la presencia de
delegados nacionales en los estados. Aun cuando constantemente se rechazó sus de-
signaciones.

que presencien las elecciones, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo cmxcvii, fols. 285-288, Betijoque, 28
de agosto de 1879.
Los vecinos abajo firmantes domiciliados en el Territorio Amazonas, participan al Ministro de Relaciones Inte-
46

riores, que piden al gobierno nacional, que se les envíe un delegado, para que recorra los territorios y estudie todo
lo relativo a su marcha administrativa y progreso moral y material, AGN, Secretaría del Interior y Justicia, tomo
mxcii, fols. 103-105, San Carlos de Río Negro, 18 de noviembre de 1883.

103
CONQUISTA Y POBLAMIENTO DE NUEVOS ESPACIOS EN
LA PROVINCIA DE GUAYANA, 1724-1777
William Roa Barraza

ANTECEDENTES HISTÓRICOS
DE LA CAPITANÍA GENERAL DE VENEZUELA

Juan Carlos Garavaglia y Juan Marchena, consideran la política borbónica como


una nueva reconquista de América, la cual definen así:

“Un conjunto de reformas conducentes a hacer saltar el viejo pacto colonial, es-
tablecido y mantenido a lo largo de muchos años, entre las antiguas autoridades
metropolitanas y los poderes locales andinos, cada vez más poderosos, y sustituirlo
por una nueva política, el llamado reformismo borbónico: una serie de medidas
administrativas y gubernativas mediante las cuales la monarquía española desea-
ba –y necesitaba con urgencia– reencauzar, redirigir y controlar al orden colonial,
fuertemente instalado y guarnecido en el tiempo y el espacio.”1

Para poder explicar de manera clara cuál fue la segunda conquista de América, se
hace necesario comprender el absolutismo español, que inició de la unión de Castilla
y Aragón, por el matrimonio de Isabel y Fernando II en 1496.

Sin embargo, las exageradas diferencias de los reinos impidieron un coherente sis-
tema fiscal y una fusión administrativa, la única institución que logró unificarse fue
la Inquisición la cual sirvió como aparato ideológico del Estado. El reino de Castilla
contaba con una población de 6.000.000 de habitantes, poseía numerosas ciudades,
algunas de estas tenían contactos comerciales con las industrias textiles de Flandes, la
nobleza era propietaria de grandes extensiones de tierras que utilizaban para la agri-
cultura y cría de ovejas. Pero políticamente era muy débil ya que las Cortes fueron
siempre ocasionales. Por el contrario en Aragón el sistema señorial era el más represivo


1
Juan Carlos Garavaglia y Juan Marchena Fernández, América Latina. De los orígenes a la Independencia,
Barcelona, Editorial Crítica, Tomo I, 2005, pp. 31-32.

105
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

de la península, sus habitantes se calculan en 1.000.000, la aristocracia contaba con


mucha más servidumbre y sus provincias tenían sus propias Cortes independientes2.

No obstante, la aparente firmeza económica que permitían los metales preciosos


obtenidos del “Nuevo Mundo” hizo triplicar los ingresos de la Corona durante el rei-
nado de Carlos V, también crecieron los préstamos financieros y las presiones fiscales
llevando finalmente al Estado a la bancarrota en 1557 cuando Felipe II se encontraba
en el trono español. Asimismo sus sucesores intentaron recuperar las arcas del Estado,
pero el gasto militar por las continuas guerras no lo permitieron hasta el punto que
Felipe III se declaró nuevamente en bancarrota en 1607 y 16273.

Dicho de otro modo, durante la administración de los reyes Habsburgo en el siglo


xvii España vivió una crisis fiscal; por la no recaudación adecuada de impuestos que
los llevó a intensificar la venta de cargos, confiscar los intereses de los bonos públicos e
imponer contribuciones al clero, productiva; el cierra de industrias y muchas hacien-
das agrícolas y ganaderas, comercial; escases de alimentos y subida de precios de los
mismos, afectado así la economía, política; se debilito la autoridad real, estos aspectos
se profundizaron durante la guerra de Sucesión, permitiendo que los reinos en Amé-
rica tuvieran cierto grado de autonomía política y finalmente el ascenso de la dinastía
de los Borbones al poder en 1700 cuando Felipe de Anjou llega al trono español4. Esté
Borbón era nieto de Luis XIV, rey de Francia, y familiar de Carlos II, último de la casa
de los Austria, quién en testamento escrito designó como heredero a su sobrino-nieto,
pues el monarca no había dejado descendiente, esté fue reconocido como Felipe V
bajo el tratado de Utrecht de 1713 donde España tuvo que realizar varias concesiones
territoriales y comerciales con Inglaterra que pusieron fin a la guerra de Sucesión5.

De manera general, esta era la situación de España cuando los Borbones llegan al
poder a principios del siglo xviii, lo cual llevó que la visión y filosofía hacia estos terri-
torios cambiara. Si con los Habsburgo se trataba del «rey de España y de las Indias»,
con los Borbones se trataba del «rey de España y el emperador de las Indias» desde
entonces, se habló ya no de reinos, sino de colonias, en otras palabras, se iniciaba un


2
Perry Anderson, El Estado Absolutista, Buenos Aires, Editores Siglo Veintiuno, 1990, pp. 57-62.
Ibídem. pp. 66, 75-77.
3


4
Véase: http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/estudio02/sec_41.html‎ (Consulta realizada 12-oct-2014).

5
Pedro Cunill, Fabricio Vivas Ramírez, Et Al., Los tres primeros siglos de Venezuela 1498-1810, Caracas,
Editorial Grijalbo, 1993, p. 125.

106
ESTUDIOS

nuevo proceso administrativo que traería consigo una serie de trasformaciones cono-
cidas como las reformas borbónicas6.

Estas reformas tenían como objetivo solucionar los inconvenientes ya antes men-
cionados, también reducir el poder de los virreyes y las audiencias, aumentar la pro-
ductividad fiscal, y la diversificación de productos, realizar un cambio profundo en
el ámbito educativo inspirado en la ilustración, mejorar el sistema de defensa y segu-
ridad contra la invasión extranjera, desamortizar los bienes de la iglesia, promover la
libertad de comercio y ejercer un mayor control sobre el poblamiento disperso7.

Son precisamente estas políticas la que conllevaron a realizar un nuevo reordena-


miento territorial y por ello a los virreinatos de México y Perú, se sumó la creación de
dos nuevos virreinatos. El virreinato de la Nueva Granada en 1717 que fue disuelto
transitoriamente en 1723, y restablecido definitivamente en 1739, comprendía las au-
diencias de Panamá, Santa Fe, Quito y cuya capital era Santa Fe de Bogotá, el virreinato
del Río de la Plata en 1776 que incluía los territorios de Argentina y Altos del Perú. Por
último, la Capitanía General de Venezuela en 17778. De igual forma el monarca espa-
ñol se encontraba preocupado por el contrabando practicado en sus dominios por po-
tencias extranjeras, como respuesta crea tres Comandancias Marítimas: Panamá, Car-
tagena y Caracas con el fin de controlar esta situación. A la de Caracas le correspondió
la jurisdicción de Cumaná, Maracaibo, Margarita, Guayana, Trinidad; y río Orinoco9.

No obstante, se ha calculado que la población en el siglo xvii del actual territorio


Venezolano era de 200.000 habitantes aproximadamente, lo cual implica una bajísima
densidad demográfica10. Según Alejandro de Humboldt célebre viajero que llegó a la
Nueva Granada, consideró que la población del siglo xviii de Venezuela estaba dividida
o estratificada en siete castas: españoles nacidos en la metrópoli, españoles nacidos en
América, llamados criollos, mestizos, descendientes de blancos e indias, mulatos nacidos
de negros y blancos, zambos de indio y negro y en la última escala los indios y negros11.

6
Margarita Garrido, “Precursores de la independencia”, Gran Enciclopedia de Colombia, Santa Fe Bogotá, Círculo
de lectores, 1993, pp. 211-212.
Ibíd. pp. 212-214.
7

David Bushell, Colombia una nación a pesar de sí misma. Nuestra Historia desde tiempos precolombinos hasta hoy,
8

Bogotá, Editorial Planeta, 2009, p.33.


Manuel Donís, La Provincia de Guayana para mediados del siglo XVIII. Una visión a través del mapa del P. Ber-
9

nardo Rotella, S.J, Caracas, Biblioteca de la Academia Nacional de Historia, 2013, pp. 184.
10
Ricardo Cierbide, “La Compañía Guipuzcoana de Caracas y los vascos en Venezuela durante el siglo XVIII”,
Revista Internacional de Estudios Vasco, 1997, número 42, p. 64.
11
Ibíd., p. 65.

107
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Parte de estos grupos humanos vivían dispersos y “sin Dios ni ley” por tanto a par-
tir de las primeras décadas del siglo xviii la gobernación o Provincia de Guayana ocu-
pó la atención en términos poblacionales de la Corona española y son precisamente
las reformas iniciadas por los reyes Borbones, quienes mediante un “nuevo” proceso
poblacional buscan reunir o incorporar a dichos grupos arrochelados y amancebados
a la estructura urbana colonial.

Como expresó George Duby

“A lo largo de toda su historia, la ciudad no se caracteriza ni por el número de sus


habitantes, ni por la actividad de las gentes que viven en ella, pero sí por sus rasgos
particulares de condición jurídica, de sociabilidad y de cultura. Estos rasgos deri-
van del papel primordial que desempeña el núcleo urbano, el cual no es económico,
sino político. La ciudad se diferencia del medio que la circunda, y en éste ella es el
punto de residencia del poder. El Estado crea la ciudad. Sobre la ciudad el Estado
toma lugar”12.

Al mismo tiempo, las ciudades apoyaron la expansión misional desde un principio


con hombres armados que efectuaron las llamadas entradas para coger los indios dis-
persos, para luego reducirlos a pueblos de misión, someterlos cuando estos se resistían
al misionero e impedir su fuga hacia el monte13.

Las misiones, al igual que la conquista armada, llamada “pacificación” estaba in-
tegrada por un sistema de elementos políticos, religiosos, culturales y sociales que se
compenetran de tal manera que es casi imposible separarlos, no obstante se puede
establecer una gran diferencia entre las misiones que llegaron al territorio venezolano.
La misión carismática y la misión institucional, esta última fomenta el reparto de los
indios en encomienda, mientras que las carismáticas promovían el tributo del indio
durante diez años, terminado este periodo pasarían a ser labradores libres14.

En cuanto a la política de reorganización espacial fue más intensa en la segunda


mitad del siglo xviii, debido a que no solamente se presentaban inconvenientes
con muchos pobladores del caribe, sino también con los ingleses por sus avances

George Duby, Histoire de la France urbaine, (5 Tomos), París, Editorial Seuil, Tomo I, 1980, p. 13. Esta definición
12

de ciudad es válida para el periodo colonial y principios de la época republicana ya que a medida que se trasforman
las estructuras económicas y sociales se desvirtúa el determinismo político.
Pablo Ojer, Las Misiones Carismáticas y las Institucionales en Venezuela, San Cristóbal, Universidad Católica del
13

Táchira, 1990, p. 26.


bíd., pp.25-27.
14

108
ESTUDIOS

territoriales en Bélice y la Guayana Británica15. Estos enfrentamientos y agresiones


territoriales e incluso comerciales que sufría España en sus dominios americanos,
causó el fortalecimiento militar, el desarrollo económico y la concreción de razones
exógenas que llevaron a la creación de nuevas instituciones y cargos públicos16.

En 1776 se crea la Intendencia General del Ejército y real Hacienda, poco tiempo
después la Capitanía General de Venezuela en 1777, las cuales permitieron la centra-
lización de las provincias de Cumaná, Venezuela, Guayana, Maracaibo, Margarita y
Trinidad desde un ámbito fiscal, militar y territorial, espacio donde se encontraban
los núcleos urbanos recién fundados17.

La Intendencia se caracterizó por abordar todos los asuntos de tipo económico y


fiscal, por tanto los ingresos y egresos de las provincias. Además tenía la facultad de
suministrar los pertrechos, las municiones, las armas, ropa para el ejército y las funcio-
nes de justicia. La Capitanía General por su parte fue la expresión de la centralización
militar y territorial de las provincias, que poco antes de su creación era la siguiente:

1. Venezuela o Caracas, contaba con gobierno político propio; jurídicamente de-


pendía de la Real Audiencia de Santo Domingo y en lo militar tenía capitanía
general.

2. Margarita, obedecía política y militarmente al virreinato de Santa Fe y jurídica-


mente a la Real Audiencia de Santo Domingo.

3. Nueva Andalucía, tenía gobierno político y militar dependiente del virreinato de


Santa Fe y jurídicamente a la Real Audiencia de Santo Domingo.

4. Guayana, (comandancia general) dependía política y militarmente del virreinato


de Santa Fe, en lo jurídico a la Real Audiencia del mismo virreinato.

5. Trinidad y Maracaibo, igual que Guayana.18

Jorge Conde Calderón, Espacio, sociedad y conflictos en la Provincia de Cartagena, 1740-1815, Barranquilla,
15

Fondo de Publicaciones de la Universidad del Atlántico, 1999, p. 58.


Claudio Briceño Monzón, “De la centralización Borbónica al Estado-Nación en Venezuela”, Mañongo, 2010,
16

Vol. XVIII, número 35, p. 56.


Yubirí Aragort, “La territorialidad y la espacialidad del poder en el siglo XVIII en Venezuela”, Provincia, 2006,
17

número 16, pp. 39-40.


Pedro Cunill, Vivas Ramírez, Et. Al., Los tres primeros siglos de Venezuela 1498-1810, pp. 145-146.
18

109
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

En síntesis, estas provincias en lo económico pasaron a obedecer la Intendencia


General del Ejército y real Hacienda, en lo militar y territorial paso a depender de la
Capitanía General de Venezuela, pero en lo político siguieron conservando su auto-
nomía provincial.

LAS MISIONES CAPUCHINAS CATALANAS


EN LA PROVINCIA DE GUAYANA

Desde lo político-territorial esta gobernación tuvo sus orígenes en el siglo xvi con
la capitulación otorgada a Antonio de Berrío, quien con sus expediciones logra fun-
dar la población de San José de Oruña en Trinidad; y Santo Tomé (1565) a las orillas
del Orinoco, la última aunque con muy pocos habitantes llegó a tener encomiendas
en el Caura y Mazaruni, estás pequeñas poblaciones no prosperaron en el tiempo lo
cual ocasionó que no se fundaran más núcleos urbanos, ni se hicieran repartimientos
de encomiendas, salvo los pueblos de misión, no obstante la dificultad que traía con-
sigo la baja densidad poblacional de la ciudad de San Tomé, seria destinada a conver-
tirse en la capital de la Provincia de Guayana19.

Esto no significa que el poco poblamiento respondiera a un desprecio de Berrío


por poblar el territorio, lo cual no es cierto, debido a que su Maestre de Campo, Do-
mingo de Vera Ibarguen, llegó desde España con la expedición más numerosa al hoy
oriente venezolano, unas 2.000 personas, integradas por 400 familias, 10 sacerdotes
seculares, 20 compañías de soldados y 12 franciscanos. La mayor parte de estos expe-
dicionarios murieron ahogados en el Delta del Orinoco y otros perecieron bajo las
flechas y ataques de los indios Caribes20.

Ya en la segunda mitad del siglo xvii se inicia la labor misional en Guayana, pero
por las características geográficas y el poco poblamiento propio de la región no tuvo
gran éxito, es decir, sus caudalosos ríos, su extensa selva, los pantanos, la economía
de subsistencia, su lejanía con la costa norte, el poco abastecimiento y la resistencia
indígena frenaron la penetración del territorio21.

Manuel Donís, La Provincia de Guayana para mediados del siglo XVIII, p. 29.
19

Manuel Donís, Guayana. Historia de su Territorialidad, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, 2002, pp. 77.
20

Manuel Donís, “Fray Benito de la Garriga. Promotor del desarrollo y expansión de las misiones Capuchinas en
21

Guayana”, Manuel Donís (compilador), Historia territorial y cartografía histórica venezolana, p. 95.

110
ESTUDIOS

Sin embargo, con la llegada de los Capuchinos Catalanes a principios del siglo
xviii comenzó a tener éxito el proceso de conquista y de poblamiento en esta pro-
vincia, pues con la fundación de la misión en Suay, cerca la desembocadura del río
Caroní exploraron parte del territorio, reconocieron el clima, en especial la calidad de
los suelos de la región y establecieron un hato que les permitió a la misión resolver el
problema de la falta de alimentación. Este hato en Suay (1724), constituyó el motor
o base que hizo posible que las distintas misiones capuchinas en Guayana pudieran
poblar y avanzar hacia el interior del territorio guayanés. Así lo expresaron los capu-
chinos “considerare esta diligencia, verá que todo resulta en beneficio del rey, y gloria de
Dios, por que dichas reses sirven para las conquistas de los Indios, ya para mantener toda
la gente de la Provincia.”22

De hecho la actividad de la ganadería y agricultura en Suay fue una de las estrate-


gias más importantes que esta misión desarrolló en este territorio. Ya que es imposible
establecer una pequeña población permanente con un sistema económico basado en
la recolección y la caza. Este cambio no fue nada fácil, porque sí bien es cierto se rea-
lizó con un doble propósito, el de conquista y penetración del territorio, no hay que
negar el logro de trasformar al indio de recolector a ganadero.

Es significativo cambio logró que a partir de 1724 los capuchinos impulsaran va-
rias misiones que se adentraron en esta gobernación, partieron de la cuenca del Ca-
roní y a medida que se aseguraba la economía agropecuaria y artesanal conquistaron
nuevos espacios que se consolidación en la fundaron varias poblaciones: Santa María
del Yuruari, San Francisco de Altagracia, Aima, Guasipati, entre otras.23

No obstante esta dinámica de colonización tuvo que enfrentar la resistencia del


indígena, así lo confirman los documentos de la época. El gobernador y capitán de la
Provincia de Trinidad y Guayana, Agustín de Arredondo, comienza a visitar los pue-
blos de misiones en 1727, allí matricula a los indios que las integraban, los persuade a
la veneración y obediencia de su Majestad, se entera que los indios huyen a los montes
sin que los misioneros puedan detenerlos, y por último de la muerte del misionero
francés Nicolás Grevasio, por parte de los Caribes que se hallaban levantados en el río
Aquire, hecho que dio motivo para que los indios de las distintas misiones se compor-
taran desordenados e incluso rebeldes a la predicación de los misioneros.24

Manuel Donís, La Provincia de Guayana para mediados del siglo XVIII, pp. 30 y 115.
22

Manuel Donís, Guayana. Historia de su Territorialidad, p.104. Véase también: Historia territorial y cartografía
23

histórica venezolana, p. 97.


Certificación del Prefecto P. Tomás de Santa Eugenia sobre lo realizado por el gobernador de Trinidad y Guayana
24

en pro de las misiones de esta última provincia y de cuanto en ellas habían trabajado los religiosos capuchinos

111
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

No hay que olvidar en este proceso de reordenamiento territorial la relación exis-


tente entre la Iglesia y el Estado, ya que el sistema de colonización fue de tipo religio-
so-militar. El misionero era acompañado por escoltas militares, práctica común en
todas las misiones que se efectuaron a partir de la segunda mitad del siglo xvii, puesto
resultaba imposible reducir a los indios de otra manera ya que los pueblos recién fun-
dados eran destruidos al no contar con dicha protección25.

A manera de ilustración, los siguientes Ítems de una petición de Fray Tomás de


Santa Eugenia, perfecto de la misión de Capuchinos de la Purísima Concepción de
Nuestra Señora de la Provincia de Guayana con fecha de 1732 y una carta del Padre
Benito de Moya al gobernador de Cumaná de 1735.

“[…] para fomentar y adelantar dichos pueblos de misión en la sujeción política y


cristiana de sus indios pobladores, en la que deben vivir, según la real voluntad de
su Majestad, que Dios guarde, como asimismo para poderse recoger los fugitivos re-
piten su irracional vida en el retiro de los montes, lo que es en gravísimo detrimento
de la conversión […] Por tanto pido y suplico a vuestra Merced que, en la suposición
de la pública y cierta noticia de la real cedula, en que su Majestad ha dispensado
escolta de gente para coadyuvar a la fundación y progreso de las misiones de esta
provincia de Guayana”26.
“[…] Señor gobernador y capitán general Don Carlos de Sucre […] con grande
dolor de mi corazón participo a V.S el cruel, horrendo y sacrilegio destrozo de la
misión de Mamo; quedaron todas las indias e indios que se hallaron en el pueblo
muertos y cortados los brazos por la bárbara crueldad de los caribes […] Al R.P.
fray Andrés López, después dado cruel muerte, cortados los brazos, lo ahorcaron, y
quemaron todo el pueblo, en el cual solo se ha hallado una patena medio quemada,
una viajera derretida y dos aras quebradas”27.

En esta última carta también se puede leer que muchos indios Caribes andan muy
bien armados con escopetas y quieren atacar otras misiones, pues Don Agustín de
Arredondo ordenó a los indios guayanos ahorcar cuatro caribes.

(Purísima Concepción de Suay, 3 marzo 1731), en: Buenaventura De Carrocera, Misión de los Capuchinos en
Guayana, Caracas, Academia Nacional de la Historia, Tomo I, 1979, pp. 261-264.
Manuel Donís, Guayana. Historia de su territorialidad, p. 110.
25

Petición del P. Prefecto para que pasen algunas familias a los pueblos de misión para que sirviesen de seguri-
26

dad y escolta a los misioneros (diciembre, 1732), en: Buenaventura De Carrocera, Misión de los Capuchinos en
Guayana, Tomo I, pp. 278-279.
Carta del P. Benito de Moya al gobernador de Cumaná D. Carlos de Sucre, pidiéndole ayuda ante el peligro de
27

los caribes (Guayana, 27 septiembre 1735), ibídem, p. 286.

112
ESTUDIOS

Estos enfrentamientos de los indios Caribes con las misiones Capuchinas también
fueron relatados por el Padre Manuel Román, quien para el año de 1742 se desempe-
ñaba como Vice Superior de las Misiones de la Compañía de Jesús. El padre aseveró
que los caribes no se atrevieron a quemar el pueblo de San Antonio de Caroní ya que
este contaba con suficientes defensas, pero pasaron a las playas del Orinoco donde
hallaron a un grupo de indios pacificados de este pueblo, los cuales fueron atacados
con tantas crueldades que murieron veinte seis indios guayanos28. La recomendación
que hacia el Padre Román a su majestad el Rey era ir a la raíz del problema, que era
someter a los caribes y apoderarse de los territorios donde habitaban para que rindan
vasallaje o dejen este espacio para que los misioneros puedan predicar el Santo Evan-
gelio y ganar almas para Dios29.

En tales circunstancias, los capuchinos demoraron en la fundación de villas de es-


pañoles, ya que mientras no existiera otra ciudad que la vieja Guayana, poblado pobre,
y expuesto a continuos ataques, de los indios Caribes, no podría sacar pobladores para
sus misiones. Por tales motivos hubo que esperar el impulso dado por la Expedición
de Limites dentro de su política de “poblamiento defensivo” que llevaron a la funda-
ción de Upata, antes del traslado de la vieja Guayana a la Angostura (1764-1765)30.

Sin ninguna duda con los ejemplos antes descritos se puede afirmar que la resisten-
cia de los indios Caribes y grupos humanos dispersos ocasionó una lenta conquista y
colonización del espacio, a la vez un constante desafió para los misioneros que denun-
ciaron el problema con los caribes durante todo el siglo xviii.

En un informe dirigido a su Majestad en 1769, el Prefecto Benito de La Garriga,


manifestó que en el año de 1750 las misiones de Miamo, Cunuri, Matanambo, Coru-
mo y Tupequén fueron atacadas por los Caribes, hostilidades que fueron dirigidas y
organizadas por holandeses. Hechos que presenció en Tupequén, en donde mataron
a dos soldados y hurtaron los vasos sagrados y ornamentos de la misa31.

José Del Rey Fajardo, Escritos Varios, Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1970, p. 309.
28

Ibídem,. p. 311.
29

Pablo Ojer, Las Misiones Carismáticas y las Institucionales en Venezuela, p. 53.


30

Informe del P. Benito de la Garriga al Rey, manifestándole la situación de la misión en relación sobre todo con
31

los holandeses de Esequivo (Altagracia, 6 julio-1769), en: Buenaventura De Carrocera, Misión de los Capuchinos
en Guayana, Tomo II, pp.99-101.

113
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Estos procesos de resistencia no detuvo el proceso de ocupación del territorio por


parte de los capuchinos, ya que después de 1750 se inició la reconquista, se desarro-
llaron nuevas entradas al noreste del Imataca y riberas del Coroní, frente occidental
donde se encontraba la resistencia caribe32. Para el año de 1765 los Capuchinos Ca-
talanes habían fundado tres nuevos pueblos: San Raymundo de Caravaxi, La Soledad
de Cavallapi y San Félix de Ullacora. Así mismo el Prefecto, La Garriga promovió
la expansión de las misiones hacia el Este y Sur-Este, con el fin de cerrar el paso a los
colonos holandeses y sus aliados caribes33.

A pesar de estos esfuerzos la mayor parte de esta gobernación o provincia en el


siglo xviii estaba sin explorar, lo cual ocasionó un gran problema para establecer sus
límites y jurisdicción con respecto a otras potencias. Sin embargo, tal región com-
prendía el Bajo Orinoco, al Norte, el río Amazonas al sur, y el río Negro, el caño
Casiquiare y el Alto Orinoco, al Oeste. Por el Este limitaba con el Océano Atlántico
en la Zona del Delta del Orinoco, mientras que más abajo esta región estaba ocupada
por holandeses y franceses34.

LAS EXPEDICIÓN DE LÍMITES Y LA ACTIVIDAD POBLADORA


DE MANUEL CENTURIÓN

Las empresas militares en el siglo xviii se relacionan de forma directa en la con-


formación del espacio y organización del territorio, estaban integradas por españoles,
mestizos, indígenas y en muchos casos por frailes jesuitas, franciscanos, también lla-
mados observantes y capuchinos.

Según Manuel Lucena Giraldo,

“Las expediciones de límites, con todo su aparato científico-militar, constituidas en


herramientas de organización territorial, fueron el agente fundamental de aquella trasfor-
mación, en la que se configura el mundo selvático moderno y se pone las bases de un proceso
de descubrimiento, de producción de espacio occidentalizado”35.

Manuel Donís, Fray Benito de la Garriga. Promotor del desarrollo y expansión de las misiones Capuchinas en
32

Guayana, p. 104.
ibíd., p. 114.
33

María Isabel González del Campo, “La política de poblamiento en Guayana, 1766-1776”, Antonio Gutiérrez
34

Escudero y María Laviasa Cuetos (compiladores), Estudios sobre América, siglos XVI-XX, Sevilla, Asociación Espa-
ñola de Americanistas, 2005, p. 1193.
Claudio Briceño Monzón, “De la centralización Borbónica al Estado-Nación en Venezuela”,, p. 67.
35

114
ESTUDIOS

Estas expediciones fueron utilizadas para delimitar, castigar y reducir a la pobla-


ción dispersa, ya que la diáspora de estos indígenas no permitía mejorar la fiscalidad
de la Corona española, pues con estos recursos (impuestos), se pretendía modernizar
el Estado y enfrentar de mejor manera las potencias de Inglaterra, Francia, Portugal
y Holanda que estaban haciendo hostigamientos, y en algunos casos presencia en el
actual territorio de Venezuela.

Hay que destacar en este proceso la Expedición de Límites de 1754, esta tenía
como objetivo principal establecer las fronteras limítrofes entre España y Portugal
en sus colonias en América. Ya que el Delta de Orinoco se constituyó en un punto
estratégico de primer orden para el dominio de toda la región, en otras palabras, era
la puerta de entrada al interior del país, esto explica la urgencia de la Corona española
por expulsar a los holandeses y frenar los propósitos expansionistas de Portugal al
sur de la provincia. A cargo se encontraba Don José de Iturriaga, Primer Comisario,
para explotar y reconocer el vasto territorio. Como resultado de esta expedición se
evidenció el atraso y abandono de la Provincia de Guayana en todos sus órdenes, lo
cual cambiaría radicalmente pues se crearían dos comandancias. La primera fue la
Comandancia general de Guayana en 1762, al frente se encontraba Joaquín Moreno
de Mendoza y la segunda la Comandancia general de nuevas poblaciones y del todo
el río Orinoco, creada en septiembre del mismo año y dirigida por José de Iturriaga36.

Evidentemente esta intervención de la Corona en la frontera guayanesa no sólo


se trató de un cambio de estrategia en la provincia, ni de la carencia de medios para
los misioneros, ni de la resistencia del indio, sino la suma de todos estos factores, que
mostraban una clara ausencia de un mínimo aparato estatal justo cuando las políticas
modernizadoras del siglo xviii tenía como premisa que el Rey debía estar presente en
todos sus dominios. De allí que el proceso de conquista y colonización de la Goberna-
ción de Guayana y del Orinoco fuera importante, para cumplirlo había que desactivar
la alianza entre holandeses y caribes y establecer el poder español en la región a través
de las ciudades37.

Iturriaga, representante de esta política se dirige al gobernador de Cumaná, Mateo


Gual, mediante una petición del 24 de abril de 1754, donde comunicó la necesidad de
expedicionarios, de 12 piraguas, 8 cañones, 100 hombres de tropa, 250 indios bogas

María Isabel González Del Campo, La política de poblamiento en Guayana 1766-1776, pp.1194-1195.
36

Manuel Lucena Giraldo y Antonio E. De Pedro, La expedición caríbica: Expedición de Límites al Orinoco,
37

1754-1761. S/c, Editorial Arte, 1992, p. 8.

115
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

(remeros), 4 oficiales y demás pertrechos para su desplazamiento hasta la ciudad de


Guayana. Se presentaron algunos inconvenientes que al final no imposibilitaron que
salieran de Cumaná, los comisarios Eugenio Alvarado y José Solano y Bote38.

En este sentido, en el mes de agosto de 1754 Iturriaga envía una avanzada de explo-
ración, colocando a cargo al Comisario Don Eugenio de Alvarado, para el respectivo
reconocimiento del territorio. Alvarado se embarca en Cumaná hacia el Orinoco, con
un grupo de militares que llevan consigo 12 cañones, 2 goletas y 12 chalanas; entra por
el río Manamo y visitan algunas poblaciones extranjeras, posiblemente francesas, las
destruye y toman a sus vecinos como prisioneros, ya que estos estaban haciendo pre-
sencia en los dominios que el monarca español consideraba y reclamaba como suyos.39

En palabras de Alvarado,

“[…] Aunque el modo de hacer las entradas a los bosques por la solicitud y conver-
sión de las almas infieles correspondía al […] modo religioso de vivir los Padres, […]
correrá como precisa digresión, porque la verdad es más necesaria la política que el
Evangelio, respecto que los barbaros respetan más el fusil que al Santo Cristo, y la
palabra divina la ignoran”40.

Don Solano y Bote, capitán de fragata y Cuarto Comisario de la Expedición de


Límites, inició sus exploraciones por el Orinoco, atravesando por primera vez los rau-
dales de Atures y Maipures, dando a conocer la parte alta del río Orinoco, pero sobre
todo logró la fundación de pueblos y puestos militares que facilitaron la presencia
hispánica en la región e hicieron posible la dominación del territorio y frenar la ex-
pansión portuguesa41.

El cuarto comisario salió de Guayana en febrero de 1756 con un convoy forma-


do por 3 curiaras para la pesca, 8 champanes de carga, 13 soldados, 3 piraguas, 3 fa-
lúas, 126 indios y una piragua de cocina42. Ya en el año de 1757 el capitán de fragata

ibídem, p. 34.
38

Marc De Civrieux, Los Caribes y la conquista de la Guayana Española, Caracas, Universidad Católica Andrés
39

Bello, 1976, p. 79.


Modo religioso y económico de vivir los Padres, granjerías del común de las misiones como del particular de los
40

Padres, indios y demás agregaciones, por D. Eugenio de Alvarado (20-abril-1755), en: Buenaventura De Carroc-
era, Misión de los Capuchinos en Guayana, Tomo I, p. 343.
Manuel Donís, “Significación del mapa geográfico de América meridional de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla
41

en la historia cartográfica de Guayana”, Historia territorial y cartografía histórica venezolana, Caracas, Academia
Nacional de la Historia, 2010, p. 21.
Manuel Lucena Giraldo y Antonio E. De Pedro, La expedición caríbica, p. 42.
42

116
ESTUDIOS

aprovecha las diferencias triviales entre los indígenas y funda el poblado de San Fer-
nando, en la desembocadura de Atabapo, desde allí envía sus lugartenientes, teniente
Simón López y el sargento Francisco Bobadilla hacia la región del Río Negro, donde
consiguen fundar el poblado de San Carlos a las orillas del mismo río. Asimismo, para
el año de 1759 otra expedición al mando de Don Apolinar Díez de la Fuente, trajo
como resultado la fundación del fuerte de Buena Guardia al comienzo del Casiquia-
re.43 De estas expediciones al Alto Orinoco, no tenemos un documento que permita
de forma precisa enunciar los lugares donde estuvieron los expedicionarios, pero en
un pequeño fragmento de un informe de Diez de la Fuente, publicado por Ángel
Altolaguirre, encontramos algunos nombres de los soldados que acompañaron al sar-
gento Bobadilla, estos eran el cabo Agustín Fernández y los fusileros Carlos Nuñes,
José Gabriel Linares, Cristóbal de Rojas, Salvador Evora y Juan Carlos Zapata44.

En marzo de 1759 el primer comisario, Iturriaga, promueve la fundación de dos


pueblos de españoles en el Orinoco medio, Ciudad Real al lado del caño Uyape y
Real Corona junto al río Aro. La razón de estos nuevos establecimientos fue, inicial-
mente, de índole estratégico, ya que su ubicación en pleno territorio caribe permitió
controlar rutas de comunicación básicas para los indígenas. Sin embargo a este tipo de
consideraciones se les sumaron otras de tipo político y económico, que fueron conse-
cuencia de la fundación de cabeceras regionales que los pueblos podían desempeñar45.
Pero sin ninguna duda que el pueblo de San Fernando de Atabapo, se convirtió en el
establecimiento español más importante del alto Orinoco su rápida consolidación
hizo que contara con 200 indios para finales de 1758. Con su existencia, la Expedi-
ción de Limites, garantizó una base de aprovisionamiento que fue vital para el despla-
zamiento hacia el río Negro46.

Claro, la fundación de algunas poblaciones contó con el apoyo de algunos indios


reducidos o pacificados que fungían como escoltas dentro de las expediciones, esta es-
trategia militar permitió aumentar las entradas y la penetración del territorio. Como
expresó el historiador Arcila Farías,

Manuel DONÍS, Significación del mapa geográfico de América meridional de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla en la
43

historia cartográfica de Guayana, pp. 21-22.


Demetrio Ramos Pérez, El tratado de Límites de 1750 y la expedición de Iturriaga al Orinoco, Madrid, Consejo
44

Superior de Investigaciones Científicas - Instituto Juan Sebastián Elcano, 1946, p. 321.


Manuel Lucena Giraldo y Antonio E. De Pedro, , La expedición caríbica, p. 74.
45

Ibídem., p. 63.
46

117
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

“Cada año salían dos y hasta cuatro expediciones cada vez más numerosas y mejor
armadas, con aceros y armas de fuego […] durante todo el siglo XVIII se advierte
esta gran actividad religiosa-militar en toda la extensión del país, no sólo en los
llanos, sino simultáneamente en la región del meta y el Orinoco, Cumana, en la
región central, y hacia el occidente hasta Maracaibo y la Goaira”.47

Las fundaciones de los distintos pueblos, las expediciones armadas, la derrota de los
indios Caribes y su repliegue al interior del continente permiten hablar de un avance
que llevó casi a la consolidación del territorio y a garantizar una red urbana de apoyo
para la explotación de nuevas riquezas y búsqueda de grupos humanos dispersos.

Es importantísimo señalar que desde el momento de la llegada de la Expedición de


Límites a Cumaná en 1754 y hasta el final de sus operaciones en el territorio de la Pro-
vincia de Guayana en 1760, los funcionarios de la Comisión aunque no consiguieron
cumplir el objetivo principal que era demarcar los límites entre los reinos de España
y Portugal, realizaron un trajo que se tradujo en la fundación de núcleos urbanos48.

En este proceso y con las comandancias establecidas, el Monarca Carlos III me-
diante cédula real de 1768 decide unificar las dos comandancias, llamándolas “de
Guayana, de nuevas poblaciones y del todo el río Orinoco” colocando al oficial y aho-
ra gobernador Manuel Centurión Guerrero de Torres. Desde el inicio el gobernador
Centurión, pone en marcha su política de reordenamiento la cual tenía como pre-
misas: la población y defensa, es decir, asegurar una población estable en los núcleos
urbanos recién fundados y defender la integridad territorial. Para conseguir estos
objetivos podemos mencionar brevemente los siguientes cinco mecanismos: Fomen-
tar la agricultura y cría de ganado; facilitar herramientas de trabajo para los nuevos
pobladores para asegurarle beneficios; mejorar la comunicación entre los pueblos ya
existentes y recién fundados; impulsar el traslado de familias españolas de las gober-
naciones vecinas a la Provincia de Guayana para que trasmitieran sus conocimientos
en ganadería y agricultura a los indígenas; fomentar los pueblos mixtos, así como los
matrimonios entre españoles e indígenas49.

Miriam Zambrano, Las Misiones y su Incidencia en la Formación Socioespacial en la Provincia de Guayana (Tesis
47

para obtener título de Doctor en Historia), Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, 1998, pp. 59-60.
Manuel Donís, “Hernann González S.J. o la pasión por la cartografía histórica”. Manuel Donís (compilador),
48

Historia territorial y cartografía histórica. Caracas, Academia Nacional de la Historia, 2010, p.198.
María Isabel González Del Campo, La política de poblamiento en Guayana, 1766-1776, pp. 1195-1197.
49

118
ESTUDIOS

Estas ideas no sólo revelan una nueva mentalidad, sino un nuevo sistema de go-
bierno económico y comercial para las colonias, ya que se buscó convertir al indio y
grupos dispersos en seres productores de bienes de consumo para América y España.
Según Joseph del Campillo y Cosío el “comercio es el que mantiene el cuerpo político,
como la circulación de la sangre el natural; pero en la América, donde es el comercio un
estanque general, no puede producir sino enfermedades y muerte políticas”50.

Por lo tanto durante el reinado de Carlos III, la tendencia repobladora responde


a un marcado interés de seguridad estratégica y comercial, ante el peligro que repre-
sentada “las enormes extensiones de tierra, costas, y riquezas a merced de la expansión
extranjera y del ataque enemigo”, y una clara intención de explotar los recursos que se
consideraban abandonados51.

Esta política de organización territorial responde al perfil ideológico de la Ilus-


tración, la cual buscó también en el fondo que las Misiones Capuchinas cedieran los
pueblos de misión a las autoridades civiles una vez cumplido el plazo estipulado por las
Leyes de las Indias, o sea, dar el pasó a pueblos de doctrina subordinados al Estado y
no a la Iglesia52.

De hecho durante el mandato del gobernador Centurión, entre 1766 y 1776 la


política de reordenamiento y poblamiento alcanzó su expresión más radical ya que
este funcionario estaba decidido a extender y hacer sentir el poder del Estado a los
indios revoltosos, colocar impuestos a los vecinos de las poblaciones recién fundadas
e incluso obligar a pagar diezmos a los mismos misioneros.

“Por más activo y celoso que sea, llámese cura o misionero, puede inspirar a todo
un pueblo el amor y conocimiento verdadero de Dios y de la religión, porque, no
habiendo ellos tenido antes idea alguna de esto ni considerarlo preciso para nada,
oyen la doctrina cristiana más por miedo al castigo que por devoción” 53.

Joseph DEL Campillo Y Cosío, Nuevo Sistema de Gobierno Económico para la América. Mérida, Universidad de
50

los Andes, 1971, p. 70. Esta obra fue escrita en 1743 por este funcionario español durante el reinado de Felipe V,
ocupó cargos en la Secretaria de Hacienda, de Guerra, de Marinas y de Indias, por tanto este libro es fundamental
para entender la nueva mentalidad económica española a mediados del siglo XVIII para América.
Consuelo Cal Martínez, La defensa de la integridad territorial de Guayana en tiempos de Carlos III, Caracas,
51

Academia Nacional de Historia, 1979, p. 23.


Manuel Donís, Guayana. Historia de su territorialidad, p. 158.
52

Carta del Comandante general de Guyana D. Manuel Centurión al secretario del Consejo de Indias, dándole cuen-
53

ta de los resultados de la traslación de cuatro pueblos de misiones (Guayana, 20 abril de 1771), en: Buenaventura
De Carrocera, Misión de los Capuchinos en Guayana, Tomo II, p. 133.

119
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

En cuanto a impuestos, la ciudad de Angostura había estado exenta de pagar con-


tribuciones desde 1762, pero la ausencia de edificaciones y la necesidad de defender el
territorio conllevaron a Centurión a establecer impuestos, como fue el del guarapo de
aguardiente, el del tabaco y la alcabala, para así iniciar la construcción de un hospital,
culminar la iglesia y realizar otras obras públicas54. Para el año de 1776, las rentas de
la Provincia de Guayana ascendían a 11.460 pesos, de los cuales el 48% era producto
de la alcabala, la cual procedía del recaudo interprovincial entre Guayana y Barinas. El
aguardiente apenas sumaba 312 pesos y el tabaco 111 pesos, aunque posteriormente
muestran una mejoría55.

Respecto a los diezmos el P. Villanueva decía que: “Centurión no cesa de darnos


que merecer sin motivo; ahora nos ha presentado dos exhortos para que paguemos los
diezmos; no sé cómo saldremos.”56

Otro aspecto a destacar del gobernador era que según él los Capuchinos se con-
sideraban amos, dueños y señores de las labranzas y bienes de los indígenas, por lo
tanto se les había olvidado la dependencia y sujeción a las autoridades establecidas
por el Rey, y sus deberes como súbditos de la Corona57. Este pensamiento muestra que
Centurión como funcionario ilustrado buscó reafirmar el poder del Estado sobre las
autoridades misionales y por ende sobre la institución eclesiástica en esta provincia.

Todas estas situaciones ocasionaron algunos enfrentamientos entre Centurión y


los Capuchinos, los roces comenzaron por la ampliación y fortificación de Angostura,
por la pretensión de pasar siete u ocho pueblos de misión a pueblos de doctrina, por la
decisión de que los hatos pagaran por las cabezas de ganado que poseían, por el tras-
lado de cuatro pueblos misionales (Unata, Piacoa, Tipurúa y Uyacoa), de las orillas
del Orinoco al interior de la provincia y porque ahora el indio estaba obligado a pagar
medio diezmo por sus siembras58.

Robinzon Meza, “Las preocupaciones económicas de los Capitulares de Guayana frente al reformismo y el liberal-
54

ismo 1764-1814”, Presente y Pasado, 2010, año 15, número 30, p. 226.
ibíd., p. 228.
55

Noticias sobre la misión dadas por el P. de Villanueva al P. Jaime de Puigcerdá (Cupapuy 15 de septiembre
56

1772), en: Buenaventura De Carrocera, Misión de los Capuchinos en Guayana, Tomo II, p. 172.
María González Del Campo, Guayana y el gobernador Centurión, 1766-1776. Caracas, Academia Nacional de
57

la Historia, 1984, pp. 212-213.


Manuel Donís, Guayana. Historia de su territorialidad, p. 163.
58

120
ESTUDIOS

Estas pugnas no impidieron la actividad pobladora del gobernador de la Provincia


de Guayana, la cual está bien detallada en un informe del Consejo de Indias remite al
Rey en 1776, al final de su mandato. En él se puede leer que ha fundado varias pobla-
ciones: Maruanta, Panapana, San Luis, Real Corona, Guiapa, Orocopiche, la villa de
Caycara con indios y españoles dispersos del destruido pueblo de Cabruta, San Fran-
cisco Solano, Guirior, con familias españolas, San Gabriel, Juamini, Esmeralda, entre
otros59. Durante la escogencia de algunos sitios para la fundación de estas poblacio-
nes, se intentó tener en cuenta las recomendaciones de Campillo y Cosío, este sugirió
que se ubicaran cerca de los ríos navegables para facilitar la entrada de las mercancías
de España, y sacar los productos de América, sin olvidar la importancia que tenía la
pesca y el riego para la agricultura60.

No obstante, estos espacios conquistados, la colaboración de los Capuchinos Ca-


talanes la tarea no fue nada fácil por la misma extensión del territorio y la continua
resistencia de los indios Caribes,

“La reducción de indios y penetración del país y la necesidad de avanzarnos con un


respetable destacamento para contener a los extranjeros que desde el Amazonas y
costa del océano se van internando hacia la laguna Parime, centro de esta vastísima
provincia y domicilio de la multitud de indios que huyendo de los europeos que la
circundaron en el principio se retiraron luego a aquellas montañas, por considerar-
se en ellas libres de unos y otros”61.

La expedición al Parime contó con la colaboración de los capuchinos, aunque sin


la autorización de Centurión, pues los catalanes iniciaron sus propias entradas por los
ríos Caroní, Ycabaru y Mayarí. Los misioneros eran acompañados por 50 escoltas, 30
indios fieles y 20 españoles, pero estos fueron atacados por los caribes con armas de
fuego que posiblemente les entregaron los holandeses, en estos enfrentamientos mu-
rieron varios soldados y un negro62. Por su parte Centurión ordenó tres expediciones
al Parime entre 1772 y 1775. En la primera los europeos sólo llegaron al Alto Cau-
ra y Alto Paragua. En la segunda en 1773 alcanzaron la confluencia del Uraricoera-

María González Del Campo, La política de poblamiento en Guayana 1766-1776, pp. 1200-1201.
59

Joseph Del Campillo Y Cosío, Nuevo Sistema de Gobierno Económico para…, p. 134.
60

Carta de Manuel Centurión al Bailío frey D. Julián de Arriaga (Guayana, 28 de diciembre de 1771), en: Manuel
61

Lucena Giraldo, Viajes a la Guayana ilustrada, El hombre y el territorio. Caracas, Editorial Arte, 1999, p. 194.
Carta de Manuel Centurión al Bailío frey D. Julián de Arriaga (Guayana, 30 de diciembre de 1772), en: Manuel,
62

Lucena Giraldo, Viajes a la Guayana ilustrada, p. 195.

121
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Tacutú, navegando por éste último llegaron hasta el río Mao. En estos espacios los
españoles fundaron tres poblaciones: San Juan Bautista, Santa Barbara y Santa Rosa
de Curariara. La tercera expedición fue en 1775, los expedicionarios llegaron a varios
pueblos de españoles y recorrieron el Tacutú durante diez días donde avistaron la
presencia de portugueses.63

Pese a estas dificultades, se logra conquistar el Parime y continuar con el proceso


de penetración de la Provincia de Guayana en la región de Esequibo, permitiendo
incluso a los misioneros capturar indígenas para aumentar sus misiones

“Los indios de esta misión (del cumamo) hicieron una entrada a las cercanías de
Esequivo y traxeron del monte ciento setenta y dos almas caribes; asimismo en el
mismo año, los caribes de Guasiapati hicieron otra entrada y trajeron ciento setenta
y seis caribes”64.

En todo caso, la política pobladora de Centurión y de los siguientes gobernadores


de la provincia durante el siglo xviii frenaron la fundación de nuevas poblaciones por
parte de los capuchinos, siendo Tumeremo, el último pueblo fundado por decisión
del Padre Hermenegildo de Vich, hecho que ocasionó nuevos roces entre la autoridad
civil y eclesiástica ya que este fraile debió pedir permiso al gobernador de turno65.

Luego de concluidas estas tres etapas de conquista y poblamiento del territorio


guayanes, que iniciaron los Capuchinos Catalanes, prolongada por la Expedición de
Límites y finalizada por la actividad pobladora de Manuel Centurión y Bote, el mo-
narca Carlos III decide separar civil y militarmente la Provincia de Guayana de Santa
Fe, paso estratégico y fundamental para la creación de la Capitanía General de Vene-
zuela en 1777.

Manuel Donís, Guayana. Historia de su territorialidad, pp. 167-168.


63

Manuel Donís, Significación del mapa geográfico de América meridional de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla en la
64

historia cartográfica de Guayana, p.29.


Carta del Gobernador de Guayana D. Miguel Marmión al rey haciendo referencia roces y criterios dispares de los
65

misioneros en orden a fundación de nuevos poblados y otras cuestiones a fin (Guayana, 22 septiembre de 1789), en:
Buenaventura en De Carrocera, Misión de los Capuchinos en Guayana, Tomo III, pp. 58-59.

122
ESTUDIOS

CUADRO N°1
Algunas fundaciones en la Provincia de Guayana durante el siglo xviii, realizadas por Capuchinos
Catalanes, La Expedición de Límites y Manuel Centurión

CIUDAD –
FUNDACION CIUDAD – PUEBLO-VILLA FUNDACION
PUEBLO-VILLA
Concepción de 1724 1759
San Carlos
Suay Capuchinos C. Expedición de L

Santa María de 1730 1759


Buena Guardia
Yuruari Capuchinos C. Expedición de L

San José de 1731 1765


San Antonio de Huicatomo
Cupapuy Capuchinos C Capuchinos C

San Francisco de 1734 San Isidro de Barceloneta 1770


Altagracia Capuchinos C Expedición de L

Casacoima 1741 San Felix de Tupequén 1770


Capuchinos C Capuchinos C

San José de 1755 1770


San Pedro de las Bocas
Leonisa de Ayma Capuchinos C. Capuchinos C

Guasipati 1757 Esmeralda 1771


Capuchinos C Manuel Centurión

San Fernando de 1757 1773


Guirior
Atabapo Expedición de L. Manuel Centurión

ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES

La conquista y poblamiento de esta provincia durante el periodo estudiado fue


lento, complejo, lleno de matices, pero al mismo tiempo estuvo marcado por elemen-
tos propios de realidades a veces tan contradictorias. Es por ello que hay que resaltar
en este proceso el empuje que los hatos ganaderos y la agricultura brindaron como
punto de apoyo para la penetración del territorio, ya que la consolidación de estas ac-
tividades hizo posible la conquista y vasallaje de los indios Caribes. Estas actividades
fueron impulsadas por las misiones capuchinas, conllevando al sometimiento de gru-
pos indígenas que formaron los llamados pueblos de misión, pero al mismo tiempo les
otorgó a estos indios la posibilidad de desarrollar estas prácticas para mejoramiento
de su modo de vivir.

De igual forma el reordenamiento territorial y la exploración de nuevos espacios


en la Provincia de Guayana durante el siglo XVIII, fue gracias a la unión entre la au-
toridad civil y militar, representada por los escoltas, la expedición de límites, Manuel

123
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Centurión y la autoridad eclesiástica simbolizada en las misiones capuchinas, a pesar


de ciertos roces de intereses entre las partes.

Esta unión durante el proceso de conquista permitió la reducción de los indios y


la concentración de pequeños grupos familiares que vivían del pan coger en núcleos
urbanos, espacio que facilitó ejercer un mayor control social e impulsar las normas,
obligaciones fiscales y religiosas provinciales, es decir, la fundación de pueblos tributa-
rios que respondieran a la necesidades de la metrópoli España. Por lo tanto el repobla-
miento en Guayana estuvo marcado por el interés de explotar los recursos naturales de
mejor manera y de lograr una población estable en los núcleos urbanos, espacio que
algunas veces fungió como fortificación para frenar la expansión extranjera.

No obstante, los caribes jamás dejaron de resistirse durante toda esta dinámica,
pero no fue suficiente ya la corona española logró unificar el territorio de esta provin-
cia a través de la Capitanía General de Venezuela en 1777, institución que simboliza
la conquista realizada en lo político, militar y territorial.

124
DOCUMENTOS
Parte oficial de la batalla de la Victoria

A la siete de esta mañana, me dio parte la descubierta, que el enemigo con todas
sus fuerzas de infantería y caballería se aproximaba a esta Villa; efectivamente a
las 8 de nuestra avanzada rompió el fuego, y a las 8 y media se había ya empe-
ñado la acción con todas las tropas: el enemigo hizo desplegar por San Mateo
500 hombres de caballería y 200 fusileros, que al acto de cerrar el fuego se
apoderaron del Río y del Calvario, y con 2.000 hombres de caballería y 700 de
fusil atacaron con el Pantanero: inmediatamente con su numerosa caballería me
cerraron por todas partes; y en aquel momento decidí a que perecieran primero
todas las tropas que estaban a mi mando, que abandonar la Plaza. Efectivamente
continuó de ambas partes un fuego horroroso; pero bien sostenido hasta las 4
y media de la tarde, que no quedándome ya la mitad de mis tropas, y muerta y
herida la mayor parte de la oficialidad, vi levantar un humo por el camino de San
Mateo; y luego debí creer sería el Comandante Campo Elías, que con su fuerza
había llegado. Entonces hice salir 100 hombres de caballería y 50 cazadores,
que rompiendo la línea enemiga protegiesen la entrada de las tropas auxiliares,
y de que no, volviesen a replegar sobre mi línea. Afortunadamente esta división
encontró empeñada la acción de las tropas enemigas con el Comandante Elías;
pero atacando aquellas, hubo de facilitar la entrada de aquel valiente Gefe. Re-
forzado yo con este auxilio, hice tomar varias de las posiciones que ocupaba el
enemigo, y a las 5 y media de la tarde, este huyó precipitadamente por todas
partes, quedando cortadas varias de sus Divisiones, por Aragua arriba, la Calde-
ra; y las demás encumbrándose en los Cerros del Pantanero, huyeron sin con-
cierto; y sin haberse podido reunir una tercera parte de sus fuerza, tiraron por las
montañas que caen hacia el Pao. En aquel momento los hice perseguir por todas
partes, pero entrando la noche, ha sido preciso reunir las tropas para que vinie-
sen a desayunarse, y los caballos tomen algun pienso. El ha dexado cubiertas
de cadáveres las calles de esta villa; mucha parte de sus caballos han quedado
en nuestro poder. Sus municiones, y bastante número de fusiles hemos recogido
hasta ahora; pero la noche no nos ha permitido, ni hacer sus enumeración, ni
hacer recorrer el Campo de batalla. No hemos hecho prisioneros, porque nuestra
Tropa no ha dado quartel. Por nuestra parte hemos perdido como cien hombres,
y cerca de 400 heridos; entre los primeros tenemos que llorar la muerte del in-
trépido Comandante de soberbios dragones C.L. María Ribas Dávila; el Teniente

127
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

de caballería C. Ron; el subteniente de infantería C.N. Picón; y de los segundos a


los Capitanes Pierret, Rouques; a los del igual clase Juan Salias, Francisco Mora,
mi edecán Vicente Malpica, Casimiro Esparragosa, José Acosta el Moreno, y José
Plaza; y los Tenientes CC. Pedro Correa, Basilio Alvares; y los Subtenientes CC.
José Ruiz, Ulpiano Díaz, Manuel María España, Tomás Muñoz, José Alvarez, Ci-
riaco Carreño, Ribont; y el Guarda-almacén Julién Rouyer. A mi me han muerto
dos caballos baxo mis piernas, mas no he recibido daño alguno. Toda la tropa y
oficialidad han mostrado el mayor valor, y han dado a conocer a los enemigos de
la libertad Americana, que en cualquier parte donde se tremole el estandarte de
la República, serán destrozadas sus fuerzas por enormes que sean. Boves en per-
sona mandaba la acción, a quien se le han cogido todos sus libros de órdenes.

Dios guarde a V.S. muchos años.- Quartel General de la Victoria, 13 de Febrero


de 1814.

JOSE FELIZ RIBAS

PROCLAMA DEL LIBERTADOR A LOS SOLDADOS DEL EJERCITO


VENCEDOR EN LA VICTORIA EN 13 DE FEBRERO DE 1814

Soldados

Vosotros en quienes el amor a la patria á es superior á todos los sentimientos


habéis ganado ayer la paloma del triunfo, elevando al último grado de gloria á
esta patria privilegiada que ha podido inspirar el heroísmo en vuestras almas im-
pertérritas. Vuestros nombres no irán nunca á perderse en el olvido. Contemplad
la gloria que acabáis de adquirir, vosotros cuya espada terrible ha inundado el
campo de la Victoria con la sangre de esos feroces bandidos: sois el instrumento
de la Providencia para vengar la virtud sobre la tierra, dar la libertad á vuestros
hermanos y anonadar con ignominia esas numerosas tropas acaudilladas por el
mas perverso de los tiranos.

Caraqueños! : el sanguirario Bóves intentó llevar hasta vuestras puertas el cri-


men y la ruina: á esa inmortal ciudad, la primera que dio el ejemplo de la liber-
tad en el hemisferio de Colon, Insensato! Los tiranos no pueden acercarse á sus
muros invencibles, sin expirar con su impura sangre la audacia de sus delirios.

El general Ribas, sobre quien la adversidad no puede nada, el héroe de Niquitao


y los Horcones, será desde hoy titulado EL VENCEDOR DE LOS TIRANOS EN
LA VICTORIA.

128
DOCUMENTOS

Los que no pueden recoger de sus compatriotas y del mundo la gratitud y la


admiración que los deben, el bravo coronel Rivas Dávila, Rom y Picon, serán
conservados en los anales de la gloria. Con su sangre compraron el triunfo mas
brillante: la posteridad recordará sus nobles cenizas. Son mas dichosos en vivir
en el corazón de sus ciudadanos que vosotros en medio de ellos.

Volad, vencedores, sobre las huellas de los fugitivos: sobre esas bandas de tárta-
ros, que embriagados de sangre, intentaban aniquilar la América culta, cubrir de
polvo los monumentos de la virtud y del genio; pero en vano, porque vosotros
habéis salvado la patria.

Cuartel general de Valencia, Febrero 13 de 1814. --4° y 2°.

SIMON BOLIVAR

PARTICULAR DISTINCIÓN QUE BOLÍVAR HIZO DEL HEROICO


GENERAL RIBAS.- NOMBRAMIENTO DE CAPITAN DE EJERCITO
QUE EL LIBERTADOR DICTO EN EL HIJO DEL VENCEDOR EN LA
VICTORIA DEL 12 DE FEBRERO, EN MEMORIA DE ESTA BATALLA

Despacho del Estado mayor Libertador

Por cuanto US. Ha salvado la patria el día de ayer, derrotando completamente


al enemigo en la ciudad de la Victoria, por tanto ha tenido á bien el Libertador
nombrar al hijo de US. Ciudadano José Félix Ribas y Palacios, Capitan vivo y
efectivo de infantería de línea, con el goce de sueldo de tal desde hoy y con la
antigüedad del dia en que empezare á hacer al servicio.

Con esta fecha se comunica al inspector y al señor Secretario de Hacienda; y yo


tengo el honor de participarlo á US. Para su satisfacción.

Dios Guarde á US. muchos años.

Cuartel general de Valencia, 13 de Febrero de 1814.-- 4° y 2.°.

Tomas Montilla

Benemérito ciudadano Comandante general de la provincia.

Caracas, 16 de Febrero de 1814.—4.° y 2.°--Cúmplase lo que S.E. manda.

José Félix Ribas.

129
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

COMBATE DE BOCACHICA 1814


(BOLETIN DEL EXERCITO LIBERTADOR No.9)

Situado nuestro exército a las nueve y media de la mañana del 31 del pasado
en Boca –Chico, S.E. hizo adelantar hacia la Villa de Cura, a las órdenes del
Teniente Coronel Mariano Montilla, a las compañías de cazadores de Barloven-
to y Valencia, y un escuadrón con el objeto de que descubriesen al enemigo.
En efecto a las once se le vió avanzar sobre esta línea formado en columna, y
en el mismo instante el Teniente Coronel Montilla rompió el fuego y empezó a
replegar conforme a las órdenes que tenía sobre nuestra línea de batalla, cuyo
movimiento executo con el orden más admirable. Habiéndose hecho firme a
cierta distancia en una posición ventajosa, fue atacado por el exército enemigo,
compuesto de más de tres mil hombres mandados por Boves, el cual trató de
cortarle, desplegando sus alas, y de romper sus línea, cargando sobre ella con
sus centro formado en columna. Reforzado entonces por el mayor del batallón
de Barlovento Anzoátegui, se empeñó un fuego vivísimo que sostuvo por hora
y media en que el enemigo para envolver aquella línea agotó todas sus tentati-
vas, con la enorme superioridad de sus fuerzas, acometiendo tres veces con la
caballería y siendo otras tantas rechazado con grandísima pérdida. El intrépido
Coronel Bermúdez con la división de su mando y un cañón, atacó con el mayor
acierto la izquierda del enemigo, y se apoderó de la altura que ocupaba, des-
alojándole y obligándole a huir en desorden. El Coronel Leandro Palacios con
el batallón de Valencia, auxilió al Teniente Coronel Montilla y victoriosamente
hizo retroceder a la caballería española cuantas veces la atacó.

Convencido el enemigo de que era imposible forzar nuestra derecha y centro,


cargó con una audacia loca y extraordinaria sobre nuestra a la izquierda donde
se hallaba el mismo General que habiendo previsto este movimiento, había des-
tinado doscientos infantes a defender el paso por donde podía empezar a obrar
la numerosa caballería de Boves. El fuego de este corto destacamento y el de un
cañón de la misma línea mandado por el Capitán Antonio Tanago, arrollaba las
filas enteras y despedazando completamente la caballería, la dispersó y huyeron
los restos en tanto desorden que dispuso S.E. que la nuestra saliese por el centro
en su alcance; lo que fue sin fruto, porque nuestros caballos extenuados ya de
las fatigas y de tan largas marchas, era imposible que la persecución se hiciese
con suceso.

El enemigo aunque destrozado y aunque sufría el más horrible estrago, se obsti-


naba sin embargo en el combate. A las cinco de la tarde se batía y con la mayor
desesperación; aguardaba la noche para retirarse, ocultando sus movimientos,
S.E. dio sus disposiciones para decidir antes la acción.

130
DOCUMENTOS

En consecuencia, a las órdenes del mayor General Coronel Valdés, la respetable


reserva y la línea de la izquierda atacaron en columna cerrada el centro del
exército español. Esta operación fue executada con la bravura que es propia de
este oficial, y el enemigo en una dispersión absoluta huyó en todas direcciones
y con el mayor desorden, siendo perseguido hasta de una legua, y dejando en
nuestro poder su artillería, una gran parte de sus fusiles y sus caballos.

El campo de batalla quedó horrorosamente cubierto de caballos y de innumera-


bles cadáveres de los enemigos, entre ellos los de sus principales Gefes como se
reconoció por sus divisas. Su perdida en hombres ha sido de ochocientos a mil
entre muertos, heridos y dispersos; la nuestra ha sido por todo de doscientos,
entre los muertos lo ha sido el Teniente del Primer Esquadron José María Ga-
lanton, el ayudante del sexto Anzóategui y el portaestandarte del séptimo Juan
Baco; entre los heridos lo han sido el Comandante del segundo Escuadrón Lucas
Ballibia sexto Basilio Belisario, el Ayudante del Segundo Gefe de la división de
Vanguardia, Capitan José María Nieves, el Capitán de la Primera Compañía del
batallón reformado de Barcelona Pedro Suarez, el Capitán de la primera com-
pañía del octavo Escuadrón Juan de Armas, el de la segunda del séptimo, Dio-
nisio Aza, el Teniente de la primera del segundo José Hernández. El Ayudante
primero del sexto Jorge García, el Ayudante segundo del segundo batallón de
línea Antonio Aguilera, el Subteniente de la tercera compañía del batallón de
Valencia José Prieto, el primer subteniente de cazadores del segundo batallón
de línea Eugenio Marcano, el Subteniente de la tercera del segundo batallón
de línea José Rondón; el Subteniente de la segunda del segundo batallón de
línea Nicolás Bitrel, el Subteniente de cazadores del segundo de línea Antonio
Ferran; el subteniente de la primera del sexto Escuadron José Antonio Requena;
el Subteniente agregado a la tercera del sexto Celestino Castillo, el abanderado
del segundo batallón de línea Vicente Gil y aspirante del batallón de Barlovento
Justo Silva; el Teniente Miranda de Cazadores de Valencia y el de igual clase de
granaderos del batallón reformado de Barcelona, Diego Castro, contusos.

En esta importante victoria en que se ha conseguido destruir al más formidable


enemigo de Venezuela, la bravura de nuestros oficiales y soldados ha sido un
exemplo. Son dignos de recomendarse más particularmente los comandantes
del ala derecha, Coronel Leandro Palacios, y el Teniente Coronel Mariano Mon-
tilla, los del centro Coronel José Francisco Bermúdez y el segundo, Coronel
Casimiro Isaba; los de la izquierda y reserva Coronel Manuel Valdez, y los se-
gundos, Teniente Coronel José Manuel Torres y Teniente Coronel Manuel Isaba,
y Comandante de Artillería Teniente Coronel Antonio Freites.

131
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Al día siguiente de la total derrota de Boves, el primero de este se marchó el


exército por el Pao para encontrar al de occidente y seguir los dos unidos en sus
ulteriores operaciones.

S.S.E.E, el General Bolívar y el General Mariño se han juntado hoy en esta ciu-
dad. Algunas divisiones de este exército marchan ya para Valencia.

Quartel General de la Victoria, 5 de abril de 1814, 4° y 2°. Por el mayor General


RAMON MACHADO, Secretario de Guerra.

ACTA DEL CABILDO ECLESIASTICO DE CARACAS SOBRE LA ENTREGA


DE LAS JOYAS DE LA CATEDRAL A SIMON BOLIVAR PARA CONTINUAR
LA GUERRA

En la Ciudad de Caracas a veinte de junio de mil ochocientos y catorce, se juntó


en su Sala Capitular a Cabildo extraordinario el Muy Venerable Señor Deán y
Cabildo de esta Santa Iglesia Metropolitana, a saber: los señores Dr. Dn. Pedro
Martínez Dean, Dr. Dn. José Suárez Aguado Tesorero, Dr. Dn. Domingo Blandín
Doctoral, Dn. Justo Buroz Racionero, y Dr. Dn. Nicolás Antonio Osío Medio
Racionero, a que por justo impedimento no asistieron los demás señores capitu-
lares, ni tampoco el Illmo. Señor Arzobispo aunque todos fueron citados por cé-
dula expedida en el principio a esta mañana, para tratar acerca de la insinuación
que ayer tarde hicieron los señores Dr. Gabriel José de Lindo y R.P. Francisco
González, Comisionados de la Junta de Seguridad y Defensa del País, manifes-
tándoles un oficio firmado del ciudadano Pablo Garrido en el cual se insertan
dos párrafos, el uno de un oficio del Señor General en Jefe Ribas en que atentas
las actuales urgencias del Estado, piden que sin pérdida de momento se remiten
a la Casa de Moneda para acuñarse desde luego, con calidad de reintegro, como
se dispuso en el Concordato celebrado sobre este asunto anteriormente la alha-
jas de plata de este de plata de esta Santa Iglesia, en cuya contestación de parte
de los mismos señores Prebendados, habiéndoseles insinuado que al efecto ne-
cesitaban la Licencia de Illmo. Señor Arzobispo, ofrecieron a Su Señoría Illma.
Lo que parece hicieron verbalmente, y aun el mismo Señor General Libertador
en persona al mismo Illmo, Señor Arzobispo, según comunicó su Señoría Illma.
en esta mañana al sobredicho Señor Medio Racionero Dr. Dn. Nicolas Antonio
Osío que es su comisionado acerca de estas consignaciones de alhajas de la
Iglesias para Socorro de las urgencias del Estado, después del anunciado Con-
cordato. Conferenciado el asunto y considerándose la urgencia de la instancia,
las actuales circunstancias y aflicciones de esta ciudad, y combinándose con
las de esta Santa Iglesia que la han obligado a invertir mucha de sus preciosas

132
DOCUMENTOS

alhajas en el reparo que se ha estado haciendo y aun se han concluido por falta
de proporciones a su edificio arruinado.

Con el gran terremoto del año doce, y que ya tiene entregada a consecuencia
del anunciado Concordato para Socorro de las urgencias del Estado, con calidad
de reintegro cuando este se halle capaz de hacerlo, sin embargo de que las mis-
mas alhajas enajenadas eran necesarias y aun no suficientes para esplendor del
culto como corresponde en una Iglesia Metropolitana, unánimemente se acor-
dó: que no obstante el ser de las más precisas las alhajas de plata que han acor-
dado existentes, se entreguen desde luego al expresado efecto y con la indicada
calidad el triángulo o sol de plata que sirve para las tinieblas de Semana Santa,
y una Araña también de plata que es la única que ha quedado, precediendo la
licencia y consentimiento del sobre dicho Illmo. Señor Arzobispo, que dice a Su
Señoría Ilma, este Cabildo por esta carta de que se le pasará testimonio con el
correspondiente oficio: y que verificado sin óbice, se procede desde luego a la
entrega de las referidas alhajas por el Sacristán Mayor de esta Santa Iglesia con
intervención del sobredicho Doctoral que fue el comisionado para la anterior
entrega, tomándose por ambos el competente documento de resguardo. Con lo
que se concluyó y firmaron, de que certifico. Dr. Martinez, Dr. Suárez Dr. Blan-
dín. Dr. Osio. Juan José Guzmán Secretario del Cabildo.

Caracas, veinte de junio de mil ochocientos catorce. Visto: atenta la urgente ne-
cesidad que se expresa en la acta celebrada por nuestro Venerable Déan y Cabil-
do que calificamos en todas partes, concedemos la licencia que pide. Y para que
desde luego pueda proceder a lo acordado devuélvase con el oficio de estilo.
Narciso Arzobispo de Caracas. Así lo decreto el Illmo. Señor Dr. Dn. Narciso
Coll y Prat, mi señor Digmo. Arzobispo y Metropolitano de este Arzobispado de
Caracas y Venezuela y lo firmo de que certifico. Juan José Guzmán, Secretario.

Devuelvo a V.S. Muy Venerable el testimonio de su acta de hoy, con la licencia


que en él solicita para entregar al Estado, a efecto del socorro de sus actuales
urgencias y con calidad de reintegro las dos alhajas que en él se expresan. Dios
guarde a V.S. Muy Venerable muchos años muy Venerable Señor Deán de esta
Santa Iglesia Metropolitana.

133
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

TRATADO DE CAPITULACION CELEBRADO ENTRE EL GOBERNADOR


MILITAR DE LA CIUDAD DE VALENCIA, Y EL COMANDANTE GENERAL
DEL EJÉRCITO REALISTA. 1814

El Gobernador militar de la ciudad de Valencia, entendido por los dos parlamen-


tarios que en la mañana de ayer tuvieron el honor de conferenciar con el Señor
Comandante General de las armas españolas, que S.S. desea fijar en aquella el
Pabellón bajo de ciertas condiciones y debiendo resolver acerca de esta propo-
sición, con la anuencia de los oficiales de la guarnición y notables del pueblo,
los hizo congregar en la mañana de este día, y desde luego les manifestó los
sentimientos del expresado Señor Comandante General español, intruyendo a
todos de las condiciones enunciadas a los parlamentarios, á saber:

Primera: que posesionado S.S. de la plaza, será libre á cada uno el subsistir en
la provincia o el extrañarse de ella para países extranjeros, juramentados unos y
otros de no tomar armas contra el Gobierno español.

Segunda: que los determinen extrañarse á países extranjeros, han de verificarlo


con pasaporte que dará S.S. dentro del término de los quince días primeros, des-
pués e posesionado de la plaza, llevando consigo las propiedades que quieran
recoger en este tiempo, y en buques que proporcionará la autoridad española á
los que lo necesiten.

Tercera: que concederá salvo-conducto á todos los que quieran permanecer en


el que no sean molestados por sus hechos y opiniones pasadas, juramentados
igualmente de no tomar las armas contra el Gobierno español.

Cuarta: que serán salvadas las vidas y propiedades de todos los que estuvieren
dentro de la plaza, bien sean militares o paisanos, bien queden existentes en la
provincia o emigren a países extranjeros.

Quinta: que garantiza las anteriores proposiciones con su vida y con su hogar.

Después de ilustrados los muchos vocales de la junta en estas proposiciones


y habiéndose discutido detenidamente, resolvieron unánimemente que se hi-
cieron al Señor Comandante español las siguientes, por medio de los mismos
parlamentarios, y por el presente escrito firmado del Gobernador militar.

1a. Que quedando recíprocos rehenes dentro de la plaza y en ejército español,


marchen al momento dos oficiales, uno de la guarnición de la plaza y otro del
ejército español, á la ciudad de Caracas, á manifestar á S.E. el Libertador de Ve-
nezuela los artículos con que el Señor Comandante General exije la rendición
de esta ciudad, á fin de que no solo los acepte, y ratifique, sino también los haga

134
DOCUMENTOS

extensivos á toda la provincia, para cuyos efectos llevará el parlamentario espa-


ñol las correspondientes instrucciones y plenos poderes de S.S.

Contestación. Como el deseo de evitar la efusión de sangre ha podido solamen-


te determinarme á conceder las cinco proposiciones con que debe entregarse
esta plaza, en gracia especial de sus actuales habitantes, nada tiene que hacer
con ellas el LIBERTADOR, y se niega en todas sus partes este artículo.

2a. Que egresados estos parlamentarios con la aceptación ó negación de la


capitulación, la plaza, reasumiendo en sí el sagrado derecho que tiene para
conservar las vidas y propiedades de su guarnición y habitantes, se entregará
en manos del Señor Comandante español, bajo se las cinco condiciones arriba
expresadas, y la de que preste en manos del Gobernador militar y la de un par-
lamentario, Juramento solemne ante el Ser Supremo de cumplirlas y guardarlas
inviolablemente, y de hacerlas guardar y cumplir en cuanto sea de su parte.

Contestación. Quedando sin efecto el anterior artículo, y siendo suficiente la


garantía de mi palabra de honor para guardar la proposiciones concedidas, é in-
decoroso á mi carácter el prestar el juramento que se exije, se niega igualmente
este.

3a. Que mientras se concluye este tratado cesen todas las hostilidades, sin per-
mitir que se comuniquen entre si los oficiales y soldados de una y otra parte.

Valencia, Julio 8 de 1814.

Juan de Escalona

Contestación,

Concedido; pero deberá ser concluido este tratado á las 12 de este día, en que
cesará el armisticio, ó se entregará la plaza.

Cuartel general del Morro de Valencia, á 9 de Julio de 1814,

José Tomás Boves

El señor Comandante General del ejército español, pactando solemnemente con


los parlamentarios representantes de la plaza de esta ciudad, sin guarnición y
demás habitantes, ha convenido y declarado:

Primero: que la expresión que corre en su contestación del día de hoy á la


primera de las tres proposiciones que le ha hecho la junta general de oficiales
y notables de la ciudad, por medio del Señor Gobernador militar, donde dice,

135
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

que las cinco proposiciones con que debe entregarse esta plaza son concedidas
en gracia especial de sus actuales habitantes, debe entenderse por ellos toda la
guarnición, todos los oficiales y soldados, eclesiásticos y seculares, en cualquier
parte que sean nacidos, siempre que estén dentro de la misma plaza.

Segundo: que concederá libre y franco pasaporte á todos los que lo pidan, den-
tro del término de quince días á los que quieran embarcarse por Puerto Cabello,
y de diez y nueve á los que le verifiquen por el de la Guaira, con arreglo á las
distancias.

Tercero: que tratará á los enfermos y heridos de los hospitales, de la misma ma-
nera de su ejército.

Cuarto: que desde luego se comprometa á exigir de la autoridad suprema de


España la expresa aprobación de esta capitulación sin dejar entretanto de cum-
plirla en todas y cada una de sus partes.

Quinto: que entregado en mando de la provincia á otra persona, recomendará


mui especialmente el exacto cumplimiento de este tratado, haciéndole respon-
sable de cualquier violación.

Sexto: que los oficiales de la guarnición saldrán de la formación de sus cuerpos


con su espada; pero que no siendo la intención de S.S. dejar arma alguna fuera
de su ejército, se eligirá una casa particular donde las depositen.

Septimo: que la de la guarnición saldrá con su Comandante y toda la oficiali-


dad, batiendo marcha, con culatas arriba, hasta el cuartel de los Corrales, donde
la recibirá la tropa de S.S. haciéndose cargo de los fusiles.

Octavo: que dentro de la misma plaza deberán quedar su Gobernador militar, el


político, el Comandante de artillería el Comisario, el Cirujano y Médico de los
hospitales con sus empleados.

Noveno: que los paisanos, mujeres, y demás personas que no hayan estado des-
tinadas á las armas, saldrán á la sabana del Morro, donde serán protegidas de
cualesquiera insultos.

Décimo: que la entrega de la plaza con sus existencias y municiones de guerra,


se hará mañana á las 12 del día.

Undécimo: que posesionado S.S. de la plaza, y arregladas sus disposiciones,


se hará una señal con repiques de campanas, para que cada cual pueda venir
tranquilo á su casa.

136
DOCUMENTOS

Bajo estas condiciones queda concluida y ajustada la capitulación para la en-


trega de la plaza, con los dos parlamentarios, Dr D. Miguel Peña y Teniente
Coronel D. Félix Uzcátegui, la misma que su Señoría ofrece bajo la garantía de
su vida, palabra de honor, y ante el Ser Supremo, guardar, cumplir y ejecutar, y
hacer que se guarde, cumpla y ejecute.

Valencia, 9 de julio de 1814.

OFICIO DE BOVES AL GOBERNADOR DE CARACAS ESTABLECIENDO


PENA DE MUERTE A LOS ACUSADOS DE INFIDENCIA IMPRESA

Señor Gobernador:

Como aún estoy viendo circular los papeles seductivos que salieron de la im-
prenta de Valencia y esta capital, cuyas máximas son contrarias a la santa causa
que defiendo, y de consiguiente opuestas á la tranquilidad y seguridad pública;
en esta virtud espero se servirá U.S. tomar cuantos providencias conceptúe ne-
cesaria, imponiendo pena de muerte, el que dentro del plazo que U.S. señale
no entregue todos los impresos que hayan publicado desde la entrada BOLIVAR.

Conviene también oficie U.S. al R.R. señor Arzobispo para que tome sus me-
didas á fin de hacer recoger los libros y papeles que estén prohibidos, pues de
su lectura resulta el desorden de las casas y familias, de que dimanan los males
que hoy lloramos.

Dios guarde a U.S. muchos años.

Cuartel General de Calabozo, 17 de agosto de 1814

BATALLA DE URICA

Que después de la acción de los Magueyes, pasó Boves a la Villa de Urica a


incorporarse con la división de Morales, que lo verificó el 27 del pasado, y que
se preparaba para atacar a Maturín dentro de cuatro o cinco días, lo sabemos
de oficio, más la noticia siguiente, es dada por un particular con fecha del 7 del
corriente al Gobernador Militar de Barcelona, desde el pueblo de Santa Rosa.

A las doce del día 5, se ha batido nuestro ejército en el puesto de Urica, con
el enemigo que se componía de tres mil ochocientos combatientes. La acción
en todas sus partes fue gloriosa a nuestras armas. Duró una hora, dejando el

137
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

enemigo toda su artillería que constaba de tres cañones y de la infantería que


quedó cortada por el primer batallón y de los granaderos no escapó uno siquie-
ra. Su caballería fue en la mayor parte destruida pues apenas pudieron escapar
Ribas y Bermúdez, con cuarenta hombres, dejando en el campo a Sedeño, Za-
raza y Alcaya, entre crecido número de cadáveres que lo rodeaban. Igualmente
ha destruido el Comandante Yanes el cantón de Caris, en igual tiempo que el
anterior; pero al siguiente día fueron perseguidos los insurgentes cinco leguas.
Yo que por instantes esperaba el Detall para dar a V. las nuevas con toda indivi-
dualidad, he convenido por fin hacerlo por la relación de los que han llegado
heridos, para no retardar tan plausible noticia.-- Dios, &.-- Santa Rosa, diciem-
bre 7 de 1814.-- Ramón Pérez Arroyo--Señor Gobernador Militar de Barcelona.

Lo que comunico a V.S. sin embargo de no haberse recibido todavía oficio,


por parecerme verosímil lo que se refiere.-- Dios, &.-- Caracas, 22 de diciembre
de 1814.

Dionisio Franco.

138
VIDA DE LA ACADEMIA
Ante el fallecimiento del Dr. Santos Rodulfo Cortés, en Sesión General de la Aca-
demia Nacional de la Historia, se llevó a cabo la elección de la Dra. Inés Quintero,
como Segunda Vicedirectora provisional hasta mayo 2015.

El 10 de abril, en Sesión Solemne de la Academia Nacional de la Historia, se realizó


el acto de incorporación del Dr. Rogelio Pérez Perdomo como Individuo de Número.
Su discurso se tituló Una mirada al derecho y su historia desde Venezuela y planteó
varias reflexiones sobre la forma de hacer una historia social del derecho, los retos y
posibles miradas a este objeto de estudio. Respondió el discurso el numerario José
Rafael Lovera.

El Individuo de Número Rogelio Pérez Perdomo participó en el Coloquio “Ins-


tituições Judiciais e debate político na América Latina”, Realizado en Porto Alegre
los días 6 y 7 de mayo en la Universida de Federal do Rio Grande do Sul. Llevó el Dr.
Pérez Perdomo la ponencia titulada: “Represión y justicia en Venezuela en Tiempos
de Revolución”.

El 20 de mayo, en el marco del IX Congreso de Investigaciones y Creación Intelectual


organizado por la UNIMET, nuestra numeraría Inés Quintero participó como po-
nente en la mesa Diálogos entre Historia y Ficción con el trabajo: “Historia, relato y
ficción: a propósito de El fabricante de peinetas”.

La Academia de Mérida rindió homenaje al Individuo de Número Dr. Caracciolo


Parra Pérez, develando su retrato en la Galería de Retratos de Merideños Ilustres de
la sede de la institución el día 11 de junio. En el acto nuestro numerario Dr. Germán
Carrera Damas fungió como orador de orden.

El 24 de junio ocurrió el sensible fallecimiento de nuestro numerario Ramón J. Ve-


lásquez, miembro de la Academia desde 1º de diciembre de 1971, el Dr. Velásquez no
solo tuvo una prolífica obra histórica, sino que fue el motor de importantes proyectos
editoriales como, por ejemplo, la compilación Pensamiento Político Venezolano. De

141
igual forma, ocupó varios cargos relevantes en la administración pública, el más re-
cordado es el de haber sido presidente designado en 1993, luego de la destitución del
presidente Carlos Andrés Pérez.

La Academia Nacional de la Historia, en conjunto con la Academia Nacional de


Ciencias Políticas y Sociales, organizó, el 25 de junio, el evento La Guayana Esequi-
ba: Pasado, Presente y Futuro. En el evento participaron: Guillermo Guzmán Mira-
bal; Sadio Garavini, ex Embajador de Venezuela ante la República de Guyana; El Dr.
Carlos Ayala Corao; el Vicealmirante Elías Daniels; el Coronel Pompeyo Torrealba;
Rajihv Morillo Dáger; Manuel Donís Ríos y Edgardo Mondolfi Gudat. A través de las
distintas ponencias, se abordaron las aristas del diferendo con Guyana, materia muy
sensible para los venezolanos.
Colección Bicentenario
de la Indepedencia

Spence Robertson, William. La vida de Miranda.


Caracas, Academia Nacional de la Historia, 2006,
pp. 491.
Esta obra es la tesis doctoral del autor sobre el
Precursor de la Independencia de hispanoaméri-
ca con el título Miranda and The Revolutionizing
of Spanish América. Esta biografía está considera-
da entre las más completas para el estudio de la
vida inquieta, gloriosa y trágica de este gran ve-
nezolano. Fue publicada por primera vez en 1929
en dos volúmenes por la Universidad de Carolina
del Norte, Chapel Hill.

Rey, Juan Carlos; Pérez Perdomo, Rogelio; Aiz-


purua Aguirre, Ramón y Hernández, Adriana. Gual
y España: La Independencia frustrada. Caracas,
fundación Empresas Polar, 2007, pp. 476.
La presente obra contiene los análisis de cuatro
estudiosos de la época independentista quienes se
plantearon la tarea de reconstruir el proceso histó-
rico denominado la “Conspiración de Gual y Es-
paña” desde los documentos de la causa judicial
que se les siguió así como material inédito que fue
transcrito para Venezuela desde el Archivo Gene-
ral de Indias de Sevilla.

143
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Quintero Montiel, Inés. La Conjura de los Mantua-


nos. Caracas, Universidad Católica Andrés Bello,
2008, pp. 238.
En esta obra la Doctora Quintero aborda el suce-
so ocurrido en el año 1808 de la solicitud de un
grupo de vecinos de Caracas para la formación de
una Junta Suprema, a propósito de la prisión del
Rey Fernando Séptimo. Este hecho ha sido consi-
derado como un preámbulo a la Independencia,
lo cual niega la historiadora y afirma que, al con-
trario, fue una última demostración de lealtad a la
Monarquía.

Gustavo A. Vaamonde. Diario de una Rebelión.


(Venezuela, Hispanoamérica y España. 19 de
abril de 1810-5 de julio de 1811). Caracas, funda-
ción Empresas Polar, 2008, pp. 324.
Es una cronología que reconstruye de forma glo-
bal, día a día y respaldada con citas documentales
de la época, los principales acontecimientos polí-
ticos, militares, jurídicos, institucionales, sociales,
diplomáticos y otros más que ocurrieron a lo largo
de las principales ciudades y provincias de Hispa-
noamérica durante estas dos fechas que delimitan
el proceso de independencia de Venezuela.

144
COLECCIÓN BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

La Cartera del Coronel Conde de Adlercreutz: do-


cumentos inéditos relativos a la historia de Vene-
zuela y la Gran Colombia. Introducción y notas de
Carcciolo Parra Pérez. Caracas, Academia Nacio-
nal de la Historia, 2009, pp. 163.
Esta obra es una recopilación de documentos iné-
ditos relativos a la historia de Venezuela y de la
Gran Colombia recopilados por el Coronel Conde
finlandés Federico Tomás Adlercreutz. Este perso-
naje arribó a Venezuela en 1820 por el puerto de
Juan Griego en Margarita. Se había distinguido en
las guerras napoleónicas en Europa y vino a unir-
se a las fuerzas independentistas de Bolívar cuyas
ideas compartía.

Quintero Montiel, Inés. El Marquesado del Toro


1732-1851 (Nobleza y Sociedad en la Provincia
de Venezuela). Caracas, Academia Nacional de la
Historia-Universidad Central de Venezuela, 2009,
pp. 419.
Esta obra es la tesis doctoral de Quintero y en ella
se analizan las prácticas políticas de la nobleza
criolla como soporte de la sociedad venezolana. Se
estudia aquí la participación de los nobles de Cara-
cas en el proceso que dio lugar al nacimiento de la
República. Este libro reconstruye la vida y el tiem-
po de Francisco Rodríguez del Toro, IV marqués del
Toro, quien estuvo comprometido en los sucesos
de la Independencia, fue jefe del ejército patriota,
diputado al Congreso Constituyente y firmante de
la declaración de independencia en 1811.

145
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Lasso De la Vega, Hilarión José R. Sínodos de Mé-


rida y Maracaibo de 1817, 1819 y 1822 [Prólogo
de Fernando Campo del Pozo]. Caracas, Acade-
mia Nacional de la Historia, 2009, pp. 380.
Este libro recoge las constituciones de tres sí-
nodos diferentes celebrados por el obispo Lasso
de la Vega, donde se evalúa la tarea de restablecer
buenas relaciones con la Santa Sede luego de lo
acontecido al cesar el gobierno de los reyes de
España en Venezuela. Las nuevas autoridades ci-
viles derogaron las constituciones sinodales aquí
publicadas, pero continuaron influyendo en el
campo pastoral de lo que hoy constituye el occi-
dente de Venezuela: Mérida, Zulia, Lara, Trujillo,
Barinas, Falcón, etc.

La Constitución Federal de Venezuela de 1811 y


Documentos Afines [Estudio preliminar de Carac-
ciolo Parra Pérez]. Caracas, Academia Nacional
de la Historia, 2009, pp. 214
Se trata aquí de la presentación de la primera
Constitución de Venezuela como la génesis del
proceso que culminará con la creación de la Re-
pública. Se trata del primer intento político de
presentar una idea de República ante el mundo
entero y una de las más claras delimitaciones del
sistema de gobierno que proponían los venezola-
nos para sí mismos. La complejidad de este texto
jurídico es analizada magníficamente por el inte-
lectual Caracciolo Parra Pérez.

146
COLECCIÓN BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

Carrera Damas, Germán. Boves, Aspectos socio-


económicos de la Guerra de Independencia. Cara-
cas, Academia Nacional de la Historia, 2009, pp.
262.
Esta obra tiene el propósito de “reubicar a Boves
en su medio histórico y apreciar el valor de sus
procedimientos en función de ese medio”. Pre-
cisar su papel en los cambios políticos y socia-
les que afectaron entonces a Venezuela durante
la Guerra de Independencia y en el cual tuvo
influencia muy importante. Su autor, el acadé-
mico e historiador Germán Carrera Damas, es un
renovador moderno de los estudios históricos de
Venezuela.

Reyes, Juan Carlos. Confidentes, Infidentes y Trai-


dores (Venezuela 1806-1814). Caracas, Acade-
mia Nacional de la Historia, 2009, pp. 188.
Este libro corresponde a la descripción de la evo-
lución del pensamiento de los funcionarios colo-
niales de Venezuela, desde la llegada de Miranda
a costas venezolanas en 1806 hasta el ajusticia-
miento de Vicente Salias en el castillo de Puerto
Cabello en 1814. Se analiza aquí el desarrollo de
los acontecimientos políticos del momento 1806-
1814 y los cambios que experimenta la sociedad
venezolana, tanto de la población en general
como de las autoridades peninsulares.

147
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Altez Rogelio. 1812: Documentos para el Estudio


de un Desastre. Caracas, Academia Nacional de
la Historia, 2009, pp. 404.
Los documentos, aquí compilados, permiten estu-
diar la variedad de problemas que debió enfrentar
aquella sociedad de inicios de la Independen-
cia: la quiebra económica, cambio del numera-
rio circulante por un papel moneda sin respaldo,
el devastador terremoto y, tratar de legitimar los
nuevos significados políticos que surgían al calor
de la nueva situación tales como: “libertad”, “pa-
tria”, “soberanía”, “república”, “pueblo”.

Yanes, Francisco Javier. Manual Político del Vene-


zolano, y apuntamientos sobre la legislación de
Colombia [Estudio Introductorio de Pérez Perdo-
mo, Rogelio y Quintero, Inés]. Caracas, Academia
Nacional de la Historia-Universidad Metropolita-
na, 2009, pp. 223.
Manual Político del Venezolano del prócer Fran-
cisco Javier Yanez, es una obra que busca dar sus-
tento teórico a la República, el autor aborda el go-
bierno representativo y reflexiona acerca de valo-
res de la república como la libertad, la igualdad,
la seguridad y la propiedad. También se publica
en este volumen, y por primera vez, sus Apunta-
mientos sobre la legislación de Colombia, obra
que muestra el poco entusiasmo que despertó la
Constitución de Cúcuta en Caracas.

148
COLECCIÓN BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

Coll y Prat, Narciso. Memoriales sobre la Indepen-


dencia de Venezuela. [estudio Preliminar de José
del Rey Fajardo, S.J.]. Caracas, Academia Nacio-
nal de la Historia, 2010, pp. 455.
La obra del Arzobispo Coll y Prat es un testimonio
fundamental para entender el papel de la iglesia
durante la Guerra de Independencia. El recuento
de sus acciones frente a la diócesis de Caracas,
así como de su defensa ante la acusación de infi-
dencia hecha por autoridades españolas, permite
seguir la pista no sólo a personajes realistas sino
también a patriotas connotados. El Estudio Preli-
minar del Dr. José del Rey Fajardo, S.J. es de gran
ayuda para contextualizar, no sólo a la figura de
Coll y Prat, sino a la de la Iglesia Católica en los
primeros años del siglo xix.

Leal, Ildefonso. La Universidad de Caracas en la


época de Bolívar 1783-1830. Caracas, Academia
Nacional de la Historia, 2010, 2 vols.
El estudio del Dr. Leal es una útil guía para enten-
der la situación de la universidad en los últimos
años del régimen colonial y los primeros de la
vida republicana. A través de las actas del claus-
tro universitario, compiladas en dos volúmenes,
se puede hacer seguimiento a la participación de
la universidad en el acontecer cultural caraqueño
antes del inicio de la emancipación, en la guerra
de independencia, y en la construcción de la Re-
pública.

149
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

López, Issac. La élite coriana en el proceso de in-


dependencia. (el caso de la familia Garcés). Ca-
racas, Academia Nacional de la Historia, 2010,
pp. 168.
En esta obra se estudia la región coriana y su in-
corporación al proceso de independencia, se hace
una revisión crítica del tratamiento que la historio-
grafía nacional tradicionalmente le ha dado a esta
región. Issac López recurriendo a nueva documen-
tación da cuenta de la élite coriana, entronques
sociales y actuación política, y de como se produ-
jo en esa región la transición del régimen colonial
a la República.

Díaz, José Domingo. Recuerdo de la Rebelión de


Caracas [Estudio preliminar Inés Quintero Mon-
tiel]. Caracas, Academia Nacional de la Historia,
2011, pp. 487.
José Domingo Díaz, es testigo de excepción del
bando realista y uno de los defensores venezola-
nos más tenaces de la causa monarquía. Su testi-
monio es insoslayable al momento de estudiar la
guerra de independencia. El estudio preliminar de
la Dra. Quintero aborda la visión que se ha cons-
truido en la historiografía venezolana sobre este
personaje y da nuevas luces sobre su obra.

150
COLECCIÓN BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

Actas del Supremo Congreso de Venezuela 1811-


1812 [Estudio preliminar de Carole Leal]. Caracas,
Academia Nacional de la Historia, 2011, 2 vols.
Esta edición de las Actas se ha completado con
otras publicadas en la Gazeta de Caracas y en El
publicitas de Caracas, que no aparecen en la edi-
ción de la Academia de 1959. El estudio prelimi-
nar de la Dra. Carole Leal es una ayuda vital para
conocer los grandes debates que se dieron y para
obtener información acerca de quienes integraron
el Congreso, entre otros aspectos que ponen en
contexto al primer Congreso venezolano.

Testimonios de la Época Emancipadora [Estudio


preliminar del Dr. Elías Pino Iturrieta]. Caracas,
Academia Nacional de la Historia, 2011, pp. 547.
Obra que compila diversos documentos sobre la
primera parte del proceso de independencia ve-
nezolano. Se encuentran divididos en 4 grupos:
Testimonios de Próceres, Documentos y Corres-
pondencia de Juntas Provinciales, Periódicos de
la Primera República e Impresos de la Época.
Acompaña esta selección documental el estudio
preliminar del Dr. Elías Pino Iturrieta que ayuda a
contextualizar los documentos presentados.

151
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Manzanilla, Ángel. La Sublevación de Francisco


Javier Pírela. Maracaibo, 1799 -1800 (una nueva
perspectiva histórica e historiográfica). Caracas,
Academia Nacional de la Historia, 2011, pp. 538.
Innovador estudio sobre la sublevación que pro-
tagonizó el subteniente de pardos Francisco Ja-
vier Pirela en 1799 en la ciudad de Maracaibo.
Alejado de la versión de la historia patria, Ángel
Manzanilla aborda de una manera científica los
hechos y ofrece nuevas luces e interpretaciones
sobre los acontecimientos de finales del siglo
XVIII. Acompaña este volumen una importante
selección documental sobre el caso, localizada
por el autor en archivos venezolanos, y un catálo-
go de los documentos relacionados con el tema y
que se encuentran en archivos extranjeros.

Mondolfi, Gudat Edgardo y Olivieri, Giannina


(comps.) La crisis del mundo hispánico y sus im-
plicaciones. Caracas, Academia Nacional de la
Historia - Universidad Metropolitana la Acade-
mia, 2011, pp.
Esta obra reúne trabajos presentados en el simpo-
sio La crisis del mundo hispánico y sus implicacio-
nes, organizado en octubre de 2010 por el Centro
Estudios Latinoamericanos Arturo Uslar Pietri en
el marco de las celebraciones bicentenarias. El
simposio y la obra se realizaron con la intención
de profundizar los estudios sobre la crisis de la
monarquía española en 1808 y las repercusiones
que tuvo en Venezuela.

152
COLECCIÓN BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

Manuel Donís Ríos. Los curas congresitas (las


actuaciones de los sacerdotes como diputados
en los Congresos Republicanos de 1811, 1817,
1819, 1821). Caracas, Academia Nacional de la
Historia 2012, pp. 483.
En este trabajo se estudian todas las intervencio-
nes que hicieron los prelados de la iglesia, en su
calidad de diputados, en Supremo Congreso de
Venezuela y en los Congresos del Ciclo Bolivaria-
no, durante la guerra de independencia, brindán-
donos luces sobre el papel de la iglesia en todo
este proceso y los aportes que este grupo en par-
ticular hizo para la construcción de la República.

153
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monta. Estudio preliminar de Mario Briceño Perozo.
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mo Morón. Tomo I.
Vol. 63: Recopilación historial de Venezuela. Fray Pedro de Aguado. Tomo II.
Vol. 64: Actas del cabildo eclesiástico de Caracas. Estudio preliminar de Manuel Pérez Vila. Tomo
I (1580-1770).
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trio Ramos Pérez. Tomo II.
Vol. 68: El Orinoco ilustrado. José Gumilla. Comentario preliminar de José Nucete Sardi y Estudio
bibliográfico de Demetrio Ramos Pérez.
Vol. 69: Los primeros historiadores de las misiones capuchinas en Venezuela. Presentación y estu-
dios preliminares sobre cada autor de P. Buenaventura de Carrocera, O.F.M.
Vol. 70: Relaciones geográficas de Venezuela durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Estudio preliminar
y notas de Antonio Arellano Moreno.
Vol. 71: Ensayo de historia americana. Felipe Salvador Gilij. Traducción y estudio preliminar de
Antonio Tovar. Tomo I.
Vol. 72: Ensayo de historia americana. Felipe Salvador Gilij. Tomo II.
Vol. 73: Ensayo de historia americana. Felipe Salvador Gilij. Tomo III.
Vol. 74: Documentos para la historia de la Iglesia colonial en Venezuela. Estudio preliminar y se-
lección del Padre Guillermo Figuera. Tomo I.
Vol. 75: Documentos para la historia de la Iglesia colonial en Venezuela. Tomo II.
Vol. 76: Instrucción general y particular del estado presente de la provincia de Venezuela en los
años de 1720 y 1721. Pedro José de Olavarriaga. Estudio preliminar de Mario Briceño
Perozo.
Vol. 77: Relato de las misiones de los padres de la Compañía de Jesús en las islas y en Tierra Firme
de América Meridional. P. Pierre Pelleprat, S.J. Estudio preliminar del Padre José del Rey.
Vol. 78: Conversión de Píritu. P. Matías Ruiz Blanco. Tratado histórico. P. Ramón Bueno. Estudio
preliminar y notas de P. Fidel de Lejarza, O.F.M.
Vol. 79: Documentos jesuíticos relativos a la historia de la Compañía de Jesús en Venezuela. Estu-
dio preliminar del P. José del Rey S.J.
Vol. 80: Protocolo del siglo XVI. Estudio preliminar de Agustín Millares Carlo.
Vol. 81: Historia de la Nueva Andalucía. Fray Antonio Caulín. Estudio preliminar y edición crítica
de P. Pablo Ojer, S.J. Tomo I.
Vol. 82: Estudio de la Nueva Andalucía. Fray Antonio Caulín. (Texto y Notas). Tomo II.
Vol. 83: Las Misiones de Píritu. Documentos para su historia. Selección y estudio preliminar de
Lino Gómez Canedo, O.F.M. Tomo I.
Vol. 84: Las Misiones de Píritu. Documentos para su historia. Tomo II.
Vol. 85: Historia de la provincia de la Compañía de Jesús del Nuevo Reyno de Granada en la Amé-
rica. P. Joseph Cassani. S.J. Estudio preliminar y anotaciones al texto del P. José del Rey, S.J.
Vol. 86: La historia del Mundo Nuevo. M. Girolano Benzoni. Traducción y Notas de Marisa Vanni-
ni de Gerulewicz. Estudio preliminar de León Croizat.
Vol. 87: Documentos para la historia de la educación en Venezuela. Estudio preliminar y compila-
ción de Ildefonso Leal.
Vol. 88: Misión de los capuchinos en Cumaná. Estudio preliminar y documentación seleccionada
por el R.P. Fray Buenaventura de Carrocera, O.F.M., Cap. Tomo I.
Vol. 89: Misión de los capuchinos en Cumaná. Estudio preliminar y documentación seleccionada
por el R.P. Fray Buenaventura de Carrocera, O.F.M., Cap. Tomo II.
Vol. 90: Misión de los capuchinos en Cumaná. Estudio preliminar y documentación seleccionada
por el R.P. Fray Buenaventura de Carrocera, O.F.M., Cap. Tomo III.
Vol. 91: Historia documentada de los agustinos en Venezuela durante la época colonial. Estudio
preliminar de Fernando Campo del Pozo, Agust.
Vol. 92: Las instituciones militares venezolanas del período hispánico en los archivos. Selección y
estudio preliminar de Santiago-Gerardo Suárez.
Vol. 93: Documentos para la historia económica en la época colonial, viajes e informes. Selección
y estudio preliminar de Antonio Arellano Moreno.
Vol. 94: Escritos Varios. José Gumilla. Selección y estudio preliminar de José del Rey, S.J.
Vol. 95: Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas (1771‑1784). Obispo
Mariano Martí. Libro personal. Estudio preliminar de Lino Gómez Canedo, O.F.M. Tomo I.
Vol. 96: Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas (1771‑1784). Obispo
Mariano Martí. Libro personal. Tomo II.
Vol. 97: Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas (1771‑1784). Obispo
Mariano Martí. Libro de inventarios. Tomo III.
Vol. 98: Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas (1771‑1784). Obispo
Mariano Martí. Libro de inventarios. Tomo IV.
Vol. 99: Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas (1771‑1784). Obispo
Mariano Martí. Libro de Providencias. Tomo V.
Vol.100: Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas (1771‑1784). Obispo
Mariano Martí. Compendio de Juan José Guzmán. Tomo VI.
Vol. 101: Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas (1771‑1784). Obispo
Mariano Martí. Compendio de Juan José Guzmán, Tomo VII.
Vol. 102: La Gobernación de Venezuela en el siglo XVII. José Llavador Mira.
Vol. 103: Documentos para el estudio de los esclavos negros en Venezuela. Selección y estudio
preliminar de Ermila Troconis de Veracoechea.
Vol. 104: Materiales para la historia de las artes decorativas en Venezuela. Carlos E. Duarte.
Vol. 105: Las obras pías en la Iglesia colonial venezolana. Selección y estudio preliminar de Ermila
Troconis de Veracoechea.
Vol. 106: El real consulado de Caracas (1793-1810). Manuel Nunes Días.
Vol. 107: El ordenamiento militar de Indias. Selección y estudio preliminar de Santiago-Gerardo
Suárez.
Vol. 108: Crónica de la provincia franciscana de Santa Cruz de la Española y Caracas. José Torrubia.
O.F.M. Estudio preliminar y notas de Odilio Gómez Parente, O.F.M.
Vol. 109: Trinidad, Provincia de Venezuela. Historia de la administración española de Trinidad. Jes-
se A. Noel.
Vol. 110: Colón descubrió América del Sur en 1494. Juan Manzano Manzano.
Vol. 111: Misión de los Capuchinos en los Llanos de Caracas. Introducción y resumen histórico.
Documentos (1657‑1699). de R. P. Fray Buenaventura de Carrocera. O.F.M. Capuchino.
Tomo I.
Vol. 112: Misión de los Capuchinos en los Llanos de Caracas. Documentos (1700‑1750). de R. P.
Fray Buenaventura de Carrocera. O. F. M. Capuchino. Tomo II.
Vol. 113: Misión de los Capuchinos en los Llanos de Caracas. Documentos (1750-1820). de R. P.
Fray Buenaventura de Carrocera. O. F. M. Capuchino. Tomo III.
Vol. 114: Población de origen europeo de Coro en la época colonial. Pedro M. Arcaya.
Vol. 115: Curazao hispánico (Antagonismo flamenco-español). Carlos Felice Cardot.
Vol. 116: El mito de El Dorado. Su génesis y proceso. Demetrio Ramos Pérez.
Vol. 117: Seis primeros obispos de la Iglesia venezolana en la época hispánica (1532-1600). Mons.
Francisco Armando Maldonado.
Vol. 118: Documentos jesuíticos relativos a la historia de la Compañía de Jesús en Venezuela. José
del Rey Fajardo, S. J. Tomo II.
Vol. 119: Documentos jesuíticos relativos a la historia de la Compañía de Jesús en Venezuela. José
del Rey Fajardo, S. J. Tomo III.
Vol. 120: Hernández de Serpa y su “Hueste” de l569 con destino a la Nueva Andalucía. Jesús María
G. López Ruiz.
Vol. 121: La Provincia Franciscana de Santa Cruz de Caracas. Cuerpo de documentos para su histo-
ria (1513‑1837). Selección, estudio preliminar, introducciones especiales, edición y notas
de Lino Gómez Canedo.
Vol. 122: La Provincia Franciscana de Santa Cruz de Caracas. Cuerpo de documentos para su histo-
ria. Consolidación y expansión (1593-1696). Selección, estudio preliminar, introduccio-
nes especiales, edición y notas de Lino Gómez Canedo.
Vol. 123: La Provincia Franciscana de Santa Cruz de Caracas. Cuerpo de documentos para su histo-
ria. Florecimiento, crisis y extinción (1703-1837). Selección, estudio preliminar, introduc-
ciones especiales, edición y notas de Lino Gómez Canedo.
Vol. 124: El sínodo diocesano de Santiago de León de Caracas de 1687. Valoración canónica del
regio placet a las constituciones sinodales indianas. Manuel Gutiérrez de Arce. Tomo I.
Vol. 125: Apéndices a el sínodo diocesano de Santiago de León de Caracas de 1687. Valoración
canónica del regio placet a las constituciones sinodales indianas. Manuel Gutiérrez de
Arce. Tomo II.
Vol. 126: Estudios de historia venezolana. Demetrio Ramos Pérez.
Vol. 127: Los orígenes venezolanos (Ensayo sobre la colonización española en Venezuela). Jules
Humbert. Traducción Feliciana de Casas
Vol. 128: Materiales para la Historia Provincial de Aragua. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 129: El Oriente venezolano a mediados del siglo XVIII, a través de la visita del Gobernador
Diguja. Alfonso F. González González.
Vol. 130: Juicios de Residencia en la provincia de Venezuela. I. Los Welser. Estudio preliminar de
Marianela Ponce de Behrens, Diana Rengifo y Letizia Vaccari de Venturini.
Vol. 131: Fortificación y Defensa. Santiago-Gerardo Suárez.
Vol. 132: Libros y Bibliotecas en Venezuela Colonial (1633-1767). Siglo XVII (1633-1699). Ildefonso
Leal. Tomo I.
Vol. 133: Libros y Bibliotecas en Venezuela Colonial (1633-1767). Siglo XVII (1727-1767). Ildefonso
Leal. Tomo II.
Vol. 134: Las acciones militares del Gobernador Ruy Fernández de Fuenmayor (1637-1644). Lucas
Guillermo Castillo Lara.
Vol. 135: El Régimen de “Las Gracias al Sacar” en Venezuela durante el período hispánico. Santos
Rodulfo Cortés. Tomo I.
Vol. 136: El Régimen de “Las Gracias al Sacar” en Venezuela durante el período hispánico. (Docu-
mentos anexos). Santos Rodulfo Cortés. Tomo II.
Vol. 137: Las Fuerzas Armadas Venezolanas en la Colonia. Santiago-Gerardo Suárez.
Vol. 138: La Pedagogía Jesuítica en la Venezuela Hispánica. José del Rey Fajardo, S. J.
Vol. 139: Misión de los Capuchinos en Guayana. Introducción y resumen histórico. Documentos,
(1682‑1785. R. P. Fray Buenaventura de Carrocera, O. F. M. Capuchino. ). Tomo I.
Vol. 140: Misión de los Capuchinos en Guayana. Documentos (1760-1785). R. P. Fray Buenaventu-
ra de Carrocera, O. F. M. Capuchino. Tomo II.
Vol. 141: Misión de los Capuchinos en Guayana. Documentos (1785-1819). R. P. Fray Buenaventu-
ra de Carrocera, O. F. M. Capuchino. Tomo III.
Vol. 142: La defensa de la integridad territorial de Guayana en tiempos de Carlos III. María Consuelo
Cal Martínez.
Vol. 143: Los Mercedarios y la política y social de Caracas en los siglos XVII y XVIII. Lucas G. Castillo
Lara. Tomo I.
Vol. 144: Los Mercedarios y la vida política y social de Caracas en los siglos XVII y XVIII. Lucas G.
Castillo Lara. Tomo II.
Vol. 145: Juicios de Residencia en la Provincia de Venezuela. II - Juan Pérez de Tolosa y Juan de Ville-
gas. Recopilación y estudio preliminar de Marianela Ponce y Letizia Vaccari de Venturini.
Vol. 146: Las salinas de Araya y el origen de la Armada de Barlovento. Jesús Varela Marcos.
Vol. 147: Los extranjeros con carta de naturaleza de las Indias, durante la segunda mitad del siglo
XVIII. Juan M. Morales Alvarez.
Vol. 148: Fray Pedro de Aguado: Lengua y Etnografía. María T. Vaquero de Ramírez.
Vol. 149: Descripción exacta de la Provincia de Venezuela. Joseph Luis de Cisneros. Estudio preli-
minar de Pedro Grases.
Vol. 150: Temas de Historia Colonial Venezolana. Mario Briceño Perozo.
Vol. 151: Apuntes para la Historia Colonial de Barlovento. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 152: Los comuneros de Mérida (Estudio). Edición conmemorativa del bicentenario del movi-
miento comunero. Tomo I.
Vol. 153: Los censos en la Iglesia Colonial Venezolana (Sistema de préstamos a interés). Estudio
preliminar y recopilación de Ermila Troconis de Veracoechea. Tomo I.
Vol. 154: Los censos en la iglesia Colonial Venezolana (Sistema de préstamos a interés). Recopila-
ción de Gladis Veracoechea y Euclides Fuguett. Tomo II.
Vol. 155: Los censos en la iglesia Colonial Venezolana (Sistema de préstamos a interés). Recopila-
ción de Euclides Fuguett. Tomo III.
Vol. 156: Hombres y mujeres del siglo XVI venezolano. Ismael Silva Montañés. Tomo I (A-C).
Vol. 157: La ocupación alemana de Venezuela en el siglo XVI. Período llamado de los Welser (1558-
1536) de Jules Humbert. Traducción y presentación de Roberto Gabaldón.
Vol. 158: Historia del periodismo y de la imprenta en Venezuela. Tulio Febres Cordero G.
Vol. 159: Hombres y mujeres del siglo XVI venezolano. Ismael Silva Montañés. Tomo II (CH-K).
Vol. 160: Juicios de Residencia en la Provincia de Venezuela. I- Don Francisco Dávila Orejón Gas-
tón (1673-1677). Estudio introductorio, recopilación y selección documental de Letizia
Vaccari S. M.
Vol. 161: Juicios de Residencia en la Provincia de Venezuela. II- Don Francisco Dávila Orejón Gas-
tón (1673-1677). Estudio introductorio, recopilación y selección documental, de Letizia
Vaccari S. M.
Vol. 162: Juicios de Residencia en la Provincia de Venezuela. III- Don Francisco Dávila Orejón Gas-
tón (1673-1677). Estudio introductorio, recopilación y selección documental de Letizia
Vaccari S. M.
Vol. 163: La aventura fundacional de los isleños. Panaquire y Juan Francisco de León. Lucas Guiller-
mo Castillo Lara.
Vol. 164: Hombres y mujeres del siglo XVI venezolano. Ismael Silva Montañés. Tomo III (L‑P).
Vol. 165: La unidad regional. Caracas-La Guaira-Valles, de 1775 a 1825. Diana Rengifo.
Vol. 166: Hombres y mujeres del siglo XVI venezolano. Ismael Silva Montañés. Tomo IV (Q-Z).
Vol. 167: Materiales para el estudio de las relaciones inter-étnicas en la Guajira, siglo XVIII. Docu-
mentos y mapas de P. Josefina Moreno y Alberto Tarazona.
Vol. 168: El contrabando holandés en el Caribe durante la primera mitad del siglo XVIII. Celestino
Andrés Araúz Monfante. Tomo I.
Vol. 169: El contrabando holandés en el Caribe durante la primera mitad del siglo XVIII. Celestino
Andrés Araúz Monfante. Tomo II.
Vol. 170: Guayana y el Gobernador Centurión (1766-1776). María Isabel Martínez del Campo.
Vol. 171: Las Milicias. Instituciones militares hispanoamericanas. Santiago-Gerardo Suárez.
Vol. 172: San Sebastián de los Reyes. La ciudad trashumante. Lucas Guillermo Castillo Lara. Tomo I.
Vol. 173: San Sebastián de los Reyes. La ciudad raigal. Lucas Guillermo Castillo Lara. Tomo II.
Vol. 174: Los Ministros de la Audiencia de Caracas (1786-1776). Caracterización de una élite buro-
crática del poder español en Venezuela. Alí Enrique López Bohorquez.
Vol. 175: El control de la gestión administrativa en el juicio de Residencia al Gobernador Manuel
González Torres de Navarra. Marianela Ponce. Tomo I.
Vol. 176: El control de la gestión administrativa en el juicio de Residencia al Gobernador Manuel
González Torres de Navarra. Marianela Ponce. Tomo II.
Vol. 177: El control de la gestión administrativa en el juicio de Residencia al Gobernador Manuel
González Torres de Navarra. Marianela Ponce. Tomo III.
Vol. 178: Historia de Colombia y de Venezuela. Desde sus orígenes hasta nuestros días. Jules Hum-
bert. Traducción de Roberto Gabaldón.
Vol. 179: Noticias historiales de Nueva Barcelona. Fernando del Bastardo y Loayza. Estudio prelimi-
nar y notas de Constantino Maradei Donato.
Vol. 180: La implantación del impuesto del papel Sellado en Indias. María Luisa Martínez de Sali-
nas.
Vol. 181: Raíces pobladoras del Táchira: Táriba, Guásimos (Palmira), Capacho. Lucas Guillermo
Castillo Lara.
Vol. 182: Temas de Historia Colonial Venezolana. Mario Briceño Perozo. Tomo II.
Vol. 183: Historia de Barinas (1577-1800). Virgilio Tosta. Tomo I.
Vol. 184: El Regente Heredia o la piedad heroica. Mario Briceño-Iragorry. Presentación de Tomás
Polanco Alcántara.
Vol. 185: La esclavitud indígena en Venezuela (siglo XVI). Morella A. Jiménez G.
Vol. 186: Memorias del Regente Heredia. José Francisco Heredia. Prólogo de Blas Bruni Celli.
Vol. 187: La Real Audiencia de Caracas en la Historiografía Venezolana (Materiales para su estudio).
Presentación y selección de Alí Enrique López Bohorquez.
Vol. 188: Familias coloniales de San Carlos. Diego Jorge Herrera-Vegas. Tomo I (A-H).
Vol. 189: Familias coloniales de San Carlos. Diego Jorge Herrera-Vegas. Tomo II (I-Z).
Vol. 190: Lenguas indígenas e indigenismos - Italia e Iberoamérica. 1492-1866. Ana Cecilia Peña
Vargas.
Vol. 191: Evolución histórica de la cartografía en Guayana y su significación en los derechos vene-
zolanos sobre el Esequibo. Manuel Alberto Donis Ríos.
Vol. 192: Elementos historiales del San Cristóbal Colonial. El proceso formativo. Lucas Guillermo
Castillo Lara.
Vol. 193: La formación del latifundio ganadero en los Llanos de Apure: 1750-1800. Adelina C. Ro-
dríguez Mirabal.
Vol. 194: Historia de Barinas (1800-1863). Virgilio Tosta. Tomo II.
Vol. 195: La visita de Joaquín Mosquera y Figueroa a la Real Audiencia de Caracas (1804-1809).
Conflictos internos y corrupción en la administración de justicia. Teresa Albornoz de Ló-
pez.
Vol. 196: Ideología, desarrollo e interferencias del comercio caribeño durante el siglo XVII. Rafael
Cartaya A.
Vol. 197: Fundadores, primeros moradores y familias coloniales de Mérida (1538-1810). Los Funda-
dores: Juan Maldonado y sus compañeros (1559). Roberto Picón-Parra. Tomo I.
Vol. 198: Fundadores, primeros moradores y familias coloniales de Mérida (1538-1810). Los funda-
dores: Juan Rodríguez Suárez y sus compañeros (1558). Roberto Picón‑Parra. Tomo II.
Vol. 199: Historia de Barinas (1864-1892). Virgilio Tosta. Tomo III.
Vol. 200: Las Reales Audiencias Indianas. Fuentes y Bibliografía. Santiago-Gerardo Suárez.
Vol. 201: San Cristóbal, Siglo XVII. Tiempo de aleudar. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 202: Las Encomiendas de Nueva Andalucía en el siglo XVII. 1688. Traslado y estudio preliminar
de Antoinette Da Prato-Perelli. Tomo I.
Vol. 203: Las Encomiendas de Nueva Andalucía en el siglo XVII. 1688. (Traslado y estudio prelimi-
nar). Antoinette Da Prato-Perelli. Tomo II.
Vol. 204: Las Encomiendas de Nueva Andalucía en el siglo XVII. 1688. (Traslado y estudio prelimi-
nar). Antoinette Da Prato-Perelli. Tomo III.
Vol. 205: Las Encomiendas de Nueva Andalucía en el siglo XVII. 1688. (Traslado y estudio prelimi-
nar). Antoinette Da Prato‑Perelli. Tomo IV.
Vol. 206: Simón Rodríguez maestro de escuela de primeras letras. Gustavo Adolfo Ruiz.
Vol. 207: Linajes calaboceños. Jesús Loreto Loreto.
Vol. 208: El discurso de la fidelidad. Construcción social del espacio como símbolo del poder regio
(Venezuela siglo XVIII). Carole Leal Curiel.
Vol. 209: Contribución al estudio de la “aristocracia territorial” en Venezuela colonial. La familia
Xerez de Aristeguieta. Siglo XVIII. Elizabeth Ladera de Diez.
Vol. 210: Capacho. Un pueblo de indios en la Jurisdicción de la Villa de San Cristóbal. Inés Cecilia
Ferrero Kelleroff.
Vol. 211: Juan de Castellanos. Estudios de las Elegías de Varones Ilustres. Isaac J. Pardo.
Vol. 212: Historia de Barinas (1893‑1910). Virgilio Tosta. Tomo IV.
Vol. 213: La Nueva Segovia de Barquisimeto. Nieves Avellán de Tamayo. Tomo I.
Vol. 214: La Nueva Segovia de Barquisimeto. Nieves Avellán de Tamayo. Tomo II.
Vol. 215: El Régimen de la Encomienda en Barquisimeto colonial, 1530‑1810. Reinaldo Rojas.
Vol. 216: Crítica y descolonización. El sujeto colonial en la cultura latinoamericana. Beatriz Gonzá-
lez Stephan y Lucía Helena Costigan (Coordinadoras).
Vol. 217: Sobre Gobernadores y Residencias en la Provincia de Venezuela. (Siglos XVI, XVII, XVIII).
Letizia Vaccari.
Vol. 218: Paleografía Práctica (su aplicación en el estudio de los documentos históricos venezola-
nos). Antonio José González Antías y Guillermo Durand González.
Vol. 219: Tierra, gobierno local y actividad misionera en la comunidad indígena del Oriente venezo-
lano: La visita a la Provincia de Cumaná de don Luis de Chávez y Mendoza (1783-1784).
Antonio Ignacio Laserna Gaitán.
Vol. 220: Miguel José Sanz. La realidad entre el mito y la leyenda. Lenín Molina Peñaloza.
Vol. 221: Historia de Barinas (1911-1928). Virgilio Tosta. Tomo V.
Vol. 222: Curazao y la Costa de Caracas: Introducción al estudio del contrabando en la Provincia
de Venezuela en tiempos de la Compañía Guipuzcoana 1730-1780. Ramón Aizpúrua.
Vol. 223: Configuración textual de la recopilación historial de Venezuela de Pedro Aguado. José
María Navarro.
Vol. 224: Fundadores, primeros moradores y familias coloniales de Mérida (1558-1810). Roberto
Picón Parra. Tomo III.
Vol. 225: Fundadores, primeros moradores y familias coloniales de Mérida (1558-1810). Roberto
Picón Parra. Tomo IV.
Vol. 226: El ordenamiento jurídico y el ejercicio del derecho de libertad de los esclavos en la provin-
cia de Venezuela 1730-1768. Marianela Ponce.
Vol. 227: Los fiscales indianos origen y evolución del Ministerio Público. Santiago-Gerardo Suárez.
Vol. 228: Misiones capuchinas en Perijá. Documentos para su Historia 1682-1819. Ana Cecilia
Peña Vargas. Tomo I.
Vol. 229: Historia social de la región de Barquisimeto en el tiempo histórico colonial 1530-1810.
Reinaldo Rojas.
Vol. 230: Misiones capuchinas en Perijá. Documentos para su historia 1682-1819. Ana Cecilia Peña
Vargas. Tomo II.
Vol. 231: El Teniente Justicia Mayor en la Administración colonial venezolana. Gilberto Quintero.
Vol. 232: En la ciudad de El Tocuyo. Nieves Avellán de Tamayo. Tomo I.
Vol. 233: En la ciudad de El Tocuyo. Nieves Avellán de Tamayo. Tomo II.
Vol. 234: La conspiración de Gual y España y el ideario de la Independencia. Pedro Grases.
Vol. 235: Juan Picornell y la conspiración de Gual y España. Casto Fulgencio López.
Vol. 236: Aportes documentales a la historia de la arquitectura del período hispánico venezolano.
Carlos F. Duarte.
Vol. 237: El mayorazgo de los Cornieles. Zulay Rojo.
Vol. 238: La Venezuela que conoció Juan de Castellanos. Siglo XVI (Apuntes geográficos). Marco
Aurelio Vila.
Vol. 239: Nuestra Señora del Rosario de Perijá. Documentos para su historia. Ana Cecilia Peña Var-
gas. Tomo I.
Vol. 240: Nuestra Señora del Rosario de Perijá. Documentos para su historia. Ana Cecilia Peña Var-
gas. Tomo II.
Vol. 241: Nuestra Señora del Rosario de Perijá. Documentos para su historia. Ana Cecilia Peña Var-
gas. Tomo III.
Vol. 242: Testimonios de la visita de los oficiales franceses a Venezuela en 1783. Carlos Duarte.
Vol. 243: Dos pueblos del sur de Aragua: La Purísima Concepción de Camatagua y Nuestra Señora
del Carmen de Cura. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 244: Conquista espiritual de Tierra Firme. Rafael Fernández Heres.
Vol. 245: El Mayorazgo del Padre Aristiguieta. Primera herencia del Libertador. Juan M. Morales.
Vol. 246: De la soltería a la viudez. La condición jurídica de la mujer en la provincia de Venezuela en
razón de su estado civil. Estudio preliminar y selección de textos legales. Marianela Ponce.
Vol. 247: Las bibliotecas jesuíticas en la Venezuela colonial. José del Rey Fajardo, S. J. Tomo I.
Vol. 248: Las bibliotecas jesuíticas en la Venezuela colonial. José del Rey Fajardo, S. J. Tomo II.
Vol. 249: Catecismos católicos de Venezuela hispana (Siglos XVI-XVIII). Compilación de los textos,
notas y estudio preliminar de Rafael Fernández Heres. Tomo I.
Vol. 250: Catecismos católicos de Venezuela hispana (Siglos XVI-XVIII). Compilación de los textos,
notas y estudio preliminar de Rafael Fernández Heres. Tomo II.
Vol. 251: Catecismos católicos de Venezuela hispana (Siglos XVI-XVIII). Compilación de los textos,
notas y estudio preliminar de Rafael Fernández Heres. Tomo III.
Vol. 252: Aristócratas, honor y subversión en la Venezuela del Siglo XVIII. Frédérique Langue.
Vol. 253: Noticia del principio y progreso del establecimiento de las misiones de gentiles en río
Orinoco, por la Compañía de Jesús. Agustín de Vega. Estudio introductorio de José del Rey
Fajardo, S. J. y Daniel Barandiarán.
Vol. 254: Patrimonio hispánico venezolano perdido (con un apéndice sobre el arte de la sastrería).
Carlos F. Duarte.
Vol. 255: Nortemar Aragüeño. Las querencias de Azul y Oro. Noticias coloniales de Choroní, Chuao
y Zepe. Lucas Guillermo Castillo Lara. Tomo I.
Vol. 256: Nortemar Aragüeño. Las querencias de Azul y Oro. Noticias coloniales de Choroní, Chuao
y Zepe. Lucas Guillermo Castillo Lara. Tomo II.
Vol. 257: Separación matrimonial y su proceso en la época colonial. Antonietta Josefina De Rogatis
Restaino.
Vol. 258: Niebla en las sierras. Los aborígenes de la región centro-norte de Venezuela 1550-1625.
Horacio Biord.
Vol. 259: Asentamiento español y articulación interétnica en Cumaná (1560-1620). Ricardo Igna-
cio Castillo Hidalgo.
Vol. 260: Francisco de Miranda y su ruptura con España. Manuel Hernández González.
Vol. 261: De la Ermita de Ntra. Sra. Del Pilar de Zaragoza al convento de San Francisco. Edda Samu-
dio.
Vol. 262: La República de las Letras en la Venezuela Colonial (la enseñanza de las Humanidades en
los colegios jesuíticos). José del Rey Fajardo S.J.
Vol. 263: La estirpe de las Rojas. Antonio Herrera-Vaillant B.
Vol. 264: La estirpe de las Rojas. Antonio Herrera-Vaillant B.
Vol. 265: La artesanía colonial en Mérida (1556-1700). Luis Alberto Ramírez Méndez.
Vol. 266: El Cabildo de Caracas. Período de la colonia (1568-1810). Pedro Manuel Arcaya.
Vol. 267: Nuevos aportes documentales a la historia de las artes en la provincia de Venezuela (pe-
ríodo hispánico). Carlos R. Duarte.
Vol. 268: A son de caja de guerra y voz de pregonero. Los Bandos de Buen Gobierno de Mérida.
Venezuela 1770-1810. Edda O. Samudio y David J. Robinson.
Vol. 269: El Nudo Deshecho: compendio genealógico de el Libertador. Antonio A. Herrera-Vaillant B.
Vol. 270: Los Jesuitas en Venezuela. Nosotros también somos gente. Indios y Jesuitas en la Orinoquia.
José del Rey Fajardo.
Vol. 271: El cabildo de Caracas durante el período de los Borbones: cartas del cabildo de Caracas
1741-1821. Lila Mago de Chópite.
Vol. 272: La provincia de Guayana para mediados del siglo XVIII. Manuel Alberto Donís Ríos.
BIBLIOTECA DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
Serie Fuentes para la Historia Republicana de Venezuela

Vol. 1: Autobiografía del general José Antonio Páez. Tomo I.


Vol. 2: Autobiografía del general José Antonio Páez. Tomo II.
Vol. 3: Archivo del general José Antonio Páez. Tomo I.
Vol. 4: Archivo del general José Antonio Páez. Tomo II.
Vol. 5: Biografía del general José Antonio Páez. R.B. Cunningham.
Vol. 6: Resumen de la vida militar y política del “ciudadano Esclarecido”, general José Anto-
nio Páez. Tomás Michelena.
Vol. 7: Memorias de Carmelo Fernández.
Vol. 8: Escenas rústicas en Sur América o la vida en los Llanos de Venezuela. Ramón Páez.
Vol. 9: Campañas y Cruceros. Richard Vowell.
Vol. 10: Las sabanas de Barinas. Richard Vowell.
Vol. 11: Las estadísticas de las provincias en la época de Páez. Recopilación y prólogo de
Antonio Arellano Moreno.
Vol. 12: Las comadres de Caracas. John G. A. Willianson.
Vol. 13: 20 discursos sobre el general José Antonio Páez.
Vol. 14: José Antonio Páez visto por cinco historiadores.
Vol. 15: La Codificación de Páez. (Código Civil de 1862). Estudio preliminar de Gonzalo
Parra Aranguren.
Vol. 16: La Codificación de Páez. (Códigos de Comercio, Penal, de Enjuiciamiento y Procedi-
miento – 1862-63).
Vol. 17: Juicios sobre la personalidad del general José Antonio Páez.
Vol. 18: Historia Político-Eclesiástica de Venezuela (1830-1847). Gustavo Ocando Yamarte.
Tomo I.
Vol. 19: Historia Político-Eclesiástica de Venezuela (1830-1847). Gustavo Ocando Yamarte.
Tomo II.
Vol. 20: Páez, peregrino y proscripto (1848-1851). Rafael Ramón Castellanos.
Vol. 21: Documentos para la historia de la vida de José Antonio Páez. Compilación, selección
y notas de Manuel Pinto.
Vol. 22: Estudios y discursos sobre el general Carlos Soublette.
Vol. 23: Soublette y la prensa de su época. Estudio preliminar y compilación de Juan Bautista
Querales.
Vol. 24: Carlos Soublette: Correspondencia. Recopilación, introducción y notas de Ligia Del-
gado y Magaly Burguera. Tomo I.
Vol. 25: Carlos Soublette: Correspondencia. Recopilación, introducción y notas de Ligia Del-
gado y Magaly Burguera. Tomo II.
Vol. 26: Carlos Soublette: Correspondencia. Recopilación, introducción y notas de Ligia Delgado
y Magaly Burguera. Tomo III.
Vol. 27: La oposición Liberal en Oriente (Editoriales de “El Republicano”, 1844-1846). Compila-
ción, introducción y notas de Manuel Pérez Vila.
Vol. 28: Repertorio histórico-biográfico del general José Tadeo Monagas (1784-1868). Estudio in-
troductorio, recopilación y selección documental de Juan Bautista Querales D. Tomo I.
Vol. 29: Repertorio histórico-biográfico del general José Tadeo Monagas (1784-1868). Estudio in-
troductorio, recopilación y selección documental de Juan Bautista Querales D. Tomo II.
Vol. 30: Repertorio histórico-biográfico del general José Tadeo Monagas (1784-1868). Estudio in-
troductorio, recopilación y selección documental de Juan Bautista Querales D. Tomo III.
Vol. 31: Repertorio histórico-biográfico del general José Tadeo Monagas (1784-1868). Estudio in-
troductorio, recopilación y selección documental de Juan Bautista Querales D. Tomo IV.
Vol. 32: Opúsculo histórico de la revolución, desde el año 1858 a 1859. Prólogo de Joaquín Ga-
baldón Márquez.
Vol. 33: La economía americana del primer cuarto del siglo XIX, vista a través de las memorias es-
critas por don Vicente Basadre, último Intendente de Venezuela. Manuel Lucena Salmoral.
Vol. 34: El café y las ciudades en los Andes Venezolanos (1870-1930). Alicia Ardao.
Vol. 35: La diplomacia de José María Rojas 1873-1883. William Lane Harris. Traducción de Rodol-
fo Kammann Willson.
Vol. 36: Instituciones de Comunidad (provincia de Cumaná, 1700-1828). Estudio y documenta-
ción de Magaly Burguera.
Vol. 37: Nuevas Crónicas de Historia de Venezuela. Ildefonso Leal. Tomo I.
Vol. 38: Nuevas Crónicas de Historia de Venezuela. Ildefonso Leal. Tomo II.
Vol. 39: Convicciones y conversiones de un republicano: El expediente de José Félix Blanco. Caro-
le Leal Curiel.
Vol. 40: Las elecciones presidenciales de 1835 (La elección del Dr. José María Vargas). Eleonora
Gabaldón.
Vol. 41: El proceso de la inmigración en Venezuela. Ermila Troconis de Veracoechea.
Vol. 42: Monteverde: Cuatro años de historia patria, 1812-1816. Gabriel E. Muñoz. Tomo I.
Vol. 43: Monteverde: Cuatro años de historia patria, 1812-1816. Gabriel E. Muñoz. . Tomo II.
Vol. 44: Producción bibliográfica y política en la época de Guzmán Blanco (1870-1887). Cira
Naranjo de Castillo y Carmen G. Sotillo.
Vol. 45: Dionisio Cisneros el último realista. Oscar Palacios Herrera.
Vol. 46: La libranza del sudor. El drama de la inmigración canaria entre 1830 y 1859. Manuel Ro-
dríguez Campos.
Vol. 47: El capital comercial en La Guaira y Caracas (1821-1848). Catalina Banko.
Vol. 48: General Antonio Valero de Bernabé y su aventura de libertad: De Puerto Rico a San Sebas-
tián. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 49: Los negocios de Román Delgado Chalbaud. Ruth Capriles Méndez.
Vol. 50: El inicio del juego democrático en Venezuela: Un análisis de las elecciones 1946-1947.
Clara Marina Rojas.
Vol. 51: Los mercados exteriores de Caracas a comienzos de la Independencia. Manuel Lucena
Salmoral.
Vol. 52: Archivo del general Carlos Soublette. Catalogación por Naibe Burgos. Tomo I.
Vol. 53: Archivo del general Carlos Soublette. Catalogación por Naibe Burgos. Tomo II.
Vol. 54: Archivo del general Carlos Soublette. Catalogación por Naibe Burgos. Tomo III.
Vol. 55: Las elecciones presidenciales en Venezuela del siglo XIX, 1830-1854. Alberto Navas Blanco.
Vol. 56: Los olvidados próceres de Aragua. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 57: La educación venezolana bajo el signo del positivismo. Rafael Fernández Heres.
Vol. 58: La enseñanza de la física en la Universidad Central de Venezuela (1827-1880). Henry Leal.
Vol. 59: Francisco Antonio Zea y su proyecto de integración Ibero-Americana. Lautaro Ovalles.
Vol. 60: Los comerciantes financistas y sus relaciones con el gobierno guzmancista (1870-1888).
Carmen Elena Flores.
Vol. 61: Para acercarnos a don Francisco Tomás Morales Mariscal de Campo, último Capitán Ge-
neral en Tierra Firme y a José Tomás Boves Coronel, Primera Lanza del Rey. Tomás Pérez
Tenreiro.
Vol. 62: La Iglesia Católica en tiempos de Guzmán Blanco. Herminia Cristina Méndez Sereno.
Vol. 63: Raíces hispánicas de don Gaspar Zapata de Mendoza y su descendencia venezolana.
Julio Báez Meneses.
Vol. 64: La familia Río Branco y la fijación de las fronteras entre Venezuela y Brasil. Dos momentos
definitorios en las relaciones entre Venezuela y Brasil. El tratado de límites de 1859 y la
gestión del barón de Río Branco (1902-1912). Alejandro Mendible Zurita.
Vol. 65: La educación venezolana bajo el signo de la ilustración 1770-1870. Rafael Fernández
Heres.
Vol. 66: José Antonio Páez, repertorio documental. Compilación, transcripción y estudio introduc-
torio. Marjorie Acevedo Gómez.
Vol. 67: La educación venezolana bajo el signo de la Escuela Nueva. Rafael Fernández Heres.
Vol. 68: Imprenta y periodismo en el estado Barinas. Virgilio Tosta.
Vol. 69: Los papeles de Alejo Fortique. Armando Rojas.
Vol. 70: Personajes y sucesos venezolanos en el Archivo Secreto Vaticano. Recopilación y Estudio
Preliminar. Lucas Guillermo Castillo. Tomo I.
Vol. 71: Personajes y sucesos venezolanos en el Archivo Secreto Vaticano. Recopilación y Estudio
Preliminar. Lucas Guillermo Castillo. Tomo II.
Vol. 72: Diario de navegación. Caracciolo Parra Pérez.
Vol. 73: Antonio José de Sucre, biografía política. Inés Quintero.
Vol. 74: Historia del pensamiento económico de Fermín Toro. Tomás Enrique Carrillo Batalla.
Vol. 75: Apuntes para una historia documental de la Iglesia venezolana en el Archivo Secreto Vati-
cano (1900-1922, Castro y Gómez). Lucas Guillermo Castillo Lara. Tomo I.
Vol. 76: Apuntes para una historia documental de la Iglesia venezolana en el Archivo Secreto Va-
ticano (1900-1922, Castro y Gómez). Apéndice documental. Lucas Guillermo Castillo
Lara. Tomo II.
Vol. 77: Apuntes para una historia documental de la Iglesia venezolana en el Archivo Secreto Va-
ticano (1900-1922, Castro y Gómez). Apéndice documental. Lucas Guillermo Castillo
Lara. Tomo III.
Vol. 78: Apuntes para una historia documental de la Iglesia venezolana en el Archivo Secreto Va-
ticano (1900-1922, Castro y Gómez). Apéndice documental. Lucas Guillermo Castillo
Lara. Tomo IV.
Vol. 79: El Cuartel San Carlos y el Ejército de Caracas 1771-1884. Carmen Brunilde Liendo.
Vol. 80: Hemerografía económica venezolana del siglo XIX. Tomás Enrique Carrillo Batalla. Tomo I.
Vol. 81: Hemerografía económica venezolana del siglo XIX. Tomás Enrique Carrillo Batalla. Tomo II.
Vol. 82: La Provincia de Guayana en la independencia de Venezuela. Tomás Surroca y De Montó.
Vol. 83: Páez visto por los ingleses. Edgardo Mondolfi Gudat.
Vol. 84: Tiempo de agravios. Manuel Rafael Rivero.
Vol. 85: La obra pedagógica de Guillermo Todd. Rafael Fernández Heres.
Vol. 86: Política, crédito e institutos financieros en Venezuela 1830-1940. Catalina Banko.
Vol. 87: De leales monárquicos a ciudadanos republicanos. Coro 1810-1858. Elina Lovera Reyes.
Vol. 88: Clío frente al espejo. La concepción de la historia en la historiografía venezolana. 1830-
1865. Lucía Raynero.
Vol. 89: El almirantazgo republicano 1819-1822. Herminia Méndez Sereno.
Vol. 90: Evolución político-constitucional de Venezuela. El período fundacional 1810-1830. Enri-
que Azpúrua Ayala.
Vol. 91: José de la Cruz Carrillo. Una vida en tres tiempos. Silvio Villegas.
Vol. 92: Tiempos de federación en el Zulia. Construir la Nación en Venezuela. Arlene Urdaneta
Quintero.
Vol. 93: El régimen del general Eleazar López Contreras. Tomás Carrillo Batalla.
Vol. 94: Sociopolítica y censos de población en Venezuela. Del Censo ‘‘Guzmán Blanco’’ al Censo
‘‘Bolivariano’’. Miguel Bolívar Chollett.
Vol. 95: Historia de los frailes dominicos en Venezuela durante los siglos XIX y XX. Fr. Oswaldo
Montilla Perdomo, O.P.
Vol. 96: Rebelión, Autonomía y Federalismo en Mérida Siglo XIX. Héctor Silva Olivares.
Vol. 97: Historia Territorial y Cartografía Histórica venezolana. Manuel Alberto Donís.
Vol. 98: El pensamiento económico de Mariano de Briceño. Tomás Enrique Carrillo Batalla.
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Serie Estudios, Monografías y Ensayos

Vol. 1: El Coloniaje, la formación societaria de nuestro continente. Edgar Gabaldón Márquez.


Vol. 2: Páginas biográficas y críticas. Carlos Felice Cardot.
Vol. 3: Tratados de Confirmaciones Reales. Antonio Rodríguez de León Pinelo. Estudio prelimi-
nar de Eduardo Arcila Farías.
Vol. 4: Datos para la historia de la educación en el Oriente de Venezuela. Manuel Peñalver Gómez.
Vol. 5: La tradición saladoide del Oriente de Venezuela. La fase cuartel. Iraida Vargas Arenas.
Vol. 6: Las culturas formativas del Oriente de Venezuela. La Tradición Barrancas del Bajo Orinoco.
Mario Sanoja Obediente.
Vol. 7: Organizaciones políticas de 1936. Su importancia en la socialización política del venezo-
lano. Silvia Mijares.
Vol. 8: Estudios en antropología, sociología, historia y folclor. Miguel Acosta Saignes.
Vol. 9: Angel S. Domínguez, escritor de nítida arcilla criolla. Luis Arturo Domínguez.
Vol. 10: Estudios sobre las instituciones locales hispanoamericanas. Francisco Domínguez Compañy.
Vol. 11: Los Héroes y la Historia. Ramón J. Velásquez.
Vol. 12: Ensayos sobre Historia Política de Venezuela. Amalio Belmonte Guzmán, Dimitri Briceño
Reyes y Henry Urbano Taylor.
Vol. 13: Rusia e Inglaterra en Asia Central. M. F. Martens. Traducción y estudio preliminar de Héc-
tor Gros Espiell.
Vol. 14: 5 procesos históricos. Raúl Díaz Legórburu.
Vol. 15: Individuos de Número. Ramón J. Velásquez.
Vol. 16: Los presidentes de Venezuela y su actuación militar (Esbozo). Tomás Pérez Tenreiro.
Vol. 17: Semblanzas, Testimonios y Apólogos. J. A. de Armas Chitty.
Vol. 18: Impresiones de la América Española (1904-1906). M. de Oliveira Lima.
Vol. 19: Obras Públicas, Fiestas y Mensajes (Un puntal del régimen gomecista). Ciro Caraballo
Perichi.
Vol. 20: Investigaciones Arqueológicas en Parmana. Los sitios de la Gruta y Ronquín. Estado Guá-
rico, Venezuela. Iraida Vargas Arenas.
Vol. 21: La consolidación del régimen de Juan Vicente Gómez. Yolanda Segnini.
Vol. 22: El proyecto universitario de Andrés Bello (1843). Rafael Fernández Heres.
Vol. 23: Guía para el estudio de la historia de Venezuela. R. J. Lovera De-Sola.
Vol. 24: Miranda y sus circunstancias. Josefina Rodríguez de Alonso.
Vol. 25: Michelena y José Amando Pérez. El sembrador y su sueño. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 26: Chejendé. Historia y canto. Emigdio Cañizales Guédez.
Vol. 27: Los conflictos de soberanía sobre Isla de Aves. Juan Raúl Gil S.
Vol. 28: Historia de las cárceles en Venezuela. (1600-1890). Ermila Troconis de Veracoechea.
Vol. 29: Esbozo de las Academias. Héctor Parra Márquez.
Vol. 30: La poesía y el derecho. Mario Briceño Perozo.
Vol. 31: Biografía del almirante Luis Brión. Johan Hartog.
Vol. 32: Don Pedro Gual. El estadista grancolombiano. Abel Cruz Santos.
Vol. 33: Caracas 1883 (Centenario del natalicio del Libertador). Rafael Ramón Castellanos. Tomo I.
Vol. 34: Caracas 1883 (Centenario del natalicio del Libertador). Rafael Ramón Castellanos. Tomo II.
Vol. 35: Hilachas de historia patria. Manuel Rafael Rivero.
Vol. 36: Estudio y antología de la revista Bolívar. Velia Bosch. Indices de Fernando Villarraga.
Vol. 37: Ideas del Libertador como gobernante a través de sus escritos (1813-1821). Aurelio Ferre-
ro Tamayo.
Vol. 38: Zaraza, biografía de un pueblo. J. A. De Armas Chitty.
Vol. 39: Cartel de citación (Ensayos). Juandemaro Querales.
Vol. 40: La toponimia venezolana en las fuentes cartográficas del Archivo General de Indias. Adol-
fo Salazar-Quijada.
Vol. 41: Primeros monumentos en Venezuela a Simón Bolívar. Juan Carlos Palenzuela.
Vol. 42: El pensamiento filosófico y político de Francisco de Miranda. Antonio Egea López.
Vol. 43: Bolívar en la historia del pensamiento económico y fiscal. Tomás Enrique Carrillo Batalla.
Vol. 44: Chacao: un pueblo en la época de Bolívar (1768-1880). Antonio González Antías.
Vol. 45: Médicos, cirujanos y practicantes próceres de la nacionalidad. Francisco Alejandro Vargas.
Vol. 46: Simón Bolívar. Su pensamiento político. Enrique de Gandía.
Vol. 47: Vivencia de un rito ayamán en las Turas. Luis Arturo Domínguez.
Vol. 48: La Razón filosófica-jurídica de la Indepencencia. Pompeyo Ramis.
Vol. 49: Tiempo y presencia de Bolívar en Lara. Carlos Felice Cardot.
Vol. 50: Los papeles de Francisco de Miranda. Gloria Henríquez Uzcátegui.
Vol. 51: La Guayana Esequiba. Los testimonios cartográficos de los geógrafos. Marco A. Osorio
Jiménez
Vol. 52: El gran majadero. R. J. Lovera De-Sola.
Vol. 53: Aproximación al sentido de la historia de Oviedo y Baños como un hecho del Lenguaje.
Susana Romero de Febres.
Vol. 54: El diario “El Pregonero”. Su importancia en el periodismo venezolano. María Antonieta
Delgado Ramírez.
Vol. 55: Historia del Estado Trujillo. Mario Briceño Perozo.
Vol. 56: Las eras imaginarias de Lezama Lima. Cesia Ziona Hirshbein.
Vol. 57: La educación primaria en Caracas en la época de Bolívar. Aureo Yépez Castillo.
Vol. 58: Contribución al estudio del ensayo en Hispanoamérica. Clara Rey de Guido.
Vol. 59: Contribución al estudio de la historiografía literaria Hispanoamericana. Beatriz González
Stephan.
Vol. 60: Situación médico-sanitaria de Venezuela durante la época del Libertador. Alberto Sila Al-
varez.
Vol. 61: La formación de la vanguardia literaria en Venezuela (Antecedentes y documentos). Nel-
son Osorio T.
Vol. 62: Muro de dudas. Ignacio Burk. Tomo I.
Vol. 63: Muro de dudas. Ignacio Burk. Tomo II.
Vol. 64: Rómulo Gallegos: la realidad, la ficción, el símbolo (Un estudio del momento primero de
la escritura galleguiana). Rafael Fauquié Bescós.
Vol. 65: Flor y canto. 25 años de la poesía venezolana (1958-1983). Elena Vera.
Vol. 66: Las diabluras del Arcediano (Vida del Padre Antonio José de Sucre). Mario Fernán Romero.
Vol. 67: La historia como elemento creador de la cultura. Mario Briceño Iragorry.
Vol. 68: El cuento folklórico en Venezuela. Antología, clasificación y estudio. Yolanda Salas de
Lecuna.
Vol. 69: Las ganaderías en los llanos centro-occidentales venezolanos, 1910-1935. Tarcila Briceño.
Vol. 70: La república de las Floridas, 1817-1817. Tulio Arends.
Vol. 71: Una discusión historiográfica en torno de “Hacia la democracia”. Antonio Mieres.
Vol. 72: Rafael Villavicencio: Del positivismo al espiritualismo. Luisa M. Poleo Pérez.
Vol. 73: Aportes a la historia documental y crítica. Manuel Pérez Vila.
Vol. 74: Procerato caroreño. José María Zubillaga Perera.
Vol. 75: Los días de Cipriano Castro (Historia Venezolana del 900). Mariano Picón Salas.
Vol. 76: Nueva historia de América. Las épocas de libertad y antilibertad desde la Independencia.
Enrique de Gandía.
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Vol. 78: Los suburbios caraqueños del siglo XIX. Margarita López Maya.
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Vol. 80: Anotaciones sobre el amor y el deseo. Alejandro Varderi.
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Vol. 83: Ser y ver. Carlos Silva.
Vol. 84: La relación hombre-vegetación en la ciudad de Caracas (Aporte de estudio de arquitectu-
ra paisajista de Caracas). Giovanna Mérola Rosciano.
Vol. 85: El Libertador en la historia italiana: ilustración, “risorgimento”, fascismo. Alberto Filippi.
Vol. 86: La medicina popular en Venezuela. Angelina Pollak-Eltz.
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Vol. 90: Una tribuna para los godos. El periodismo contrarrevolucionario de Miguel José Sanz y
José Domingo Díaz. Julio Barroeta Lara.
Vol. 91: La presidencia de Sucre en Bolivia. William Lee Lofstrom.
Vol. 92: El discurso literario destinado a niños. Griselda Navas.
Vol. 93: Etnicidad, clase y nación en la cultura política del Caribe de habla inglesa. Andrés Serbin.
Vol. 94: Huellas en el agua. Artículos periodísticos 1933-1961. Enrique Bernardo Núñez.
Vol. 95: La instrucción pública en el proyecto político de Guzmán Blanco: Ideas y hechos. Rafael
Fernández Heres.
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Vol. 97: Chamanismo, mito y religión en cuatro naciones éticas de América aborigen. Ronny Ve-
lásquez.
Vol. 98: El pedestal con grietas. Iván Petrovszky.
Vol. 99: Escritos de Plá y Beltrán. Selección y prólogo de Juan Manuel Castañón.
Vol. 100: La ideología federal en la Convención de Valencia (1858). Tiempo y debate. Eleonora
Gabaldón.
Vol. 101: Vida de Don Quijote de Libertad (España en el legado del Libertador). Alberto Baeza
Flores.
Vol. 102: Varia académica bolivariana. José Rodríguez Iturbe.
Vol. 103: De la muerte a la vida. Testimonio de Henrique Soublette. Carmen Elena Alemán.
Vol. 104: Referencia para el estudio de las ideas educativas en Venezuela. Rafael Fernández Heres.
Vol. 105: Aspectos económicos de la época de Bolívar. I La Colonia (1776-1810). Miguel A. Martí-
nez G.
Vol. 106: Aspectos económicos de la época de Bolívar. II La República (1811-1930). Miguel A.
Martínez G.
Vol. 107: Doble verdad y la nariz de Cleopatra. Juan Nuño.
Vol. 108: Metamorfosis de la utopía (Problemas del cambio democrático). Carlos Raúl Hernández.
Vol. 109: José Gil Fortoul (1861-1943). Los nuevos caminos de la razón. La historia como ciencia.
Elena Plaza.
Vol. 110: Tejer y destejer. Luis Beltrán Prieto Figueroa.
Vol. 111: Conversaciones sobre un joven que fue sabio (Semblanza del Dr. Caracciolo Parra León).
Tomás Polanco Alcántara.
Vol. 112: La educación básica en Venezuela. Proyectos, realidad y perspectivas. Nacarid Rodríguez T.
Vol. 113: Crónicas médicas de la Independencia venezolana. José Rafael Fortique.
Vol. 114: Los Generales en jefe de la Independencia (Apuntes Biográficos). Tomás Pérez Tenreiro.
Vol. 115: Los gobiernos de facto en América Latina. 1930-1980. Krystian Complak.
Vol. 116: Arte, educación y museología. Estudios y polémicas, 1948-1988. Miguel G. Arroyo C.
Vol. 117: La vida perdurable (Ensayos dispersos). Efraín Subero. Tomo I.
Vol. 118: La vida perdurable (Ensayos dispersos). Efraín Subero. Tomo II.
Vol. 119: Notas históricas. Marcos Falcón Briceño.
Vol. 120: Seis ensayos sobre estética prehispánica en Venezuela. Lelia Delgado R.
Vol. 121: Reynaldo Hahn, caraqueño. Contribución a la biografía caraqueña de Reynaldo Hahn
Echenagucia. Mario Milanca Guzmán.
Vol. 122: De las dos orillas. Alfonso Armas Ayala.
Vol. 123: Rafael Villavicencio más allá del positivismo. Rafael Fernández Heres.
Vol. 124: Del tiempo heroíco. Rafael María Rosales.
Vol. 125: Para la memoria venezolana. Maríanela Ponce.
Vol. 126: Educación popular y formación docente de la Independencia al 23 de enero de 1958.
Duilia Govea de Carpio.
Vol. 127: Folklore y cultura en la península de Paria (Sucre) Venezuela. Angelina Pollak-Eltz y Ceci-
lia Istúriz.
Vol. 128: La historia, memoria y esperanza. Armando Rojas.
Vol. 129: La Guayana Esequiba. Dos etapas en la aplicación del Acuerdo de Ginebra. Rafael Sureda
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vo. Carlos Felice Castillo.
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Vol. 142: Para elogio y memoria. Tomás Pérez Tenreiro.
Vol. 143: La huella del sabio: El Municipio Foráneo Alejandro de Humboldt. Luisa Veracoechea de
Castillo.
Vol. 144: Pistas para quedar mirando. Fragmentos sobre arte. María Elena Ramos.
Vol. 145: Miranda. J. G. Lavretski. Traducción de Alberto E. Olivares.
Vol. 146: Un Soldado de Simón Bolívar. Carlos Luis Castelli. Máximo Mendoza Alemán.
Vol. 147: Una docencia enjuiciada: La docencia superior (Bases andragógicas). Eduardo J. Zuleta R.
Vol. 148: País de Latófagos. Ensayos. Domingo Miliani.
Vol. 149: Narradores en acción. Problemas epistemológicos, consideraciones teóricas y observacio-
nes de campo en Venezuela. Daniel Mato.
Vol. 150: David Vela. Un perfil biográfico. Julio R. Mendizábal.
Vol. 151: Esa otra Historia. Miguel A. Martínez.
Vol. 152: Estado y movimiento obrero en Venezuela. Dorothea Melcher.
Vol. 153: Una mujer de dos siglos. Margot Boulton de Bottome.
Vol. 154: La duda del escorpión: La tradición hetorodoxa de la narrativa latinoamericana. Beatriz
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Vol. 155: La palabra y discurso en Julio C. Salas. Susana Strozzi.
Vol. 156: El historicismo político. Fulvio Tessitore.
Vol. 157: Clavimandora. Ludovico Silva.
Vol. 158: Bibliografía de Juan Liscano. Nicolasa Martínez Bello, Sonia del Valle Moreno, María Au-
xiliadora Olivier Rauseo.
Vol. 159: El régimen de tenencia de la tierra en Upata, una Villa en la Guayana venezolana. Marcos
Ramón Andrade Jaramillo.
Vol. 160: La Conferencia de París sobre la Banda Oriental. Víctor Sanz López.
Vol. 161: Liceo Andrés Bello, un forjador de valores. Guillermo Cabrera Domínguez.
Vol. 162: El paisaje del riel en Trujillo (1880-1945). José Angel Rodríguez.
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no del americanismo y el fordismo). Michel Mujica Ricardo.
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Castillo Lara.
Vol. 168: Armando Zuloaga Blanco. Voces de una Caracas patricia. Ignacia Fombona de Certad.
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Vol. 171: El universo en la palabra (Lectura estético-ideológica de Abrapalabra). Catalina Gaspar.
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Vol. 177: Arqueología de Caracas, Escuela de Música José Angel Lamas, Mario Sanoja Obediente,
Iraida Vargas A., Gabriel Alvarado y Milene Montilla. Tomo. I.
Vol. 178: Arqueología de Caracas, San Pablo. Teatro Municipal. Iraida Vargas A., Mario Sanoja Obe-
diente, Gabriel Alvarado y Milene Montilla. Tomo II.
Vol. 179: Ideas y mentalidades de Venezuela. Elías Pino Iturrieta.
Vol. 180: El águila y el león: El presidente Benjamín Harrison y la mediación de los Estados Unidos
en la controversia de límites entre Venezuea y Gran Bretaña. Edgardo Mondolfi Gudat.
Vol. 181: El derecho de libertad religiosa en Venezuela. Pedro Oliveros Villa.
Vol. 182: Estudios de varia historia. José Rafael Lovera.
Vol. 183: Convenio Venezuela-Santa Sede 1958-1964. Historia Inédita. Rafael Fernández Heres.
Vol. 184: Orígenes de la pobreza en Venezuela. Ermila Troconis de Veracoechea.
Vol. 185: Humanismo y educación en Venezuela (Siglo XX). Rafael Fernández Heres.
Vol. 186: El proceso penal en la administración de justicia en Venezuela 1700-1821. Antonio Gon-
zález Antías.
Vol. 187: Historia del Resguardo Marítimo de su Majestad en la Provincia de Venezuela y sus anexas
(1781-1804). Eulides María Ortega Rincones.
Vol. 188: 18 de octubre de 1945. Legitimidad y ruptura del hilo constitucional. Corina Yoris-Villasa-
na.
Vol. 189: Vida y Obra de Pedro Castillo (1790-1858). Roldán Esteva-Grillet.
Vol. 190: La Codificación Boliviana de Andrés de Santa Cruz. Amelia Guardia.
Vol. 191: De la Provincia a la Nación. El largo y difícil camino hacia la integración político-territorial
de Venezuela (1525-1935). Manuel Alberto Donís Ríos.
Vol. 192: Ideas y conflictos en la educación venezolana. Rafael Fernández Heres.
Vol. 193: “Querido compadre…” José Gil Fortoul-Laureno Vallenilla Lanz. Correspondencia inédita
(1904-1910). Estudio preliminar y notas de Nikita Harwich Vallenilla.
Vol. 194: Justicia e Injusticias en Venezuela. Estudios de Historia Social del Derecho. Rogelio Pérez
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Serie El Libro Menor

Vol. 1: El municipio, raíz de la república. Joaquín Gabaldón Márquez.


Vol. 2: Rebeliones, motines y movimientos de masas en el siglo XVIII venezolano (1730-1781).
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Vol. 3: El proceso de integración de Venezuela (1776-1793). Guillerrno Morón.
Vol. 4: Modernismo y modernistas. Luis Beltrán Guerrero.
Vol. 5: Historia de los estudios bibliográficos humanísticos latinoamericanos. Lubio Cardozo.
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Vol. 8: Memorias y fantasías de algunas casas de Caracas. Manuel Pérez Vila.
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Vol. 10: Familias, cabildos y vecinos de la antigua Barinas. Virgilio Tosta.
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Vol. 13: La República del Ecuador y el general Juan José Flores. Jorge Salvador Lara.
Vol. 14: Estudio bibliográfico de la poesía larense. Juandemaro Querales.
Vol. 15: Breve historia de Bulgaria. Vasil A. Vasilev.
Vol. 16: Historia de la Universidad de San Marcos (1551-1980). Carlos Daniel Valcárcel.
Vol. 17: Perfil de Bolívar. Pedro Pablo Paredes.
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Vol. 20: La poética de Andrés Bello y sus seguidores. Lubio Cardozo.
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Vol. 25: Andrés Bello Americano -y otras luces sobre la Independencia. J. L. Salcedo-Bastardo.
Vol. 26: Viaje al interior de un cofre de cuentos (Julio Garmendia entre líneas). Julio Barroeta Lara.
Vol. 27: Julio Garmendia y José Rafael Pocaterra. Dos modalidades del cuento en Venezuela. Italo
Tedesco.
Vol. 28: Luchas e insurrecciones en la Venezuela Colonial. Manuel Vicente Magallanes.
Vol. 29: Panorámica de un período crucial en la historia venezolana. Estudio de los años 1840-
1847. Antonio García Ponce.
Vol. 30: El jardín de las delicias y otras prosas. Jean Nouel.
Vol. 31: Músicos y compositores del Estado Falcón. Luis Arturo Domínguez.
Vol. 32: Breve historia de la cartografía en Venezuela. Iván Drenikoff.
Vol. 33: La identidad por el idioma. Augusto Germán Orihuela.
Vol. 34: Un pentágono de luz. Tomás Polanco Alcántara.
Vol. 35: La academia errante y tres retratos. Mario Briceño Perozo.
Vol. 36: Tiempo de hablar. Miguel Otero Silva.
Vol. 37: Transición (Política y realidad en Venezuela). Ramón Díaz Sánchez.
Vol. 38: Eponomía larense. Francisco Cañizales Verde.
Vol. 39: Reescrituras. Juan Carlos Santaella.
Vol. 40: La memoria perdida. Raúl Agudo Freites.
Vol. 41: Carriel número cinco (Un homenaje al costumbrismo). Elisa Lerner.
Vol. 42: Espacio disperso. Rafael Fauquié Bescos.
Vol. 43: Lo bello / Lo feo. Antonieta Madrid.
Vol. 44: Cronicario. Oscar Guaramato.
Vol. 45: Ensayos temporales. Poesia y teoría social. Ludovico Silva.
Vol. 46: Costumbre de leer. José Santos Urriola.
Vol. 47: Cecilio Acosta, un signo en el tiempo. Manuel Ber­múdez.
Vol. 48: Leoncio Martínez, crítico de arte (1912-1918). Juan Carlos Palenzuela.
Vol. 49: La maldición del fraile y otras evocaciones históricas. Luis Oropeza Vásquez.
Vol. 50: Explicación y elogio de la ciudad creadora. Pedro Francisco Lizardo.
Vol. 51: Crónicas sobre Guayana (1946-1968). Luz Machado
Vol. 52: “Rómulo Gallegos”. Paul Alexandru Georgescu.
Vol. 53: Diálogos con la página. Gabriel Jiménez Emán
Vol. 54: El poeta del fuego y otras escrituras. Mario Torrealba Lossi.
Vol. 55: Invocaciones (notas literarias). Antonio Crespo Meléndez.
Vol. 56: Desierto para un “Oasis”. Ana Cecilia Guerrero.
Vol. 57: Borradores. Enrique Castellanos.
Vol. 58: Como a nuestro parecer. Héctor Mujica.
Vol. 59: La lengua nuestra de cada día. Iraset Páez Urdaneta.
Vol. 60: Homenaje a Rómulo Gallegos. Guillermo Morón.
Vol. 61: Ramón Díaz Sánchez. Elipse de una ambición de saber. Asdrúbal González.
Vol. 62: La ciudad contigo. Pedro Pablo Paredes.
Vol. 63: Incidencia de la colonización en el subdesarrollo de América Latina. Raúl Grien.
Vol. 64: Lector de Poesía. José Antonio Escalona-Escalona.
Vol. 65: Ante el bicentenario de Bolívar. El general José Antonio Páez y la memoria del Libertador.
Nicolás Perazzo.
Vol. 66: Diccionario general de la bibliografía caroreña. Alfredo Herrera Alvarez.
Vol. 67: Breve historia de Bolivia. Valentín Abecia Baldivieso.
Vol. 68: Breve historia de Canadá. J. C. M. Ogelsby. Traducción de Roberto Gabaldón.
Vol. 69: La lengua de Francisco de Miranda en su Diario. Francisco Belda.
Vol. 70: Breve historia del Perú. Carlos Daniel Valcárcel.
Vol. 71: Viaje inverso: Sacralización de la sal. María Luisa Lazzaro.
Vol. 72: Nombres en el tiempo. José Cañizales Márquez.
Vol. 73: Alegato contra el automóvil. Armando José Sequera.
Vol. 74: Caballero de la libertad y otras imágenes. Carlos Sánchez Espejo.
Vol. 75: Reflexiones ante la esfinge. Pedro Díaz Seijas.
Vol. 76: Muro de confesiones. José Pulido.
Vol. 77: El irreprochable optimismo de Augusto Mijares. Tomás Polanco Alcántara.
Vol. 78: La mujer de “El Diablo” y otros discursos. Ermila Veracoechea.
Vol. 79: Lecturas de poetas y poesía. Juan Liscano.
Vol. 80: De letras venezolanas. Carlos Murciano.
Vol. 81: Cuaderno de prueba y error. Ramón Escovar Salom
Vol. 82: Ensayos. Oscar Beaujon.
Vol. 83: Acción y pasión en los personajes de Miguel Otero Silva y otros ensayos. Alexis Márquez
Rodríguez.
Vol. 84: Revolución y crisis de la estética. Manuel Trujillo.
Vol. 85: Lugar de crónicas. Denzil Romero.
Vol. 86: Mérida. La ventura del San Buenaventura y la Columna. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 87: Frases que han hecho historia en Venezuela. Mario Briceño Perozo.
Vol. 88: Científicos del mundo. Arístides Bastidas.
Vol. 89: El jardín de Bermudo (Derecho, Historia, Letras). Luis Beltrán Guerrero.
Vol. 90: Seis escritores larenses. Oscar Sambrano Urdaneta.
Vol. 91: Campanas de palo. Luis Amengual H.
Vol. 92: Caracas, crisol. Crónicas. Salvador Prasel.
Vol. 93: La memoria y el olvido. Stefania Mosca.
Vol. 94: Cuando el henchido viento. Juan Angel Mogollón.
Vol. 95: Ideario pedagógico de Juan Francisco Reyes Baena. Pedro Rosales Medrano.
Vol. 96: La conspiración del Cable Francés. Y otros temas de historia del periodismo. Eleazar Díaz
Rangel.
Vol. 97: El escritor y la sociedad. Y otras meditaciones. Armando Rojas.
Vol. 98: De propios y de extraños (Crónicas, artículos y ensayos) 1978-1984. Carmen Mannarino.
Vol. 99: Agua, silencio, memoria y Felisberto Hernández. Carol Prunhuber.
Vol. 100: Los más antiguos. Guillermo Morón.
Vol. 101: Reportajes y crónicas de Carora. José Numa Rojas.
Vol. 102: Jardines en el mundo. Teódulo López Meléndez.
Vol. 103: Crónicas y testimonios. Elio Mujica.
Vol. 104: La memoria de los días. Yolanda Osuna.
Vol. 105: Tradiciones y leyendas de Zaraza. Rafael López Castro.
Vol. 106: Tirios, troyanos y contemporáneos. J. J. Armas Marcelo.
Vol. 107: Guzmán Blanco y el arte venezolano. Roldán Esteva-Grillet
Vol. 108: Breve historia de lo cotidiano. Pedro León Zapata. Con ciertos comentarios de Guillermo
Morón.
Vol. 109: Lectura de un cuento. Teoría y práctica del análisis del relato. Alba Lía Barrios.
Vol. 110: Fermín Toro y las doctrinas económicas del siglo XIX. José Angel Ciliberto.
Vol. 111: Recuerdos de un viejo médico. Pablo Alvarez Yépez.
Vol. 112: La ciudad de los lagos verdes. Roberto Montesinos
Vol. 113: Once maneras de ser venezolano. Tomás Polanco Alcántara.
Vol. 114: Debajo de un considero me puse a considerar... Lubio Cardozo.
Vol. 115: Variaciones / I. Arturo Croce.
Vol. 116: Variaciones / II. Arturo Croce.
Vol. 117: Crónicas de la Ciudad Madre. Carlos Bujanda Yépez
Vol. 118: Tu Caracas, Machu. Alfredo Armas Alfonzo.
Vol. 119: Bolívar siempre. Rafael Caldera.
Vol. 120: Imágenes, voces y visiones (Ensayos sobre el habla poética). Hanni Ossott.
Vol. 121: Breve historia de Chile. Sergio Villalobos R.
Vol. 122: Orígenes de la cultura margariteña. Jesús Manuel Subero.
Vol. 123: Duendes y Ceretones. Luis Arturo Domínguez.
Vol. 124: El Estado y las instituciones en Venezuela (1936-1945). Luis Ricardo Dávila.
Vol. 125: Crónicas de Apure. Julio César Sánchez Olivo.
Vol. 126: La lámpara encendida (ensayos). Juan Carlos Santaella.
Vol. 127: Táriba, historia y crónica. L. A. Pacheco M.
Vol. 128: Notas apocalípticas (Temas Contraculturales). Ennio Jiménez Emán.
Vol. 129: Simbolistas y modernistas en Venezuela. Eduardo Arroyo Alvarez.
Vol. 130: Relatos de mi andar viajero. Tomás Pérez Tenreiro.
Vol. 131: Breve historia de la Argentina. José Luis Romero.
Vol. 132: La Embajada que llegó del exilio. Rafael José Neri.
Vol. 133: El orgullo de leer. Manuel Caballero.
Vol. 134: Vida y letra en el tiempo (Ocho Prólogos y dos dis­cursos). José Ramón Medina.
Vol. 135: La pasión literaria (1959-1985). Alfredo Chacón.
Vol. 136: Una Inocente historia (Con Relatos de Inocente Palacios). María Matilde Suárez.
Vol. 137: El fiero (y dulce) instinto terrestre ( Ejercicios y ensayos). José Balza.
Vol. 138: La leyenda es la poesía de la historia. Pedro Gómez Valderrama.
Vol. 139: Angustia de expresar. René De Sola.
Vol. 140: Todo lo contrario. Roberto Hernández Montoya.
Vol. 141: Evocaciones de Cumaná, Puerto Cabello y Maracaibo. Lucas Guillermo Castillo Lara.
Vol. 142: Cantos de Sirena. Mercedes Franco.
Vol. 143: La Patria y más allá. Francisco Salazar.
Vol. 144: Leyendo América Latina. Poesía, ficción, cultura. J.G. Cobo Borda.
Vol. 145: Historias de la noche. Otrova Gomas.
Vol. 146: Salomniana. Asdrúbal González.
Vol. 147: Croniquillas españolas y de mi amor por lo venezolano. José Manuel Castañón.
Vol. 148: Lo pasajero y lo perdurable. Nicolás Cócaro.
Vol. 149: Palabras abiertas. Rubén Loza Aguerrebere.
Vol. 150: Son españoles. Guillermo Morón.
Vol. 151: Historia del periodismo en el Estado Guárico. Blas Loreto Loreto.
Vol. 152: Balza: el cuerpo fluvial. Milagros Mata Gil.
Vol. 153: ¿Por qué escribir? (Juvenalias). Hugo Garbati Paolini.
Vol. 154: Festejos (Aproximación crítica a la narrativa de Gui­llermo Morón). Juandemaro Querales.
Vol. 155: Breve historia de Colombia. Javier Ocampo López.
Vol. 156: El libro de las Notas. Eduardo Avilés Ramírez.
Vol. 157: Grabados. Rafael Arráiz Lucca.
Vol. 158: Mi último delito. Crónicas de un boconés (1936-1989). Aureliano González.
Vol. 159: El viento en las Lomas. Horacio Cárdenas.
Vol. 160: Un libro de cristal (Otras maneras de ser venezolano). Tomás Polanco Alcántara.
Vol. 161: El paisaje anterior. Bárbara Piano.
Vol. 162: Sobre la unidad y la identidad latinoamericana. Angel Lombardi.
Vol. 163: La gran confusión. J. J. Castellanos.
Vol. 164: Bolívar y su experiencia antillana. Una etapa decisiva para su línea política. Demetrio
Ramos Pérez.
Vol. 165: Cristóbal Mendoza, el sabio que no muere nunca. Mario Briceño Perozo.
Vol. 166: Lecturas antillanas. Michaelle Ascensio.
Vol. 167: El color humano. 20 pintores venezolanos. José Abinadé.
Vol. 168: Cara a cara con los periodistas. Miriam Freilich.
Vol. 169: Discursos de ocasión. Felipe Montilla.
Vol. 170: Crónicas de la vigilia (Notas para una poética de los ’80). Leonardo Padrón.
Vol. 171: Sermones laicos. Luis Pastori.
Vol. 172: Cardumen. Relatos de tierra caliente. J. A. de Armas Chitty.
Vol. 173: El peor de los oficios. Gustavo Pereira.
Vol. 174: Las aventuras imaginarias (Lectura intratextual de la poesía de Arnaldo Acosta Bello). Julio
E. Miranda.
Vol. 175: La desmemoria. Eduardo Zambrano Colmenares.
Vol. 176: Pascual Venegas Filardo: Una vocación por la cultura. José Hernán Albornoz.
Vol. 177: Escritores en su tinta (Entrevistas, reseñas, ensayos). Eloi Yagüe Jarque.
Vol. 178: El día que Bolívar... (44 crónicas sobre temas poco conocidos, desconocidos o inéditos de
la vida de Simón Bolívar). Paul Verna.
Vol. 179: Vocabulario del hato. J. A. de Armas Chitty.
Vol. 180: Por los callejones del viento. Leonel Vivas.
Vol. 181: Rulfo y el Dios de la memoria. Abel Ibarra.
Vol. 182: Boves a través de sus biógrafos. J. A. de Armas Chitty.
Vol. 183: La Plaza Mayor de Mérida. Historia de un tema urbano. Christian Páez Rivadeneira.
Vol. 184: Territorios del verbo. Sabas Martín.
Vol. 185: El símbolo y sus enigmas. Cuatro ensayos de interpretación. Susana Benko.
Vol. 186: Los pájaros de Majay. Efraín Inaudy Bolívar.
Vol. 187: Blas Perozo Naveda: La insularidad de una poesía. Juan Hildemaro Querales.
Vol. 188: Breve historia del Ecuador. Alfredo Pareja Diezcanseco.
Vol. 189: Orinoco, irónico y onírico. Régulo Pérez.
Vol. 190: La pasión divina, la pasión inútil. Edilio Peña.
Vol. 191: Cuaderno venezolano para viajar (leer) con los hijos. Ramón Guillermo Aveledo.
Vol. 192: Pessoa, la respuesta de la palabra. Teódulo López Meléndez.
Vol. 193: Breve historia de los pueblos árabes. Juan Bosch.
Vol. 194: Pensando en voz alta. Tomás Polanco Alcántara.
Vol. 195: Una historia para contar. Rafael Dum.
Vol. 196: La saga de los Pulido. José León Tapia.
Vol. 197: San Sebastián de los Reyes y sus ilustres próceres. Lucas G. Castillo Lara.
Vol. 198: Iniciación del ojo. Ensayo sobre los valores y la evolución de la pintura. Joaquín González-
Joaca.
Vol. 199: Notas y estudios literarios. Pascual Venegas Filardo.
Vol. 200: Pueblos, aldeas y ciudades. Guillermo Morón.
Vol. 201: Zoognosis: el sentido secreto de los animales en la mitología. Daniel Medvedov.
Vol. 202: Los Estados Unidos y el bloqueo de 1902. Deuda externa: agresión de los nuevos tiempos.
Armando Rojas Sardi.
Vol. 203: Mundo abierto (Crónicas dispersas). Efraín Subero.
Vol. 204: El ojo que lee. R. J. Lovera De-Sola.
Vol. 205: La Capilla del Calvario de Carora. Hermann González Oropeza, S.J.
Vol. 206: El dios salvaje. Un ensayo sobre “El corazón de las tinieblas”. Edgardo Mondolfi.
Vol. 207: Breve historia del Japón. Tarõ Sakamoto.
Vol. 208: La mirada, la palabra. Rafael Fauquié.
Vol. 209: José Antonio Anzoátegui. Jóvito Franco Brizuela.
Vol. 210: El fin de la nostalgia. Antonio Crespo Meléndez.
Vol. 211: Sin halagar al diablo, sin ofender a Dios. Ramón Gutiérrez.
Vol. 212: Lecturas. Francisco Pérez Perdomo.
Vol. 213: Sobre Ramón Pompilio. Alberto Alvarez Gutiérrez.
Vol. 214: Anécdotas de mi tierra. Miguel Dorante López.
Vol. 215: Pensar a Venezuela. Juan Liscano.
Vol. 216: Crónicas irregulares. Iván Urbina Ortiz.
Vol. 217: Lecturas guayanesas. Manuel Alfredo Rodríguez.
Vol. 218: Conversaciones de memoria. José Luis Izaguirre Tosta.
Vol. 219: El viejo sembrador. Ramón Pompilio Oropeza.
Vol. 220: Crónicas. Agustín Oropeza.
Vol. 221: Para una poética de la novela “Viaje Inverso”. Haydée Parima.
Vol. 222: Enseñanza de la historia e integración regional. Rafael Fernández Heres.
Vol. 223: Breve historia del Caribe. Oruno D. Lara.
Vol. 224: Miguel Sagarzazu, héroe y médico. Máximo Mendoza Alemán.
Vol. 225: Tucacas. Desde el umbral histórico de Venezuela. Manuel Vicente Magallanes.
Vol. 226: Los Cumbes. Visión panorámica de esta modalidad de rebeldía negra en las colonias ame-
ricanas de España y Portugal. Edmundo Marcano Jiménez.
Vol. 227: 11 Tipos. Juan Carlos Palenzuela.
Vol. 228: Venezuela en la época de transición. John V. Lombardi.
Vol. 229: El primer periódico de Venezuela y el panorama de la cultura en el siglo XVIII. Ildefonso
Leal.
Vol. 230: Los 9 de Bolívar. J.L. Salcedo-Bastardo.
BIBLIOTECA DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
Serie Libro BREVE

Vol. 231: Bello y la historia. Mariano Picón-Salas.


Vol. 232: La evolución política de Venezuela (1810-1960). Augusto Mijares.
Vol. 233: Evolución de la economía en Venezuela. Eduardo Arcila Farías.
Vol. 234: Positivismo y Gomecismo. Elías Pino Iturrieta.
Vol. 235: Cerámica venezolanista y otros textos sobre el tema. Compilación
y Prólogo de José Rafael Lovera.
Vol. 236: Páez y el arte militar. Héctor Bencomo Barrios.
Vol. 237: Historia territorial de la provincia de Mérida-Maracaibo (1573-1820). Manuel Alberto
Donís Ríos.
Vol. 238: La curiosidad compartida. Estrategias de la descripción de la naturaleza en los historiado-
res antiguos y en la Crónica de Indias. Mariano Nava Contreras.
Vol. 239: Historia e historiadores de Venezuela en la segunda mitad del siglo XX. María Elena Gon-
zález Deluca.
Vol. 240: El diablo suelto en Carora. Memoria de un crimen. Juan Carlos Reyes.
Vol. 241: Las visitas pastorales de Monseñor Antonio Ramón Silva. Jesús Rondón Nucete.
Vol. 242: General de armas tomar. La actividad conspirativa de Eleazar López Contreras durante el
trieno (1945-1948). Edgardo Mondolfi Gudat.
Vol. 243: La personalidad íntima de Lisandro Alvarado. Janette García Yépez-Pedro Rodríguez Ro-
jas.
Vol. 244: De trapiches a centrales azucareros en Venezuela. Siglos XIX y XX. Catalina Banko
Vol. 245: La política exterior del gobierno de Rómulo Betancourt 1959-1964. Luis Manuel Marcano
Salazar.
Vol. 246: Reglamento y ordenanza para el ejercicio, evoluciones y maniobras de la caballería y dra-
gones montados y otros puntos relativos al servicio de estos cuerpos. Estudio preliminar
Héctor Bencomo Barrios.
Vol. 247: Las artes plásticas venezolanas en el centenario de la independencia 1910-1911. Roldan
Esteva-Grillet.
Vol. 248: Las políticas del trienio liberal español y la independencia de Venezuela. Robinzon Meza.
Vol. 249: Los 42 firmantes del Acta de Independencia de Venezuela. Ramón Urdaneta.
Vol. 250: Biografía de Saverio Barbarito. Historia de una época en Venezuela. Eduardo Hernández
Carstens.
Vol. 251: El primer periódico de Venezuela y el panorama de la cultura en el siglo XVIII. Ildefonso
Leal. (Versión ampliada y corregida).
Vol. 252: La Africanía en Venezuela: esclavizados, abolición y aportes culturales. José Marcial Ra-
mos Guédez.
Vol. 253: El petróleo en Venezuela. Simón Alberto Consalvi.
Vol. 254: La Patria Pícara. Estudio de la prensa jocoseria venezolana en el siglo XIX. Pedro D. Correa.
Vol. 255: Temas de historia social y de las ideas. Germán Carrera Damas.
ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
CARACAS-VENEZUELA
(Fundada el 28 de octubre de 1888)

INDIVIDUOS DE NUMERO
I. GUILLERMO MORÓN
II. ILDEFONSO LEAL
III. ERMILA DE VERACOECHEA
IV. CARLOS F. DUARTE
V. MARIO SANOJA OBEDIENTE
VI. TOMÁS ENRIQUE CARRILLO BATALLA
VII. MARIANELA PONCE
VIII. RAMÓN TOVAR LÓPEZ
IX. JOSÉ DEL REY FAJARDO, S.J.
X. MANUEL RODRÍGUEZ CAMPOS
XI. ELÍAS PINO ITURRIETA
XII. JOSÉ RAFAEL LOVERA
XIII. PEDRO CUNILL GRAU
XIV. GERMÁN JOSÉ CARDOZO GALUÉ
XV. INÉS QUINTERO
XVI. GERMÁN CARRERA DAMAS
XVII. MARÍA ELENA GONZÁLEZ DELUCA
XVIII. MANUEL DONÍS
XIX. EDGARDO MONDOLFI GUDAT
XX. María Elena Plaza
XXI. Diego Bautista Urbaneja
XXII. Rogelio Pérez Perdomo

JUNTA DIRECTIVA 2013-2015


DIRECTOR: ILDEFONSO LEAL
PRIMER VICE-DIRECTOR: JOSÉ DEL REY FAJARDO, S.J.
SEGUNDO VICE-DIRECTOR: Inés Quintero Montiel
VICE-DIRECTORA SECRETARIA: Edgardo Mondolfi Gudat
VICE-DIRECTOR ADMINISTRATIVO: MANUEL RODRÍGUEZ CAMPOS
VICE-DIRECTOR DE PUBLICACIONES: Manuel Donís Ríos
VICE-DIRECTORA BIBLIOTECARIA-ARCHÍVERA: MARIANELA PONCE

Los Académicos de Número y los Miembros Correspondientes son colaboradores natos de este Boletín. La colaboración
de otros autores sólo se publicará cuando sea solicitada. Ni la Academia ni la Comisión Editora de su Boletín son necesari-
amente responsables de las ideas expresadas por los colaboradores.
Publicación arbitrada, propiedad de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.
ISSN: 0254-7325
SUCESIÓN DE ACADÉMICOS

A. J.P. Rojas Paúl, Fundador de la Academia como Presidente de la República. (No provista después de su muerte).
B. Vicente Coronado - Rafael Villavicencio - Lisandro Alvarado - Mario Briceño Iragorry - Alfredo Boulton - Pedro
Grases - Héctor Bencomo Barrios - María Elena Plaza (20).
C. José de Briceño - Manuel María Urbaneja* - León Lameda* - Pablo Giusseppi Monagas - Alfredo Jahn - Julio
Planchan - Jesús Sanabria Bruzual* - Héctor Parra Márquez - Santiago Gerardo Suárez - Simón Alberto Consalvi -
Rogelio Pérez Perdomo(22).
D. Julián Viso - José Manuel de los Ríos* - R. López Baralt - Andrés Ponte - Héctor García Chuecos - José Carrillo
Moreno - Lucas Guillermo Castillo Lara - Germán José Cardozo Galué (14).
E. Ezequiel María González - Jesús Muñoz Tébar - Pedro Manuel Arcaya - Edgar Sanabria - Marianela Ponce (7).
F. Laureano Villanueva - José Ladislao Andara - José E. Machado - Pedro Emilio Coll - Mariano Picón Salas - Jerónimo
Martínez Mendoza - José Luis Salcedo-Bastardo - Manuel Caballero - Manuel Donís (18).
G. Martín J. Sanabria - Andrés Mata - César Zumeta - Luis Beltrán Guerrero - José Rafael Lovera (12).
H. Jacinto Regino Pachano - Ricardo Ovidio Limardo* - Heraclio Martín de la Guardia* - Ángel César Rivas
- Caracciolo Parra León - Cristóbal Benítez - José Núcete Sardi - Osear Beaujón - Ramón Tovar Lopéz (8).
I. Amenodoro Urdaneta - F. Tosta García - Vicente Dávila - Carlos Felice Cardot - Carlos F. Duarte (4).
J. Jacinto Gutiérrez Coll - Guillermo Tell Villegas* - Julio Calcaño - Felipe Francia - Excelentísimo Nicolás E. Navarro
- Eminentísimo Cardenal José Humberto Quintero - Rafael Fernández Heres - Edgardo Mondolfi Gudat (19).
K. J. M. Nuñez de Cáceres - José Gil Fortoul - Jesús A. Cova - Blas Bruni Celli - Diego Bautista Urbaneja (21).
L. Diógenes A. Arrieta - Félix Quintero - Luis Correa - Augusto Mijares - Tomás Polanco Alcántara - Inés Quintero
(15).
LL. Francisco González Guinán - Rafael Requena* - Pedro José Muñoz - Mario Sanoja Obediente (5).
M. Andrés A. Level - Pedro Ezequiel Rojas* - Vicente Lecuna - Eduardo Picón Lares* - Mario Briceño Perozo - Manuel
Rodríguez Campos (10).
N. Andrés Silva - Manuel Fombona Palacio - R. Villanueva Mata - Diego Bautista Urbaneja* - Enrique Bernardo
Nuñez - Carlos Manuel Möller - José Antonio Calcaño - José Antonio de Armas Chitty - Elías Pino Iturrieta (11).
O. Rafael Seijas - Eduardo Calcaño* - José María Manrique - Eloy G. González - Jesús Arocha Moreno - Ángel Francisco
Brice - Ildefonso Leal (2).
P. Telasco A. Mac Pherson - Manuel Diez - Santiago Key-Ayala - Guillermo Morón (1) actual Decano.
Q. Marco Antonio Saluzzo - Francisco Jiménez Arráiz - Cristóbal L. Mendoza - Ermila de Veracoechea (3).
R. Teófilo Rodríguez - Juan José Mendoza - Joaquín Gabaldón Márquez - Manuel Pérez Vila - Manuel Alfredo
Rodríguez - Pedro Cunill Grau (13).
S. Eduardo Blanco - Laureano Vallenilla Lanz - Esteban Gil Borges* - Diego Carbonell - Antonio Alamo - Ramón
Díaz Sánchez - Tomás Pérez Tenreiro - José del Rey Fajardo (9)
T. Felipe Tejera - M. Díaz Rodríguez - Luis Alberto Sucre - Caracciolo Parra Pérez - Ramón J. Velásquez**.
V. Luis Level de Goda - Ángel Rivas Baldwin* - Carlos F. Grisanti - Rufino Blanco Fombona - Ambrosio Perera -
Nicolás Perazzo - Tomás Enrique Carrillo Batalla (6).
X. Antonio Parejo - Pbro. Ricardo Arteaga - Rafael Cabrera Malo - Plácido Daniel Rodríguez Rivero - Lucila L. de Pérez
Díaz - Rafael Armando Rojas - Germán Carrera Damas (16).
Y. R. Andueza Palacio - Manuel Clemente Urbaneja* - José Santiago Rodríguez - Virgilio Tosta - María Elena González
Deluca (17).
Z. Pedro Arismendi Brito - Manuel Segundo Sánchez - Eduardo Röhl - Arturo Uslar Pietri - Santos Rodulfo Cortés**.

* Individuos que no se recibieron o electos que no se han recibido todavía.


** Sillones vacantes que no han sido provistos.